miércoles, 24 de diciembre de 2014

De cómo el niño se convirtió en escritor, y el maestro se volvió aprendiz.

El compromiso con los nuevos ciudadanos

Hay  personajes que están ahí. Y la imagen de las cosas tiene mucho que ver con la persona que somos, con la mirada que tenemos, con la sensibilidad que transportamos dentro. Cuando yo me encontré con la naturaleza en mi aldea de Azinhaga, era un niño. 
José Saramago, 2007

Cuando el autor de "Ensayo sobre la ceguera", escribía esta nota, probablemente ya sabía que su tiempo de existencia estaba llegando a su fin; sin embargo - y pienso también que- al mismo instante se activaba en él, en su memoria más vívida, más intensa, más fecunda, una imagen, la imagen frágil, infantil e inquieta de un niño, el niño de Azinhaga, el niño que de pronto se quedaba inquieto mirando una tarde al sapo, o conviviendo días completos con olores y vidas nada sofisticadas de bueyes, cerdos, carneros, cabras, en fin: aprendería a partir de allí -soslayo- a descubrir la vida, la existencia, la naturaleza, o lo que yo llamo a veces, el orden natural de las cosas, en fin.

José Saramago murió tres años después (Me enteré de esta noticia justo cuando viajaba a Trujillo a visitar a mi madre y mis hermanas.) Particularmente lo sentí mucho, creo que más que por el hecho de haber obtenido el Nobel de Literatura, por haber sido un ciudadano, un ciudadano de primera clase, es mas, si hoy tengo definido en mí, mi propio concepto de ciudadanía es gracias a este hombre. Así es, el escritor portugués murió, pero dejó claro en su pensamiento una palabra: compromiso, sí, exacto, compromiso ético. En una entrevista, ocho años antes de su partida, que diera para La Nación de Buenos Aires, el 13 de diciembre de 2000, este hombre se planteó - o mejor dicho, nos planteó- una pregunta, "¿Qué estoy haciendo yo en este mundo?"

Ahora bien, a puertas de cerrar un año más, y de iniciar otro, en una semana aproximadamente, me sobrecojo a esta premisa inicial, ¿qué estamos haciendo nosotros en - y por- este mundo? Indudablemente, que si hacemos un recuento del año que se va, nos daremos cuenta de que no hemos avanzado gran cosa desde el punto de vista formativo e integrador porque aún vemos un mundo que va caminando hacia una degradación inminente desde todas las aristas por las que se intente mirar. 

Triste consuelo, y mención aparte, de haber sido otorgado este año el Nobel de la Paz para dos personajes símbolos de la niñez y de la educación como son la joven paquistaní Malala Yousafzai, y el indio Kailash Satyarthi «por su lucha contra la represión de los niños y jóvenes, y por el derecho de todos los niños a la educación». Percibo, y es lo que más me preocupa, que seguimos subvalorando, esto es: minimizando a esas generaciones pequeñas que están tras de nosotros, a nuestros niños y niñas, a nuestros adolescentes, y no digo a nuestros jóvenes porque ellos ya son el presente. Salvo ejemplos destacados en la práctica real de nuestros anónimos maestros en las escuelas, o personas comprometidas con instituciones que trabajan por los derechos de los más pequeños, aún seguimos en deuda con ese cambio generacional que espero este 2015 pueda irse cuajando al menos un poquito más, y digo un poquito porque es un trabajo que nos compromete- y debe seguir comprometiéndonos- a todos y a todas desde donde nos encontremos, porque señores, el compromiso no conoce territorios, ni idiomas, ni credos, ni fronteras. El compromiso histórico es un llamado unívoco a nuestra propia consciencia y a partir de esta a nuestro propio modo de vida.

La primeras experiencias 

Ahora bien, ¿por qué insisto tanto - y con tanta premura- en un cambio generacional? Por una sencilla razón fundamental, porque esta sociedad presente está lejos de ver con claridad la brújula del camino correcto, y no porque no sea capaz de poder verla, sino porque no quiere. Pienso convencido que en la educación está la salida, el sendero, pero no en esta clase de educación que tenemos hoy en día, porque esta solo sirve a un sector. Ya dije una vez, y lo volveré a escribir siempre que pueda, si queremos un cambio inteligente, este debe partir por iniciativa nuestra, de nuestras propias convicciones, y de la consciencia crítica que podamos ejercitar desde nuestras propias familias, ya sean hijos o hermanos, en fin: porque la mayor parte de escuelas y de universidades están lejos de ofrecernos ello.

