viernes, 20 de noviembre de 2009

El Che: Palabras para reflexionar



“El personaje que escribió estas notas murió al pisar de nuevo tierra argentina, el que las ordena y pule, yo, no soy yo, por lo menos no soy el mismo yo interior. Ese vagar sin rumbo por nuestra ‘Mayúscula América’ me ha cambiado más de lo que creí”

"veremos si algún día, algún minero tome un pico con placer y vaya a envenenar sus pulmones con consciente alegría. Dicen que allá, de donde viene la llamarada roja que deslumbra hoy al mundo, es así, eso dicen. Yo no sé."

Che
(Palabras extraídas del video elaborado por el Instituto cubano del arte e industria cinematográficos.)



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domingo, 15 de noviembre de 2009

Mi encuentro con el hijo predilecto de Celendín del Perú.


Mi encuentro con el escritor Leyder Vásquez Palomino sucedió así:

Fue ya hace tres años -aproximadamente el 2007-, y sucedió en  Breña, un distrito limeño de calles con aroma a modernidad y tradición heroica un día del mes de marzo desde ese mismo año. Llegué a trabajar allí, a trabajar en un colegio secundario porque estudié para ser profesor- yo, recién hacía poco había llegado de Trujillo a Lima para establecerme y empezar mi nueva vida, la que marcaría años más tarde mi vida-. Debo a esta inmensa urbe, el descubrimiento de mi verdadero oficio que es la escritura. Ambos aún éramos muy jóvenes, pero sedientos de literatura. Él provenía de una provincia de la sierra norte del Perú llamada Cajamarca, aunque no nació allá, sino en Celendín, un poblado pequeño donde los hombres y las mujeres se baten cada día contra el agreste, pero también tierno y nostálgico fenómeno natural de la ruralidad -y cosa verdaderamente admirable siempre le vi preocupado por llevar impregnado en cada uno de sus trabajos estos parajes que tanto debo suponer marcaron su vida, como las olas de Buenos Aires marcaron la mía-.

Iniciamos nuestra amistad, amistad cargada de profunda confianza mutua y lealtad desmedida. Esa mañana que lo conocí - 22 de febrero- llevaba puesta una camisa amarilla y un pantalón oscuro afincado en una fila con más profesores que esperábamos - junto conmigo-pasar los exámenes rigurosos para ser admitidos. Era verano, y un arreciante calor solar embargaba todo escenario dejándose sentir y evidenciar a través de alguna que otra corbata mal anudada. Fue una mañana tensa, pero al final pasamos. Fuimos aceptados en el nuevo trabajo- apenas bordeábamos los 25 años-.

Pertenecíamos a esa clase de amigos que sólo se los reconoce como tales cuando sencillamente se los siente en la necesidad más pura del sentimiento emocional. Reconocimos que la vida no sólo era cosa pasajera, sino que era esencial escribirla y así empezamos a hacerlo, meses más tarde. En junio de ese mismo año, Leyder publicaría su primer libro de poemas "Verso y Prosa" que tuve el agrado de prologar. Cabe indicar que días previos a la entrega final del machote al editor, leímos, y releímos muchos versos y apuntes hasta altas horas de la madrugada.  Siempre que leí sus notas y escritos percibí sencillez de su parte, mucha sencillez y originalidad para la redacción comprendiendo que había una parte de sentir poético muy arraigada en eso que yo llamo hasta ahora, las primeras experiencias. En el prólogo que redactara para el libro -por encargo suyo como ya dije -, traté de clarificar para el lector esa humorística picardía acompañada de una impecable descripción del paisaje andino, un paisaje que supongo lo marcó para siempre.

Posteriormente fui partícipe del nacimiento de su primera novela "Alma Francesa" al año siguiente, obra trágica, ensimismada entre lo cotidiano, lo real y lo imaginario, pero de un fuerte corte amoroso entre dos idílicos de la vida, dos mozuelos, ambos oriundos de las propias entrañas de la tierra, pero de distinta clase social. Gregorio y Jennifer. Una historia muy llevada y lograda hasta el final. Fui el primero en obtener ese libro con todo y firma del propio autor, mi amigo.

Anduvimos juntos los dos primeros años de conocernos. Fueron épocas intensas de aprendizaje, de lecturas, de necesidades, pero sobre todo de sueños y anhelos. De él he podido aprender que, "donde existen hombres, no pueden caer hombres", frase harta reflexionada por mí mismo.

