jueves, 29 de enero de 2015

De: Los días van y vienen. Lima, 2015

Viernes 04 de julio

Hoy salí muy temprano con rumbo al estudio de abogados “Cáceres Vigo & asociados”, lugar donde trabaja el Dr. Vitela, “o véngase pasado mañana, tal vez haya algo”, me había dicho el último día que fui a verlo y que encontré atareado. Me recibió cortésmente. No había nada concreto. Me dijo que aún estaba estudiando los documentos enviados por la OEP para entablar la demanda ante el Poder Judicial, y así poder reclamar mi pensión de invalidez (jubilación). “Asombro, me produce asombro su caso”, dijo, “es que ya llevamos tres años, y aún no vemos avances”. “Mire”, volvió a decir, “conozco muchos casos como el suyo. Casos de personas como usted, que demandan justicia ante la ley, personas que solo buscan, se les reconozcan sus derechos, que se les pague, y se les de lo que con derecho les corresponde”. Vi entonces un cuadro en la pared que decía, “Venid a mí, los que estáis agobiados”, se trataba de una pintura que llevaba impresa sobre su lienzo muy bien trabajado la imagen de un Cristo cogiendo a un cordero pequeño. El lienzo era mediano, estaba justo ubicado encima del asiento reclinable del Dr. Vitela. Me llamó la atención, sí, me llamó mucho la atención –más por el hecho de tratarse de un estudio como estos, lugar en donde se supone que los abogados no creen en Dios, en fin-. Indudablemente que aquella imagen era un símbolo de cristiandad. Pensé por un momento en la formalidad (probablemente, razón única de exposición), o quizá, estética misma, o tal vez después de todo, lo que había escuchado desde siempre no era tan cierto, eso de que los hombres del Derecho no están con Dios, y tantas otras sugestiones más, sin embargo, sea como sea, allí estaba la imagen y me estaba mirando. Por un momento pensé, todos somos hijos de Dios al fin y al cabo. Sin embargo, de lo que sí estaba seguro, era de que ese cuadro tenía un propósito, dar aliento, inyectar esperanza en tanto desesperanzado, en tanto jubilado, en tanto desamparado que por allí, por esa cuadrangular oficina pudiese llegar. Y es que a veces cuando uno ya es viejo, anda siempre muy agobiado, es como si de pronto nos llegara a pesar, no los años, sino el alma, la consciencia pura del alma, no la del cuerpo, sino esa misma, la del alma. Hayamos hecho bien, o hayamos hecho mal, todo ya está vivido, y ahora queda confrontarnos con los actos de nuestro pasado, y es allí precisamente dónde el tiempo se hace más justiciero, más omnipresente, más temeroso, más sabio. El tiempo, en estos instantes nos da lo que nos debió siempre dar, o bien para morir con dignidad, o bien para retorcernos con dolor compasivo. Luego decimos, por qué no hice esto, o por qué no hice aquello, ¡Pamplinas, ya lo hicimos y punto!

“¡Cómo le dije, señor Vicente, es cuestión de esperar, de seguir esperando!”, dijo.

Me pareció que el tiempo había pasado rápido. Vi el reloj de pared. Ya eran las 12.00 pm. Esmeralda podría necesitarme. Di las gracias, y quedé en volver a llamarlo- o en todo caso a visitarlo a fin de mes-. Se paró cortésmente, nos dimos un apretón de manos. Era algo raro el tipo, sin cabello, totalmente calvo, de cara alargada, y con un bronco timbre de voz. Unas mangas blanquísimas, y una corbata con coquitos blancos. Impecable. Al inicio, cuando lo conocí, pensé que era un cínico y un badulaque embaucador y convencional, pero con el paso del tiempo (¡Otra vez el tiempo!), me pareció que no, pensé que me había equivocado, pienso que lo juzgué mal, quedó en ayudarme, en cobrarme luego, “Yo veré su caso”, dijo la primera vez que nos conocimos; además, qué culpa tenía este hombre de ejercer la profesión del demonio, en fin. Di la vuelta, caminé algunos pasos, y cuando giré el picaporte dorado de la puerta de su oficina, le escuché decir, “La OEP, Sr Vicente, sea convertido en una institución podrida moralmente, en el que sólo tiene voz y voto el convidado de la autoridad gubernamental, o el representante de alguno de los “servidores” públicos, es raro esto, pero lo sé, lo sé, señor, no sé con qué cara pueden autodenominarse “servidores”. De todas maneras, veré que puedo hacer, caso contrario haré una junta con mis colegas, y le tendré información, espero antes de este fin de mes. Véngase el 30 para conversar, y darle ideas más claras, ¿de acuerdo? Que tenga buen día”. “Gracias”, unas teclas se empezaron a escuchar.

Caminando por el pasillo con rumbo a la salida, me percaté por primera vez, que esto se parecía a un hospital, sí, todo silencio, piso lustroso, paredes blancas, y estudios que parecían cuartos de enfermos, hombres con anteojos. Crucé el pasadizo, y me percaté de una rendija, una rendija que se había formado por una puerta entreabierta, el rabillo de mi ojo derecho se desvió por un momento para mirar aquel cuarto. No sé cómo pero me asaltó un extraño presentimiento, una punzada en el corazón, y por un momento vi todo blanco, un muchacho arrodillado al borde de una cama, y creí escuchar un diálogo entrecortado que provenía de un cuarto adyacente al de la puerta entreabierta, un hombre que pedía agua, me oprimió el pecho, cerré los ojos intensamente, me sobé el pecho, y asido a una de las paredes laterales del pasillo caminé lentamente hasta dejarme caer pesadamente sobre una pequeña silla oscura unida al piso. Unos segundos, y había pasado todo. Una señorita me alcanzó un vaso de agua, “Tiene que descansar”, dijo. “Gracias”, sonreí levemente.

