domingo, 26 de agosto de 2012

La escuela de Buenos Aires.

A Daniel Velásquez Padilla, y a los grandes amigos y amigas encinistas,
a quienes me une una gran fraternidad bonaerense.


No era exactamente así hace veinte años, pero sin duda debo tanto o tal vez más que eso a este lugar, a sus maestros y a su paciencia, y a los amigos que hice allí y que acompañaron mi niñez, algunos de los cuales aún puedo ver cuando regreso a Buenos Aires, ese pequeño y significativo poblado ubicado en algún punto del norte del Perú, origen de mi origen, raíz de mis raíces. A veces pienso que la niñez es esa ávida etapa en que el ser humano empieza a balbucear sus primeros intentos de interpretación y reconocimiento del mundo, que más adelante la madurez  cimentará. Sí, esa misma niñez que sólo es capaz de ser moldeada por las primeras vivencias diarias al interior  una escuela primaria. Lo que viene en adelante sólo es complementario, cognitivo, instructivo, de forma más que de fondo y de formación. Son las primeras vivencias y las primeras manifestaciones tempranas las que marcan la vida de un individuo. Ahora entiendo a Freud, a Piaget, a Ausubel, a Bandura, a Rogers, a Maslow y a tantos otros interpretadores de la mente infante que leí en mis épocas universitarias.

Como ya dije, debo tanto a esta escuela estatal que lleva el número 81025 - lo recuerdo por las interminables veces que la solía poner a inicios de cada año en las etiquetas de los cuadernos, mi padre los forraba-, pero sobre todo que lleva el nombre de un gran maestro y ensayista del Perú profundo, José Antonio Encinas. Tal vez, haya sido casualidad o no, ese hecho mismo de empezar mi vida escolar allí. Es curioso que por cosas del destino fortuito sin buscarlo y también sin saberlo muchos años después seguiría el camino de este insigne peruano y uniría mi futura vida a estas dos nobles tareas: la de maestro y de escritor. Jamás iba a imaginarme, que veinte años después me dejaría arrastrar por este tentador laberinto de pensar y de escribir, de escudriñar en la mente entre presentes, pasados y futuros con el único fin de sacar de estos mundos internos acepciones e interpretaciones, personajes con sus extrañas, absurdas y hasta desquiciadas vidas ajenas, emociones conmovedoras y conspiraciones rebeldes, en fin tantas resultantes que sólo nos ofrece el inimaginable orbe de la creatividad.

En el recuerdo de esta escuela 81025 José Antonio Encinas, han quedado atrapadas mentalmente las primeras experiencias que palpé de primera mano, el primer 20 en matemática - cosa curiosa que haya sido el primer examen de mi vida por sumas y restas-, las historias primeras que leí, los cuentos, las leyendas, la gran historia aún inverosímil para mí sobre la fundación del Imperio Inca- una gran historia de formación cultural de un pueblo que subsistió por casi trescientos años y que hoy a pesar del tiempo sigue siendo un orgullo para todos los peruanos-. Han quedado allí en este lugar, los primeros aprendizajes cívicos y formativos de respetar a mis mayores, y ser agradecido con todos, las primeras clases de Historia con sus héroes, sus próceres y sus precursores, pero también con esas masas deseosas de libertad e independencia. Han quedado retratadas las primeras clases de Ciencias naturales en las que aprendí con dificultad la variada taxonomía de la vida y su origen, apuntes que no comprendía aún, pero entendería a la perfección con los años, las primeras oraciones y el primer acercamiento a un  Dios que si bien no veía, me decían que se sentía. Las primeras clases de un lenguaje y ese interminable y delicioso mundo de las palabras que se convertirían con los años en las mayores armas para afrontar mi existencia vital. Recuerdo mis primeras aproximaciones a la gramática, a la sintaxis y a la ortografía y caligrafía, los dictados diarios y las competencias de concursos que se celebraban en octubre cada año. En fin tantas cosas que hoy han dado consistencia a mi presente vida.

No puedo terminar esta crónica sin dar gracias, sin dar esas totales e infinitas gracias a mis primeros maestros, a esos maestros encinistas quienes dejaron todo para hacer de nuestra generación hombres de bien, y de quienes bebí particularmente esos primeros conocimientos que se fueron perfeccionando luego. Gracias a ese buen maestro Hely León Navarretty, que me tuvo en su aula de clase durante seis años invariables, y a quién debo el mayor milagro intelectual que haya recibido en la vida: el hecho mismo de sumar, restar, leer y escribir. Gracias a los cuarenta y dos alumnos de esa promoción de primaria "María Reiche"del año 93´, de quienes aprendí el valor de la amistad y los juegos. Gracias a todos ellos de la manera más amplia y a tantas innumerables gentes que pasaron por mi niñez, las  mismas que siempre aparecen intempestivamente en la memoria a la hora de retratar los primeros cimientos. Recuerdo todo, absolutamente todo en mi memoria. Creo ahora más convencido que hay muchas personas que nos marcan, que marcan nuestra vida y más aún si ésta está unida a nuestros primeros años. Son nuestros primeros años los más trascendentes, y mientras más jóvenes seamos el impacto es mayor. Son estos los aprendizajes más significativos. Lo que viene luego, como ya lo he dicho es complementario.

Desde Lima, Ciudad Capital del Perú.
Víctor Abraham les saluda.

lunes, 20 de agosto de 2012

"Berenice" y "El corazón delator": Dos filos de la interpretación psicológica del terror

BERENICE

(...)

Berenice y yo éramos primos y crecimos juntos en la heredad paterna. Pero crecimos de distinta manera: yo, enfermizo, envuelto en melancolía; ella, ágil, graciosa, desbordante de fuerzas; suyos eran los paseos por la colina; míos, los estudios del claustro; yo, viviendo encerrado en mí mismo y entregado en cuerpo y alma a la intensa y penosa meditación; ella, vagando despreocupadamente por la vida, sin pensar en las sombras del camino o en la huida silenciosa de las horas de alas negras. ¡Berenice! Invoco su nombre... ¡Berenice! Y de las grises ruinas de la memoria mil tumultuosos recuerdos se conmueven a este sonido. ¡Ah, vívida acude ahora su imagen ante mí, como en los primeros días de su alegría y de su dicha! ¡Ah, espléndida y, sin embargo, fantástica belleza! ¡Oh sílfide entre los arbustos de Arnheim! ¡Oh náyade entre sus fuentes! Y entonces, entonces todo es misterio y terror, y una historia que no debe ser relatada. La enfermedad -una enfermedad fatal- cayó sobre ella como el simún, y mientras yo la observaba, el espíritu de la transformación la arrasó, penetrando en su mente, en sus hábitos y en su carácter, y de la manera más sutil y terrible llegó a perturbar su identidad. ¡Ay! El destructor iba y venía, y la víctima, ¿dónde estaba? Yo no la conocía o, por lo menos, ya no la reconocía como Berenice.

