martes, 9 de septiembre de 2014

Usos del cuestionamiento

Cuando escribo esta nota en plenas horas de la madrugada de hoy, se me viene a la mente como recreación misma de la pura realidad: la imagen de un pequeño niño recogiendo leña de entre los escombros y cargando sobre sus espaldas carbón necesario para dárselo a su madre con el fin de poner a prender una pequeña estufa de hierro, y así poder calentarse ambos o preparar alguna frugal comida, sí, ésta es la imagen que por los años 1920 y 1922 el frío ambiente del Rostov del Don, Rusia, vería cada día, por la tarde, antes del anochecer. Este niño, que luego se convertiría en un hombre sufrido y golpeado por un régimen nefasto, que en vez de minimizarlo, terminó agitándolo más hasta convertirlo en un hombre de convicciones muy firmes, sí, este hombre que cincuenta y dos años después dejaría impreso su más bello manifiesto de la belleza, pues para Alexander Solzhenitsyn, el escritor ruso y Premio Nobel de Literatura 1970, quien luego de haberse pasado la vida trashumando entre brotes de consciencias malsanas y heroicas, llega por fin a entender, y he allí que a partir de esto su trabajo corona un vida incansable de lucha, una vida resumida en una sola expresión, cual mensaje de fe y esperanza que dirige desde Estocolmo,"Combatir la violencia combatiendo la falsedad, porque ambas se apoyan entre sí, y además porque en la lucha contra la falsedad el arte siempre vence." Palabras que un hombre como él  dirigirá, y para quien la historia de su país se terminará encarnando sobre él hasta convertirse en una leyenda.

Si escribo este pequeño preámbulo, es porque  nuestras sociedades- no importa el punto de  latitud- hoy en día cuando más necesitan de hombres y mujeres como Solzhenitsyn terminan por adolecer de estas ausencias, salvo raras y muy escasas excepciones. Me he tomado la atribución de decirlo así, puesto que es muy latente y abrupto el detrimento moral que se viene con los próximos años, cual inmensa bola de hielo y nieve , y que va rumbo a un apego total a una sociedad falsa y sin escrúpulos donde campean la doble moral y la viveza por superponerse sobre las heridas del otro.

Es una realidad innegable que por estos días nuestro mundo esté sumido en su propia desfachatez y precisamente porque inconscientemente lo busca, lo permite y se conforma con ello. Hace dos días atrás justamente Ángel Valeriano, un joven poeta y amigo, me decía en una conversación que sostuvimos, "cada persona tiene la opción de cambiar o de no hacerlo, y es libertad suya escoger una de estas vías". Y es que es indudable que sus palabras tienen razón.

El poder se levanta sobre la ignorancia, el fideísmo estúpido, y el circo de la mordacidad diaria; éste, teje argucias - y está seguro de lograrlas- porque sabe que hay seguidores y fideístas enceguecidos que por un cargo temporal son capaces de socavar la propia dignidad. Es triste ver a jóvenes del Perú repartiendo volantes, pintando paredes, vistiéndose absurdamente o consiguiendo firmas para inscribir a sus partidos; si actuamos bajo esas sórdidas premisas entonces estaremos dando mal ejemplo a las generaciones que están tras de nosotros. Un joven, no puede doblegar su fresca capacidad libertaria y su autonomía creativa por una galleta o una propina monetaria, porque - y seamos claros-, ya de antemano se sabe quien toma las riendas al interior de un partido. Sucede que simplemente quien decide ofrecerse lo hace a sabiendas que nada obtendrá allí, salvo -como ya dije- un pequeño cargo temporal que lo tendrá atado al servilismo permanente.

Por otra parte, los dirigentes políticos compran el poder, o simplemente lo heredan, esa es la verdad. Esto que afirmo, tal vez no lleve nada novedoso, salvo por una excepción, que quienes los eligen jamás reciben nada a cambio de sus votos- es más ni se interesan en exigir algo-. Los ciudadanos se contentan con obras provenientes de presupuestos participativos, que en muchos casos son seleccionados por burócratas al interior de oficinas cerradas. Así, un contribuyente de a pie jamás hace respetar sus derechos porque sencillamente predomina la viveza de estos primeros. y si hablamos de herencia política que recibe un ciudadano, sí, si hay una herencia, hay muchas herencias, y estas son entre otras, obras hechas a última hora, pistas que se descascaran, fuentes de aguas de colores, monumentos estrambóticos, estrechas lozas deportivas, pero nada, absolutamente nada, que tenga que ver con programas de talleres artesanales para jóvenes, programas de productividad familiar, e inclusive mejoras en la calidad educativa de los niños y niñas."¡Qué va!", dicen ellos, "¡Dale un circo, lugares para que se tomen fotos y de vez en cuando ponles un concierto!". Uhm, ¿qué pasaría- y parafraseo al genial Czeslaw Milosz, escritor polaco-, si el poder cambiara de manos?, en fin.

Es por ello que, el cuestionamiento es importante porque hace que las personas no sojuzguen su propio poder de realización creyéndose desmerecedores de su propia felicidad. Si la gente aprende a cuestionar, a criticar, a negarse a seguir, esto es si la gente destierra por completo todo intento de fideísmo entonces, será capaz de rebelarse a su propia debilidad individual de sólo oír y callar para pasar a convertirse en entes activos que promuevan actos colectivos abiertos y propongan teorías de pensamiento, en fin. Luego, el acto del pensar es importante porque nos hace darnos cuenta de quiénes somos realmente e individualmente, ya que vale más el no seguir que el obedecer. De allí que sea imperioso reafirmar ahora más que nunca que se necesitan escritores comprometidos con los cambios radicales; se necesitan pensadores que formulen teorías y propongan sugestivas propuestas desde sus múltiples campos de aplicación cognitiva, amparados y fundamentados sólo en eso que se puede llamar subversión mental y consciencia crítica. Se necesitan individuos disidentes y claros a la hora de expresarse, alejados de todo lenguaje retórico, procaz y mordaz.

Todo ello me lleva a pensar finalmente que, yo no puedo ni podré criticar una corrupción jamás, si soy parte de ella, si convivo con ella, o si disimuladamente le saco la vuelta a mi consciencia con el fin de soslayar lo que debe ser cuestionado en su momento. El hecho de que yo denuncie una corrupción, no me hace menos corrupto: si alguien calla o no, eso es cuestión de cada quien. No me interesa el hecho de que alguien salga y pregone su moralidad, la consciencia juzga mejor. Luego, - y pienso mucho en ello- hay una forma de combatir socialmente la corrupción de una vez por todas, y esta radica precisamente en decirle ( y enseñarle) a la gente a cuestionar, a reclamar, a no callar. Si enseñamos a la gente a revelarse contra su propia debilidad y miseria moral estoy seguro que habremos empezado a cimentar nuevos tiempos. Esto me hace pensar en una parábola, aquella que habla del trigo y la cizaña, pues aquí ambas deben crecer juntas, cuestionamiento y corrupción, y una vez listas para ser segadas corresponderá a las nuevas generaciones cortar las indicadas o no indicadas. ¿y nuestro papel? ah, sí, claro, el nuestro, por supuesto, para no olvidar, nosotros pasaremos a ser adscritos a esa generación de hombres y mujeres que quedó en el pasado llena de precursores y próceres de una nueva sociedad.

Desde Lima, Ciudad Capital del Perú.
Víctor Abraham les saluda.

No hay comentarios:

Publicar un comentario