martes, 23 de agosto de 2011

Fragmentos de una historia. Cuento. Lima. Perú. 2011

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Durante un viaje en ómnibus, es lógico que alguien lleve entre su ligero equipaje un libro o un cuadernillo que anotar. Cada uno tiene su forma distinta de viajar. Hay quien se la pasa durmiendo, hay quien ha de leer hasta quedar dormido, hay quien suele conversar sobre cualquier tema de actualidad. En fin, cada quien es libre honradamente de escoger la forma como ha de matar su tiempo; pero si dijera que el viaje se efectuará probablemente a las diez de la noche y, que nuestro recorrido tendrá un promedio aproximado de diez horas; supongo que frente a esta verdad cualquiera pensaría que lo más admisible sería dormir. ¡Qué mejor que recuperar las fuerzas gastadas durante el día y, doblemente mejor aún para ello, que un largo y reconfortante sueño!

Durante un viaje te sientas. Evitas cualquier palabra que pueda significar un rescoldo molestoso, siempre claro está que te toque como acompañante un pasajero algo absurdo y extraño, de esos que suelen preguntar todo. Si viajas solo, si eres natural del destino al que te diriges, si tienes familia propia, o simplemente, si te sientes bien en el trabajo u otras cosas más que por respeto al pudor del lector no digo. Suelen encontrarse también algunos tipos algo timoratos, que te ven con desconfianza o simplemente como un bicho raro.

Durante un viaje, ya dije, te sientas. Pulsas la palanca naranja y pequeña que roza tu muslo derecho y reclinas tu asiento, sin incomodar al que está detrás de ti, claro está. Reclinas tu asiento para descansar. Estás en el exacto lugar donde te indicaron. Has verificado previamente para ello tu boleto amarillo. Asiento No 28 al pasadizo como lo has solicitado. Una película de esas raras que sólo arguyen en su trama de dos horas y media de sexo y violencia. No las miras. Las ignoras. No te interesa. Consideras que es una forma de seudoarte mediocre y perversa de distraer las conciencias. Igual respetas a los que gustan de ellas. Aprovechas la escasa luz tenue que te presta el televisor y piensas que estás escribiendo. Lo estás haciendo sin darte cuenta. Estás escribiendo tantas cosas que ya ni recuerdas. Tu plano consciente se va sumiendo lentamente dentro de un mundo borrascoso e inconsciente que pronto copará todos tus sentidos. Es tu mundo onírico. Aflorarán, dentro de poco, entonces muchos recuerdos vagos internos, mórbidos, ambiguos, inexactos e imprecisos.

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(...)Un momento abrupto, recortó mis abrazos. La posición de imagen cambió significativamente. Estábamos allí solos los dos. Ella, mamá. Era mamá. Con ese recuerdo nostálgico de pueblerino la abracé. Repasé sentimentalmente entre mis dedos sus cabellos. Por primera, vez una angustia trepidante recorrió mi casi desvanecido cuerpo que terminó irrumpiendo hasta al más neurálgico punto de mi sentimiento.

Me estremeció una sensación de orfandad única de hijo pródigo. Orfandad que se siente sólo cuando los hijos reclaman a su madre en momentos de desamparo y nostalgia. Las noches que han precedido estos sucesos desde entonces han dado búsqueda a múltiples respuestas. (...)

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“No llores, vamos”, le dije. Entramos de un momento a otro bruscamente como por arte de ilusión a “La baratija”, tienda muy conocida en el barrio donde suelo vivir de vez en cuando desde que era un niño. Sentí la imperiosa necesidad por primera vez de gastar el poco sueldo que traía conmigo ¿Por qué habría de hacerlo esta vez con esa necesidad casi ardorosa? La verdad, era que no encontraba la respuesta. Sólo sabía que debía hacerlo. El fin, supongo que ya lo imaginará usted estimado lector. Vi cortar rebanadas de pan caliente, vi una manilla de plátanos de suculenta apariencia, vi un humeante bizcocho de pascua sobre la mesa del escaparate tendido, vi mermeladas, vi tarros de leche, vi chocolates en barra, vi pulpas de durazno. No recuerdo que más alcanzaron a ver mis ojos, pero seguro que era bastante. Sé que en mis pensamientos oníricos hube de pedir más, algo seguro que mi consciente ingrato jamás haría. Valió la pena todo este noble esfuerzo. Deslizó las yemas de sus dedos agrietados y llenos de callosidades cogiendo mi mano derecha.

Las sentí limpias y suaves. “Gracias”, añadió. Este momento no habría de borrarlo jamás de mi memoria taciturna. Este momento tenía un valor emotivo muy grande. Ella era mi madre, con su cabello liso entre cano y oscuro. Ella era mi madre que había quedado huérfana de un esposo, huérfana de un hijo y huérfana de un padre. Sola con el único espíritu que aún le quedaba. Creo que albergaba una única expectativa; aunque remota, pero intacta, de volver a tener a sus hijos otra vez juntos con ella. Esa fue la impresión que recibí de ella. (...)


Desde la Ciudad de Lima del Perú
Víctor Abraham les saluda

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