sábado, 5 de abril de 2014

Sobre la perfección, la obra moral, la vida y el tiempo

Estuve revisando hace poco mis apuntes, y encontré descrita en ellas, en sus registros fechados, una anécdota muy curiosa que hoy he querido compartir con ustedes, se trata de una práctica docente, y de lo que se pudo obtener de ella.

Sucede que una vez introduje esta frase en una de mis conversaciones habituales con mis estudiantes de Literatura, sí, sí, en ese tipo de conversaciones en las que uno puede tomarse una licencia breve, luego de concluido el saber teórico con el fin de profundizar en eso que yo llamo, la esencia del Ser o del individuo, dije entonces- y la escribí en la pizarra ahora que recuerdo-: "Mientras estemos vivos no estaremos acabados en la perfección, es el tiempo  el que determina la consecución de una obra moral".

A algunos les agradó la frase, a otros que la leyeron repetidas veces, les pareció algo "filósofa" (así, con esta palabra me la describieron). Algunos ceños se fruncieron, y otros la copiaron en sus cuadernos. De pronto, uno de ellos me dijo, "Profesor, a qué se refiere con ...acabados en la perfección... y ... la consecución de una obra moral". Añadió luego, "¿Cree usted entonces que la vida obstaculiza la perfección, y que el tiempo es determinante? ¿Qué es el tiempo entonces? ¿Cómo determina el tiempo el proceder de las personas?".

La verdad, es que este cuestionamiento llamó mucho mi atención, pues francamente no esperaba este tipo de preguntas. Entendí, entendí una cosa, y esa era que debía dar una respuesta meditada y sincera, porque siempre he pensado que cuando se nos pone delante un estudiante capaz de elaborar interrogantes o premisas acuciosas, éstas deben ser resultas con la mayor admiración posible. Total, qué sería de los profesores, sino tuvieran del lado opuesto estudiantes que reten sus posiciones y teorías respecto a tal o cual tema, ya sea de índole académico o puramente trivial, y se me ocurre pensar aún más en que si estos jóvenes se les añade la categoría de inconformes acostumbrados a cuestionar duramente - y a diario- las leyes que rigen su propio orden buscando desafiarlas a partir de sus propias observaciones, ya referimos otra cosa: necesidad de saber real, o tal vez eso que muchos colegas míos llaman, aprendizajes para la vida, en fin.

Miré claramente a la clase, y vi al estudiante inquisidor allí, allí metido entre todos y en medio de todos. Vi entonces a través de sus ojos pardos esa necesidad casi "filósofa" de encontrar respuestas a sus inquietudes. Los demás jóvenes hicieron unos cuantos murmullos breves, y luego callaron.

"Indudablemente", dije, "indudablemente que cuando las palabras llegan a calar en las consciencias individuales de los otros hasta el punto de ser tomadas por éstos como propias recién cumplen su función real, ya que la palabra sólo tiene un único objetivo, hacer posible un cuestionamiento de la conducta, remecerla, y promover a partir de ella nuevas actitudes reflexivas y sistemáticas que lleven al individuo a sentirse - y a obrar- mejor".

Acabados en la perfección...

"...Acabados en la perfección", implica, dije, "reconocer las  propias limitaciones del individuo, y entenderlo a partir de allí como un ser sujeto de imperfecciones, pero también siendo conscientes de que éste no puede estar escudándose en esas fallas y errores ocasionales para desistir de su propósito de enmienda, y más aún entregar esta disposición a un círculo vicioso que se sostiene bajo el popular adagio, "nadie es perfecto, por eso yo hice esto o aquéllo", ...¡no!", expresé luego, "así no funcionan las cosas".

"Sucede", añadí, "que la gente actúa como lo hacen los niños, hay que ayudarlos, cuidarlos, protegerlos, pero sobre todo enseñarles, no sé si nuestro trabajo sea ser de soporte permanente o de bastón, pero de lo que si estoy convencido es que aún no ha llegado el momento que puedan hacer uso de su libertad plena, lo otro, lo que se vive sólo es libertinaje que daña al  mismo individuo por eso es menester del hombre cultivar su espíritu a límites insospechados. Luego, la clave está en enseñarles a pensar, en hablarles claro y con la verdad, pero sobre todo internalizar en su mente, en la mente de las personas, que nosotros los mayores -y no me refiero a la edad, sino a la madurez del espíritu que sólo se alcanza a través de la profundización del pensamiento-, siempre estaremos actuando como ese padre que nos muestra el evangelista San Lucas a través de la parábola del Hijo Pródigo, sí, sí, ese padre que siempre estará con los brazos abiertos para contener la desesperación, angustia y dolor de ese menor hijo, de quien sólo sabe que en su búsqueda de libertad, se equivocó, y sin embargo supo que sería perdonado. En suma, la gente necesita ser perdonada, entendida y ayudada, pero esa ayuda ya debe ir al plano de la reflexión y de la confianza en que podrá mejorar. Debemos de creer que la gente como esos niños que dicen voy a cambiar, y que demoran en evidenciarlo porque es un proceso, necesitan acompañamiento, respeto, cariño y acompañamiento. Que el mayor enseñe al menor entonces, y que el firme invite al débil también a la construcción de su propia fortaleza, pero cuál es ese primer paso, sino que el perdón".