(...)


El golpe de una puerta al cerrarse me distrajo y, alzando la vista, vi que mi prima había salido del aposento. Pero del desordenado aposento de mi mente, ¡ay!, no había salido ni se apartaría el blanco y horrible espectro de los dientes. Ni un punto en su superficie, ni una sombra en el esmalte, ni una melladura en el borde hubo en esa pasajera sonrisa que no se grabara a fuego en mi memoria. Los vi entonces con más claridad que un momento antes. ¡Los dientes! ¡Los dientes! Estaban aquí y allí y en todas partes, visibles y palpables, ante mí; largos, estrechos, blanquísimos, con los pálidos labios contrayéndose a su alrededor, como en el momento mismo en que habían empezado a distenderse. Entonces sobrevino toda la furia de mi monomanía y luché en vano contra su extraña e irresistible influencia. Entre los múltiples objetos del mundo exterior no tenía pensamientos sino para los dientes. Los ansiaba con un deseo frenético. Todos los otros asuntos y todos los diferentes intereses se absorbieron en una sola contemplación. Ellos, ellos eran los únicos presentes a mi mirada mental, y en su insustituible individualidad llegaron a ser la esencia de mi vida intelectual. Los observé a todas las luces. Les hice adoptar todas las actitudes. Examiné sus características. Estudié sus peculiaridades. Medité sobre su conformación. Reflexioné sobre el cambio de su naturaleza. Me estremecía al asignarles en imaginación un poder sensible y consciente, y aun, sin la ayuda de los labios, una capacidad de expresión moral. Se ha dicho bien de mademoiselle Sallé quetous ses pas étaient des sentiments, y de Berenice yo creía con la mayor seriedad quetoutes ses dents étaient des idées. Des idées! ¡Ah, éste fue el insensato pensamiento que me destruyó! Des idées! ¡Ah, por eso era que los codiciaba tan locamente! Sentí que sólo su posesión podía devolverme la paz, restituyéndome a la razón.

Y la tarde cayó sobre mí, y vino la oscuridad, duró y se fue, y amaneció el nuevo día, y las brumas de una segunda noche se acumularon y yo seguía inmóvil, sentado en aquel aposento solitario; y seguí sumido en la meditación, y el fantasma de los dientes mantenía su terrible ascendiente como si, con la claridad más viva y más espantosa, flotara entre las cambiantes luces y sombras del recinto. Al fin, irrumpió en mis sueños un grito como de horror y consternación, y luego, tras una pausa, el sonido de turbadas voces, mezcladas con sordos lamentos de dolor y pena. Me levanté de mi asiento y, abriendo de par en par una de las puertas de la biblioteca, vi en la antecámara a una criada deshecha en lágrimas, quien me dijo que Berenice ya no existía. Había tenido un acceso de epilepsia por la mañana temprano, y ahora, al caer la noche, la tumba estaba dispuesta para su ocupante y terminados los preparativos del entierro.

Me encontré sentado en la biblioteca y de nuevo solo. Me parecía que acababa de despertar de un sueño confuso y excitante. Sabía que era medianoche y que desde la puesta del sol Berenice estaba enterrada. Pero del melancólico periodo intermedio no tenía conocimiento real o, por lo menos, definido. Sin embargo, su recuerdo estaba repleto de horror, horror más horrible por lo vago, terror más terrible por su ambigüedad. Era una página atroz en la historia de mi existencia, escrita toda con recuerdos oscuros, espantosos, ininteligibles. Luché por descifrarlos, pero en vano, mientras una y otra vez, como el espíritu de un sonido ausente, un agudo y penetrante grito de mujer parecía sonar en mis oídos. Yo había hecho algo. ¿Qué era? Me lo pregunté a mí mismo en voz alta, y los susurrantes ecos del aposento me respondieron: ¿Qué era?

En la mesa, a mi lado, ardía una lámpara, y había junto a ella una cajita. No tenía nada de notable, y la había visto a menudo, pues era propiedad del médico de la familia. Pero, ¿cómo había llegado allí, a mi mesa, y por qué me estremecí al mirarla? Eran cosas que no merecían ser tenidas en cuenta, y mis ojos cayeron, al fin, en las abiertas páginas de un libro y en una frase subrayaba: Dicebant mihi sodales si sepulchrum amicae visitarem, curas meas aliquantulum fore levatas. ¿Por qué, pues, al leerlas se me erizaron los cabellos y la sangre se congeló en mis venas?

Entonces sonó un ligero golpe en la puerta de la biblioteca; pálido como un habitante de la tumba, entró un criado de puntillas. Había en sus ojos un violento terror y me habló con voz trémula, ronca, ahogada. ¿Qué dijo? Oí algunas frases entrecortadas. Hablaba de un salvaje grito que había turbado el silencio de la noche, de la servidumbre reunida para buscar el origen del sonido, y su voz cobró un tono espeluznante, nítido, cuando me habló, susurrando, de una tumba violada, de un cadáver desfigurado, sin mortaja y que aún respiraba, aún palpitaba, aún vivía.

Señaló mis ropas: estaban manchadas de barro, de sangre coagulada. No dije nada; me tomó suavemente la mano: tenía manchas de uñas humanas. Dirigió mi atención a un objeto que había contra la pared; lo miré durante unos minutos: era una pala. Con un alarido salté hasta la mesa y me apoderé de la caja. Pero no pude abrirla, y en mi temblor se me deslizó de la mano, y cayó pesadamente, y se hizo añicos; y de entre ellos, entrechocándose, rodaron algunos instrumentos de cirugía dental, mezclados con treinta y dos objetos pequeños, blancos, marfilinos, que se desparramaron por el piso.

FIN




***

EL CORAZÓN DELATOR

(..)

Al llegar la octava noche, procedí con mayor cautela que de costumbre al abrir la puerta. El minutero de un reloj se mueve con más rapidez de lo que se movía mi mano. Jamás, antes de aquella noche, había sentido el alcance de mis facultades, de mi sagacidad. Apenas lograba contener mi impresión de triunfo. ¡Pensar que estaba ahí, abriendo poco a poco la puerta, y que él ni siquiera soñaba con mis secretas intenciones o pensamientos! Me reí entre dientes ante esta idea, y quizá me oyó, porque lo sentí moverse repentinamente en la cama, como si se sobresaltara. Ustedes pensarán que me eché hacia atrás... pero no. Su cuarto estaba tan negro como la pez, ya que el viejo cerraba completamente las persianas por miedo a los ladrones; yo sabía que le era imposible distinguir la abertura de la puerta, y seguí empujando suavemente, suavemente.

