lunes, 3 de septiembre de 2012

Sobre los caminos de la verdad.

Lo importante es saber dónde está la verdad
y repetirlo y repetirlo cada día
a los mismos amigos en el mismo café.

Julio Cortázar

Sabemos por historia general que los modos de producción variaron a partir de la ya harta conocida revolución industrial - máquinas que superaron el trabajo artesanal y manual-, hecho aparecido entre la segunda mitad del siglo XVIII y principios del siglo XIX ,y que cambió sin duda el nuevo panorama de las relaciones entre los individuos, los flujos de poder, las relaciones humanas, la economía, pero sobre todo los estilos de vida de los individuos. Precisamente esta nueva etapa abrió nuevos horizontes al progreso industrial que con los años terminaría afianzando la tecnología y la comunicación. Ha habido notables avances después de todo, muchos aplaudibles y otros no tan aplaudibles. 

Estos significativos avances del industrialismo dio pie a un nuevo modelo que todos hoy conocemos como capitalismo. El capital, obra humana de la necesidad por mejorar materialmente, y vaya que esta necesidad ha quedado más que satisfecha. Con este término aparecieron otros como por ejemplo: empresa, plusvalía, excedente económico, fábrica, libertad económica, usufructo, propiedad privada, libre mercado, renta, división del trabajo, producción, competencia, en fin tantos variados vocablos que omito, ya que mi intención de escribir esta apreciación va más allá de hacer una mera lista con datos y definiciones. 

Hemos visto a lo largo de la historia que la concentración del capital condujo a la formación de empresas gigantescas administradas por burocracias jerárquicamente organizadas donde cada individuo era una pieza, una pieza enorme y vital  dentro de una máquina de producción organizada, que habría de funcionar con suavidad y sin  interrupción. Aquí el individuo comenzó a ser manipulado y llevado a una esfera de consumo cada vez más grande (en la cual éste supone que expresa libremente sus  preferencias), del mismo modo comenzó a ser dirigido y manipulado. ¿El alivio?  Ah, sí la remuneración, eso está bien. ¿Pero, qué hacer con la remuneración? Devolverla al movimiento cíclico del capital, para esto habría que seguir promoviendo más y más campañas de consumo. Y sea cual sea la forma de consumo la sugestión comenzó a funcionar con dos propósitos:

a) Aumentar constantemente  el apetito - hasta cierto punto desmedido-, hacia nuevas adquisiciones cada vez más publicitadas, sofisticadas y novedosas - no discuto el valor que proveen a la superación y mejoría material, si escindo lo necesariamente importante y útil de lo secundario y superficial.

b) Dirigir esos apetitos por los conductos más provechosos: la comodidad relativa y la aceptación colectiva a través de la masificación de modelos estandarizados que no existen más allá de la fantasía del que vende.


Así entonces el individuo pasó a ser el eterno consumidor cuyo único deseo explícito, no lo sé si también implícito (eso lo sabe cada uno) era consumir, consumir más y "mejores" cosas. Lactar cosas ya no necesarias, sino innecesarias. Empezó a crecer la ambición desmedida por mostrarse superior al otro por el sólo simple hecho de poseer. 



Ha pasado mucho desde entonces, pero cosa contradictoria, esto se ha agudizado más allá al punto de afectar no sólo los desniveles de vida, sino también las relaciones humanas afectivas. Nuestro sistema económico está  empeñado en crear esos hombres y esas mujeres adecuadas a los requerimientos y necesidades, que como ya dije no sólo son del individuo mismo y los de su familia, sino de terceros: los beneficiarios directos, los organizadores y promotores de esta fiesta en la que sólo gozan unos cuántos. Hoy el estudio de la macroeconomía está empeñado en mostrar cifras exorbitantes que determinen aceptación internacional, al margen de la aceptación popular interna - me refiero a los pobladores de a pie como usted y como yo apreciado lector-. Hoy se requiere poner en evidencia  seres que quieran consumir más, se ha de crear hombres con gustos uniformes, hombres que puedan ser influidos fácilmente y de cuyas necesidades puedan preverse.