...la consecución de una obra moral en el tiempo

"Por otro lado", dije, ".. la consecución de una obra moral", implica ser conscientes de que el Ser humano tiene algo, una responsabilidad, que se convierte de pronto en un imperativo difícil de esquivar, y ése, ése es el de dejar - según Vallejo en sus apuntes de: "El arte y la revolución", un arte socialista que implica según sus palabras-", leí entonces, "una obra que responda al concepto universal de masa y a sentimientos, ideas e intereses comunes a todos los hombres sin excepción(...) una obra... que responda, sirva y coopere a esta unidad humana por debajo de la diversidad de tipos históricos y geográficos en que esta se ensaya y realiza". Cerré el libro, "Eso, eso jóvenes es lo que se llama obra humana, que asociada a la búsqueda de la nobleza se constituye como moral, por lo que nosotros no somos sino instrumentos de esa gran obra".

"Cuando nos preguntamos", dije,  "acerca de si la vida obstaculiza o no la perfección, deberíamos preguntarnos, ¿qué hacemos nosotros durante nuestro lapso de vida en pos de alcanzar esa perfección, y de qué manera nuestros propios juicios y esquemas mentales obran sobre nuestros actos de aceptación o no aceptación obstaculizando ese propósito sano del corazón que enaltece nuestra existencia?"

"Hoy en día", dije, "las personas necesitan sentirse en sí mismas sujetos de credibilidad, y esto implica decir - y pensar- que aún se puede creer en ellas mismas, pero dependerá mucho de los actos concretos que ellas mismas puedan evidenciar en su práctica diaria, ya que las palabras sencillamente no sirven de mucho, sino van acompañadas de estos actos, si no hay coherencia: las palabras sólo se convierten en motivadoras que sólo sirven para contentar, o para alegrar, pero no para dar fortaleza ni base ni ningún sentimiento valorativo, lo otro, lo otro - y me refiero a la fortaleza-, lo enriquece las muestras sencillas y concretas del día a día. Total, sigo pensando que ese querer con el corazón y dejarse querer también con el corazón -siempre que se pueda-, debe de ir tomando forma diariamente bajo ese único sello que se llama, voluntad para hacer lo correcto".

"Jóvenes, últimamente, merced de esta sociedad de consumo que prolifera por todos los estamentos sociales, la gente desconfía, desconfía mucho del otro, y esto es harto entendible -y hasta comprensible- debido a lo que se percibe todos los días en las televisoras y prensas locales: la inseguridad en las calles, y al interior de las propias casas. Siento que la gente anda a la defensiva, con temor, con dudas respecto del otro, esperando de pronto un traspiés ajeno para asestar el duro golpe o "Knock-out" a la consciencia del otro, ya dije, esto es razonable, sin embargo, también pienso que puede llegar a ser patógeno. No me cabe ahora en mi cabeza la idea de pensar en que la gente contrae matrimonio pensando en que se va a separar en algún momento, y lo que podría salvarlo en el futuro es esa expresión casamiento por bienes separados (pensamiento algo absurdo y hasta estúpido pensando en que el futuro nos es incierto siempre, ya que uno mismo determina su futuro con sus acciones, en fin)".

"Por otro lado jóvenes, el tiempo, sí, sí, el tiempo es determinante en el proceder humano. Se me ocurre ahora un vídeo que vi hace poco sobre la presentación del libro, "El viaje del elefante", en el que José Saramago, su autor portugués, dice recordando una pregunta que le hiciera un entrevistador en Lisboa, "Usted, ahora que está en todo, premio nobel, gloria, fama,... qué más quieres buscar", a lo que el escritor agrega,  "tiempo...vida...tiempo y vida para continuar con mi trabajo, con mi mujer y para vivir con toda mi vida de ahora y sus partes, para vivir como vive un viejo, y para continuar  alimentándose, para vivir y para fructificar la felicidad que hay en mí, y la felicidad que hay en otros".

Jóvenes, el tiempo determina el proceder del individuo, determina su originalidad o su no originalidad, calibra la madurez de sus palabras, y confiere rigidez y templanza a sus actos y respuestas manifiestas de éstos. El tiempo es relativo y valioso, es como una saeta que una vez soltada no regresa más, se me ocurre pensar -y parafrasear- ahora una cita de Ernesto Sábato, el autor de "El túnel" - y que el diario "El Comercio" presentara en un artículo corto-, que dice, "cuando uno realmente empieza a entender y comprender la vida hay que morirse". Esta expresión, jóvenes, lleva mucha verdad, el tiempo opera de tal manera que nos cambia y nos hace entender las cosas de una manera más clara y abierta. ¡Luego de ello...!, ¿hay que morirse, no?, en fin.

Tocó el timbre, la clase había terminado.

Desde Lima, Ciudad Capital del Perú. Víctor Abraham les saluda.

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