viernes, 23 de agosto de 2013

Entre el ser y el parecer

Hoy, no tuve palabras para ti, nada, nada, absolutamente nada, y eso, y eso fue lo más extraño y raro, tan raro como el hecho de sentirme otra vez de pronto envuelto en esa ya conocida sensación de dilapidación involuntaria, sí, sí, esa misma que tanto detesto, pero que no puedo abandonar, y es que detesto, detesto todo, todo lo que pueda provenir de esa árida resignación mental de ver y dejar pasar, de mirar y conjeturar, de observar y otra vez de pensar. (Porque necesito pensar, pensar sobrecogido a mi propio silencio, sí, sí, a ese pobrecilllo y tontillo silencio que también detesto, pero en quien también hallo poderoso consuelo.) Salí, salí a caminar, a caminar otra vez, pero esta vez ya no por manía de hacerlo, sino por necesidad de encontrar amparo en la noche, amparo bajo la noche. Dos perros me miraron tristes, o al menos los noté tristes, tan tristes que pensé que dicha tristeza sólo podría provenir de un alguien, un alguien ajeno a estos pobres irracionales, y ese alguien tal vez sería mi propia consciencia, mi estúpida, irascible y nada servil consciencia. Los contuve, los contuve a mí por un momento, les di pan, y sentí, sentí la sensación que los tres nos abrazamos bajo una misma necesidad, afecto, nada más que eso, de ese claro y purísimo afecto. Uhm, lo que siguió en adelante, sombras, intervalos de lloviznas breves, gatos deambulantes por carriles y corredores, uno que otro mirón desafortunado, indigentes por allá, frazadas tendidas por acá, una madre cubriendo a una hija bajo un puente negro, tan negro como la consciencia del que miró conmigo estas espectrales figuras, figuras que sólo se dejan ver de noche, en noche, mientras todos duermen, duermen cansados de tanta rutina;

*** textos, textos, textos, innumerables textos***

lo que vino luego ya no tiene caso contar, salvo el decir con propiedad de inclemente, que después de dos horas me quedé pensando en ese amarillo cuarto a la orilla de la cama también amarilla, me quedé pensando a la orilla de la cama amarilla toda la noche - o lo que quedó de ella-, y pensé, pensé cada minuto en la noche, sí, sí, en esa misma noche, fue así que pensé, tanto, tanto que pensé en todas y ninguna cosa al mismo tiempo, cosas, razones, disvariaciones, piadosas voces, infatigables voces, todas provenientes del "qué",  "porqué", o "para qué", (sentir de pronto esa angustia de no saber responder nada, nada que no lleve un "no lo sé", un único y repentino "no lo sé", "diantre, te juro que no lo sé"), y no supe porqué, porqué, pero pensé en nosotros, y te recordé de pronto así: límpida, laxa, hermosa en el letargo del recuerdo absoluto, y cerré, cerré fuertemente los ojos, tan fuerte que pensé que no los volvería a abrir más, y entonces me volví a pensarme a mí mismo junto a ti, junto a ti misma, a ti y a todas esas cosas tuyas, tan tuyas de ti misma, y entonces pedí a los ángeles de mis progenitores que vinieran, que vinieran a mí, pero no vi nada, nada, salvo la sombra de una corpórea forma impoluta y bella, ah, eras tú, y pensé que eras tú, tan tuya misma con tu cuerpecito diminuto, tan diminuta que corrí despavorido de mi tormento para caer en tus brazos, para sentirme en tus únicos brazos por un rato hasta sentirme dormido en mis propios sueños auscultos, y es que las cosas de los trastornos de la piedad y de la redención son así, de pronto, yo digo que te amo a ti, y lo demás, sí, sí, lo demás es eso mismo, eso mismo que que ya no sé con claridad lo que es, pero lo supongo, porque supongo lo que debe ser,  tanto como ser en mí mismo, y en ti misma, y parecerme a mí mismo y ti misma. Lo demás?, lo demás?, sí, sí, sabes que todo lo demás queda comprendido en eso mismo que se llama, demás.

Desde Lima, Ciudad Capital del Perú.
Víctor Abraham les saluda.

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