Había ya pasado la cabeza y me disponía a abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló en el cierre metálico y el viejo se enderezó en el lecho, gritando:

-¿Quién está ahí?

Permanecí inmóvil, sin decir palabra. Durante una hora entera no moví un solo músculo, y en todo ese tiempo no oí que volviera a tenderse en la cama. Seguía sentado, escuchando... tal como yo lo había hecho, noche tras noche, mientras escuchaba en la pared los taladros cuyo sonido anuncia la muerte.

Oí de pronto un leve quejido, y supe que era el quejido que nace del terror. No expresaba dolor o pena... ¡oh, no! Era el ahogado sonido que brota del fondo del alma cuando el espanto la sobrecoge. Bien conocía yo ese sonido. Muchas noches, justamente a las doce, cuando el mundo entero dormía, surgió de mi pecho, ahondando con su espantoso eco los terrores que me enloquecían. Repito que lo conocía bien. Comprendí lo que estaba sintiendo el viejo y le tuve lástima, aunque me reía en el fondo de mi corazón. Comprendí que había estado despierto desde el primer leve ruido, cuando se movió en la cama. Había tratado de decirse que aquel ruido no era nada, pero sin conseguirlo. Pensaba: "No es más que el viento en la chimenea... o un grillo que chirrió una sola vez". Sí, había tratado de darse ánimo con esas suposiciones, pero todo era en vano. Todo era en vano, porque la Muerte se había aproximado a él, deslizándose furtiva, y envolvía a su víctima. Y la fúnebre influencia de aquella sombra imperceptible era la que lo movía a sentir -aunque no podía verla ni oírla-, a sentir la presencia de mi cabeza dentro de la habitación.

Después de haber esperado largo tiempo, con toda paciencia, sin oír que volviera a acostarse, resolví abrir una pequeña, una pequeñísima ranura en la linterna.

Así lo hice -no pueden imaginarse ustedes con qué cuidado, con qué inmenso cuidado-, hasta que un fino rayo de luz, semejante al hilo de la araña, brotó de la ranura y cayó de lleno sobre el ojo de buitre.
Estaba abierto, abierto de par en par... y yo empecé a enfurecerme mientras lo miraba. Lo vi con toda claridad, de un azul apagado y con aquella horrible tela que me helaba hasta el tuétano. Pero no podía ver nada de la cara o del cuerpo del viejo, pues, como movido por un instinto, había orientado el haz de luz exactamente hacia el punto maldito.

¿No les he dicho ya que lo que toman erradamente por locura es sólo una excesiva agudeza de los sentidos? En aquel momento llegó a mis oídos un resonar apagado y presuroso, como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Aquel sonido también me era familiar. Era el latir del corazón del viejo. Aumentó aún más mi furia, tal como el redoblar de un tambor estimula el coraje de un soldado.

(...)

Sin duda, debí de ponerme muy pálido, pero seguí hablando con creciente soltura y levantando mucho la voz. Empero, el sonido aumentaba... ¿y que podía hacer yo? Era un resonar apagado y presuroso..., un sonido como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Yo jadeaba, tratando de recobrar el aliento, y, sin embargo, los policías no habían oído nada. Hablé con mayor rapidez, con vehemencia, pero el sonido crecía continuamente. Me puse en pie y discutí sobre insignificancias en voz muy alta y con violentas gesticulaciones; pero el sonido crecía continuamente. ¿Por qué no se iban? Anduve de un lado a otro, a grandes pasos, como si las observaciones de aquellos hombres me enfurecieran; pero el sonido crecía continuamente. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía hacer yo? Lancé espumarajos de rabia... maldije... juré... Balanceando la silla sobre la cual me había sentado, raspé con ella las tablas del piso, pero el sonido sobrepujaba todos los otros y crecía sin cesar. ¡Más alto... más alto... más alto! Y entretanto los hombres seguían charlando plácidamente y sonriendo. ¿Era posible que no oyeran? ¡Santo Dios! ¡No, no! ¡Claro que oían y que sospechaban! ¡Sabían... y se estaban burlando de mi horror! ¡Sí, así lo pensé y así lo pienso hoy! ¡Pero cualquier cosa era preferible a aquella agonía! ¡Cualquier cosa sería más tolerable que aquel escarnio! ¡No podía soportar más tiempo sus sonrisas hipócritas! ¡Sentí que tenía que gritar o morir, y entonces... otra vez... escuchen... más fuerte... más fuerte... más fuerte... más fuerte!

(...)

FIN

Desde Lima, Ciudad Capital del Perú.
Víctor Abraham les saluda.

domingo, 12 de agosto de 2012

Tauromaquia: ¿Arte y belleza..., por dónde?

"Ninguno de los dos tenían un enemigo tan poderoso como el hombre".  Estas palabras que Daniel P. Mannix colocara en su libro: "El zorro y el sabueso" (1967), cobran importancia, no porque se trate de zorros ni de sabuesos, que dicho sea de paso también merecen un comentario aparte, sino por esta  "barbarie" de matar animales so pretexto de inspiración, diversión y tradición. "Barbarie", así sarcásticamente expresada entre comillas como objeto de mofa e ironía a los propósitos nobles que se persiguen día a día en las calles, en las comunidades reflexivas y en las redes sociales con el fin de rechazar todo intento de abuso animal. 

Esta mañana, el diario La República ha publicado en sus páginas una columna titulada "La "barbarie" taurina", donde el Sr. Mario Vargas Llosa expone entre otras ideas las siguientes. Observemos:

"(...)Pero prefiero el toreo profundo, el que el que nos hace presentir eso que Víctor Hugo llamaba “la boca de la sombra”, el pozo negro que nos espera a todos y a cuyas orillas algunos creadores de excepción –poetas, músicos, cantantes, danzarines, toreros, pintores, escultores, novelistas- se acercan a veces para producir una belleza impregnada de misterio, que nos desvela una verdad recóndita sobre lo que somos, sobre lo hermosa y precaria que es la existencia, sobre lo que hay de exaltante y trágico en la condición humana(...)En los toros hay una violencia que para muchas personas, como Sánchez Ferlosio, es intolerable, algo absolutamente digno de respeto. Sería un atropello brutal que alguien quisiera obligarlo a nadie asistir a un espectáculo que malentiende y abomina. Es menos digno de respeto, en cambio, que él y quienes quisieran acabar con los toros, traten de privarnos de la fiesta a los que la amamos: un atropello a la libertad no menor que la censura de prensa, de libros y de ideas. Y tampoco es respetable la caricatura de la corrida como una expresión de machismo y chulería(...) Pero, tal vez, para entender cabalmente estos ensayos hay que amar los toros y no odiarlos, pues el odio obnubila la razón y estraga la sensibilidad. Los aficionados amamos profundamente a los toros bravos y no queremos que se evaporen de la faz de la tierra, que es lo que ocurriría fatalmente si las corridas desaparecieran. Pero no ocurrirá, no todavía por lo menos, no mientras haya corridas que, como esa semiclandestina de Marbella de la tarde del 5 de agosto, nos hagan vibrar de emoción y gratitud ante un espectáculo de tanta perfección, y nos den tanta voluntad y razones para seguir defendiéndolas contra la prohibición, la última ofensiva autoritaria, disfrazada, como es habitual, de progresismo.Marbella, agosto de 2012"

