martes, 24 de diciembre de 2013

Del hombre que es escritor, pero sobre todo ciudadano


La función ciudadana de la escritura

Al escribir esta última crónica del año me sobreviene al pensamiento las 58 que han precedido a ésta, todas escritas a lo largo de estos doce meses. En muchos casos constituidas y estructuradas bajo las formas de fragmentos narrativos, poemas sueltos , aunque muy pocos, tal vez mínimos, escritos de análisis y de cuestionamiento, ensayos, apuntes psicológicos, algunos otros cargados de matiz filosófico, en fin..., también subyacen a ésta, escritos y apreciaciones diarias como diarios pequeñas, como pensamientos libres y sueltos, como breviarios anecdóticos, como ligeras percepciones y anotaciones de lo que un individuo puede ser capaz de observar, de recoger, de mirar e inclusive de afirmar o rechazar cuando está convencido que su trabajo no es inmediato, al menos no en los resultados que espera, sino que la solidez y forma de éstos requieren de un tiempo prudencialmente largo, paciente, sacrificado, algunas veces insospechado, y hasta obstinado, pues la tarea del escritor es así, una tarea que calza perfectamente con el oficio del eterno joven titán Atlas de la mitología griega que consistía en sostener bajo sus hombros las columnas que mantenían la tierra separada de los cielos, o como el oficio del inmortal Prometeo, quien en su afán de solidaridad con la humanidad se es visto a robar la luz, el calor, el conocimiento de los dioses para dárselos a quienes él considera sus amigos, los hombres. En Atlas, y su eterna responsabilidad, su resistencia estoica para evitar que el peso de los destinos de los cielos caiga sobre los destinos de los hombres, o en Prometeo, y su eterna astucia para burlar a quiénes él considera los elegidos, pienso que está representado metafóricamente dos de las principales tareas de quién lleva bajo su consciencia el espíritu de la creación, y en la palabra escrita, el espíritu del compromiso y de servicio, el escritor.

Como Atlas, el escritor está destinado a sobrellevar sobre sus hombros el cuestionamiento eterno que hace de las consciencias colectivas de su tiempo con el fin de equipararlas a lo que él considera ideal, una sociedad o cultura ideal. El escritor -que también es un ciudadano- se obliga a sí mismo a reformular pareceres que se asumirían como normales, dogmáticos, aplicables y hasta saludables de aplicación, escondiendo en sus estructuras e intencionalidades más internas lo contrario, lo bajo, lo oscuro y absurdo, lo malo, lo maquiavélico que es necesario sea sacado a la luz y puesto a los demás para la reflexión. Nuestras sociedades también dividen a sus individuos en dos grandes esferas permitiéndoles agruparse entre sí según rasgos culturales y sociales, para dejar en evidencia luego, entre sus manifestaciones, lo de arriba y lo de abajo, lo moral y lo amoral, lo agradable y lo detestable, lo consciente y lo inconsciente, lo racional y lo irracional, lo crítico y lo permisivo, lo verdadero y lo falso, en fin, lo bueno y lo malo. Y es menester - y debe ser siempre- del escritor contribuir al entendimiento de estos grupos para acercarlos hasta equipararlos en ese gran rango que se llama condición humana, condición verdaderamente humana.

Por otro lado, Prometeo, nos recuerda la astucia para burlar a los elegidos, porque no sólo éstos son conocedores de la verdad, de la luz, del calor, sino que también pueden acceder a ella, a esta sabiduría seres mortales, seres sencillos, hombres de a pie como usted o como yo que no hemos ganado nada, pedido nada, ni proferido nada, que todo lo guardamos en el corazón. Total, nadie tiene la verdad absoluta, todos somos especuladores, y los escritores son los más grandes en este oficio de especular. Siempre he creído que no existen, que no existen personas malas, sino mal orientadas y mal encaminadas, que sus actos son los malos, y no ellos porque su esencia está en ser buenos, su esencia está hecha de bondad porque han sido creados por amor, por amor de dos seres que se llaman padres, y a quienes es necesario honrar y proteger mientras dure su existencia, sin importar las frivolidades judiciales, malsanas y burocráticas que intentan hacernos creer que denunciándonos entre nosotros podemos ser mejores, cumplir nuestras obligaciones, salvaguardar nuestras familias de ésos que la sociedad llama mal padres, pero que no les dio en sus tiempo el soporte educativo para tentar la otra vía de la ejemplaridad. El escritor está llamado a la comprensión de éstos, de los que se han equivocado. Él está llamado a ponerse al servicio de los que menos tienen, de los que menos conocen, de los que se han equivocado, de los que son los últimos y maltratados, los débiles y hasta mal adjetivados de "ingenuos", y "tontos", con el fin de extraer de ellos lecciones de vida, y de hacerlos partícipes también del conocimiento, de la luz, de la regeneración individual.

