miércoles, 13 de junio de 2012

Buenos Aires del Perú

Las ciudades grandes siempre tienen mucho que enseñarnos. He aprendido mucho de los viajes, me han permitido conocer gente, mucha gente, gente de todo tipo, lugares entre exóticos y no tan exóticos, sortear dificultades y recibir alegrías esporádicas, en fin. Pero estas cosas, sólo son el follaje de lo que representa y sostiene mi vida, mi raíz. 

Gran parte de experiencias que ha asimilado esta joven vida mía, se han gestado al borde de esta pequeña ribera llamada  Buenos Aires, Buenos Aires del Perú como suelo citarla en mis escritos. Una pequeña comunidad con gente tan común y sin embargo significativa. Nací, propiamente allí, no en Trujillo como se piensa. Allí nací, allí nació esta loca aventura de narrar y contar cosas, las salidas, las ilusiones, las alegrías y las primeras vivencias, todas, absolutamente todas han quedado grabadas en mi memoria. Allí aprendí a leer y a escribir, allí aprendí a saludar a mis mayores, aprendí a ver la vida con silencios nostálgicos, aprendí a sonreír. Se dice que las primeras experiencias forman y moldean en gran parte el pensamiento final de un adulto, y creo que sí, que de eso se encarga el tiempo. En mis memorias viajo, camino, recorro, conozco mucha gente, y sin embargo vuelvo, siempre vuelvo.

Se dice que uno habla y describe lo que sus ojos le han enseñado a ver, y debe ser cierto porque mis ojos me han llevado a internalizar muy de memoria esas límpidas calles, algunas anchas y otras cortas, entre polvorientas y coloridas fachadas, aún - aunque pocas- están las casas antiguas de madera. Muchas casas están hechas de adobe y caña como la mía, otras han crecido con el tiempo y se han revestido de concreto. Sin embargo, están todas. La gente es sencilla, muchos van y vienen cada día del centro de la ciudad, Trujillo,  que queda a unos treinta minutos. Muchos trabajan como empleados, y otros han preferido iniciar un negocio propio en su casa. Hay muchas tiendas, bastantes. Dos únicos mercados. Decían que uno era para la gente de otra condición, y la otra para gente como la nuestra, sin embargo yo me las arreglaba siempre para comprar en los dos lugares. Dos jardines pequeños, antes de que aparezcan tantos absurdos kinders. Actualmente hay muchos niños, demasiados niños, creo que han sobrepoblado la comunidad. Ellos temprano van a estudiar, todas las mañanas suelen pasar cogidos de la mano de sus mamás. Las escuelas siguen siendo las mismas, las mismas en las que estudiamos los chicos y yo. Las mismas palmeras, los mismos sardineles. La plaza, que ahora de noche se ve iluminada por mágicas aguas de colores ha sido cambiada, creo que para mejoras, antes había allí un arco, que parecía más bien una nave interplanetaria. En realidad nunca supe lo que llegó a significar. El mar, por último el mar, este maravilloso mar que de no ser por su presencia, nada tendría sentido, ni habría sido posible tampoco contar esta historia. Aprendí, que nuestra comunidad se llamaba Buenos Aires, cosa curiosa, casualmente por los buenos aires que por allí corrían. Bueno, así se dice, y debe ser cierto. 

Cuando éramos pequeños con los amigos de la cuadra, que ya no hay casi ninguno, muchos han emigrado como yo, otros ya no están por circunstancias ajenas, ajenas sencillamente, pero no para eso que todos conocemos como muerte. Los pocos que han quedado han hecho raíces, han cimentado su vida dando nuevas vidas. Los viejos están muriendo, supongo que llegará también nuestro tiempo. Pero no ahora, no aún, han mucho por hacer. Me debo en mucha parte, en bastante parte a este lugar, que como diría mi padre, tu lugar. 

Allí han quedado retratadas en mi memoria, varias imágenes desde el juzgamiento a un inocente pelícano por un grupo de inescrupulosos chicos una tarde del 94´ hasta el día en que vi por primera vez las enormes crestas de casi más de dos metros de olas furiosas que parecían salir no sé si a saludar o a intimidar, en todo caso, cosa verdaderamente admirable y curiosa, jamás sentimos miedo. Cuando el contacto con la naturaleza se gesta a diario, ya se sabe lo que quiere ella de nosotros. Allí han quedado las múltiples historias del ahogado, de la loca Tina, del negro Mary, y tantas historias que ahora sólo me causan gracia. Una enorme y verdadera gracia de nostalgia. Creo que allí está, allí estará, como ya dije, siempre que vuelva. Recorrer latitudes y volver, volver a la matriz principal de donde he sido creado. 

Escribo esta crónica pequeña, en memoria de la mucha gente que ha pasado por esta ribera, y también en gratitud por quienes pasaron y se quedaron, se hicieron amigos, amigos míos y de los demás. Una gratitud para quienes me acogen cuando regreso, infinitas gracias para todos.

Desde Lima, Ciudad Capital del Perú.
Víctor Abraham les saluda.

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