De lo expuesto con anterioridad, entiendo que la libertad -como lo ha precisado alguien esta tarde a través de las redes sociales-, implica que unos y otros defiendan sus puntos de vista que son terriblemente incómodos para otros, como en este caso. Pienso que eso no está en juego, es más efectivamente la libertad implica el respeto para estos puntos de vista, sin embargo no se puede ser ajeno, ni esquivo a la hora de hacer un alto para también reflexionar y denunciar, si actos de insana fe llevan esas palabras, sin importar que el error venga de tal o cual personaje importante; en el fondo hay una sólo esencia y característica, y esta es precisamente nuestra condición humana. 
 
El hecho de que muchas personas, artistas o no, necesiten acercarse a este vil acto para percibir el misterio de la belleza o en todo caso producirla a través de su arte es cuestión de ellos mismos, pero no debería ser compartido, menos expuesto, ya que es contradictorio que el misterio de la belleza y  la precariedad de la existencia como se sostiene en este artículo, sea reflejada necesariamente en el sufrimiento trágico de la condición no humana, sino animal, porque el individuo es en esencia también un ser animal de escala evolutiva más lograda.

¡Esto es cierto!Pienso que si tenemos de nuestro lado la palabra es casualmente para orientar y promover actos de humanidad y buenas prácticas, más aún si tenemos una legión de ciudadanos tras nosotros que esperan  un buen consejo o una buena orientación. No escribimos para hacer de nuestro trabajo "un arte por el arte", sino para hacer de nuestro arte un acto de justicia y solidaridad frente a cualquier manifestación de vida

El respeto a la vida animal no debe ser conculcada(infringida) por ningún individuo, ya sea ordinario o extraordinario. Rechazo este acto.  Una corrida de toros, jamás ha sido, es ni será a mi juicio crítico y valorativo por crianza familiar un arte, mucho menos una forma de cultura. Es probable que so pretexto de tradición popular se la intente disfrazar, esto es ya inconcebible, entendible debido al bajo nivel de apreciación consciente que predomina en sus manifestantes, pero jamás compartible. Es tal vez por eso, que el mundo hoy esté pasando de la visión humanamente racional a la insensibilidad precaria de almas mezquinas. El señor NAUPARI dice: Usted, ha ido a alguna corrida? Sabe que la mayoría de éstas se celebran en provincias recónditas y profundas de nuestro país? Leyó Yawar Fiesta? Yo le respondo, que no es necesario apreciar muerte y violencia para darse cuenta de que en tal o cual lugar se promueve muerte y violencia. Las fiestas populares llevan en su expresión ritos, festividades como parte de su tradición pero nada más, no hay un trasfondo mayor, salvo la jocosidad y la diversión.

Considero errónea la apreciación del Sr. Vargas Llosa, al referirse como "fiesta" a una corrida de toros, mas aún tratar de comparar estas marchas antitaurinas o estos rechazos que muchas comunidades denuncian cada día con una censura de prensa, libros e ideas. Aquí no está en juego las ideas, sino los actos Sr. Vargas Llosa. Actos deplorables que sólo muestran el lado más sórdido y brutal que ha quedado como rezagos de la Roma Antigua. ¿Qué es esto, un circo donde decidimos que animal preparamos para la plaza, o tal vez que animal muere o que animal no muere?

Para concluir hay mucho de cierto en las palabras del Sr. Llosa, "el odio obnubila(ciega) la razón y estraga(daña) la sensibilidad", es verdad, pero debo admitir que no se puede hablar de odio en quienes intentan hacer lo correcto, y lo correcto es como diría César Vallejo, "la defensa de la vida".

Mis afectos y totales saludos a los cientos de jóvenes propulsores de las buenas consciencias  que cada día siguen firmes en su lucha por la defensa de los animales. Sigamos adelante, sin desmayar!

Desde Lima, Ciudad Capital del Perú. 
Víctor Abraham les saluda.

jueves, 9 de agosto de 2012

Colofón para un viejo. Fragmento para una novela.


La noche en que atravesé rápidamente la calle Washington. Todo era oscuridad. Un perro tan semejante a Laly estaba parado orinando (había levantado la patita haciendo un ángulo de 45o ). Lo miré. Pareció que el brillo de sus ojos dibujaba tanta ansiedad que me hizo sentir que estaba frente a un mísero ser. Pobre animal. Una mujer negra llevaba del brazo a su pequeña, tenía sobre la cabeza un cesto. Era curioso verla. Ambas parecían impolutas, a pesar de su precariedad y su pobre ropaje que llevaban. Yacía invierno, el viento gravitaba levemente en el espacio sideral. Oscuro, todo era oscuro. Oscuridad total.

En cuanto a mí, tenía una reunión, iba algo apurado. Era algo más que la hora indicada. Llegaría tarde. Una conversación de quince minutos me distrajo antes. Total, no era una urgencia tal para reprocharse. (Pienso, que el diálogo era más fructuoso que la reunión en sí misma, pero aún así se debía cumplir). Hasta llego a pensar que algunas veces estas circunstancias fortuitas siempre se entremezclan para hacernos más culpables. Como ya dije, diligentemente caminaba esa recta horizontal. La puerta del local estaba abierta. Un vigilante que me animó a firmar mi asistencia. Siempre hay que registrarse –dijo-, es por seguridad- volvió a añadir-. ¡Pobre tipo! Estos tipos y sus seguridades absurdas. Si tan sólo confiaran más en el alma del próximo, y dejarán de socavar la buena voluntad de los que nada tienen que ver con la maldad este mundo sería diferente. En fin, tuve que registrarme y firmar. Me puse de manifiesto con una rúbrica al pie de un tal González Browm,  abogado y poeta, de sesenta y cinco años, de teléfono 523-2425, natural de Lima. Mi firma me salió algo extraña. La “V”, la había curveado más de la cuenta y el trazo horizontal sobre el que descansa el resto de mi nombre salió no tan firme, digo esto porque cuando suelo estampar mi rúbrica, basta que salga la inicial de mi primer nombre mal para que lo demás también salga mal. Por eso siempre soy muy cuidadoso en este detalle. Alguien dijo una vez que la firma dice mucho de la persona.

