lunes, 14 de enero de 2013

Mario Aguilar Rodríguez

He escrito esta nota breve, que obedece a dar respuesta a muchas interrogantes que se han formulado en torno a mí, es normal que alguien se pregunte, del porqué un hombre toma la decisión de hacer suyo para nominarse un nombre distinto al que está impreso en la partida original de nacimiento. Escribí una vez para una crónica a propósito del Premio Nobel 2012 chino Mo yan, seudónimo de Guan Moye, que una decisión de "autodenominarse" de otra manera tiene como trasfondo un propósito que muchas veces guarda relación con sus escritos y su vida misma, y es verdad: la vida de un hombre toma muchos matices con el transcurrir del tiempo. Cambiamos para bien o para mal, aunque yo preferiría optar por la primera idea. Total como ya dije, el seudónimo no determina nada, el nombre tampoco; sí, los actos férreos y convicciones permanentes.  

Muchos me han preguntado si soy  Mario Aguilar Rodríguez, o Víctor Abraham, interrogantes por cierto un poco incómodas de responder. Qué importancia tiene esto a la hora de llamarme. Aquí, el detalle no es cómo llamar a la persona, sino con qué fin nombrarla. Aunque debo reconocer que es importante siempre esclarecer las cosas, sobre todo cuando uno ha llevado los primeros años de su vida enmarcados en un espacio nominativo. La explicación, tal vez esté en relación a un hombre que fue mi progenitor.

Foto extraída de: pureviejo.bandcamp.com  
Mi progenitor era un hombre de avanzada edad, recuerdo que cuando entré en uso de razón ya lo había conocido así, así, roído por el tiempo, yo aún era un chiquillo. Siempre he dicho que de no haber sido por este hombre jamás hubiera tenido esa formación compleja que años más tarde agudizaría mi capacidad intelectual aún más. Nunca lo vi satisfecho, era un inconformista, he escrito tanto sobre él que esta memoria no debe sonar a más que una simple anotación. Ese hombre llevaba dos nombres, Mario Vicente. A sus apellidos no doy mucha importancia, quizá no ahora en esta crónica, más adelante tal vez lo haga. A veces pareciera que los nombres son más importantes que los apellidos porque estos nos nominan y nos configuran a lo largo del tiempo, somos lo que somos por ellos. Los apellidos son los complementos.

Debo decir que mi padre fue hijo unigénito de un soldado en grado de Sargento, un tal Pedro Aguilar, a quien nunca conoció, ya que murió en una absurda guerra limítrofe. Digo absurda, porque una guerra nunca debe llegar a convertirse en eso precisamente, una guerra. Dónde queda el lado diplomático, en fin. (Esto no está en discusión ahora.) Su madre, María Lucía Rodríguez Zavaleta, una joven mujer que quedó huérfana de esposo a edad prematura atreviéndose a llevar sola por el resto de su vida una gran responsabilidad, la crianza de un hijo, también huérfano pero de padre.

Sí, Mario Aguilar Rodríguez era ese hombre reservado, lento y callado, dedicado toda una vida a los negocios y comercios, a las cosas ocultas, al trabajo absoluto. Creyente en un Dios que nunca abandonó. El día que se fue, llevó un rosario y una biblia en su pecho, esa fue su voluntad. Quienes vivimos con él jamás vimos feriados. Un hombre con una voluntad férrea al momento de defender sus ideas - un clásico soñador, diría yo-. Era un tipo marcado por la sencillez de una vida rutinaria, pero con un espíritu reflexivo y desprendido a la hora de mostrar su amor a los demás. Una persona preocupada por desarrollar su paz interior que no sé si la llegó alcanzar al final. Él, guardaba un respeto casi sagrado por la palabra escrita y sus creadores. Un amante de los buenos libros, las revistas y los diarios. Convencido siempre de que las personas en su esencia eran buenas, y que era obligación nuestra mostrarles el camino hacia esa bondad. Un  hombre que jamás se "rajó" como dirían las películas mexicanas que tanto le atraían, pues sí, era un admirador de la cultura mexicana, preocupado siempre por aprender más de ésta. Escribió cuanto pudo, en cuadernos que él mismo compraba y forraba, y estudió por su cuenta temas variados desde cocina manual hasta filosofía trascendental. Creo que siempre fue un niño grande, o al menos lo parecía por sus exabruptos cambios intempestivos de demostración de afecto. Un niño que jamás abandonó a su héroe Tarzán encarnado por el estadouniudense de origen austríaco Johnny Weissmuller. Un hombre casado con una mujer relativamente joven, a la que nunca dejó de amar por más extrañas y raras muestras de cariño. En fin.

Yo, sólo he seguido algunas de las directrices trazadas por él en mí, otras las he asimilado de otros lugares y experiencias. Siempre digo, que los primeros años determinan el desenlace de la vida futura, y que debemos a ellos, a nuestro primeros años, lo que somos en gran parte, tal vez no todo, pero sí, un gran porcentaje. Por que sin duda, como diría Ausubel esos son los aprendizajes significativos. Debo mi nombre, el de partida procesal, al deseo expreso de mi padre, al deseo vehemente de continuar su legado. Sin embargo, mi camino está lejos de ser un legado propiamente exclusivo de una persona.

Mis derroteros de vida son otros, como lo son mi carácter y mis experiencias. Mis convicciones y preocupaciones llevan - en parte- un sello paterno, sin embargo, otras como mi  fe y mis creencias son distintas. Debo a los sucesos, a los hábitos, a los deseos  y a las destrezas de mi vida mi propia denominación; debo mi nominación a dos aspectos circunstanciales que he sujetado desde niño a mi existencia, esas son : la victoria y el amor. Debo uno de mis nombres: Víctor, a la denominación latina "victoris", o "aquél que es vencedor" que apareció en una de las tantas citas que solía subrayar cuando era aún un adolescente universitario. (Años más tarde, en Lima la recordé y la recuperé.) Mientras el otro nombre, debe al grato recuerdo de uno de los cuentos del génesis que tanto me encandilaron en la infancia, sí, ese relato maravilloso del pacto entre Dios y el hombre que sería llamado luego, "padre de generaciones": Abraham.

Foto: Archivo personal.

Desde Lima del Perú.
Víctor Abraham

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