lunes, 10 de noviembre de 2014

Jeremías inicia su propia degradación

Así escribió Jeremías:

"Y allí estaba Jeremías, otra vez, solo parado frente a su propia nada. No sabía nada, no sabía como sucedieron las cosas. La cuidó, la cuidó mucho, cuidó mucho de Sara, pero ya ella había contraído la terrible y mortal enfermedad de la degradación humana misma que terminó devorando su joven vida. Sócrates, la esperanza del mundo, sí, ese mismo niño que los anacoretas del pasado profetizaron a Zacarías, su abuelo, sí ellos que habían anunciado su nacimiento hacía ya hace más de cien años, y que por cierto acababa de venir al mundo, sí, sí, ese mismo niño que era ahora luz, la esperanza nueva de un mundo, la esperanza de la regeneracióh humana había llegado junto con su propio desastre existencial, ¿pero, a qué costo?, sí, sí, ¿a qué costo había llegado el pequeño Sócrates, ahora Sócrates Jeremías, como redentor de los hombres?, Sara había muerto, sí, sí, murió mientras soñaba con la ilusión de ser mejor. Jeremías se había vuelto loco, sus trastornos de la desilución terminaron fragmentando su vida, su vida que hasta hace poco pendía del único hilo del amor, del amor por una mujer que fue una vez una Magdalena, que fue una vez una María, que fue una vez su redentora: que fue su mujer, y es que a veces los destinos y recorridos interminables de las vidas de los hombres y de las mujeres son así, caminos llenos de desilución mortal, de desidias repetitivas que rotan como inmensas norias aferradas a pasados de otras vidas. Sara, Sara Jerusalen había muerto, como llegó una vez, así indefensa y sola, así se fue, así la recibió el féretro de la desolación. Esa noche, en toda la noche Jeremías no lloró, no tenía porqué hacerlo, tampoco sintió nada, sí, sí, Jeremías, el eterno hombre anunciador de la degradación humana, sí, aquel pedacito de hombre que solo servía a una ilógica retrospectiva de su fe que terminó, sí, terminó por fin esa misma noche su vida, se convirtió a partir de allí, en eso que él mismo quiso ser de siempre, un loco, un loco para cuya consciencia urente terminó por abrazarlo, y esta vez, sin remedio alguno, porque esta vez, Jeremías al fin pudo comprender su destino, su destino de irresoluto loco, ahora solo y desgraciado, sí, sí, entendió que él jamás sería el salvador, jamás, era Sócrates, indefectiblemente que era Sócrates, era él a quienes los filósofos del siglo pasado referían, "llegará un salvador, pero será en la tercera generación", Tobías, Jeremías, Sócrates. sí, y no Zacarías, Tobías y él, Jeremías, esa, esa era la lógica correcta que al fin el pobrecillo, ahora loco entendía, el destino de los anacoretas se había burlado de él. No había nada por hacer, rasgó sus vestimentas y entregó al niño a su propio destino. Sí, sí, indudablemente que ese sería el salvador, Sócrates Jeremías, hijo de Sara Jerusalen, una inocente prostituta, y de Isaac Jeremías, un loco, un peregrino loco que esa misma noche empezó a caminar su propia degradación". (Octubre 22, 2014)


Víctor Abraham en: Degradación humana. Lima, 2014

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Desde Lima, Ciudad Capital del Perú.
Víctor Abraham les saluda.

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