Era raro, pero solo en un hospital las imágenes religiosas cobraban tanto interés y expectativa, el pasillo mostraba algunas imágenes, “El buen pastor”, “El sembrador”, “El hijo pródigo”, todas mostraban algo, y era, piedad, piedad no religiosa, sino piedad humana. Sea como fuere, estaba seguro, que esas imágenes representaban esperanza, esperanza en esa justicia moral que tal vez algún día volvería a ser impuesta en la sociedad. Sobre distintos fondos y bajo variados matices, las representaciones reflejaban una paz, pero no una paz de esas cristianas, que suelen evocarse en los templos antes de finalizar los rituales eucarísticos dominicales, una paz cristiana que hace que la gente de vueltas en una y otra dirección para buscar a alguien y palmearle el hombro superficialmente, no, no era ese tipo de paz, la reflejada por estos cuadros, sino una paz verdadera, una paz del alma que solo es capaz de ser retratada por un verdadero artista del espíritu.

***

Por la noche, todos se fueron a dormir temprano, yo me quedé unas horas más, antes de irme a mi cuarto. Anoté algunos apuntes, reflexioné, los taché, los volví a leer, y decidí escribirlos en el cuaderno de “Los días van y vienen: cuaderno de vivencias, pareces, opiniones, recuerdos, ocurrencias y frases célebres”.
Día 2 
Hoy tuve una sensación rara, una revelación, creo que vi mi muerte, esto es en dos palabras unidas por un enlace, “Voy a morir”.

A veces, los preámbulos de la muerte no son otra cosa que el inicio de la agonía. La muerte, es el escape a esta vida, a esta represión, a esta enfermedad, a este olvido sistemático, pero diablos, cómo duele morir”. 
La existencia es corta, el olvido inmediato, pero las obras que se han hecho con el corazón, que se han construido con obstinación, que se han levantado sobre ideas de bien, en suma, sobre el amor; sí, estas, son eternas. GRACIAS DIOS MÍO.
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Fragmento de: "Los días van y vienen". 1era Edic. Lima, 2015
De. Víctor Abraham
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Desde Lima, ciudad capital del Perú.
Víctor Abraham les saluda.

miércoles, 21 de enero de 2015

Fragmento de "Los Dias van y vienen"

Hoy resolví escribir en este cuaderno amarillo parte de mi vida, sí, parte de esta misma existencia mía- y que a veces me pesa llevarla sobre los hombros-, sí, escribir algunos de esos pasajes que los recuerdos traen a uno mismo cuando ya se es viejo para atormentarlo o bien – que es muy raro sentir aquello- para apaciguarlo. Pienso, ahora en todo lo que pudo haber sido antes, y que al final no fue, sí, en eso que resultó no ser, y de como este no fue, terminó convirtiéndose en lo que hoy no se es, pero en fin, no es culpa de nadie, mucho menos mía, y es que sucede que muchas veces cuando se es joven: o bien se deja pasar muchas oportunidades que luego pesan al cuerpo en su más misericordiosa alma, o bien se aprovechan estas para ser finalmente eso que años después renegamos ser. ¡Oh, Virgen María, libra al hombre de sus propios juicios valorativos!, en fin.

Ya que no se me ocurrió que otra cosa más podía hacer, terminé por comprar un cuaderno esta mañana aprovechando que salí a comprar cosas al mercadillo cercano a donde vivimos para el almuerzo, con el único fin de entretenerme, de anotar en él vivencias, pareces, opiniones, recuerdos, ocurrencias, frases célebres, en fin, algunas cosas gratas, y bueno también otras ingratas. Supongo, que ese es el fin de un diario ¿no?, si se puede llamar diario a ese registro, sino continuo al menos esporádico, de lo que uno percibe en su día a día, además tengo que ser honesto también conmigo mismo. (Sucede que una vez cuando era muy joven decidí escribir un libro a modo de diario, lo iba a llamar “Registro de los días que van y vienen”, pero no tuve continuidad, todo quedó trunco, hice algunas anotaciones en él, algunas confesiones, algunas un poco raras y maniáticas, pero hasta allí nada más quedé. Me desanimé, o debería decir que me desanimó la idea de poder convertirme de pronto en biógrafo de mi propio modus vivendi, ya que siempre fui muy reservado).

Debo confesar que por un momento quise ser escritor, quise transmutarme de pronto en una especie de héroe anónimo de mi propio destino, un hombre capaz de crear y de dar vida a mi propia ficción, quería ser de pronto como esos ingleses Charles Dickens o ese Robert Louis Stevenson, los admiraba, verme de pronto retratado en un ser similar a ese pequeño David Copperfield, “Whether I shall turn out to be the hero of my own life, or whether that station will be held by anybody else, these pages must show.”, corriendo por la calles de Inglaterra nada ajenas a esa revolución industrial de 1840; o quien sabe verme convertido de pronto en ese Jim Hawkins, I remember him as if it were yesterday, as he came plodding to the inn door, his sea-chest following behind him in a hand-barrow—a tall, strong, heavy, nut-brown man, his tarry pigtail falling over the shoulder of his soiled blue coat, his hands ragged and scarred, with black, broken nails, and the sabre cut across one cheek, a dirty, livid white. I remember him looking round the cover and whistling to himself as he did so, and then breaking out in that old sea-song that he sang so often afterwards: ‘Fifteen men on the dead man’s chest—/ Yo-ho-ho, and a bottle of rum!”, esperando a que de pronto un día, llegase a mi vida un misterioso Billy Bones, y me revelase por fin los misterios de la navegación, o porqué no, un mapa del tesoro, en fin.