El compromiso de ser peruanos

Siempre escribo desde mi país, esté en Lima, en Buenos Aires- y no refiero a la capital argentina, sino a la ribera de mi infancia-, o fuera de ella, en el interior- albergado en otras provincias-, en el exterior- sobrecogido por otras personas-, soy peruano, mis padres son peruanos, y sin embargo pienso que es necesario no quedarse en la categoría de "peruano", menos de "peruano provinciano", sino de universalizarnos, es necesario hablar de "peruanos universales", culturalmente universales, servicialmente universales. Es necesario y - ahora más que nunca- que el peruano también sea visto desde su dimensión más humana, más culta, más solidaria y fraterna, más comprensiva y respetuosa de otras culturas, la dimensión de un ciudadano no sólo debe quedar resumido a un estadístico PBI, o a un sujeto calificado por su incremento macroeconómico; no somos objetos, sí, ciudadanos. Los peruanos no debemos dejar, menos consentir que sólo se nos vea como un atractivo cosificado, como una suerte de empresas y bienes negociables, porque no debemos quedar reducidos a éso, nuestra dignidad debe ser puesta en primer orden, y a la más alta escala. Una idea que se me ocurre ahora, es la imagen de un peruano, o de una peruana con una consciencia elevada del espíritu que critique y analice llevando sus cuestionamientos más allá de la simpleza pasional o del mero despecho, para erigirlos sobre el plano del razonamiento lógico y coherente. Se me ocurre la idea, de un ciudadano del Perú, que cuestiona lo que ve, y lo que oye, que se preocupa por culturizarse, que no se esconde en modas snobistas de cultura, sino que su cultura y educación es real, y la demuestra en las calles y con todas las personas, más aún con los que menos tienen, a toda hora y en cada instante. Yo visiono -y tengo la esperanza en que mi visión se haga realidad con el devenir de los años-, un peruano como ciudadano no de un primer mundo frívolo y consumidor, preocupado por alimentar los egos de su sostenimiento material, sino un ciudadano de un mundo cada vez mejor humano, cada vez mejor sensible y respetuoso de los credos, de las razas, de las ideas contrarias. Yo visiono un peruano cuyo eje de vida esté sostenido por un respeto pluralista, un ciudadano que valore su formación actitudinal tanto como su intelecto, un hombre y una mujer que cuando dice amar, o dice ser amigo, ame verdaderamente, y sea amigo de verdad porque el tiempo, el tiempo determina todo, determina las ideas, separa la paja del trigo, y hace posible el cambio productivo.

El agradecimiento

No podría terminar esta crónica sin agradecer a todos, a todos y a todas que hacen posible que este peregrinaje iniciado hace mucho tiempo atrás sea - y siga siendo- aún consecuente, porque los peregrinos son así, así de extraños y paranoicos en sus resultados, maniáticos de sus virtudes propias y de las ajenas que observan, he allí el genial ejemplo que el novelista danés Karl Adolph Gjellerup nos muestra en su "Peregrino Kamanita" quien en su intento por acercarse a la verdadera certeza divina descubre que ésta solo es posible y está contenida en la comprensión de los hombres. Me imagino ahora a mi padre, y a los miles de padres que intentan inculcar en sus hijos valores convertidos todos ellos en "Enmanuel Quint, ese loco en Cristo", para cuya única verdad de vida y redención- según su autor el dramaturgo alemán Gerhart Hauptmann- está en asumirse así mismos como íconos de los valores universales encarnándose para ello en héroes solitarios, incomprendidos y hasta desdeñados por una sociedad adversa y contraria a los principios que intentan formar, en su afán de mostrar a sus hijos los caminos de las virtudes mas humanas que no deben ser dejadas ni apartadas de los hombres y de las mujeres. Gracias a esos padres, y a los hijos que hacen caso a esos padres. En fin.

Por otro lado, a quiénes hacen de la motivación diaria, dentro de las redes sociales, un eje de vida para otros actores sociales, a los buenos amigos y colaboradores, que en muchos casos sólo conozco de nombre y por rumores, pero sin embargo que siento que están siempre allí, y lo sé porque puedo percibir su acogida en cada palabra, en cada imagen, en cada ícono, en cada música que comparten; sigo pensando - y ahora con la mayor afirmación- que los mayores acercamientos no sólo se dan a nivel de conocimiento físico, sino también a nivel de ideas, de opiniones, de pareceres, porque a través de ellas (de las palabras y sus manifestaciones, de lo que escriben o expresan) descubrimos como piensan que es lo más importante. Un abrazo para todos ustedes, y también a aquéllas personas gratas, que al leer lo que he podido escribir este año, y lo que siempre escribo, me han permitido hacerme un espacio en su reflexión diaria. Se los agradezco infinitamente. Creo convencido una vez más que son ellos quienes se han se han constituido un año más en esas fuerzas espirituales y morales, y porque sé que sin ellos no tendría sentido este trabajo.

Un abrazo grande cargado de un inmenso saludo afecto para todos, y un buen año también.

Esta vez no les escribo desde Lima, sino desde Buenos Aires, Buenos Aires del Perú como suelo llamar a tan acogedora ribera a la cual debo mis primeros años de formación.

Víctor Abraham les saluda.


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