domingo, 19 de octubre de 2014

Jeremías aconseja a Sócrates. Capítulo XL del Libro de "La Degradación Humana" Lima, 2014

Jeremías aconseja a Sócrates.

Me había mostrado un fragmento de su poema. Procacidad completa. No me decepcioné, no, lo entendí. Entendí que su joven vida, y aún impetuosa no sería aún capaz de entender lo que yo pensaba en ese momento, en fin. Le pregunté, "¿Por qué has escrito eso?". No dijo nada, guardó silencio. Entonces le noté asentir ligeramente la cabeza en señal de culpabilidad ligera y de vergüenza. Es raro sentirse de pronto como sujeto de culpabilidad y de justicia a la vez, pero era verdad, así me sentía. Sócrates, mi hijo, que anhelaba tanto ser poeta, estaba allí parado frente a mí, sí, verlo de pronto entrar con la llevaba erguida, y a los pocos minutos: nada. Por un momento no dijo nada. Esto me hizo recordar las interminables pláticas con mi padre, sí, nada más que con el viejo Tobías, un moralista por excelencia.

***

Me quedé perplejo por un momento mirando al vidrio de la ventana que estaba frente a mí, y sentí de pronto un ligero viento. Vi lentamente en mis recuerdos. Buenos Aires, Septiembre de 1992, sí allí - como diría mi abuela- a un canto de la mesa pequeña estaba sentado y de pie mi padre, su camisa a cuadros y su pantalón beige aún me parecían alegorías vívidas. "No importa quiénes seamos, o cuál sea nuestro nombre o apellido, ni siquiera nuestra procedencia ni nuestro estrato o piel artificial que intentemos llevar cada día para impresionar a otros u otras, no, nada de eso importa más que nuestros actos, ¿me has entendido? Escúchame hijo mío, poco importa el hecho de ser mayores o menores en edad o en estatura física, y si nos critican por lo que parecemos, o hacen halago de nosotros sin conocernos, no, eso no debe importar, total, esas muestras sólo son apariencias pasajeras. Lo más importante, sí, sí, lo más importante Jeremías, es ser nosotros mismos y esmerarnos cada día en mostrarnos así. ¿Me has entendido, verdad?" "Los actos, los actos, sí, sí, ya sé, ya sé que me vas a decir que son los actos los que determinan todo, y que las palabras, las interminables palabras nos ayudan, dan fe y esperanza también, Te he escuchado decir esto siempre, tantas veces, tantas veces que ahora lo sé, lo sé muy bien papá, lo sé muy bien, sé muy bien, lo que debemos ser, lo sé".

Nuestros diálogos simétricamente iban de una dirección a la otra, yo lo miraba, él me observaba, las palabras se iban sucediendo - a veces verticalmente, otras horizontalmente, los tonos casi siempre variados, se tornaban gentiles y alegres, a veces un poco duros y ásperos, pero entendía que así mi padre demostraba su afecto, y eso, eso era suficiente para sentirme protegido. Sus nobles palabras eran sinónimo de protección y de amistad, más que padre e hijo, éramos un viejo sabio y roído por el tiempo, y un pedacito de pequeño niño. Hablábamos, y hablábamos a veces también con el silencio, nuestro silencio, silencio que era suficiente para saber que hablábamos de lo mismo, o al menos que nuestra intención era la misma. En un extremo de la esquina amarilla, frente a frente separados por una cuadrada mesa sobre la cual se esparcían muchos periódicos amarillos y viejos, yacían conversaciones, agradables conversaciones, afuera el viento silbaba y las olas del mar se estremecían a cada golpe invernal de septiembre. Cómo amaba a mi padre, cómo recordaba al viejo Tobías, sí, justo ahora cuando yo era lo que él fue en su tiempo para mí, justamente eso, un padre.

***

 "¿Cuál es el punto de inspiración de tus escritos?". Su pregunta me atrajo otra vez, me regreso al momento en que nos encontrábamos, al diálogo, sí, porque debía ser así, entre un padre y un hijo siempre debía haber diálogo.

"Las observaciones que recojo al salir a la calle, toparse con la gente común y sencilla, observarlos, escucharlos, acercar sus figuras a nuestras miradas, a veces de niños, de chicos, de chicas, de hombres viejos como yo, porque sí, hay una gran verdad en ello hijo, de la gente mayor es de quienes más se aprende porque su proceder lleva sabiduría, cuanto más si leen, en fin. Toparse con desconocidos, la soledad, y así, hay tantas cosas de las que al final uno aprende. ¿Sabes hijo?, hubo una vez en que un poeta, sí, un viejo poeta que dijo cuando yo era joven, "que los hombres de la escritura escribían a partir de cosas que le pedían prestado a la vida de las personas".