Pero mis sueños de convertirme en escritor murieron, como murió en mí ese espíritu noble y generoso de la escritura, a partir de allí sería, un aficionado. Es curioso, pero el tiempo, la perfección, el orden natural de las cosas… (a quién quiero engañar con eso, ¡va!, debería decir, que dejé mi sueño de ser escritor el mismo día que nació Mauricio, y que tuve que darme cuenta que necesitaba trabajar más. Total, no se puede vivir de la fantasía, hay que comer a veces, y el estómago de los hijos es primero). Ahora, años después me di cuenta que albergué siempre la esperanza de convertirme en escritor, hasta viejo: me casé a los cuarenta y dos años por andar divagando, en -según yo- mi eterna y dorada juventud. ¡Ah, cosas, cosas, cosas! Tengo que darme ánimos hoy, de alguna u otra manera, al menos por mis hijos, y claro también por mi mujer, en fin. Creo que me he terminado convirtiendo de pronto en un Moses Herzog del presente. ¡Diantre, qué resignación!. A veces pienso que el darse ánimos no solo consiste en ir, pararse de pronto frente al espejo y mirarse tontamente para decir, “¡Mira, tú eres ese hombre, así que vamos, báñate, cámbiate de ropa, y sal a la calle a divertirte; el mundo está allá afuera esperando por ti. Al diantre los problemas y las preocupaciones!” (Uhm, pensar esto, francamente me reduciría a ser un viejo simplón e indecoroso, ocultar mi verdadera esencia, y lo que es peor suponer- engañándome a mí mismo que soy otro hombre, y no precisamente ese que está frente a mí parado al otro lado del espejo: ese hombre con sabor a viejo, variciento, con los brazos blanquecinos y flácidos, y el estómago abultado. Ni qué decir de las bien acentuadas bolsas oscuras que se me han formado bajo los ojos, malditas ojeras, pero en fin , ya está hecho ese soy yo, y ni modo. Esa es mi realidad. Detesto cuando los viejos como yo de pronto, se creen de un momento al otro, unos mozos de lozana virilidad, y salen a impresionar a jovencitas que lo único que ven en ellos solo es una billetera y tarjetas de crédito. Pensar esto, me hace concluir en que ser viejo duele en el alma, pero más en el ego).

Ya dije, tengo que darme ánimos para seguir encontrándole sentido a esta vida, sé que no es gran cosa lo que me pasó hoy: los ajetreos de siempre, los gastos, los gritos de mi mujer, los chirridos desagradables que dejan escapar los vehículos de la calle al frenar, llegó el recibo de la luz, y eso que recién estamos a inicios del mes (Tan apurados estarán estos tipos que no esperan a que el consumidor, porque eso es lo que somos al fin y al cabo: consumidores, pueda descansar aliviado). Hoy no salí de casa, mas que a comprar al mercadillo del lugar donde vivimos por la mañana. Por la tarde, todos salieron, Lupe y Rosa a estudiar; Esmeralda, a visitar a sus sobrinas. Ahora, por fin puedo sentarme, y escribir entonces, llamaré a este cuaderno, “Los días van y vienen: cuaderno de vivencias, pareces, opiniones, recuerdos, ocurrencias y frases célebres.

Día 1
Soy un obrero, siempre lo he sido y me siento orgulloso de haberlo sido. Soy un hombre que ha caminado mucho durante toda su vida, un solitario que apenas si llegué a hacer una familia corta, un buscador de respuestas que nunca han terminado de saciar su existencia. Un trazador de objetivos. Sin profesión alguna, eso sí, con muchas ocupaciones, un trabajador manual y mental por excelencia. Amante de los buenos libros y respetuoso de las creencias ajenas por más absurdas e inexplicables que me hayan parecido. Me he desempeñado como hotelero, animador eventual de espectáculos, muchos de los cuales fueron histriónicos y sin sentido, vendedor de objetos raros -pero necesarios-, trabajador de almacén, peluquero, cocinero, empaquetador, ayudante de bares y de restaurantes. Empecé una carrera que podía haberme significado éxitos, pero que quedó truncada por procesos judiciales que no quiero recordar ahora. Nunca viajé, y no conozco más allá que un par de ciudades, pero las suficientes para haberme enseñado a vivir. Con una culpa de consciencia que jamás olvidaré y que ha golpeado mis recuerdos desde siempre. Es curioso percatarse que cuando uno llega a ser viejo, sí, sí, mortalmente viejo, el pasado cobra mayor nitidez, y mientras más años lleve de vida este pasado, más nítido se vuelve, tal vez más nítido que el presente mismo, con confesar que ya hasta olvidé el color de vestido que mi hija llevaba puesto ayer, o si al perro de la casa le dieron o no de comer, claro que es mi trabajo hacer recordar este acto cada día a los otros, pero la verdad es que a veces lo olvido, lo olvido tanto. No es mi culpa, y sin embargo lo siento, lo siento mucho. 
Entre mis gustos: leer la biblia, transcribir pensamientos célebres, ver películas mexicanas, coleccionar libros, ojear revistas, y extraer figuras recortadas de periódicos viejos como anuncios de matrimonios, recetas de cocina, mujeres atractivas y artistas de cine clásico. Soy un ferviente ser católico, eso lo supe desde que mi madre me llevaba a las misas dominicales cada fin de semana. Un trabajador rutinario comprometido con mis obligaciones, un silencioso huraño también, y un orgulloso, eso sí, muy orgulloso, pienso ahora, que el orgullo es lo único que nos vuelve invulnerables ante cualquier situación hostil a nosotros dándonos valor para sobreponernos. Nunca me ha interesado saber lo que puedan pensar los demás sobre mí, total, no vivos de ellos. Aunque sí me es necesario saber que piensa mi familia de mí. Ella es mi única razón de vida. Por otro lado siempre he vivido en una casa grande sin arreglar, pues nunca me ha llamado la atención arreglarla a pesar de los continuos pedidos de mi esposa y de mis hijos, pero en fin, quien toma las decisiones siempre he sido yo, y eso lo saben muy bien ellos. El próximo enero cumpliré los 72 años. Es curioso verme ahora ya encanecido y envejecido; sabía que en algún momento de mi existencia llegaría ese día de confrontarme con mis propias arrugas, pero no esperaba que fuera tan pronto, sí, justo ahora cuando uno recién comienza a hacer los descubrimientos más elementales e importantes de su vida, pero las cosas son así y hay que saber encarar al destino trágico y oscuro. El tiempo, el tiempo y sus múltiples encarnaciones, es el más grande y eviterno ser omnipresente que vuelve pequeño al ser humano, y lo coloca donde debe estar, o debió haber estado siempre, en fin. Pienso ahora que, solo los hombres valientes afrontan con el mayor aplomo el último tramo de su vida. 
Recuerde- si alguien llega a leer estas notas en algún tiempo próximo-, que siempre he sido muy perceptivo, muy agudo en mi pensamiento, generoso, pero no tonto; escuché siempre voces estando despierto por las noches llegando al extremo de creer que a mí se me había revelado poder saber lo que pensaban las personas a través de sus muecas raras y grotescas, de intuir cosas y sensaciones que luego pasaron y que advertí en su momento. Soy alguien que si no habla, piensa; alguien que sabe lo que es usted ahora, ni más ni menos que esa apariencia que le acompaña, estoy hecho de ideas como usted está hecho de convenciones, suelo reír y entristecerme de vez en cuando- y usted, sí,sí, usted, ha visto esas dos partes mías, por lo que me alegra-. Suelo escribir sensaciones en hojas blancas, amarillas, de distintos tamaños y colores cuando no las puedo vivir, tal vez sea porque me he acostumbrado a ello. Sí, sí, soy ese alguien que quiere mucho y que abraza de pronto cuando debe abrazar sin importarle lo demás, alguien que ejecuta ademanes más de la cuenta y que grita cuando está emocionado, alguien que sabe lo que es y lo quiere, aunque esto es lo único que le quede. Alguien, sí, sí, alguien que siempre tuvo esa sensación extraña de estar acá y de no estar en ningún lado, alguien a quien ese sentimiento de pertenencia que invade a los hombres jamás ha importado, alguien que encontró en las palabras su medio de moverse y de realizarse. ¿Rebelde?, pues claro que fui un rebelde, toda mi vida fui rebelde, pero un rebelde honesto, un satírico de la vida, un interpretador y un buscador -por eso, siempre entendí a los buscadores-, ese soy yo; ah, olvidé decirle que también soy alguien que olvidó desayunar esta mañana y comprar el diario del día de hoy. En fin, no somos perfectos.

