martes, 13 de noviembre de 2012

"¿Quién es Heinrich Böll?", de: Libertad bajo comparecencia. Lima. 2012.




"¿Quién es Heinrich Böll?", se escuchó decir al final de la última fila de la izquierda. Todos estábamos desarrollando una práctica crítica sobre temas del Siglo de Oro Español, hablando de Lope de Vega, Cervantes, Garcilaso, bueno en fin, cosas que se nos había asignado individualmente. El reloj que estaba colocado encima de la pizarra daba las once, afuera yacía un sol radiante. El aula de pronto se contuvo en un soplo inaudito de contrariedad. Todos levantamos la mirada al frente, sabíamos que Marco estaba tratando de “agarrar” al profesor, para medir su nivel. (Hay muchos que buscan ello, sobre todo con los nuevos maestros). José, era nuestro nuevo profesor de Literatura, era apenas su tercera clase, y supongo que no pasaría los veintinueve o quizá los treinta, era muy joven, hasta se parecía a uno de nosotros; claro que este detalle, por supuesto no sería una excusa para poner en tela de juicio su autoridad. No, eso no, jamás. Como ya dije, todos nos miramos horizontalmente y cruzamos varias miradas. Sabíamos desde luego que cuando Marco lanzaba una pregunta nunca se detenía hasta hacer perder el juicio al maestro, o bien tener la razón y decir desaforadamente, “¿ven?, yo tenía razón”. Al margen de esto, seguimos todos con la mirada la intervención que daría el profesor. Algunos entre sonrisas empezaron a murmurar tantas cosas, que empezó ligeramente a deslizarse un cuchicheo por todo el salón. Marco sonreía al final esperando supongo la "caída" del profesor, o el ridículo en que tal vez este gentil hombre pudiera quedar. Como ya dije, a pesar de su jovial apariencia, su aspecto era magro y sigiloso, algo distinto a los demás maestros de literatura que por nuestra aula habían pasado. Sí, era eso, nuestra aula estaba catalogada dentro del colegio como una de las más problemáticas, eso sí muy aplicada en el fondo.



El profesor estaba con las manos sobre la mesa y la cara vuelta hacia la puerta, por la cual se filtraba una clara luz de setiembre, fue entonces cuando lentamente dio vuelta su faz, algo roída por líneas duras y definidas. Por primera vez me di cuenta que llevaba una abundante melena negra, y buscando nuestras miradas, especialmente la de Marco, nos mostró sus ojos oscuros -no recuerdo si eran grises o negros- simplemente brillaban como si hubieran anidado en ellos lágrimas. Su traje era oscuro, cerrando la abertura del cuello blanco, una impecable corbata anudada azul. Hasta hace un momento hubiera parecido que pensaba o soñaba quién sabe qué cosas, pero ahora nos miraba fijamente. Levantó la mano derecha como queriendo engarfiar algo en el aire y dijo: "Elemental, mi apreciado estudiante, es el Premio Nobel de Literatura 1972, un escritor alemán.", respondió sonriendo afablemente. Por primera vez, lo veía sonreír. Me sobrecogió una sonrisa también.

Entonces, erguido, de pie, sacó de su maleta oscura que estaba acostada sobre la mesa un pequeño libro, era rectangular y algo naranja. Todos lo miramos contrariados porque no sabíamos que iba a hacer. Nos miró y dijo: "Hoy aprenderán lo que representa un artista para su época", y leyó muy apaciblemente:

 "Un artista vivo, que no tiene cigarrillos, que no puede comprar zapatos para su mujer, carece de interés para los productores cinematográficos, porque tres generaciones de charlatanes no les han confirmado aún que es un genio. Una sola generación de charlatanes no les bastaría."(1) 

Cerró luego el libro, y dijo sonriendo otra vez: "Es Heinrich Böll, Es Opiniones de un payaso. Mis apreciados jóvenes."

Hubo una algarabía leve, y muchos nos quedamos consternados y embebidos por tal fragmento. Luego, José, nuestro profesor, volvió a abrir el libro, y leyó esta vez cambiando el tono de su voz hasta hacerla más punzante. Nos leyó:

“Déjese de tonterías, Schnier. ¿Qué mosca le ha picado?"
"Los católicos me ponen nervioso", dije, "porque juegan sucio."
"y los protestantes?", preguntó riendo.
"Me irritan con su manoseo de conciencias."
"¿y los ateos?" Seguía riéndose.
"Me aburren porque siempre hablan de Dios."
"Y qué es usted, pues?"
"Soy un payaso", dije de momento, superior a mi fama. Y hay un ser católico al que necesito con urgencia: Marie y precisamente vosotros me la habéis quitado."
(...)
"Maldita sea", dije, "Te comprendo. Sólo que demasiado bien."
"Pero, ¿Qué clase de persona eres tú?, preguntó
"Soy un payaso", dije, "y colecciono momentos. Adiós.", y colgué.(1)

***

“Así somos los seres humanos”, dijo inmediatamente el profesor, “somos sólo eso, coleccionadores de momentos”. La clase estalló en una gran cantidad de aplausos. Juro, que nunca un profesor había podido arrancar ni siquiera una sola palmada de nuestra clase. Marco, callado en la última fila de la izquierda atinaba también a aplaudir lentamente. Yo seguía consternada. Sin duda, José, nuestro profesor de Literatura, que había sido contratado hace apenas tres semanas ya se proyectaba como uno de los profesores más fascinantes que jamás había visto, y que marcaría una etapa de las más importantes de mi vida: mi adolescencia escolar” Sonreí levemente, y sólo terminé parafraseando: “coleccionadores de momentos, … somos sólo eso, coleccionadores de momentos”

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(1)       De: “Opiniones de un payaso”, Heinrich Böll


Desde Lima, Ciudad Capital del Perú.
Víctor Abraham les saluda.

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