Ahora bien, mientras más tiempo demos a nuestras familias, mayores serán las recompensas esperanzadoras de cambio. Solo por ponerme a pensar de pronto en mi propia experiencia, llego a la conclusión que si no hubiera tenido un padre que me leyera reflexiones e historias, que me contara relatos morales y describiera las vidas de los escritores como él lo hacía, y al mismo tiempo una madre que me corrigiera las pequeñas mentiras a las que está tentado de decir un niño a su edad para salvaguardar su imagen de, eso mismo, de "niño", o me alistara para ir a la pequeña iglesia de Buenos Aires a recibir mis clases de catesismo sabatino, otro hubiera sido mi destino, al menos mi destino moral. 

Y es que es la verdad, son los padres quienes construyen al ciudadano a su imagen y semejanza, y no los maestros, porque ellos solo moldean lo que ya se trae de casa. Total, ya escribí una vez para una crónica breve, "El compromiso con la educación no solo es de los profesores, ni de los jóvenes, es de los padres, y de la formación que han dado o dan estos a sus hijos en el tiempo que les toca ser padres, o en todo caso van a serlo, sí, desde sus familias. Ahora bien, si no hacemos de nuestros hijos e hijas hombres correctos y en la medida de lo posible, seres humanos, no hemos hecho nada. La primera formación es la del hogar, de la familia, la otra, la otra formación solo es complementaria a la primera. Cómo puedo pedir un hijo con valores, cuando yo no soy capaz de darle ese mismo cimiento, y por qué, porque sencillamente carezco de fortalezas axiológicas y morales. Es un engaño pensar que el niño o adolescente va a la escuela para ser un buen ciudadano, eso no es cierto, el individuo, ya viene formado del hogar. No lo digo yo, lo deduce Freud, sobre quien recae esa dedicada investigación psicoanalítica, las primeras experiencias determinan al ser humano futuro".

Ahora bien, creo que esta gratitud que le tengo a las letras, y ese cariño entrañable por la escritura me deviene de mi padre. Sí, pienso que a partir de esas primeras experiencias con este ser, y mi relación afectiva que tuve siempre con él me permitieron acceder a ese imaginable mundo de los libros con todos sus personajes y reflexiones. De él aprendí la valoración de un libro, y también el hecho mismo de que ser un escritor es ser un comprometido con la vida misma. Yo era pequeño entonces, y debo mucho a este hombre que fue mi progenitor. Por otro lado, es mi madre la gestora de ese espíritu rebelde y libertario que acompaña mi desasosiego permanente. A veces pienso, qué hubiera sido de mí (tal vez nada de lo que soy ahora), si mi padre hubiera sido un médico o un abogado, y mi madre, una mujer sofisticada, o tal vez si no hubiese transcurrido mi infancia en la suave ribera de Buenos Aires del Perú con toda su miseria cultural. Indudablemente que sin estos preciosos elementos hoy sería otro mi destino, un destino que tal vez detestaría tremendamente. 

Del mismo modo debo a un maestro de primera enseñanza básica las habilidades cognitivas que hasta hoy me acompañan, como el hecho de saber leer respetando los signos de puntuación,  escribir con buena letra, hacer un subrayado, comprender una lectura, analizar una situación problemática, y a una religiosa de la congregación agustina, que se convertiría en mi primera mentora personal, el hecho de aceptar en mí el radical papel de enseñar, porque es verdad, el enseñar siempre me ha parecido un reto, un eje radical de transformación, un acto heroico como diría Mariátegui. Así, la enseñanza siempre me ha enorgullecido; empecé a enseñar a los catorce años, doctrinas teológicas y oraciones breves a un puñado de niños y niñas como yo, que también como yo alternaban la misma edad. Y pienso convencido que a partir de ese instante tomaría en mí forma la figura del profesor que soy ahora, convertirme de pronto en un maestro, fue algo que nunca imaginé, pero que acepté con la plena convicción pura de que algún día me volviese un aprendiz de ellos, porque hay aquí una máxima cierta, un verdadero maestro, el verdadero y trascendente, es aquel que da el complemento - y digo, complemento, no cimiento- cognitivo y moral a su aprendiz, pero que un momento de la vida llega a ser superado por este mismo, cuando eso sucede, entonces valió la pena haber dedicado la vida a la enseñanza, en fin.

