sábado, 27 de julio de 2013

Percepciones para una degradación

La realidad prevista

De pronto vino a mí una ligera percepción, que empezó cual espiral cuyo centro alojado en una parte remota de mi consciencia fue retumbando más y más, desbordando, sí, sí, desbordando más y más, hasta convertirse en un todo y gigantesco inmediato, y ésa - percepción extraña que no era la mejor- terminó dejándome vacío, totalmente vacío, un vacío tan similar a aquél que sólo está lleno de ese propio vacío inhumano. Y es que sucedía - y hasta me parece ya casi un hecho consumado a estas alturas de la lucha honesta- que muchas consciencias habían declinado a eso que otros defendimos por mucho tiempo como calidad humana. Pensé con estremecimiento frío e impasible en ese mismo momento, en esa misma calle, en esa misma puerta, en esa mismo instante de espacio -tiempo en el que me encontraba que la etapa de la descomposición social y moral estaba en camino sin marcha de retroceso.

De pronto corrí por las calles gritando, gritando a fuerte voz cual pregonero precursor en épocas de luchas por la independencia, pero no encontré sino un eco mayor y más vacío que la sensación de espiral misma -sentida hasta hace poco- en las personas, algunas con pancartas al interior de cuyas filas ya se hablaban de complot deshonesto y de repartijas menores, denunciándose entre sí mismos la presencia de posibles infiltrados. Vi a otros, y a otros más menores leyendo libros caros hechos - paradójicamente- por autores cuya pobreza emocional es demasiado notoria, personas comprando y pagando por libros que no comprendían del todo pero que eran suficientes para aplacar ese voraz deseo de culturalización mediática e inmediata que solía invadir y reinar de vez en cuando - y de forma patética- a la clase media porque el sttus cultural- según ellos- daba poder y notoriedad, ese poder único para sentirse superior a otros, superioridad asolapada en poses snobistas y muy bien aprovechadas por grupos de élites comercializadoras que han terminado haciendo y ejerciendo un abuso exagerado del fin de un libro en sí mismo olvidando que la esencia no está en la maquinaria de consumo -porque siendo claros, todo hoy se ha vuelto materia de consumo indecente- sino en la reflexión final del escrito en sí mimo, en fin. Estoy seguro que de saber un Beckett, o un Solzenitsin, o un Vallejo, o tal vez un Ribeyro, o un Cortázar, o un Camus, que sus obras terminarían siendo usadas hoy en esa suerte de prostitución cultural tal vez retirarían sus propios trabajos, pero y está, todo ya está, está en proceso y curso. Comprendí entonces el porqué de ese fenómeno que todo el mundo empresarial libresco temía, ese fenómeno llamado piratería.

La pandemia  generalizada 

Seguí viendo, percibiendo hasta notar grupos de indigentes acostados en las paredes con miradas llorosas y feas recubiertos por cartones y mantas asqueadas; uno de ellos se atrevió  a pedirme una especie de colaboración, di lo que tenía, no más ni eso que podía ser motivo de solidaridad monetaria, le pregunté entonces que opinaba de la palabra degradación, "no lo sé, no lo sé maldita sea, no sé que sea eso", me dijo entrecortadamente al mismo tiempo que embarraba sus barbas encanecidas en una naranja que hace pocos segundos había sacado del bolsillo izquierdo el abrigo marfil desgastado. Vi policías dispuestos a atacar en el caso de algún descontento popular que no saludaron a una señora que hizo un pequeño gesto de reverencia, vi ebrios y ciegos abrazados alrededor de la estatua de una virgen, vi prostitutas desayunando más con pena que con gloria porque para ellas el Gobierno - y sus medidas- importa nada o poco, aquí lo importante es la actividad de obtener dinero fácil, o sea una suerte de trabajo incomprendido. Escuché quejas e improperios al exterior de unos pórticos hospitalarios envueltos en completo desasosiego. Vi vendedores de periódicos y revistas en cuyas portadas sólo habían dos cosas: descontento general, y verdades dichas a medias.

Escuché a alguien quejarse - y pensar que hasta hace poco alguien había censurado la queja pero para tranquilidad mía la queja siempre estará a la orden del día, no por manía pura de pesimismo, sino por necesidad imperiosa de profundización-, quejarse de la formación profesoral, del nivel de educación, de la aculturación y de otras cosas más que dudé -por un momento- que mi condición también sea la de ser maestro. Indudablemente que la visión devastadora de la realidad sólo significaría a esas alturas del momento, una cosa, una única y necesaria cosa: la presencia de una devastadora crisis al interior del alma propia acompañada de una sensación ya más visible, una sensación  aunque extraña pero cierta, una especie de descomposición racional y moral. La degradación humana había empezado a mostrar sus afilados zarpazos de una manera ya epidémica, era como una especie de pandemia generalizada, y para cuya solución - aún incierta- un medicamento o vacuna resultaba pobre, paupérrima, misérrima porque ésta, no era una pandemia de salud física, sino de salud del espíritu y de la consciencia. Esa mañana me di cuenta que el proceso de degradación estaba en marcha, y lo peor era que unos pocos empezaban ya a darse cuenta de esta presencia invisible, pero el poder del ego propio era más fuerte que preferían callar y dejarse llevar. "No nades contra la corriente", se empezaba a escuchar al interior de estos pequeños colectivos humanos.  Debí reconocer y aceptar esa mañana que los que empezábamos esta lucha éramos pocos, y probablemente muchos podríamos quedar en el camino con el transcurrir del tiempo que tal vez duraría un poco más de treinta años, y sin embargo era necesario empezarla, alguien debería empezarla con la esperanza de recibir más solicitudes de adherentes en el camino. La lucha estaba echada, y las únicas armas serían en adelante: el valor coherente y firme, el accionar ejemplar, y la determinación del pensamiento, fuera de esto ya todo sonaba a   estremecimiento de moratoria psicosocial  afincada de pronto en cada  alma humana porque esa "peste" de Camus había regresado, pero esta vez era más fuerte, más violenta, desoladora y destructiva, esa peste era ahora una pandemia de degradación humana.

Desde Lima, Ciudad Capital del Perú.
Víctor Abraham les saluda.

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