"Pero, por qué has escrito eso", repetí. Añadí luego, señalando la hoja que me había mostrado, "¿crees que un poeta deba usar un lenguaje procaz en sus escritos?".

"Yo pienso que sí, que el arte no tiene reglas".

"¿Quién hace esto?".

"Charles, no has oído hablar de él"

"Me imaginaba, ya veo".

"Pero no es que me base en ello, uno va madurando"

"¿Crees que el lenguaje procaz es sinónimo de maduración? Tienes que acercarte a los maestros, no para imitarlos, sino para conocerlos, conocer sus pensamientos"

"No te digo que es bueno escribir así, pero tampoco es bueno forzarlo. Mi escritura es libre, no tengo reglas, pienso que la literatura no debería tenerlas".

"No quiero que seas como los de mi generación. ¿Sabes? por esas épocas también la poesía se había vuelto muy superflua, y eso se debía a que el alma también era superflua, todo era superfluo porque se carecía de sentido, de sensibilidad real, un alma ególatra jamás puede hacer un arte bello ni inspirarlo. Fíjate que antes, todavía mucho antes de que mi generación subsista, el escritor escribía por convicción y se entregaba a ello, aunque eso lo llevara a convertirlo en un contestatario de la vida, eso lo sabían estos grandes hombre y mujeres, y a pesar de ello escribían desde el silencio o desde la soledad. Querido Sócrates, un poeta desde que empieza a hacer su primer bosquejo sabe que es un poeta, al margen de la opinión externa, un poeta aprende de un maestro para superarlo a partir de su primer acercamiento, un poeta jamás se desdice de lo que escribe y piensa en todo caso hace. Lamento, y te lo reafirmo otra vez que mi generación no te haya dado buenos ejemplos de escrituras verdaderas, nuevos insumos, como los que si llegamos a recibir nosotros, aunque lamentablemente ya para ese entonces nuestra visión del mundo se había hecho simplista. Hijo, sé tu mismo, y marca la diferencia, de lo contrario sé un Bukowski si quieres, o un Vallejo. Total la decisión de progreso y de originalidad sólo la marca el hombre. Está en ti, ser tu mismo. Ser un poeta sincero o no, nada mas que eso. Si hay algo cierto, eso está contenido en esto: "Vive primero, vive existencialmente, nada más que ello, y luego, luego escribe lo que puedas a partir de tus propios sentimientos. Es todo lo que tengo que decirte. Así que ánimo hijo mío".

"Uhm, padre, me conmovió lo todo lo que dijiste, ahora siento tristeza porque mis escritos no valen,
eso siento, solo me queda trabajar duro, muy duro".

La generación de Jeremías

"Sócrates, Sócrates, hijo mío, conocí a un hombre una vez cuando era como tú, joven, y empezaba a hacer mis primeras anotaciones, que me dijo, "camina primero, y luego correrás". Sí, cuando tenía tu edad, quise demostrar a mi generación que existían muchos adolescentes y jóvenes como tú atrás de nosotros, que debíamos apostar por ellos porque también eran talentosos y por tanto debían ser reconocidos también. Fue un batallar duro, y no sé si se logró al fin porque en cada generación siempre subsistirán charlatanes y truhanes dispuestos a distorsionar y enceguecer la mente de las nuevas generaciones".

"Creo hijo, que toda generación adulta debe reconocer el trabajo de sus jóvenes. Yo pertenezco a una generación que vivió encasillada en el silencio por más de diez años. Fueron años de represión, la era tecnológica aún estaba lejos de ser lo que hoy es, y de alcanzar la magnificencia de la que hoy goza. Durante este tiempo nos acostumbramos a que se nos diga qué hacer o qué no decir, nos acostumbramos a ser conformistas; nuestra adolescencia fue acaparada por una época de dictadura, y muchos se criaron bajo esos estigmas. Eran los años de 1990. Varios de esta generación sólo aprendieron a hacer lo que en las escuelas les enseñaron. Nunca se les enseñó a cuestionar ni a criticar, y cuando quisieron hacerlo, ya era tarde, todo era parte de un inmenso boomk comercial y pragmático, donde la razón utilitaria terminó aplastando al ideal de ser mejor. El odio empezaba a ser inminente, y los juicios y razones valorativas, la crítica empezó a deformarse hasta convertir a las personas en sujetos de hilaridad y comedia del otro. Ese lenguaje procaz y simplista que hoy me has mostrado, no es sino el fruto de lo que mi generación les ha legado".

