viernes, 4 de octubre de 2013

En torno al hombre común

Debe ser así como algo hermoso, y más humano ver allá, más allá de los ojos: un gesto, sí, sí, un gesto más solidario y apreciativo que por fin exprese sinceramente un "te acepto como eres". (Es que sucede que vemos tantos gestos durante el día, y probablemente también ofrecemos otros tantos que son los nuestros que francamente ya no sabemos cuáles evidencian ello, la aceptación sincera del ser.) Luego, sólo llevo una vida y es muy simple, la única que me ha permitido recoger tantas experiencias que a mi edad se me haya permitido asimilar en los distintos espacios y tiempos. Concluyo por tanto que un hombre que se topa a diario con desazones funestas, pero también con alegrías tiernas:  ya nada, nada de lo existente y mirado puede sorprender. Veo a diario a personas en todo lugar y a cada momento, de todas las edades y de todos los tamaños, eso, sin mencionar sus credos y colores de piel. Subo por la estación aérea del tren, no sin antes haber compartido una ligera fila con los otros con el fin de cargar mi tarjeta de transporte, todo eso pasa rápido, muy rápido, espero en la estación y me detengo a observar una línea amarilla que se ha dibujado en el piso con el fin de remarcar el límite que el pasajero no debe cruzar, y cosa curiosa veo que dos personas la cruzan. En fin, sigo mirando, pensando, anotando y repensando otra vez, en el tren me voy parado porque no hay asiento libre, una señora de anteojos recuesta su cabeza de pronto, son algo así como las ocho de la noche, hecho que me causa incomodidad, pero a la vez una ternura y comprensión extraña. Cuatro estaciones y bajo, todo esto sucede antes de ir a recoger a Magaly Victoria del instituto. Llego, y espero, aún nadie sale, la calle se pernocta vacía y negra, unos faroles la alumbran débilmente. Camino un rato un tramo de la misma calle, y sigo esperando. Pienso, pienso mucho en lo que veo y percibo y alcanzo a entender algo:

"El poeta anda hablando de su "propio yo" que aflora de su propia inconsciencia subjetiva, el filósofo anda buscando en su propio razonamiento consciente tantas miradas como le sea posible, miradas que no pueden provenir, sino del trato con los otros y del orden natural de las cosas. Sin embargo el individuo común, el individuo de a pie, ese hombre al que se le está negado los abstractos de las interpretaciones y las extrañas interpretaciones de metáforas sin sentido, sí, sí, a él y sólo a él, le está revelado sino los misterios generales de la vida por lo menos la de su propia y única vida, (y afirmar esto, es ya bastante)de la manera más clara, limpia y directa. Él, en su sencillez -que muchos pueden tildar de ignorancia- entiende cosas también, tal vez no a la gran escala "intelectual" de los primeros, sí al nivel prudente "objetivo" que lo hace feliz. (Eso, es ya mucho) El ríe cuando debe reír, y llora cuando debe llorar, eso entiende porque los estados de sus emociones le dicen que haga de vez en cuando estas dos acciones; cocina cuando debe cocinar porque tiene hambre; se cubre porque percibe frío; tiene necesidad de hacer el amor físico carnal porque sus instintos genésicos así le ordenan; gasta su dinero porque tiene necesidad de hacerlo; trabaja porque sabe que ésta es una forma de sostenimiento vital; abraza a su cónyuge como lo haría cualquiera de nosotros porque siente que la quiere; a veces también discute usando los peores lenguajes, se siente cómodo así, ese extraño y desconsiderado lenguaje le provee seguridad y fuerza, total, el bagaje cultural no le interesa porque no es prioridad en él mostrarse culto, no lo es y es feliz así. No ansía famas ni trascendencias que sí corroen al poeta y al filósofo de vez en cuando, y es que sucede que a veces no los entiende, y no entiende porque ellos deban empujar su vida hacia lo más absurdo e idiota. Qué va, esos tipos son unos locos para él, entiende su vida, y punto. Su pragmatismo maquiavélico y su relativismo absurdo -a veces- es lo único que tiene, y eso, eso es ya suficiente para entenderlo. Tal vez el filósofo y el poeta lo hayan tachado ya desde hace tiempo, y sólo se interesen por él: siempre y cuando sirva como pieza útil de interpretación, ellos piensan que ese hombre jamás estará al nivel suyo, no lo necesitan como tampoco él cree necesitarlos. Empero, si hay algo de saludable - e interesante- en estas formas de relaciones humanas son las distintas maneras de vivir, y ésas marcan la felicidad que cada uno siente sobre sí mismo, sobre su propio lado."

Pienso luego, en la felicidad de los hombres, pero también en su simpleza; y determino, que cada quien usa los recursos necesarios para edificarse a sí mismos como individuos felices, en algunos casos escribiendo libros -producto de inspiraciones mas o menos caústicas-, en otros casos anotando en papeles sueltos interpretaciones porque todo, todo debe anotarse para ellos, pero hay otros, los otros casos en los que simplemente se opera como único recurso para alcanzar la felicidad: el libre albedrío, esto mismo que expresado en pocas palabras, es el vivir por vivir no más. En fin, palabras, palabras mías.

Desde Lima, Ciudad Capital del Perú.
Víctor Abraham les saluda.

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