Uhm, ahora bien, debo reconocer que últimamente, de pronto, percibo muchas lloviznas invernales y breves – caray, cómo ha cambiado el clima de un tiempo acá, todos hablan de un cambio climático, y sin embargo quienes más hablan son los que contaminan más, e inclusive llegando al extremo de contaminarse a sí mismos, su mente, su cuerpo y su espíritu, ¡Qué pamplinas es hablar de todo esto de la preservación de las cosas!-. Ahora hasta se pueden ver más seguido en el cielo tumultos de nubes borrascosas, hasta los meses me parecen últimamente más insensibles de lo que deberían ser, en fin. Supongo que en adelante condiciones climáticas como las de hoy marcarán el inicio retrospectivo de muchos otros amaneceres que el destino habrá de traer consigo a mi vida como vayan transcurriendo los días, claro está. Tal vez haya llegado el momento imperioso de empezar a escribir un diario monótono – es raro que me exprese así de este cuaderno, pero ya está, ya lo dije, y cuando digo o pienso algo jamás me retracto, menos lo borro- que reseñe las ansias, los recuerdos, los sucesos últimos, las necesidades, las alegrías y penas – si es que las hay aún-, las ocurrencias, y bueno todo lo demás que esta consciencia mía vieja y achacosa pueda ser capaz de percibir. (Siempre escribí diarios desde mi juventud no monótonos, sino divertidos, cuando los terminaba, los quemaba por situaciones de confidencialidad; los últimos, los he acabado de quemar, puesto que a nadie le interesa la vida ajena del prójimo; bueno pero si aparece de pronto, algún buscón respetable tratando de hurgar en nuestra propia vida, lo mejor es dejarlo, es mejor no decirle nada ni engañarle o ocultarle ciertas verdades vitales, está en su derecho de tantear en la vida de uno. Total, ese es su oficio al fin y al cabo, la de ser un buscador).
Julio, 6.00 pm.

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Fragmento de: "Los días van y vienen". 1era Edic. Lima, 2015
De. Víctor Abraham
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Desde Lima, Ciudad Capital del Perú.
Víctor Abraham les saluda.

viernes, 16 de enero de 2015

Hola, Perú

Hola, amiga o amigo del Perú:

Te escribo porque tengo buenas razones para hacerlo, esperando puedas entenderme.