(...)

Poemas cortos, poemas largos. Críticas agrias, críticas insulsas. Declamaciones apuradas, declamaciones apáticas. Aplausos, silencios. Así transcurrió la reunión. Las luces algo tenues en su coloración eran las únicas impávidas, los demás ya estaban comenzando a intranquilizarse. El último versador fue el más prometedor, a pesar de sus escasos dieciocho años traía en sus palabras algo más que experiencia teórica y juego de lenguajes difusos, traía vida. Una vida que sólo puede ser percibida cuando se la vive. Adolescente delgado y de complexión normal, salvo su voz algo gangosa, pero cosa extraña propicia para lo que interpretaba. Fue lo mejor de la noche. Sus ojos dejaban ver por momentos esa naturaleza ensimismada y algo imprevista de su personalidad. Es curioso que siempre se diga: “los ojos son el reflejo del alma”. Bueno, debo admitir que esa alma que le acompañaba encandiló y dejó a los espectadores satisfechos. Creo que salvó la noche.

Al finalizar la reunión me dirigí a la puerta de salida. El vigilante estaba allí parado en el mismo sitio donde le había dejado hace un par de horas. Me alcanzó el bueno de Charles, conversamos brevemente. Charles es uno de esos poetas en que las imprecaciones  existenciales siempre saltan a la luz a la hora de escribir poemas.Él es un gran amigo mío, algunas veces algo urente y discrepante, pero es mi amigo. Me agradeció el haber asistido. Cuando salíamos me presentó a algunos amigos suyos, también poetas como él. Me hicieron algunas preguntas algo incómodas, las mismas que fueron respondidas por palabras también incómodas. Creo que entendieron porque ya no dijeron nada, salvo cambiar de tema y empezar a hablar del Gobierno. (Es raro, pero presiento, que de un tiempo acá, todos desean conducir los destinos de la patria. Es más, se ha hecho costumbre últimamente hablar del Gobierno.)

Finalmente llegamos a la esquina de la cuadra próxima del recinto donde habíamos estado hasta hacía pocos instantes. Charl, que así lo llamaba desde algunos años. Sí, ese mismo hombre tan impoluto como sereno, me hizo retroceder unos pasos y me dijo en voz baja: “Vamos a ir al Fabla. Si quieres…”  “No, vayan ustedes”, dije asintiendo levemente con la cabeza. (Nunca me ha llamado la atención ir a un bar a embriagarme como un idiota, salvo la única vez que estuve con Zuzanne, pero eso fue diferente, más que placer por perder el tiempo, fue placer por ganar el tiempo. ¡Oh, Zuzanne ¿Dónde estás? Te necesito tanto!)


Me despedí cortésmente. Di la vuelta y viré en sentido contrario perdiéndome entre una de las calles adyacentes. Allí se quedaron, yo avancé más, tal vez porque no quería que quedase de mí ni las espaldas. Caminé por largo rato en rededor de una manzana. Pensé, pensé en Zuzanne. (...) Ella no es la clásica mujer que un hombre de mi edad buscaría para entablar un consentimiento de felicidad, sin embargo me bastaba su sola presencia para sentirme vivo, al margen de las estúpidas creencias de consentimientos de felicidad que los demás trataban de hacerme entender. Esa jovencita, indudablemente era mi felicidad, y punto.

Caminé por largo rato. Llegué al final a la Av. España. Un pesado bus transitaba lentamente dejando escapar una pesada y abundante nebulosa de humo. La gente transitaba. No había muchas personas. El tránsito era moderado. En la esquina me detuve para comprar un café caliente y un par de panes. (Era ya lo único que quedaba a esa hora) Tenía un hambre devorador. En eso, vi a un hombre mayor. Instantáneamente me llamó la atención. Creí ver reflejado por un instante a mi padre en ese menesteroso hombre. Sí, eso era, un indigente. Tanto o más  indigente que los otros. Esos otros que suele mostrar la noche cuando todos duermen en sus aposentos abrigados y cómodos, o simplemente están ya arrecostados en cama  rezando plegarias a Dios.

(...)

Eran las doce y quince. Era extraño verle limpiar solícitamente los vehículos estacionados. Todo en él era viejo. Su apariencia era vieja. Tenía entre sus dientes, dos de ellos picados por alguna despiadada caries. Irradiaba tanta desidia de su interior que no significaba más que la desconsolación del mundanal cerebro que podría guardar ese roído cráneo. A primera vista parecía estar compuesto por muchas experiencias, muchas vidas, muchas desidias. Su vida descomunal  llevada a cuestas por muchos años de vacío y abandono no era necesaria ser revelada por él mismo, el solo verle allí, ya era mucha apreciación de tal conjetura. Su improbable felicidad, más probable agonía  figurada, era capaz de reflejarse en esa desproporcionada sonrisa que le acompañaba (por supuesto que ésta era fingida) Todo era sombrío en él.

¿Sería alguien capaz de sonreír si viviera a diario en esa indolente deshumanidad? Tener que detenerse a pensar. Pensar, si quedarse sin esas dos monedas menos o satisfacer la hambrienta nocturnidad del viejo. Al diantre, con esos deseos valerosos de bondad que sólo quedan en eso: en valerosos deseos. Al diantre, los versos humanistas que escuché esa noche en el cenáculo, muy admirables por cierto, pero pensé que si no iban acompañados de acción, quedarían en eso: sólo en admirables. (...) 


(A veces, me pregunto cómo es que hay tantos hombres, mujeres y niños vendiendo objetos usados hasta altas horas de la noche, limpiando autos en la pista  o simplemente  pidiendo pan con mantequilla o bebidas tomadas a la mitad. Es un absurdo. Es una barbaridad, pero lo que más me cuesta aceptar es que haya una gran legión de pobres desparramados por el mundo frente a otra gran legión de ricos escondidos por temor a todo el mundo)

“Venga”, dije. Saqué un par de monedas, se lo di al vendedor de café. “Venga”, volví a decir. El viejo me miró desconcertado. Su sonrisa fingida era la misma. Me sonrió. Se acercó lentamente. El café estaba humeando. “Eh, gracias”, dijo. “No, no hay nada que agradecer”, exclamé secamente. Me invitó a acompañarlo. Nos sentamos al pie del pórtico de una casona antigua. Conversamos. Me preguntó que quién era yo. Me preguntó que de dónde era. Me preguntó que a qué me dedicaba. “Soy un hombre -dije-, que vio el reflejo de otro hombre en usted. No soy de acá, no creo ser de ninguna parte. Soy profesor, aunque más diría un aprendiz de escritor.” “Genial, es usted un poeta”, me dijo. “No” “He dicho que soy profesor y un aprendiz de escritor”, afirmé sonriendo. El viejo añadió: “Se equivoca, es usted un poeta porque va vestido de poeta, responde como poeta y se conmueve como poeta”. Me habló que él alguna vez tuvo un sueño y ese, era ser poeta. Me habló sobre Pasternak y las poesías -hecho que me llamó la atención-, que leyó cuando era joven. Me habló de sus viajes y los lugares exóticos que conoció, pero que nadie creía. Me habló de su mujer que murió tempranamente ni bien se casó. Me habló de su hijo que también falleció y era poeta, se suicidó. Me habló de su enfermedad y de su locura ocasional que le asediaba, la misma que lo redujo a convertirse en el ser que yo veía esa noche. Me citó uno de los versos de Patsternak, su poeta favorito “Aprende a caminar primero, luego correrás”, dijo alegando a mi joven vida de escritor.

