jueves, 30 de enero de 2014

Capítulo XXV de la Degradación humana.

La miré claramente, directamente, la miré a los ojos y le dije que después de todo era una buena persona, no le mentí, en realidad siempre fue así, una buena persona; sin embargo pienso que ella misma no se lo creía, que no se creía a sí misma un ser con bondad, hecho harto razonable y hasta comprensible debido a los repetitivos errores que se aspectaron sobre su vida, en su vida, y que terminaron por marcarla, por sellarla socialmente hasta  encasillarla injustamente en esa categoría que se llama maldad, y que por consiguiente hace mala a una persona. Pero, me pregunté qué es la maldad, sino algo muy relativo que bien puede ser cubierta de bondad cuando se trata de algún aprovechamiento mezquino. Volví a ella, e imaginé ahora todo el inmenso peso de sus angustias, el inmenso pesar, las sinuosas trivialidades, y todo eso que durante años tuvieron cautivo su espíritu, ese espíritu cubierto de miedo, y que sin embargo parecía a mis palabras albergar una ligera esperanza, una pequeña certeza: era cierto, muy cierto que también poseía en su configuración humana una certera nobleza. A veces es difícil reconocer la bondad inmanente en nosotros, sí, sí, es difícil que el mismo individuo pueda reconocerse así mismo como sujeto de derechos y de fortalezas, ello debido tal vez a los prejuicios tontos del stato quo que nos condena sarcásticamente todos los días, y que sin dudas pone nuestras debilidades a expensas de la aceptación de los demás. Pienso ahora por otro lado, que no es el individuo en sí el que se daña así mismo, sino que es la aceptación de los otros lo que genera su irreversible daño, lo que lo lleva a sentirse culpable o aceptable según el grupo social al cual pertenezca éste, en fin. La invité a sonreír, y le dije que que me sentía orgulloso, muy orgulloso, que me enorgullecía de que haya podido formar al fin su propia familia - creo que ese lado moralista afloró en mí en ese momento-. Y es que a veces pienso que las palabras también sanan y curan. No dijo nada, al menos eso pareció, me miró tímidamente cómo queriendo decirme algo, esperé un rato, y luego supuse que me hablaría con total soltura, me equivoqué, dijo, "Gracias". Pero no parecía un  "gracias" por cumplimiento, sino que provenía de su más interna gratitud y respeto. ( Y jamás mi percepción fue tan inequívoca como en ese instante). Me abrazó levemente, ese fue el final. No la volví a ver más. Pude refrendar entonces que todas las personas pueden cambiar, necesitan cambiar, pero es sabido que también necesitan un apoyo, una certeza de palabras, una fe en sus acciones, un perdón, en fin. Creo que mi teoría de la bondad regenerativa del individuo después de todo podía descansar tranquila sobre esa pequeña y grata experiencia  que duró casi dos horas, en fin.

(Anotaciones para la "Degradación Humana". Lima, Perú. 2014)

***


Desde Lima, Ciudad Capital del Perú.
Víctor Abraham les saluda.

No hay comentarios:

Publicar un comentario