DOS RAZONES

Este, territorio grande y generoso en materia de recursos naturales, y de ancestral cultura, que se supone debería ser, una tierra de - y para todos- los peruanos, pero que sin embargo no es así, no. Sólo mira como ejemplo, nuestra quinua, y nuestros espacios ecológicos; la primera, muy de moda en los mercados internacionales, pero no tan accesible para la familia peruana del común. Tal vez sea por ello- y siga siendo- un escéptico cuando se habla del impulso de la quinua como cultivo estratégico para la seguridad alimentaria del país, por su valor nutricional y comparación proteica frente a otros granos andinos; Esto es, en la práctica real, una mentira más. Sabes por qué?, porque se trafica con ella, prueba de ello, la necesidad de sembrarla en el llano, o sea en la costa. Y esto, créeme no hace más que favorecer a los intermediarios. Además, dudo que una familia común pueda acceder a ésta, Pero, por Dios, qué familia del conglomerado popular tiene seis o siete dólares para gastar por kilogramo, cuando el sueldo básico es de 8 o 9 dólares diarios. (Puedo deducir a partir de allí, el porqué de tanta informalidad, ya que según el BCR. o Banco Central de Reserva del Perú, de 100 trabajadores, el 80% son informales). Que va, Norman Loayza, en su informe, "Causas y consecuencias de la informalidad en el Perú", para cuya fuente detallo al final, sostiene, respecto a la informalidad, que- y cita al economista del sistema, Hernando De Soto-:
" es producto de la combinación de servicios públicos deficientes, de un régimen normativo opresivo y de la débil capacidad de supervisión y ejecución del estado. Dicha combinación resulta especialmente explosiva cuando el país se caracteriza por tener bajos niveles educativos, fuertes presiones demográficas y estructuras productivas primarias. (...)El sector informal está constituido por el conjunto de empresas, trabajadores y actividades que operan fuera de los marcos legales y normativos que rigen la actividad económica. Por lo tanto, pertenecer al sector informal supone estar al margen de las cargas tributarias y normas legales, pero también implica no contar con la protección y los servicios que el estado puede ofrecer."
A ver, Sres Norman Loayza, y Hernando De Soto, si hay informalidad en el Perú es simple y llanamente por dos razones, porque todo se entrampa en trabas burocráticas, sin contar que los costos de circunscribirse al marco legal y normativo son superiores a los beneficios que se recibe. Ahora bien, si yo me formalizo- y me pongo en la lógica del informal por un momento- se supone que es para estar protegido y amparado ( es por eso que pago mis impuestos), por los organismos tutelares del Estado, pero -y vuelvo a la práctica real-, si me roban o fracaso, o en todo caso necesito un aval o documento probatorio, lo primero que encuentro en mi camino es papeleos, coimas y sobornos que se da desde el trabajador primerizo hasta el más experimentado funcionario público. Ahora bien, la pregunta del millón, ¿qué me ofrece el Estado?, sino un circo mediático diario, mentiras, y una mañosa democracia que obra en favor de los grandes, o sea de los de arriba, porque para los pequeños esa palabra, solo queda en lo que pudieron aprender en la escuela como curso de Formación ciudadana y cívica. Ahora bien, de que exista o no débil capacidad de supervisión y ejecución, ya no es culpa del informal, sino de la misma clase burócrata, y de su endeble moralidad, aquí abunda la corrupción, que pienso que, lo lamento por muchos pareceres optimistas, pero seguirá siendo la peor lacra del presente siglo. por otro lado, si los bajos niveles educativos, las fuertes presiones demográficas y las estructuras productivas primarias conllevan a la informalidad, tampoco es culpa de la ciudadanía, sino - y vuelvo a repetir- del mismo papá Estado, y de todo su servil "staff" de colaboradores mediocres que lo rodean desde las administraciones públicas. Porque seamos claros en algo, quién profesa amor al prójimo desde las oficinas administrativas. Esto, sí que es una utopía, en fin

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Ahora bien, respecto al segundo punto, basta ver las imágenes que se propagan por la internet, o escuchar de pronto, las decenas de historias ciudadanas de pobladores afectados por la contaminación de su propio medio ambiente natural, que día a día cuentan su propio calvario. Ya dije una vez, están matando nuestra tierra, y a la especie que la habita con ella, incluido el poblador mismo. Escribí una crónica al respecto, en alusión a todo este rollo de la COP20 que se llevó a cabo en Lima, en este diciembre último, y que me permito citar sólo un extracto de ello:
"Por otro lado, se está matando nuestra propia tierra, con sus recursos y su propia gente. Ahora bien, el cambio climático, no es producto- y en eso hay mucha verdad- de la actividad humana en general, esa es una mentira que nos hacen creer, sino de la expansión de un sistema capitalista muy grande - y demasiado ,sanguinario- al que el país como tantos otros solo funcionan como alcancías, y cuyos gobernantes solo son piezas de un juego mayor, la desertización. Aquí, en este macrosistema la producción, distribución y consumo de mercancías, basado todo ello, en la competencia, la búsqueda incesante de la ganancia y de la acumulación, se apoya en la superexplotación de los trabajadores del campo y la ciudad y en la utilización de un sistema energético de combustibles fósiles (reservas que se agotan) como el petróleo y sus derivados, el gas natural y carbón mineral; ahora bien, el problema acá que es de gran envergadura, si se tiene en cuenta que estos combustibles constituyen casi el 80% de la oferta mundial de la energía." (Domingo, 14 de diciembre de 2014)

Me quedé sorprendido hace poco, y a la vez muy consternado, al ver la imagen de una tortuga arrastrándose en medio de un lodazal de petróleo, hecho mismo que me llevó a escribir en mis cuentas de redes sociales, lo siguiente; dudo de que el Sr. Mario Vargas Llosa, "nuestro Premio Nobel de Literatura" como lo sienten muchos de mi generación, o algún representante de los jurados del Premio Copé, se hayan manifestado, pero en fin, es parte de la idiosincracia de nuestros intelectuales, mal ubicados como referentes culturales solo porque publican uno que otro libro, ganan algún premio, o escriben alguna columna de tinte "cultural", en fin, como decía, y escribía entonces:
"Pienso que ha llegado el momento de empezar a escribir sobre lo que está pasando en La Oroya, Pasco, o lo que está sucediendo en la reserva Pacaya-Samiria, Loreto. Sí, hay que decir las cosas claras, como el hecho que PLUSPETROL, y PETROPERÚ, sí, ese mismo organismo que da los premios Copé, y de Cultura anualmente, están destruyendo esta reserva junto con todos sus territorios cercanos. Significado real, es otra paradoja, siendo el Perú el tercer país en el mundo más afectado por el cambio climático, se norma la ley 30230 que rebaja las sanciones por contaminación, asimismo rebaja los controles para las actividades petroleras. (...) No, actos como estos no pueden, no deben quedar sin comentarse, sin difundirse. Insto a los escritores independientes, promotores culturales militantes de su propio accionar consciente a manifestarse, profesores, artistas, trabajadores, qué sé yo, y demás ciudadanos en general, a escribir esto, a investigar sobre esto."
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DESIDIAS ESTRAMBÓTICAS

Finalmente amiga o amigo mía, o mío en todo caso, este país se ha convertido en un territorio de grupos partidarios, de gremios políticos enardecidos, de fanáticos religiosos marginadores de su propio prójimo cuando este piensa o tiene ideas contrarias, y ni que decir, de grupos empresariales que han visto en la educación su inversión redonda, una fuente de ingreso lucrativo, su peculio particular porque saben que aquí, en el medio, en la gran mayoría de actores educativos, ya casi nadie piensa, es mas, solo se sigue sumisamente, o en todo caso se es calco y copia de aquí o de allá, y a esto sumémosle, el abandono de los miles de padres y madres peruanos, que so pretexto de trabajo dejan a sus hijos a expensas de una televisión mediocre.

