martes, 8 de enero de 2013

Ser un escritor.

Foto: Gabriel Faba
en Fronterad. Revista digital
Ser un escritor conlleva a muchas responsabilidades, entre ellas: a la defensa honesta de la propia decisión y la defensa de las libertades humanas. Un escritor está obligado a decir "no" cuando de ser preciso para allanar un camino se requiera un imperioso "no", pero también a avalar las buenas ideas - sin importar de donde provengan- que a juicio de él mismo crea conveniente. Aunque muchas veces se tenga la idea de remar en soledad contra la corriente. La inquebrantable fe en los principios diarios del vivir y las buenas prácticas en defensa del bien colectivo enriquecen y afirman su trabajo. Sin embargo, debo admitir que esas - las responsabilidades morales - precisamente no están catalogadas como normales en una sociedad como la nuestra, y de ser aceptadas sólo lo son de manera mediática o paliativa. No, esas formas de vida, son incomprensibles, raras, tediosas, hasta inverosímiles y vetadas. Optar por este estilo de vida sólo puede significar una cosa: una muerte social segura, pero eso no debe importar. Un escritor debe ser siempre un comprometido con el bienestar colectivo, con la sencillez, con el perdón y la regeneración anteponiendo ante todo su propio ego que nada tiene que ver en esta misión noble de decir siempre la verdad porque la verdad es belleza. He allí por eso mismo la importancia de llevar la pasión de la escritura con férrea vocación hasta convertirla en una profesión. Lo demás, es lo de menos. En suma, seguir el ejemplo y las directrices dejadas por los grandes hombres y mujeres de la palabra escrita, sí de esas hermosas convicciones que han alimentado el espíritu rebelde e insumiso de las colectividades que nos antecedieron. La labor de un escritor jamás termina, no tiene horario. Él está obligado a convertirse en un personaje de sus propias historias, emociones y pensamientos, todo sirve a su trabajo. Está obligado a llevar su propia vida a los fondos más oscuros de su propio "yo" y a las cúspides más elevadas de su espíritu, porque es allí donde todo cobra sentido de tiempo y espacio. El llanto, el dolor y el sufrimiento alimentan, pero el servicio, el amor y el afecto vivifican la esencia de su propio destino.

Desde Lima, Ciudad Capital del Perú.
Víctor Abraham les saluda.

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