Leyder Vásquez Palomino pertenece a esa raza de constructores - y lo digo ahora sin miedo a equivocarme-, ya que ha sido capaz de ser coherente entre lo que hace y lo que piensa a través de sus palabras, dejando siempre en alto esos valores de amistad, constancia, decisión  y esperanza. Por tanto, no me equivoqué cuando refería en el prólogo de su primer libro que  hoy más que nunca se necesitan constructores, constructores de generaciones venideras, sí, sí, de esas mismas que vengan detrás de otras para enseñar a ver la vida desde la óptica más profunda de la experiencia y la coherencia.

Saludos constructor de la experiencia.
Saludos hermano de la literatura.
Atentamente, tu servidor y amigo
Víctor Abraham.

Foto: Archivo personal

POR LA UNIDAD DE QUIENES CONOCEMOS. Bosquejos sueltos


Si por un momento nos dispusiéramos a pensar  en cuán  importante es valorar a quienes ahora todavía nos rodean y acompañan el mundo con todas sus relaciones humanas sería distinto. (Al menos sé que para ellos este valorar tendría mucho significado,  me refiero a los que todavía hoy están vivos.)

Antes de terminar este cántico de esperanza quiero tributar hoy que puedo estas palabras.
A aquellos hombres y mujeres.
A aquellos amigos y amigas que pude hacer  en el camino sin necesidad de mencionar nacionalidades, razas y culturas porque éstas, pienso que separan al hombre del otro hombre.
A aquellos compañeros de faena que me dieron la oportunidad de compartir con ellos sus experiencias.
A aquellas personas que me acogieron o que tal vez, acogerme no pudieron.
A aquellos escritores y no escritores.
A aquellos leales confidentes.
A aquellos que como yo sufren
A aquellos olvidados que padecen día a día miseria, hambre, burla e indiferencia.

“¡Bienaventurados los pobres!”,  nos  repite Cristo,  pero yo sé que ustedes aquí comen. La fe mueve montañas y éstas caerán a vuestros pies.

***
Apuntes del libro: "Profeso que he sentido en el pensamiento". Lima, Perú. de Víctor Abraham

sábado, 14 de noviembre de 2009

"La misión de escritor": Discurso al Premio Nobel de Literatura 1957 (Fragmento)


(...)

El artista se forja en ese perpetuo ir y venir de sí mismo a los demás; equidistantes entre la belleza, sin la cual no puede vivir, y la comunidad, de la cual no puede desprenderse. Por eso los verdaderos artistas no desdeñan nada; se obligan a comprender en vez de juzgar, y sin han de tomar un partido en este mundo, este sólo puede ser el de una sociedad en la que según la gran frase de Nietzsche, no ha de reinar el juez sino el creador, sea trabajador o intelectual.

 Por lo mismo, el papel del escritor es inseparable de difíciles deberes. Por definición, no puede ponerse al servicio de quienes hacen la historia, sino al servicio de quienes la sufren. Si no lo hiciera, quedaría solo, privado hasta de su arte. Todos los ejércitos de la tiranía, con sus millones de hombres, no le arrancarán de la soledad, aunque consienta en acomodarse a su paso y, sobre todo, si lo consintiera. Pero el silencio de un prisionero desconocido, basta para sacar al escritor de su soledad, cada vez, al menos, que logra, en medio de los privilegios de su libertad, no olvidar ese silencio, y trata de recogerlo y reemplazarlo para hacerlo valer mediante todos los recursos del arte.

 Ninguno de nosotros es lo bastante grande para semejante vocación. Pero en todas las circunstancias de su vida, obscuro o provisionalmente célebre, aherrojado por la tiranía o libre de poder expresarse, el escritor puede encontrar el sentimiento de una comunidad viva, que le justificara a condición de que acepte, en la medida de lo posible, las dos tareas que constituyen la grandeza de su oficio: el servicio de la verdad y el servicio de la libertad. Y pues su vocación es agrupar el mayor número posible de hombres, no puede acomodarse a la mentira y a la servidumbre que, donde reinan, hacen proliferar las soledades. Cualesquiera que sean nuestras flaquezas personales, la nobleza de nuestro oficio arraigará siempre en dos imperativos difíciles de mantener: la negativa a mentir respecto de lo que se sabe y la resistencia a la opresión.

(...)


(*)Albert Camus. La misión del escritor. (Fragmento del discurso pronunciado por el escritor al recibir el Premio Nobel de Literatura 1957)



***

Reflexiones en torno al escritor:
"En su variada obra desarrolló un humanismo fundado en la conciencia del absurdo de la condición humana. En 1957, a la edad de 44 años, se le concedió el Premio Nobel de Literatura por «el conjunto de una obra que pone de relieve los problemas que se plantean en la conciencia de los hombres de hoy".

Víctor Abraham.