Sabes? Hay algo más, hoy subsisten, y seguro que ya no será novedad par ti esto, que los medios de comunicación están amañados, sí, medios, para cuyos periodistas, en su gran mayoría sirven lacayamente a intereses creados y ajenos, y que hasta a veces para colmo, ni ellos mismos conocen personalmente de quién proviene, la orden superior, aquí, la consigna es acatar, y punto.

SOBRE LA TELEVISIÓN Y SUS MODISMOS

Escribo esto, te escribo, porque me sorprende que hoy en día, los líderes de opinión joven sean, escandalosos gays- y esto no es homofobia, sino repudio a la desfachatez y a la procacidad soez-, o meretrices arropadas bajo el cliché de modelos, u hombres y mujeres dependientes de esteriodes anabólicos con el fin de vender un cuerpo distorsionado, a corto plazo "llamativo", pero a largo plazo destructivo para el mismo individuo. Sí, es lamentable que la televisión haya dejado de ser un elemento de diversión e información sana para convertirse en un desagradable aparato de degradación sistemática. Esta tarde, nada más escuchaba durante la hora del almuerzo, durante la trasmisión de señal abierta, en el restaurante donde iba a comer, que una docena de jovencitas formadas en fila iban pasando por el "ojo crítico" de supuestos jurados de la moda haciendo cada una de ellas ademanes estrambóticos y hasta ridículos con el fin de sacar a relucir los pechos, o las caderas, inclusive, dos de ellas decían, "yo admiro a "x persona", y a "y persona" porque es lindo", mientras otra solo atinó a decir, "yo hago ejercicios hasta que me duela, hasta que ya no aguante, porque quiero ser una modelo teen como "z" persona, en fin. (Hasta donde estamos llegando,  hasta el punto mismo del cinismo, es mas, veo con preocupación que una gran mayoría de nuestras adolescentes peruanas quieren ser modelos o anfitrionas, al mismo estilo del sueño americano o mexicano que nos vende la televisión; los muchachos están en otra cosa, "affaire", looks, y operaciones de nariz o cambios de peinado, en fin. No más comentarios.

DEBER CIUDADANO

Finalmente, hay mucha endeblez, sobre todo a nivel moral y ético, pésima calidad educativa, y una desigualdad bárbara. Eso me preocupa mucho, créeme. Sabes? Yo no creo en la democracia, porque esta es uno más de los clichés nominativos que los ricos y poderosos usan a su antojo, como tampoco creo en agrupaciones políticas que se levantan sobre sus caudillos y fideístas seguidores, o religiones que vuelven sumisos a la ciudadania a merced de sus enfermizos redentores amparados tras una biblia o símbolo nominativo; yo pienso que el individuo siempre está tentado a mentir en el plano real porque la mentira es el arma más poderosa de sobrevivencia de ese "Yo" social, y por tanto, si no hay una madurez y una consistencia moral, se hace imposible de pasar;  ella es en sí misma la mayor inconsistencia que destruye al individuo, sumiéndolo en su propia pequeñez y baja estima. El reto, no está en ser perfectos, sino en que cada día intentemos ser, al menos, un poco mejores.

Ahora bien para terminar, todo esto que te he planteado,  no me hace partícipe del caos, de la anarquía, de la brutalidad, de la burla, de la crítica panfletaria o negativa, no, como tampoco me hace alejarme de pronto, del conocimiento y profundización espiritual, o de la firme necesidad de creer en un Dios cercano a los hombres, y no solo posicionado en los altares, o elevado a un limbo supra- terrenal, no. Yo creo sí, imperiosamente en la regeneración de las personas, creo que estas pueden cambiar, pero para hacerlo necesitan de otras, necesitan ser ayudadas, entendidas e impulsadas desde la reflexión, el ejemplo, y el esfuerzo diario por la coherencia de vida, en fin.

Bueno, no más palabras, espero que tengas cuidado siempre en los pasos que des, que la buena razón y la firmeza te acompañen siempre, y que tu fe en tus propias ideas no desfallezcan como tampoco tu esperanza diaria, porque hoy más que nunca necesitamos impulsadores de esperanza y de consistencia, no actores de la irracionalidad y la imprudencia.

Un abrazo y luz para tu camino.
Recuerda que caminamos del mismo sendero.

Atte.
Víctor Abraham, desde Lima
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FUENTE PRINCIPAL PARA ESTE ARTÍCULO:




jueves, 15 de enero de 2015

Día miércoles 02 de julio. fragmento.


Miércoles 02 de julio 

Me levanté muy temprano hoy, creo que eran las 4 o a las 5, pero de lo que sí estoy seguro es que no podía haber sido a las 6, aún era de noche, además no podía ser esa hora, que va, a esa hora Esmeralda ya está terminando de alistar el desayuno para la venta. Y por tanto yo debo, tengo que ayudarla. Además, hay que preparar el desayuno temprano para que ni bien abramos la puerta se venda desde las primeras horas, total, hay que aprovechar el tiempo, en fin. Es curioso, pero cuando era joven dependía del despertador, años más tarde me acostumbré a la radio, prendía de pronto esta, que era a pilas, escuchaba la hora ahí, y bueno, me levantaba; ahora, ya no preciso de ningunas, aunque no he dejado del todo mis noticias de la madrugada, jajaj. Hoy, hice lo mismo, es raro, pero ya los años me han llevado a una conclusión, algo sombría, pero al fin y al cabo es esa, una conclusión; creo que sencillamente a mi edad ya no se puede dormir, o al menos ya no como antes que se llegue a ser viejo. Pienso que los viejos tenemos algo así como un reloj natural, como una medida exacta de sueño. Sonaría algo loco, pero es cierto. Cuando era joven siempre fui un respetuoso del tiempo. Siempre fui un admirador del tiempo, de ese extraño y eviterno fenómeno natural que cierne sobre nuestra vida su impoluta presencia. Una vez cuando era aún un muchacho escribí,

