jueves, 16 de enero de 2014

Capítulo XXX de la "Degradación humana"

Porqué no nos reunimos mejor, nos sentamos de pronto en cualquier lado, tomamos una bebida corta -porqué no, tal vez una de esas tantas bebidas transparentes que andan por allí expuestas, por esas vitrinas y escaparates extraños-, y dialogamos. Hace tanto tiempo que no hacemos esto, porque no hablamos, porque no conversamos. Hablemos, dialoguemos sobre nuestros pasados, nuestros presentes y nuestros futuros, contémonos nuestros desvaríos, nuestros tormentos, nuestras alegrías, nuestros miedos, sí, sí, ya sé, ya sé que a veces nunca quieres hablar, sincerarte y ser franca, detesto esto, lo sabes, empero te entiendo, te entiendo demasiado bien.

¿Sabes?, a veces tengo un miedo, un miedo repentino, raro e  histriónico que se posa sobre mí, sobre mi lado consciente; pero no se trata de ti, de lo que veo en ti, sino de lo que no veo, pero que percibo con claridez e infundada tristeza, sí, es un absurdo miedo a tu extraña personalidad, a tus vacíos cerebrales, a veces he llegado incluso a pensar que estás desquiciada, tan desquiciada como yo, tal vez sea por eso que trato de comprenderte, ¿sabes?, creo que tu neurosis es como un enorme iceberg, como una irresoluta caja de Pandora, como un literal aparato psicosomático que no opera en tus actos voluntarios, sino en tus actos reflejos, en esos en los que tu consciencia es nula, pero no te preocupes - al menos tu desquiciadez es honesta, y eso es lo mejor, lo mejor es proclamarse un insensible honesto, un calculador honesto, un atormentado honesto, un tonto honesto, es mejor todo eso, a vivir sumido en caretas alegóricas-, y es que a veces las personas somos así, así de inexplicables y así de irremediables, ¿quién define lo correcto?, o sencillamente ¿quién define lo incorrecto?, todo, todo esto, no son sino relatividades o interpretaciones personales: actuamos movidos por fingimientos, por aprovechamientos, por desidias, por temores, actuamos sencillamente -y en esas actuaciones: reímos, lloramos, decimos amar y también querer, decimos estimar, decimos odiar, nos preocupamos, les fallamos a gentes, nos fallamos a nosotros mismos (y eso es lo más peor), pero allí estamos viviendo y actuando, o a veces simplemente dejando pasar nuestros instantes de tiempo por ocuparnos desmedidamente del día a día y de sus múltiples responsabilidades junto con todas sus sofisticadas maquinarias electrónicas (imagínate que hasta para comer dejamos de mirarnos por mirar más nuestros aparatos electrónicos, y hasta cuando hacemos el amor alguien de pronto llama, y damos más importancia a ello), luego nos esperanzamos, nos consolamos, pedimos disculpas, y decimos que ya no lo vamos a volver a hacer, y allí estamos otra vez, volviendo a empezar, te quiero, en sobremanera te quiero, eso lo sabes, sé que también me quieres, pero a tu manera ¡Ah, esa rara manía tuya de querer, en fin!

Porqué no nos cogemos de la mano de pronto, nos abrazamos también de pronto, nos ponemos buenos, porqué no intentamos hacer eso que Géraldy propone, portarse uno bien, y el otro ser más bueno, en fin. Delia, siempre admiraba de mí mi nobleza, mi caballerosidad, siempre decía que yo llevaba implícito en mí un móvil raro de bondad, y que hasta veces sufría por las puras, ella, siempre me decía que yo era uno de esos extraños personajes salidos de los libros mágicos que de pronto se trasmutaban así mismos. Delia había sido por muchos años mi amiga, y mi compañera. La quería, pero no con ese querer que siento por ti, a ella la quería con cuidado, cuidándome de que mi cariño sea sentido por ella con mucho cuidado. Contigo, contigo es otra forma de cariño, contigo todo más auténtico, más puro, más bruto, contigo todo es más sutil, pero también más práctico. Pobre Delia, ella jamás alcanzó a ver esa extraña dimensión mía que los años se encargarían de gestar en mí, y que ahora tú sí conoces. Soy ahora más analítico, como reflexivo, algo así como menos ingenuo, menos tonto, aunque a veces me divierte adquirir esas poses de vez en cuando, en fin.

La otra noche me encontré con uno de esos amigos tuyos durante mis recorridos nocturnos, me dijo que estaba loco, que estaba irresolutamente loco, que estaba perdiendo la cordura, que me estaba perdiendo a mí mismo, que ya hace tiempo me había perdido a mí mismo junto con todas esas teorías mías de individuo, de tiempo y de espacio. "Un individuo que ya no entra en razón ya no vale ni sirve", me dijo, sonrió, o al menos presumí que sonrió. ¿Sabes?, pensé luego para mis adentros, "qué va estos tipos jamás sonríen". Di la vuelta y me marché, la conversación había terminado, o al menos para mí, no había nada rescatable mientras duró, quise hacerlo, quise rescatar algo en él, créeme, creo que más por el hecho de significar algo para ti que para mí, en fin, pero era inevitable, la locura que - según él- llevaba adentro, conmigo mismo, atada a mi piel vacía, había sido el impedimento. Salí corriendo a la calle, y grité (discúlpame la cobardía), y por una única vez en mi vida grité, "estoy loco, estoy loco". No sé si alguien me vio, o si dijo algo, sólo dos perros me miraron y creyeron entenderme o tal vez no darme importancia porque a la brevedad se volvieron a dormir. Reí, reí luego y me di cuenta, me di cuenta que sin saberlo acabé girando la ruleta de mis pensamientos y por una única vez me sentí más cuerdo, más feliz, más emocionado, más catastróficamente emocionado. Indudablemente que había llegado el momento que más temía, mis propias ficciones se habían empezado a volver realidad, el tiempo ya no me pertenecía, sino el eterno, el inconmensurable eterno. Era las tres de la madrugada, y llovía, llovía raudamente.

Ya pasados estos ardores de juicios y de razonamientos, me recosté en una colosal piedra con cara de persona, ojalá hubieras visto su cara fea, y me quedé, me quedé allí laxo, mojado, pensando en ti. "Y es que te quiero, es que irremediablemente te quiero, Jeremías te quiere mucho", escribí en un pedazo de hoja de papel mojado que luego resolví guardar en el bolsillo izquierdo. (De: Degradación humana. Lima. 2017)

Desde Lima, Ciudad Capital del Perú.
Víctor Abraham les saluda.

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