miércoles, 24 de febrero de 2010

La esencia de escribir


Yo escribo

Cuando se cierne la negra noche
y envuelve en la densidad de sus deseos mis anhelos
yo escribo…

Cuando siento que el viento
pasa apresurado al mar
con su brisa acariciando mi mejilla
yo escribo…

Cuando exclusivamente sé
que el mañana vendrá al salir el sol
y que el hoy, es el que vivo;
así entiendo y escribo…

Me dices
que las cosas más bellas las hace el hombre
con el esfuerzo más simple
y que cada día que nos va dejando la vida
aprendemos algo
desde el conocer el nombre de una pequeña calle
hasta ganar a un amigo,
esto me levanta en fuego y escribo…

Me dices
que si nos detuviéramos a escuchar
por un instantáneo momento
lo que nos canta el apurado viento
tras su tránsito por llegar al mar
y en este lapso,
un mensaje de este recogiéramos;
con la razón dándote a ti
escribo…

¿De qué valen los anhelos?
Si no lo acompañamos de optimismo.

¿De qué valen los sueños?
Si no los dejamos libres para que nos guíen.

De repente, sea así como tú dices
que en los aspectos más sencillos
se esconde siempre la voz del universo,
y que con un fuerte abrazo
produce el bendito calor humano…
¡No sé!
sin embargo, al sentir todo esto
simplemente acabo refugiándome y escribo.

"Yo escribo" en "Profeso que he sentido en el pensamiento". Lima. Perú. 2014

Desde Lima del Perú.
Víctor Abraham

lunes, 8 de febrero de 2010

"La selva y el mar": Fuerzas inagotables de amor.


Allá por las remotas
luces o aceros aún no usados,
tigres del tamaño del odio,
leones como un corazón hirsuto,
sangre como la tristeza aplacada,
se baten con la hiena amarilla que toma la forma del poniente insaciable.

Oh blancura súbita,
las ojeras violáceas de unos ojos marchitos,
cuando las fieras muestran sus espadas o dientes
como latidos de un corazón que casi todo lo ignora, menos el amor,
al descubierto en los cuellos allá donde la arteria golpea,
donde no se sabe si es el amor o el odio
lo que reluce en los blancos colmillos.

Acariciar la fosca melena
mientras se siente la poderosa garra en la tierra,
mientras las raíces de los árboles, temblorosas,
sienten las uñas profundas
como un amor que así invade.

Mirar esos ojos que sólo de noche fulgen,
donde todavía un cervatillo ya devorado
luce su diminuta imagen de oro nocturno,
un adiós que centellea de póstuma ternura.

El tigre, el león cazador, el elefante que en sus colmillos lleva algún suave collar,
la cobra que se parece al amor más ardiente,
el águila que acaricia la roca como los sesos duros,
el pequeño escorpión que con sus pinzas sólo aspira a oprimir un instante la vida,
la menguada presencia de un cuerpo de hombre que jamás podrá ser confundido con una selva,
ese piso feliz por el que viborillas perspicaces hacen su nido en la axila del musgo,
mientras la pulcra coccinela se evade de una hoja de magnolia sedosa...
Todo suena cuando el rumor del bosque siempre virgen
se levanta como dos alas de oro,
élitros, bronce o caracol rotundo,
frente a un mar que jamás confundirá sus espumas con las ramillas tiernas.

La espera sosegada,
esa esperanza siempre verde,
pájaro, paraíso, fasto de plumas no tocadas,
inventa los ramajes más altos,
donde los colmillos de música,
donde las garras poderosas, el amor que se clava,
la sangre ardiente que brota de la herida,
no alcanzará, por más que el surtidor se prolongue,
por más que los pechos entreabiertos en tierra
proyecten su dolor o su avidez a los cielos azules.

Pájaro de la dicha,
azul pájaro o pluma,
sobre un sordo rumor de fieras solitarias,
del amor o castigo contra los troncos estériles,
frente al mar remotísimo que como la luz se retira.

"La Selva y el mar" del libro de poemas: "La destrucción o el amor". 1935 

Reflexiones en torno al autor:

Junto con Altolaguirre, Lorca, Alberti, María Teresa, Salinas entre otros forman la talentosa generación española del 27. Vicente Aleixandre encierra en el libro "La destrucción o el amor" (1935), una interrogante irracionalista, y la expresión se acerca a la escritura automática, aunque sin aceptar la misma como dogma de fe. El poeta celebra el amor como fuerza natural ingobernable, que destruye todas las limitaciones del ser humano, y critica los convencionalismos con que la sociedad intenta apresarlo.
Es el poema: La selva y el mar, la expresión unísona del amor real y sin medida.A juzgar sobre lo que se escribe una selva densa donde los animales toman forma y apariencia subjetiva de ver el mundo. Premio Nobel de Literatura 1977. Poeta sevillano ante todo y amigo entrañable de Neruda.

Desde la Ciudad de los Reyes del Perú, Lima.
Víctor Abraham les saluda.