No sé cuánto fue el tiempo que demorarnos en sorber el café. Creo que ya lo habíamos terminado. Fue una agradable conversación después de todo. Este hombre roído por el tiempo era un ser especial bajo esas foscas apariencias. Noté que las mangas de su chompa estaban hechas hilos. Su voz, aunque por momentos inentendible dejaba ver un expreso deseo de ser escuchado. Dijo, “Muchos hombres han olvidado la esencia de lo que significa la vida, por andar corriendo tras las cosas superfluas.” “Imagina –expresó de nuevo, esta vez más convencido-, que "ésto" que hoy todos critican, y qué bien lo hacen, al final sea el hacer verdadero, y por ende luz para tanta soledad arisca que existe. Imagina, que todo esto, que los demás sienten como inadecuado, absurdo sea totalmente cierto.” Sonrió, pero esta vez su sonrisa ya no parecía fingida, había otro matiz en ella, un matiz de vitalidad y esperanza. Yo lo escuchaba atentamente, no decía nada, pero podía entender claramente sus palabras.

(...)

Hablamos de muchas cosas, y aprendimos otras. Era algo esperanzador ver aún esperanzas en un desmadejado. Comprendí entonces que el hombre no es más rico por lo que tiene, sino por lo que es. Fue una noche de estrellas, una noche de tibio frío. Una noche, al fin y al cabo, donde la complicidad de la madrugada era tan compatible con nuestros propios deseos.

Fue septiembre, en Lima, en madrugada, a un costado de la Av. España. Ese hombre, no era un hombre cualquiera. Creo que ese hombre era el alma de mi padre.

Desde Lima, Ciudad Capital del Perú.
Víctor Abraham les saluda.

lunes, 6 de agosto de 2012

Samuel Beckett: Cuando el absurdo toma forma y apariencia en la obra de un hombre



"Por sus escritos, que, renovando las formas de la novela y el drama, adquiere su grandeza a partir de la miseria del hombre moderno»

Motivo del Premio. Diciembre de 1969. Estocolmo. Suecia.

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«Yo tenía escaso talento para la felicidad.»

"Comprendí que Joyce había llegado tan lejos como pudo en la dirección de un mayor conocimiento y del control de ese aluvión de material. Siempre estaba añadiendo cosas: no hay más que fijarse en las pruebas constantes que da de ello. Yo comprendí que mi camino, al contrario, era el empobrecimiento, la renuncia y emancipación del conocimiento; era restar más que sumar."

"El éxito o el fracaso popular nunca me han importado mucho, de hecho me encuentro mejor con el último ya que he respirado profundamente sus aires vivificantes toda mi vida de escritor, excepto en los dos últimos años." 

Autobiografía.

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«...veía claro, en fin, que la oscuridad que yo siempre había luchado encarnizadamente por ocultar era, en realidad, mi mayor...»

La última cinta de Krapp. 1958

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Pronto, a pesar de todo, estaré por fin completamente muerto. El próximo mes, quizás. Será, pues, abril o mayo. Porque el año acaba de empezar, mil pequeños indicios me lo dicen. Tal vez me equivoque y deje atrás San Juan e incluso el 14 de julio, fiesta de la libertad. Qué digo, tal como me conozco, soy capaz de vivir hasta la Transfiguración o hasta la Asunción. Pero no creo, no creo equivocarme al decir que dichas fiestas, este año, se celebrarán sin mí.


Malone muere. 1951

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 Nada es más divertido que la desdicha, te lo aseguro... Te lo aseguro, es la cosa más cómica del mundo. Nos reímos, nos partimos de risa al principio. Pero siempre es la misma cosa. Sí, es como la divertida historia que hemos oído tan a menudo, la seguimos encontrando divertida, pero ya no podemos reír más.

Final de partida. 1957


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¿Dónde ahora? ¿Cuándo ahora? ¿Quién ahora? Sin preguntármelo. Decir yo. Sin pensarlo. Llamar a esto preguntas, hipótesis. Ir adelante, llamar a esto ir, llamar a esto adelante. Puede que un día, venga el primer paso, simplemente haya permanecido, donde, en vez de salir, según una vieja costumbre, pasar días y noches lo más lejos posible de casa, lo que no era lejos. Esto pudo empezar así. No me haré más preguntas.

El innombrable. 1953


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...andando siempre... andando toda su vida... día tras día... unos pocos pasos y después se para... mira al vacío... después continúa... unos pocos pasos más... se para y mira al vacío... y así... a la deriva... día tras día... o aquella vez en que lloró... la única vez que pudo recordar... desde que era una niña... debió de llorar cuando niña... tal vez no... no es esencial para vivir... sólo el grito del nacer para ponerla en marcha...

No yo. 1972

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Si pesimismo es un juicio en el sentido de que el mal sobrepasa al bien, no se me puede acusar de pesimista, ya que no tengo ni deseos ni competencia para juzgar. Simplemente he encontrado más de lo uno que de lo otro.

