martes, 10 de junio de 2014

Capítulo XVII de La Degradación Humana.

Yo creo que algo nos separa, tú sabes que te quiero, que siempre te he querido con ese cariño de estimación desde hace mucho tiempo atrás, desde esa misma mañana en que nos vimos allá en la universidad. Yo era más joven, éramos jóvenes, todos éramos jóvenes. Recuerdo a mi generación, y tú, tú Andrea eras parte de ella, se suponía que debías ser diferente, que debíamos ser todos diferentes a los otros, diferentes a esos viejos del sistema que habían perdido las esperanzas, que trataban de hacernos figuras raras de calco y copia, seguidores, conformistas y consumidores. Esta corriente pragmática recién comenzaba, esta ironía procaz apenas daba sus primeros zarpazos. Hicimos mucho desorden lo reconozco, hicimos mucho caos, debo admitirlo, propugnamos anarquismos histriónicos, debo reconocerlo, pero era sano, era una rebelión sana la que tratábamos de encauzar. Movimos muchos estudiantes esos años. Muchos firmaron nuestro trabajo. Fuimos combatientes de un tiempo extraordinario, y en ese tiempo tú, sí, sí, tú fuiste mi descubridora, tú fuiste quien me ataste a la escritura. Tú, el "gringo", Kenny, el "flaco" Roberto, y hasta la "Pocha" (que nos costó convencerla, pero la animamos al final). Todos fuimos personajes de un tiempo, de ese tiempo que ahora extraño, no porque me haya quedado solo reducido a mi propia histeria, sino porque te perdí a ti. Diantre. ¿Sabes?, me equivoqué, siempre pensé que pertenecía a la generación de ustedes, me sentía cómodo en ustedes, sí, sí, ya sé lo que me vas a decir: que fui yo la parte más caótica de ustedes, pero también debes reconocer que muchos adoraban ese caos que propugnaba, y esa rebeldía sana que nos mantenía vivos, porque sencillamente referían que así expresivos se sentían más libres, esa fue nuestra generación romántica que idealizó todo, pero que también avizoró este trastorno social y enfermizo que viente años después, hoy nos envuelve, en fin. Al diantre esto ahora, ya estamos acá.

Por esas épocas, mis padres estaban orgullosos de ello. Había realizado las aspiraciones de mi madre, y satisfacía hasta cierto punto la esperanza futura de mi padre por verme realizado social y culturalmente. Nunca entendí esto, sobre todo porque él, mi padre, no quería que yo siga este oficio, le asustaba que yo terminara metido en esto. Una vez me dijo, que un escritor siempre era un comprometido con sus propias observaciones y conjeturas, con sus ideales, pero que sin embargo, si ese compromiso no se traducía en favor del bien común, de nada servía. "El servicio es importante", solía decir. "El escritor", dijo una vez, "debe ser un símbolo de compromiso coherente afín a su propia formación intelectual y  moral", luego añadió, "si no filosofas ni cuestionas el proceder de los individuos, no serás un escritor auténtico, tan igual que si no sirves, ni te esfuerzas en pensar en los demás". "Es duro, no es fácil, no se trata sólo de escribir un libro, y ya, hay más, te aseguro que hay más", añadió, "por eso, por eso, yo no quiero que te dediques a ello, no sigas eso, mejor sigue tu camino de la enseñanza, total desde allí también puedes ayudar".  Ahora que ya han pasado los años y estoy viejo, pienso, que si mi padre supiera de mi existencia comprometida hoy, le causaría una congoja terrible, una desazón inesperada. Tal vez, orgulloso por dentro, pero quebrado por fuera, en fin. Sólo el individuo responsable de sus propios actos y elecciones puede llevar una responsabilidad tan grande como ésta de la mejor manera posible, en fin.

Cómo te decía, ese algo que me separa de ti, que me separa de ustedes es muy grande, ese algo es inmenso Andrea, y no, no son sus absurdos miedo al mañana, ni sus triviales sensaciones de desconfianza que hoy han edificado para encubrir sus propias consciencias- ¿o tal vez inconsciencias?, no lo sé-. No, no es nada de eso. Es otra cosa que tiene que ver más bien con esa absurda necesidad desquiciante de valorar a la gente por lo que tienen, y sobrevalorarlas a partir de cuánto pueden hacer en favor de ustedes. (Sólo el hecho de ver esta posibilidad de usar a cómo de lugar a la gente me produce un pánico terrible, un asco infernal) ¿Te has dado cuenta Andrea, que Esa carrera del Derecho, te ha desvirtuado?, antes, cuando eres maestra, por lo menos eras más creíble, sabes que detesto a los abogados, no por lo que son, sino por lo que dejan de ser. Sucede que ellos mienten mienten mucho a la población, hacen escarnio del caído, y pululan sobre clientes que pueden satisfacerles sus mórbidos e instintivos deseos. Mira al "flaco"Roberto, hoy socio tuyo, esta mañana salió con su enorme y escuálida cara en la página central de "El emprendedor", dicen que ha asumido el directorio de la reciente compañía de seguros Il Fabré. ¿Está bonito el terno, no?, pero dudo de que haya algo debajo de este encantador traje, al menos si quisiéramos encontrar una pizca de decencia, estoy seguro de que no lo hallaríamos. Fue él quién te metió en esto ¿verdad?, en fin, te entiendo, total, así funciona el sistema. ¿Sabes?, la última vez que nos vimos me dijiste que serías siempre así, que nunca cambiarías (ya sé que las personas cambian, no soy un ingenuo). ¿Sabes?, ¿por qué al menos no cambiaste para bien? ¿Qué pasó con tus ideales, qué nos sucedió, en qué falló nuestra generación, por qué la Pocha, también se volvió una más de esas viejas secretarias universitarias complacientes de sus amos que sólo la mantienen porque "aún está en vigencia" ? Diantre.

Sí, sí, ya lo sé, fallamos Andrea, nos fallamos todos, fallé yo, porque demoré en profundizar en mis teorías de tiempo y espacio, de individuo social, de bondad regenerativa, de proyecto país, de consciencia e inconsciencia, y tantos otros que no dudo hubieran servido en su momento, es que no están terminadas, hoy aún no veo muy cuajadas esas teorías, sin embargo las mantengo todos lo días en pie, firmes y vivas. Y es que es así Andrea, discúlpame, soy Jeremías, soy así, escogí esto, escogí ser un pulsómetro de consciencias, y tal vez muchos de nuestra generación ya tengan resultados hoy, no cuestiono sus métodos, pero en mi caso, todo es diferente, es un proceso lento, después de todo, tal vez por ahora mi esperanza esté en las palabras del norteamericano Irving Wallace al afirmar, en su personaje de Andrew Craig, que los escritores maduran más lentamente que los científicos. Un científico puede, inclusive, trabajar en función de perspicacias e inspiraciones, pero para un escritor las palabras no bastan: hay que extraer los materiales de la propia vida, y por lo general ningún escritor vale tanto, sino ha vivido mucho, en fin.

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(En: Capítulo XVII de "Degradación humana", Lima, Perú. 2014, de Víctor Abraham)

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