martes, 28 de octubre de 2014

Capítulo XXVII de la "Degradación humana"

Años después Jeremías siguió transitando su propio destino. Fue entregado a los cuartos de confinamiento para desquiciados que le fueron asignados: mojigatos, locos y reducidos escombros de seres irracionales fueron por años sus únicos y últimos acompañantes. Afuera, todo seguía igual, o peor tal vez, puesto que la fiesta revolucionaria que pudieron iniciar en su momento duraría poco tiempo para su generación,  ya que muchos inconformes, luego, fueron recuperados por la sociedad que ellos mismos pretendían cambiar. La realidad había corrompido sus ilusiones, quemado sus esperanzas y debilitado su fe. Quedaba ahora, una sociedad asentada sobre deleznables cimientos donde el consumo, el aburrimiento y la hipocresía serían sustentos permanentes para cada noche de convenciones sociales, sí esta misma sociedad que se presentaba al frente suyo, era distinta a la que había idealizado, Pero, ¿qué podía hacer?

Sí, sí ellos mismos con los que había planeado en cada noche de su juventud sendas conspiraciones y acciones de bien, decidieron no materializar la utopía, decidieron no seguir más, consentían todo esto como estúpido, porque ello era imposible, era difícil seguir, "todo es ahora diferente", solía decir muy a menudo el "gringo", compañero de celda, sin embargo él, Jeremías, el pobrecillo de Jeremías, seguía aferrándose a la idea que aún todo podía ser diferente, sin embargo la realidad de su prisión le devolvía a la misma angustia de la sinrazón, y entonces otra idea tomaba forma en él, y es que estaba seguro que mientras estuvieron de pie, sí, su propia generación, provocaron una saludable crisis, provocaron muchas tomas de consciencia, impulsaron fe. Gracias a ellos y a sus convicciones - mientras duraron, muchos recordaron algo que comenzaron a olvidar, que simplemente el mundo estaba mal planteado y que debía ser mejor.

"Si observáramos con atención crítica", solía decir de vez en cuando con severa autoridad, la misma que ya no tenía, "entonces advertiríamos que aquella prosperidad material y falaz de la que tanto sacan lustre muchos se ha levantado hoy a expensas de lo espiritual, de la sencillez y del abandono de lo bueno".

Solo un muchacho flaco y escurrido que de vez en cuendo se sentaba a escucharlo - según refieren las notas que él mismo escribió por esos años- entendía muy bien la situación,

pero qué podíamos hacer, sino una cosa... salir a la calle y pintarrajear los muros del cuarto de confinamiento, hecho nada razonable dadas las condiciones en las que nos encontrábamos todos. (mayo 16, 2034)
-¡Estás loco, ya no razonas bien!- gritó hoy alguien con voz gangosa y apagada del otro lado de la puerta. (Creo que era el cuidador de los pasillos). Sí, alguien, al escuchar mis tormentos me volvió a vociferar, -¡Estás loco, ya no razonas bien!- (mayo 24, 2034)
Escuchar esto era muy común en la celda de confinamiento de Jeremías, sin embargo, y aún lo recuerdo, sí, porque recuerdo muy bien las notas que mi padre dejó escrito esa misma noche, y que hoy he transcrito para este cuaderno de La degradación humana.

"Este pensar" -dije entonces con firmeza, sí, con la digna firmeza cuerda que aún me quedaba-, "es el resultado de la confusión y la brutalidad de la experiencia que ha devenido producto de compartir con los de abajo, los humildes, aquéllos sin casa y sin nombres, los del montón, aquéllos que están lejos de quienes toman las decisiones y programan las angustias orquestando mentiras y proveyendo facilismos y confort a medias, sin nadie que los frene. Éstos - añadí luego-, son los tejedores de esta gran mentira social que hoy otros siguen. 
"Este pensar" repetí - pero esta vez más fuerte-, "es el resultado de compartir con aquéllos que sólo se limitan a materializar estos programas y a sufrirlo, a sufrirlo todo". 
El desquiciado aquella noche, que según me decían era yo mismo, seguía riéndose estruendosamente orgulloso de haber dicho su verdad, pórque era verdad: había dicho mi propia verdad, hecho que me hizo sentir el ser más infinitamente feliz de la prisión en la que me encontraba. Sí, sí, el eco de las carcajadas remecían los demás cuartos de confinamiento. Era mayo, afuera llovía. (mayo 24, 2034)

(De: La degradación humana. Lima, 2014)

Víctor Abraham

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