“A veces me acecha la inexactitud, me acecha ese respeto inmenso que le tengo al tiempo, ya que este es un fenómeno natural omnipresente que rige todo, y enmarca todo, dando a cada cual lo que le es permitido recibir. Sí, así es, porque es el tiempo quien determina el orden de las cosas, y hace que las maduraciones mentales alcancen la mayor sabiduría o profundidad en pro de una mayor comprensión de la vida. Por tanto, es él, el tiempo, el mayor castigador de la banalidad, y de quien ose no aceptar - o subvalorar- su presencia dentro de su propia existencia.”

(Este frío acá es intenso, lo siento en mí, y aunque sé que mi cuerpo me pide, me mantenga unos minutos más en cama; mi voluntad me exige, me levante a ayudar a Esmeralda. Ella no se abastece). 


***

A las 10 am, me apersoné a la oficina del Dr. Vitela llevando los papeles de la OEP, que recibí ayer. Estaba muy atareado, así que fui citado para el día viernes de la próxima semana. Me dijo, “o véngase pasado mañana, tal vez haya algo”. Tenía que revisar muchos papeles. A mi salida, bajando por las escaleras del piso inferior me encontré con una mujer, algo extraña. Iba de subida. Llevaba un atuendo oscuro, era un vestido de una sola pieza que caía sobre sus rodillas huesudas, y digo huesudas porque la mujer era flaca; un chall también oscuro encima de los hombros le daba un aire de mujer enigmática. Era delgada, de cuello delgadísimo, del cual pendía una gargantilla que llevaba un dije de plata en forma de corazón; sobre su cabeza, un sombrero de paja adornado de extrañas flores bordadas que dejaba ver un curioso flequillo. Debía tener algo de 45 años, o al menos eso me parecía; tenía ojeras, pronunciadas ojeras, que se habían formado como bolsas debajo de sus amarillos ojos palúdicos, y su boca de finos labios color carmesí hacían de ella una figura de las décadas antiguas, recordé entonces a esas modelos de los 50, años por los que los sombreros sobrios, y los peinados dignificaban más a una artista, la misma que sin necesidad de llegar a tanto maquillaje y tantas operaciones estéticas se mostraba hermosa en toda la flor de su género. Recordé entonces las magníficas interpretaciones de Audrey Hepburn, en fin. Llevaba en sus manos unos fólderes manila. Sus zapatos prietos relucientes dejaban escapar unos golpecitos de toc, toc, a cada subida de peldaño. No iba apurada, parecía algo confusa. Tal vez sería una viuda, o alguna mujer de oficina, pero no pudo ser una abogada. No podía, y estaba seguro de ello. Hizo un ademán gracioso que me llamó mucho la atención, un extraño tic de movimiento de cabeza. Fue ascendiendo y cuando estuvo frente a mí, cuando coincidimos, sonrío levemente, sí, me sonrío como si me conociera, y me dijo en tono sarcástico, “Estos abogados…”. Su toc, toc, se fueron perdiendo a medida que yo fui bajando.

A la salida, del establecimiento, un taxi, alguien tocó el claxon. Di vuelta, y era Pepe Pazurro, otro de mis amigos de infancia, “Que tal, eh, hola Vicente, sube”. Me hizo un gesto de cordialidad. Me negué a subir en primera instancia, porque supuse que estaría trabajando, y no quería quitarle su tiempo. (Él pobre sale por las mañanas, y tiene que hacer recorrido para llevar algo a su hogar). “Hola Pepe”, dije, “yo estoy de paso, no te preocupes”. “¿Cómo vas con el juicio de la OEP, ya salen las cosas?”. “No”, añadí. “Vente para la casa hombre, vamos Juanita estará alegre de verte. Sube y vamos”. Subí, pero solo le dije que iríamos a tomar alguna bebida refrescante- hacía calor-, y después me marcharía, “Esmeralda me espera, quedé en ir temprano porque ella tendrá una reunión más tarde, y por tanto debo quedarme a cuidar el negocio” “Bien, bien hombre, como tú digas, pero es un gusto verte”.

“¿Recuerdas a Sofía, la pequeña Sofía? “Sí, claro” “Murió” “¡Pero, cómo!” “El corazón, el corazón, achaques del corazón” “Entiendo, mi sentido pésame Pepe, yo…” “Ella siempre te apreciaba, y el día que murió, me hizo prometer que seguiría viendo por Juanita, y por Tito” “Ya veo” “Pobre mujer, primero su difunto esposo, luego su madre y hermana, y finalmente, su padecimiento coronario” “No supe, discúlpame” “Yo, al menos intenté darle felicidad durante el tiempo que estuve con ella. No sé si me llegó a amar de la misma intensidad que a su primer marido, pero creo que lo nuestro de trataba más de una suerte de altruismo del uno por el otro. Mira, ella me ayudó a comprar el carro” “Si entiendo, hacían una buena pareja, por fin la noté alegre la última vez que la vi con su delantal a cuadros que decía, le habías comprado” “Sí, Vicente, creo que ella nunca te olvidó. Siempre decía que tú eras un caballero, y que Esmeralda había tenido mucha suerte contigo, en fin”.