Carta a Tom Bishop, 1978
 

Sobre el autor: 

Poeta, novelista y destacado dramaturgo del teatro del absurdo. De origen irlandés, en 1969 fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura. Beckett nació el 13 de abril de 1906, en Foxrock, cerca de Dublín. Tras asistir a una escuela protestante de clase media en el norte de Irlanda, ingresó en el Trinity College de Dublín, donde obtuvo la licenciatura en lenguas romances en 1927 y el doctorado en 1931. Entretanto pasó dos años como profesor en París. Al mismo tiempo continuó estudiando al filósofo francés René Descartes y escribió su ensayo crítico Proust (1931), que sentaría las bases filosóficas de su vida y su obra. Fue entonces cuando conoció al novelista y poeta irlandés James Joyce. Entre 1932 y 1937 escribió y viajó sin descanso y desempeñó diversos trabajos para incrementar los ingresos de la pensión anual que le ofrecía su padre, cuya muerte en 1933 le supuso un duro golpe. En 1937 se estableció definitivamente en París, pero en 1942, tras adherirse a la Resistencia, tuvo que huir de la Gestapo, la policía secreta nazi. En el sur de Francia, libre de la ocupación alemana, Beckett escribió la novela Watt (que no se publicó hasta 1953). Al final de la guerra regresó a París, donde produjo cuatro grandes obras: su trilogía Molloy (1951), Malone muere (1951) y El innombrable (1953), novelas que el propio autor consideraba su mayor logro, y la obra de teatro Esperando a Godot (1952), su obra maestra en opinión de la mayoría de los críticos. Gran parte de su producción posterior a 1945 fue escrita en francés. Otras obras importantes, publicadas en inglés, son Final de partida (1958), La última cinta (1959), Días felices (1961), Acto sin palabras (1964), No yo (1973), That Time (1976) y Footfall (1976); los relatos Murphy 1938) y Cómo es (1964); y dos colecciones de Poemas (1930 y 1935). Una de sus últimas obras es Compañía (1980), donde resume su actitud de explorar lo inexplorable. Tanto en sus novelas como en sus obras, Beckett centró su atención en la angustia indisociable de la condición humana, que en última instancia redujo al yo solitario o a la nada. Asimismo experimentó con el lenguaje hasta dejar tan sólo su esqueleto, lo que originó una prosa austera y disciplinada, sazonada de un humor corrosivo y alegrada con el uso de la jerga y la chanza. Su influencia en dramaturgos posteriores, sobre todo en aquellos que siguieron sus pasos en la tradición del absurdo, fue tan notable como el impacto de su prosa. 

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Opinión sobre el trabajo de Beckett

"Parte de la esencia de la visión de Beckett se encuentra aquí - en la diferencia entre un pesimismo fácilmente adquirido en que se apoya el contenido sin problemas con escepticismo y un pesimismo que es muy caro comprar y que penetra en la miseria absoluta de la humanidad. Él comienza y concluye con la idea de que nada es realmente valorable, éste se basa exactamente en el punto de vista opuesto. Por lo que lo que no sirve para nada no puede ser degradado. La percepción de la degradación humana - que hemos sido testigos, tal vez, en mayor medida que cualquier otra generación anterior - es posible si los valores humanos son negados. Pero la experiencia se vuelve aún más dolorosa cuando el reconocimiento de la dignidad humana se profundiza. Esta es la fuente de la limpieza interior, la fuerza de la vida, sin embargo, están presentes en el pesimismo de Beckett. Su obra alberga un amor a la humanidad que crece en la comprensión, ya que sondea más a las profundidades del horror, la desesperación que tiene que llegar a los límites extremos de sufrimiento para descubrir que la compasión no tiene límites. Desde esa posición, en los reinos de la aniquilación, se eleva la escritura de Samuel Beckett como un miseria de toda la humanidad, su tono menor ahogado es sonido de liberación a los oprimidos, y consuelo a los necesitados. 


Esto parece indicarse más claramente en las dos obras maestras, Esperando a Godot y Los días felices, cada uno de los cuales, en cierto modo, es un desarrollo de un texto bíblico. En el caso de Godot tenemos, "¿Eres tú el que había de venir, o esperamos a otro?" Los dos vagabundos se enfrentan a la falta de sentido de la existencia en su forma más brutal. Puede ser una figura humana, con leyes tan crueles como las de creación y la peculiar situación del hombre, que en la creación viene a ser la única criatura capaz de aplicar estas leyes con alguna mala intención deliberada. Pero si concebimos de una providencia ¿qué clase de poderosos son aquéllos que - como los vagabundos - se reunirán en alguna parte, algún día? ¿La respuesta? La respuesta está en el título de la obra. Al final de la actuación, no sabemos nada acerca de este Godot. En el telón final no tenemos indicio de la fuerza, cuyo progreso hemos presenciado. Pero sí sabemos una cosa, de que todo el horror de esta experiencia no nos puede privar, a saber, nuestra espera. Esta es la situación metafísica del hombre, sin saber su expectativa perpetua, capturada con verdadera sencillez poética: En attendant Godot, Esperando a Godot.


(De: Presentación del Discurso de Gierow Karl Ragnar, de la Academia Sueca. 1969)


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Enlace al cuento: De una obra abandonada. 







Desde Lima, Ciudad Capital del Perú.
Víctor Abraham les saluda.

jueves, 2 de agosto de 2012

Fragmento de: Confesiones de última hora.

Salir. Cerrar la puerta. Echar doble giración a la chapa con el fin de cerrojarla. Caminar el oscuro pasillo corto. Abrir la reja. Cerrar la reja. Echar por segunda vez llave a la segunda puerta persiguiendo el mismo fin de la primera. Cerrar la reja. Bajar las escaleras. Olvidarse de algo. Subir las escaleras. Toparse con la misma reja de hace unos instantes. (¡Diantre!). Introducir la llave y girar otra vez dos veces, pero esta vez en sentido contrario a la primera. Abrir la reja, y otra vez caminar el oscuro pasillo. Repetidamente, hacer lo mismo con la puerta del cuarto, sacar lo olvidado y seguir, esta vez sin retroceder no sin antes realizar los mismos procedimientos hasta salir del edificio.

...

Un cigarrillo en la boca. Acabo de alisar el cuello del abrigo que me acompaña. Once de la noche. Afuera hace sombra, hace luz amarilla. Hace breves insinuaciones de frío, insinuaciones -aunque híspidas-, confortables al mismo tiempo. Salir a caminar en la noche es lo mejor que puede hacer un aspirante a desquiciado. Necesito pensar… pensar que todo está como lo he dejado pensado hasta hace poco. He pensado tantas cosas en este pensamiento racional sólo por pura manía de entender lo inentendible. ¡Ah, claro está, tomando como lo inentendible: lo pasado, lo acontecido, lo terminado, lo elaborado, lo hecho. (Lo hecho, hecho está.)

(...)

Estoy hecho un loco, un desastroso loco arropado por remiendos que no puedo cambiar, no porque no tenga atuendos que ponerme encima, sino por el simple hecho de no querer. No querer hacerlo. ¿Será síntoma de rebeldía acaso? La verdad no lo sé, ni me importa ahora. El abrigo que me cubre tal vez sea lo único que salva esta imagen mía desgastada. Total siempre salgo en la noche, y cosa absolutamente verdadera y justa, aunque no parezca, bebo de sus oscuras insinuaciones: hálitos de reflexión y vida. (Necesito percibirlos para estar vivo).