Los nuevos retos 

Ahora bien, volvamos al inicio de esta crónica que tiene un sello de reflexión y de sobrecogimiento final, Cada inicio de un ciclo temporal implica un nuevo reto para mirar previamente nuestros errores con detenimiento y a partir de allí, poder analizarlos. "De los errores se aprende", reza un viejo adagio popular en mi país, pero también, del mismo modo, reza otro, "No siempre debemos escudarnos en el hecho de "nadie es perfecto". Y es que hace falta coraje a veces para decir lo que se piensa y expresar lo que se siente sin miedo, sin temor al fracaso inmediato, o a las insulsas interpretaciones, o a esas comparsas burlescas que salen sobrando. Agrego finalmente, que hay desde hoy mismo una tarea grande para el año que se viene, una tarea de justicia ética, y esa es la de hablar, la de escribir, la de enseñar, la de poner sobre la mesa las cosas que están sucediendo alrededor de nuestras sociedades, las cosas que no se dicen, o que no se quieren tocar con claridad, o con nombres propios; como el hecho de que se está matando la propia tierra con toda su gente, especies y recursos.

Además del hecho de que la educación se está elitizando cada vez más convirtiéndose así todo esto en una suerte de mercaderes y compradores donde el dinero y la institución pesan más que una formación moral. Es una realidad también ver hoy en día, y debemos cuestionar ello, que este mundo se está llenando de seres acartonados, de membresías, de resoluciones y títulos, de corbatas y de funciones decorativas, de ofertas sin sentido y de entrampamientos judiciales, sí, un  mundo donde el médico y el político han perdido su sensibilidad porque importa más el poder adquisitivo y el status social, donde el ejercitador del Derecho ha agudizado su maldad, su desidia y su frivolidad, donde el confesor ha perdido su credibilidad obligando al niño a perder su inocencia, sí, un mundo donde las superficialidades, las muecas desdeñosas, los vaivenes del corazón por el orgullo, y las tibias formas de amar están a la orden del día. Es por ello, infiero, que este año debemos mirar bajo una óptica más conscientizadora y crítica dichos sucesos.

Sobre el peregrinaje y el desprendimiento


El año pasado en una de mis últimas crónicas, referí que los peregrinos eran como seres extraños, sí, extraños y paranoicos en sus resultados, maniáticos en sus virtudes propias y distantes respecto a las conductas ajenas que observaban, y que en muchos casos cuestionaban o sencillamente se limitaban a entender desde la soledad. Cuando el novelista danés y Premio Nobel de Literatura en 1917, Karl Adolph Gjellerup escribió su "Peregrino Kamanita", allá por inicios del siglo pasado, intentó mostranos a un hombre, sí, un hombre quien de pronto un día cansado de su aciaga vida  moral decidió salir al encuentro de todas las satisfacciones terrenales que la existencia podría conferirle, así fue como conforme las iba alcanzando notaba en estas fragilidad, muchísima fragilidad. Vio como de pronto, todos aquéllos buscadores de lo terrenal, incluyéndose a sí mismo, iban destruyéndose, destruyendo sus consciencias y su alma a cambio de nada, sintió como su espíritu, y sus esperanzas, se desvanecían para despertar aquí, en medio de la banalidad, "Dejaron sus capullos de loto, sus matices vivos- nos dice- para participar de una danza  ajena, ajena porque no les pertenecía; en vez de danzar al lado de los bienaventurados y someterse a las nuevas encarnaciones, tras lo cual sus almas trasmutarían en una nueva existencia dentro del imperio de Buda, dentro del imperio de los cien mil ciclos".

