miércoles, 26 de octubre de 2011

SUBURBIOS DE LA MADRUGADA

No sé si esta vida que llevo es mi vida, u otra vida que me pone el destino. No lo sé. Sinceramente, no lo sé.


Son las 3.30 a.m. Hace madrugada. Había andado muchas horas, hasta perdí la cuenta de cuánto; todo este transcurrir se ha ido dando bajo el sereno de la noche inmensa. Había andado toda la noche, como ya dije. Noche anterior, porque el reloj hace mucho rato había empujado sus minuteros y segunderos a otro nuevo día. Pienso. Ya es parte de la madrugada de hoy. Hoy es jueves, y cosa curiosa no siento frío ni crepitación en mi cuerpo. Ya pasó, al menos la llovizna que se presentó hasta hace unas horas; aunque breve, algo incómoda.

Camino por la avenida ancha de cuatro carriles. Noctámbulos hombres, uno que otro, no son muchos. Sus miradas guardan intrigas. Intrigas varias. Autos pocos. El sonido de su recorrido. Semáforos se apagan y se prenden. Nadie pasa. Llevo sobre los hombros puesto un abrigo azul acero, cuya figura a la luz de la tenue iluminación callejera se derrama delante de mí proyectándose como un aura que acompaña mi solitaria sombra. Sombra que siempre va delante de mí, y a la que no puedo alcanzar por más que intente. Edificios altos, colosales, multicolores, multiformes. Rejas de fierro galvanizadas intercaladas con madera. Hace soledad, mucha soledad.

(...) La noche duerme, susurra entre sueños amaneceres humanos perfectos. Sólo dos seres contemplan el sueño de la noche: Un gato parado sobre una terraza alta y mi conciencia.

Sereno viento. Cálido viento alegre. Silva, danza, camina, marcha. Marcha ligero. Basura regada en suelo oscuro, papelillos volando resquebrajados. La luna no está. Ha cedido su presencia a la inmensidad de la noche lunar. Cielo opaco, inminente. No hay estrellas, ¿habrá cubierto su manto grisáceo las estrellas? Polvo cósmico. Polvo enamorado. Polvo todo se hace, polvo sideral. Hasta mis sueños son siderales. Me siento tranquilo, frondoso, filósofo, pensativo. Y eso que aún faltan diez cuadras para intentar llegar, pero llegar a dónde,… ¿al destino?.

Paso junto a una carretilla de comida rápida. Huele a calientes aromas. Mis nasales hienden calientes aromas. Sigo. No me detengo, nunca me detengo. Sigo movido por mi más enérgico pensamiento. Dos ciclópeos edificios se miran desafiantes, uno al frente del otro. Tal vez, me pregunto, su mayor desafío sea llegar al cielo. Pensé anoche que no iba a cenar, sin embargo cené más de lo debido. (...)

Una música movida combina entre sus letras carnaval y alegría. Eso pasa dentro de un establecimiento. Afuera el conserje municipal recoge la basura de la ausente sociedad. ¡Oh, pobre hormiguero nocturno! Sobre tres desvencijadas llantas arrastra su colector y sigue trabajando.

Es julio 23, me hace bien caminar. Mis pasos me llevan me conducen. Conducen mi destino. (...) Se escucha sólo el silencio. Mucho silencio. Ensordecedor silencio. ¡Calla ya, soledad! ¡Silencio! Sigo caminando. Oigo solo mis pasos. Camina conmigo mi sombra, cual espectro misterioso se ha pegado de mí. “Camina. No descanses, camina”, parece decirme ella. ¿Cómo es que la vida te sujeta y te suelta, te ilusiona y te abraza, y a los pocos segundos te suelta, te arroja?

(...)Todo se me hace un caos caótico en la cabeza que traspasa hasta las grietas más profundas de mi juicio. Pensar y escribir, pero en sobremanera escribir. Temor, no siento, sólo siento mis elementos poéticos, mis versos discurriendo, mis ilusiones, mis sueños,… en fin. ¡Qué puedo decir!. Pensé y repensé, y al final alguien gritó: “¡Oiga, usted, despierte, son las seis de la mañana!”

Desconecté la batería de mi intercomunicador, debí haberme quedado pensando.

Desde Lima, ciudad capital del Perú.
Víctor Abraham les saluda

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