Me escuchaba atentamente, escuchaba aquel funesto relato. El muchacho me tenía cariño, eso era indudable, no sólo - y pienso ahora- por el hecho de ser su padre, sino por ser su amigo porque eso éramos al in y al cabo, luego de la muerte de Sara, su madre, éramos amigos".

"Pienso, hijo mío, que no fue ni es culpa de mi generación. Fue una maquinaria más grande, fue una peste, así debía ser, así debía ser para que el hombre tome sentido a su existencia", asentí. "A veces me da pena ver que sólo pocos pudimos sobrevivir a esta barbarie caótica del absurdo relativista de esos tiempos, solo pocos pudimos salvaguardar nuestra integridad moral y optimista.  Muchos de aquélla época se casaron pero al poco tiempo maldijeron a sus parejas, abandonaron sus familias, otros tomaron vías no tan convenientes como el odio y la desidia indiferente, algunos se refugiaron en el nihilismo hasta acabar con sus vidas, unos se hicieron profesionales, pero no despertaron mayor conciencia en los demás, al contrario los cartones solo sirvieron a su propio individualismo, y cuando se dieron cuenta de lo que equivocado que estaban, ya su existencia los había devorado. Hubo gente, amigos, que prefirieron encerrarse en sus burbujas egoístas, en fin eran otras épocas. Sé que a estas alturas la sociedad se ha vuelto más destructora consigo misma, pero también, sé que hay jóvenes dispuestos a seguir batallando éticamente. Sócrates, el avance del espíritu era pobre en mi tiempo, sin embargo sé que ahora es distinto y mi corazón se llena otra vez de optimismo al sentir a diario a tantos jóvenes como tú que han ido asumiendo posiciones críticas y conciencias positivas frente a lo que les rodea. Eso es muy meritorio, ¿no crees? Así que hay que impulsar esto. No debemos permitir que esta sociedad joven se disocie y se desencante otra vez".

"Padre, las posibilidades de salir adelante en esta vida llena de envidia y competencia sucia están latentes siempre", me dijo. "Lo sé", dije. "Costará, pero te aseguro que la juventud cambiará. Pisará muy bien el territorio de sus vidas". Añadí, "Necesitamos obreros del conocimiento y de espíritu también".

"Sí, así es, Recuerda esto siempre: que el trabajo de la escritura encierra una especie de pasión, de cariño por lo que se escribe, de continua terquedad y fascinación, de sacrificio y compromiso para con el próximo, de entrañable sensibilidad, y de generosa comprensión, pero también - y sé muy bien ello- conlleva en sí misma cuotas de responsabilidad, de heroísmo épico y de defensa del bien común, defensa de un bien que se proyecta en las palabras. En suma, la escritura es un trabajo arduo porque implica trabajar métodos, no solo de construcción sintáctica y a veces semántica sino también de pensamiento reflexivo. Un escritor debe concebir la escritura como un trabajo, como un oficio tenaz tan igual como lo es la enseñanza y el periodismo. Un escritor tiene que concebir vida en sus palabras, imprimirlas con dosis de inyección emotiva. Un escritor debe hurgar, está obligado a hurgar en la historia, en la filosofía y en la psicología para aprender más, para nutrirse más, debe escuchar a sus maestros, esos viejos creadores de la palabra que se entregaron en su tiempo como paladines de la paz y la justicia a través de su trabajo escrito, en fin. Luego, la escritura implica un caminar, un reconocerse a sí mismo como sujeto de imperfección, pero que se puede ir limpiando espiritualmente de sus múltiples desasosiegos sólo con la capacidad del saber escuchar y atender a lo más sencillo y simple del orden natural de las cosas, sí, yo pienso que la escritura es un camino, un arduo camino que se decide recorrer un día para toda la vida desde el silencio propio para hacer de su existencia una parábola que sirva luego a las generaciones venideras, sí, sí, eso mismo es la escritura una suerte de parábola del sembrador".

La tarde se venía apacible tras el acogedor diálogo. Hojas verdes eran levantadas por el viento y caminaban.


Desde Lima, Ciudad Capital del Perú. Víctor Abraham les saluda.

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