Es obvio que hoy nuestro sistema necesita de hombres que se sientan libres e independientes, pero sin embargo hagan lo que se espera de ellos, lo que se les encomienden, que hagan lo necesariamente "justo y correcto" para la empresa, hombres que encajen en el mecanismo social sin fricción, que puedan ser guiados sin recurrir a la fuerza, hombres conducidos sin líderes y dirigidos sin otro objetivo que el de "hacer todo bien para encajar bien". 


Aquí la autoridad jamás desaparece, jamás se debilita, sino que se vuelve tácita y anónima y opera bajo el mecanismo único de persuasión y sugestión.

En otras palabras, para ser adaptable, el individuo de este tiempo, y me parece que de todos los tiempos – aunque hoy es más preocupante-,  se ve obligado a alimentar la ilusión de que todo se hace con su consentimiento, aún cuando ese consentimiento se le extraiga mediante una manipulación sutil. Ese consentimiento es obtenido a espaldas de su consciencia.

¿Esto debe ser llamado tiranía? ¿Hay víctimas? ¿Estamos caminando mal? ¿Cuál debe ser entonces nuestro propósito como individuos dentro de una sociedad que se degrada lentamente a merced del libre consumo, el confort superfluo y la insensibilidad? Son pocos hoy los padres con el valor y la independencia suficiente para preocuparse más por la felicidad de sus hijos mque por su “éxito” social, esto lo menciono por puro  deseo de ejemplificar este caos que no creo que sea nada aliviante.

Albert Camus por ejemplo, hacía referencia que estamos obligados a mantener firmes nuestra negativa a mentir respecto de lo que se sabe, a  no mentir  y a hacer resistencia a la tiranía. Del mismo modo hablaba de ponernos siempre que podamos  al servicio no de quienes hicieran la historia, sino  al servicio de quienes la sufrían, y pienso ahora  que allí está el mayor reto que nos toca afrontar a cada uno de nosotros estemos donde nos encontramos. Total, debe ser éste nuestro compromiso diario: un compromiso de servicio a la verdad y a la libertad. 


Pero, me pregunto, ¿cuál es esa verdad? ¿Dónde está esa verdad de la que hacen referencia Cortázar y Camus? Acaso sea el mostrarse por fin como uno realmente es?, o el hacer por fin lo que uno tanto ha anhelado y disfrutarlo?, y si la verdad que tanto buscamos está cerca de nosotros, a nuestro lado manifestada en la persona que queremos o en la familia con la que compartimos o en esos amigos que están allí para ayudarnos? Conjeturas, muchas conjeturas, conjeturas mías al fin y al cabo, pero de algo estoy seguro, que hay una gran verdad, sí la hay,  y ésta es precisamente el hecho que somos seres humanos, y son los valores- esos códigos de verdad absolutos asimilados en nuestra primera formación de casa-, los que nos dan casualmente esa categoría misma de seres "humanos" y por los cuales debemos seguir apostando continuamente.

Del mismo modo pienso que hoy y más que nunca es necesario creer mucho en la bondad de las personas, creer en la educación como única fuente de desarrollo y creer en la intensidad de las emociones como fuente de humanidad y consciencia social.

Finalmente no importa si los caminos que tomamos para llegar a una verdad sean distintos, no importa eso, de verdad no importa, lo que sí importa es llegar a esa verdad, la misma que tanto defendía en vida Julio Cortázar, llegar a esa verdad, percibirla por uno mismo y repetirla cada día con la misma fe, pero no sólo a los mismos amigos y en mismo café como él mismo refería, no, no sólo a ellos, sino -pienso-, que esa verdad debería ser repetida a la mayor cantidad de sensibilidades posibles. Esto es al fin y al cabo lo más importante!



Desde Lima, Ciudad Capital del Perú.
Víctor Abraham les saluda.

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