A esa hora es poco difícil que se me reconozca, salvo los dos perros de la esquina del hospital por el que suelo pasar cuando regreso, ya entrada la madrugada, que me reconocen.  Ellos ya me conocen. Lo sé, por los jadeantes quejidos y movidas desmadejadas de rabo . Son los únicos que se apiadan de mí, o tal vez sean los únicos capaces de entender esta vida que llevo; pero no, no sólo son los perros, sino los otros, los otros que están regados por allí envueltos en mantas sucias y remendadas. Aún hay gente, mucha gente, no la inmensa masa estúpida de gente matutina que suele atiborrarse en los paraderos cuando se hace tarde, paradójicamente para llegar temprano a sus trabajos; o esa otra masa idiota que a las seis de la tarde produce congestión vehicular excesiva. No falta quien todavía haga un espectáculo histriónico y ridículo por pasarse una luz roja, pero aún los hay. Hay a esta hora de la noche aún muchos que esquivar, o no escuchar.

La gente me mira con desdén y aparenta no preocuparse. No. No les preocupo a ellos – a los transeúntes-,  ni  a nadie. Tampoco les preocupo  a esos que se dicen caritativos y piadosos, quienes salen de los templos adventistas con sus biblias riéndose estúpidamente ya entrada la noche ¡Ah, si tan sólo me permitiesen hacerles ver que soy su próximo más cercano a su piedad, pero   tampoco les preocupa sentir esto! Eso me alivia en parte. (Tengo una vecina en el edificio que vive contiguo a mí y siempre me está cargando con temas, esos de moralidad, la verdad que a veces me resulta desesperante, me lo dice con una certeza cabal única, como si su vida familiar fuera excepcional; no la juzgo, prefiero en todo caso no seguir hablando de ella. Si lo cito es sólo por un simple gesto referencial mío. Nada más.

Mi apariencia no preocupa en lo más mínimo a nadie, pero creo que no es así porque siempre hay miradas inapropiadas para mí que me juzgan. Muchos pueden juzgar lo que sus ojos pueden ver- total-, están en su derecho de hacerlo, son libres de hacerlo o de no hacerlo. Sin embargo, me da pena, una pena colmada que no todos puedan comprender. Sinceramente, que esta apreciación ajena a veces representa el vacío más absurdo que ninguna mente mortal pueda imaginar.

Necesito pensar desesperadamente que todo está bien, sin embargo veo que no es así,  que nada es así, ni resultará así, nunca, nunca resultará así, porque las respuestas que busco en mi mente no las hallo, como tampoco hallo la razón a tantos vacíos cerebrales. Estos sencillamente se forman como lagunas que me atormentan. A veces siento voces, muchas, indistintas voces. Voces que me hablan piadosamente como pidiéndome algo, otras veces como preguntándome sobre por qué amo a tal o cual mujer o sobre por qué me atormenta pensar que algún día podré con mi vida acabar. No me refiero a quitarme la vida exactamente, - o tal vez sin querer lo haga algún día que me llene de valentía- , sino a perder de una vez por todas este juicio razonable que me posee.


Siempre ando diciendo que sonrían, que sonrían mucho, sin embargo no sonrío como quisiera. Me atrae el cuerpo de una jovencita, lo sé, lo sé, tanto como sé que eso está mal, porque amo ya a otra jovencita. Pero los hechos atormentan esta miserable soledad que me consume, por lo que me veo obligado a vagabundear hasta casi entrada la mañana del día siguiente. Son muchas veces las que he amanecido en algún parque o banca, solo. Únicamente solo. Sentado a la mitad de una avenida. Sentado a la mitad de mi vida.

Cierta noche, un torpe muchacho se acercó a preguntarme a qué me dedicaba o cuál era mi trabajo, si duermo o cuántas horas duermo, porque siempre me solía ver por el mismo lugar, a la misma hora y con el mismo abrigo. -Lo lógico-, dijo- es que duerma algunas horas para que llegue bien a su trabajo, más tarde-. No dije nada. Sonreí tímidamente como lo hago siempre. (Tal vez él no lo sepa) Mi trabajo consiste en salir y caminar por las noches, percibir lo imperceptible y sentir con el corazón destrozado lo que en esencia toma forma y apariencia de experiencia.

***

Como te decía, había pasado toda esta noche inquiriendo en mi mente; no sé…, ideas y de pronto me terminó asaltando una de éstas, tal vez  la más insospechada y despavorida, lo sé. Sé que me vas a decir que eso está mal, que cómo puedo pensar así. Te entiendo y te quiero por preocuparte por mí. Gracias. Mil gracias. Sin embargo, debo confesarte que esta idea no es de ahora, sino que la pobrecita viene aguardando un turno por ser atendida desde hace algunos años atrás. Ha tocado la puerta de mi consciencia tantas veces y ha sido muy paciente y generosa conmigo, pero debo admitir que en estas últimas noches he sentido desfallecer en ella esa paciencia. Es mas, se ha vuelto de un tiempo acá más exigente y atrevida. Tanto así que ha terminado por asaltar impacientemente una y otra vez, una y otra vez  mi aburrida y estúpida paz hasta refregármelo una y otra vez en la cabeza. Ella es en sí misma una sola idea -idea muy distinta a la que pensarás, pero bueno allí está-, una  absurda idea de querer estar acá y otra de no querer estar  acá. Me dice que -¡qué hago acá!-. ¡Ah, si ella supiera, y me tuviera un poquito más de cariño como ese del que me das tú cada noche, tal vez entonces, y sólo entonces también me entendería!

***

Son ya casi las tres, y a las siete se supone que debo estar en el trabajo. Es algo absurdo, pero ya está. Estoy ahora escribiendo las últimas líneas de este diálogo, que más parecería un monólogo, pero allí están. Las acabas de leer. Espero que más tarde todo esté bien, que salga bien todo. Esperemos hacer las cosas bien más tarde, que pongamos en nuestras acciones actos de justicia y solidaridad para con los demás. Demos lo mejor de nosotros para que todo salga como lo  hayamos planificado. Debo admitir que mucho de razón tienes cuando me miras con esos grandes ojos tuyos y me dices: “evitemos las confrontaciones...”. A veces, siento que es mejor observar y escuchar antes que hablar y hacer sentir mal a otras personas. ¡Te amo!

“Hay tantas personas que nos paran observando”, me dices. (Lo sé). A veces yo también siento que las personas me observan y se fijan mucho en mí y en lo que hago, me incomoda a veces, debo reconocerlo, pero bueno no me queda de otra, sino ignorarlos. Hoy, hay que ser sumamente pacientes y prudentes para todo. Nadie debe darse cuenta. Nadie. ¿Me has escuchado?


Fragmento de: Confesiones de última hora.  Lima. 2012

Desde Lima, Ciudad Capital del Perú.
Víctor Abraham les saluda.