Es así, y lo pienso mucho, que la única verdad de vida y de redención posible está en asumirse colectivamente- o al menos para uno mismo- en sujetos de valores universales, sujetos del respeto, por ejemplo, o sujetos de la tolerancia, o de la solidaridad, o de la honestidad, o de la sencillez y caridad, o de la prudencia, qué sé yo. Cada quien ha de encarnarse en el valor que mejor pueda representarle - y presentarle-, sin importar, claro está, la latente posibilidad de convertirse en héroes anónimos o solitarios, incomprendidos o hasta desdeñados por una sociedad adversa y contraria a esos principios que intentemos formar. Total, y esto debe ser lo más importante a tener en cuenta, "los caminos para llegar a las virtudes más humanas nunca deben ser dejadas ni apartadas de la visión integradora de los hombres y de las mujeres, sino al contrario, deben estar siempre presentes, en fin". (Miremos el ejemplo, del buen pastor y de la oveja perdida.)

Ahora bien, finalmente planteo -a modo de exégesis- convencido de que una de las mayores virtudes de un individuo debe ser su disposición al desprendimiento, y en ello debe trabajar constantemente. Si este, no aprende a desprenderse de lo que le es irrelevante, de lo banal, y de lo tumultuoso entonces su vida girará en torno a nimiedades, a rezagos de cosas sin importancia, a superficialidades. Luego, ha de valorarse más el tiempo que se está - o en todo caso, que se pueda estar- al lado del otro, porque este omnipresente fenómeno es así, así de justiciero, lo que no se aprecia en su momento, difícilmente vuelve a presentarse ante los ojos mismos del próximo inmediato.

Palabras finales

Si bien es cierto, hablar de cómo un niño se convirtió en un escritor, o de cómo un maestro se volvió un aprendiz, parafraseando el título de esta crónica, no resulta tarea fácil. Tomé este título porque creo convencido que podemos hacer de estos niños y adolescentes aún grandes personajes de su propia vida, podemos hacer de ellos aún sujetos de bien. No todo está perdido, aunque las desidias y superficialidades graviten hondamente, debe estar allí el ejemplo que podamos dar los mayores. Nadie es perfecto, ya lo dije, pero intentemos regalarnos a nosotros mismos y -porqué no-, a los demás también, detalles un poquito más perfectos. Son los maestros los llamados y obligados a devolver la esperanza y la crítica a estas generaciones nuevas, y las que estén tras estas. La vida, debe llenarse de maestros y de maestras reales y significativos, educadores y educadoras del bien, y no de individuos titulados en pedagogía o graduados "en y para..." sin compromiso alguno, o decisión, eso es una estupidez más del sistema, es un engaño pensar que solo educan los profesores de pedagogía (Escribí en uno de mis libros que también un insospechado y minúsculo ser podría erigirse tranquilamente como maestro de un cenáculo de canas y arrugas, sólo con su ejemplo.) Y es que hay una gran verdad, los escalafones y las carreras públicas magisteriales, sólo sirven para ascender de nivel y ganar más, pero no para medir -cual pulsómetro moral y de compromiso- si se está haciendo una buena labor desde las aulas. Señores, necesitamos educadores visionarios de obras claras y concretas, de pensamientos profundos, y no agitadores programáticos que tiran la piedra, porque alguien dice que la tiren, y luego esconden la mano.

Es por ello, que insto a los individuos conscientes de mi generación, y a los que antecedan a esta, si es que aún pueden entenderme, a actuar y participar ciudadanamente con convicción y entereza desde nuestros propios actos humanos, porque aún somos eso, seres humanos, aunque este Sistema del capital y  de los negocios nos muestren a pensar distinto. Aquí, en este pedido por ser de justicia, las latitudes y longitudes han de quedar a un segundo plano, como también las cercanías o distancias. El pensamiento ha de hermanos, en fin.

Finalmente, un abrazo grande para todos y todas porque sé que sin ustedes nada tendría sentido, han sido ustedes estudiantes y amigos quienes sin proponérselos han sido mis mayores maestros y amigos. Gracias una vez más, y que un nuevo y renovado año sea siempre con ustedes.

Recuerden que caminamos en todo momento el mismo sendero.

Desde Lima del Perú

Víctor Abraham les saluda.


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