Las conversaciones que siguieron solo me llevaron a conjeturar algo más tarde, el amor implica un altruismo, implica un dar en vez de recibir, un hacer el bien sin mirar a quién, y creo que con más razón si se trata de una pareja. Pepe, Sofía y yo siempre fuimos buenos amigos, claro que él (Pepe) siempre me molestaba con ella. Decía que algún día formaríamos una familia, y cuando llegara ese día, él iba a ser nuestro padrino de matrimonio. Como es la vida, terminé siendo el padrino de Tito, el único hijo que tuvo con ella, a la muerte de su esposa. Ambos perdieron a sus parejas muy jóvenes. Tal vez ello hizo que se acercaran más. Con Sofía, también trabajé en el “Tayuén Hnos”. Se casó con un trabajador de la hacienda azucarera “Roma”. Fue una boda inesperada. Yo por esos años estaba en Lima trabajando con mi madre. Vivíamos en el Jr. Washington del centro histórico.

***

Por la tarde, Esmeralda fue a su reunión semanal de Legión de María en la Parroquia Devota Piadosa, que está cerca de donde vivimos. Yo me quedé cuidando con la puerta abierta. Vendí una bebida, un alfajor, y una decena de bizcochos. El panadero no trajo hoy el pan. Saqué mi biblia, leí un salmo, e hice una oración,
“Señor, encomienda el alma de Sofía, y de mi madre.
Da fuerzas a Pepe, y a Gellman.
Bendícelos en sus horas más difíciles,
como bendice a sus familias también.
Sigue haciendo de mí, un instrumento tuyo,
me pongo en tus manos, Señor,
como pongo en tus manos a toda mi familia,
a Esmeralda, a Rosa, a Lupe, y a Mauricio.
Quisiera Dios Padre,
prepares nuestros caminos para encontrarnos con tu misericordia.
Amén”
***

Por la noche, Mauricio nos comunicó por teléfono que vendría a visitarnos. Llegará el sábado 05 por la mañana.


***

Fragmento de: "Los días van y vienen". 1era Edic. Lima, 2015
De. Víctor Abraham

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Desde Lima, Ciudad Capital del Perú.
Víctor Abraham les saluda.

miércoles, 7 de enero de 2015

Manifiesto en favor del compromiso y de la esperanza

Sabes? A veces me acecha la inexactitud, me acecha ese respeto inmenso que le tengo al tiempo, sí, como has escuchado, puesto que creo convencido que este es un fenómeno natural omnipresente que rige todo, y enmarca todo, dando a cada cual lo que le es permitido recibir. sí, así es, porque es el tiempo quien determina el orden de las cosas, y hace que las maduraciones mentales alcancen la mayor sabiduría o profundidad en pro de una mayor comprensión de la vida. Es él, el tiempo, el mayor castigador de la banalidad, y de quien osa no aceptar - o subvalorar- su presencia dentro de su propia existencia, en fin.

Interpretaciones

Pienso, y escribo esto a modo de manifiesto porque un manifiesto es eso, una declaración por escrito pública de principios e intenciones que un artista hace a partir de su propia concepción del mundo que le rodea. Sucede que para intentar explicar algunas cosas que siempre se me pregunta, o se me supone desde la otra mirada, decidí hacer un alto a mis escritos, y escribir - o en todo caso describir porque los actos humanos obedecen a descripciones-  qué está sucediendo conmigo. Sucede, pues bien que desde hace muchos años atrás, y tal vez para acercarnos más a esa exactitud sincera, creo que desde que murió mi padre, hace casi ocho o nueve años, y que son los mismos tiempos por los que- probablemente un año más o un año menos- decidí venirme a vivir a Lima, o tal vez haya influido mucho ese viaje a Centroamérica que realicé en su momento hace nueve años, y que por cierto, tuvo lugar allí esa plática desgarradora que de un haitiano desconocido extraería para mi vida . Sí creo que fueron por esas épocas en que empecé a entender cuál debía ser en adelante el rumbo de mi propia supervivencia, o vida para referirme a lo mismo, en adelante, o de mi línea de trabajo permanente de la que hoy, y más que nunca, considero firme y realista, porque no se trata de un sueño ya, sino de una concreción ideológica y programática, y al decir esto, que lejos me veo de un partido doctrinario político, o de una institucionalidad religiosa, o quizá de un grupo literario específico, no, y no porque se trate de ser un antisocial, o un desarticulado de la acción política como he escuchado que de mí se ha dicho. No, no considero que esto sea así, el compromiso es importante, es más dignifica al individuo que desarrolla este oficio del escribir. Considero simplemente que soy libre pensador, un buscador, un observador y un cuestionador, y aquí hay que zanjar algunas cosas, no considero que un libre pensador tenga ataduras con nadie, es más  no debe tener deudas morales con nada ni nadie, ni siquiera deudas de ideas, o lo que muchos llaman plagios, título peyorativo de los académicos que francamente, me parece una ridiculez, porque una cosa es plagiar, y eso todos saben en qué consiste, y otra muy distinta es asimilar la comprensión de los mensajes, y tomarlos como rumbos propios, no para ser iguales, sino para ser diferentes, y marcar nuestra propia línea. Sería algo, estúpido querer ser tal o cual persona, cuando en realidad debería elegir, ser distinta, o en todo caso propia, ya que uno mismo es sujeto histórico de su propio tiempo.

Ahora bien, esto que expreso me lleva a situarme en Buenos Aires del Perú, en mi niñez y en mi adolescencia. Mi vida a escasas cuadras de esa enorme playa con la que cohabité y por donde pude andar en su momento, jamás imaginó que veinticinco años después, terminaría haciendo esto, dedicándome a esto, y tomándole cariño a esto que hoy hago, que es escribir, sí, jamás imaginaba por esas épocas en que solía mirar a las gaviotas o a los pelícanos o a los muy muyes corriendo hasta hacer pequeños huecos en la arena mojada en el que se metían hasta desaparecer con todo y colita, en fin. Sí, no imaginaba por esas épocas que luego, años después, me sentiría de pronto seducido por esos geniales hombres y mujeres de la palabra escrita que leí desde siempre, hasta dejarme arrastrar por este tentador laberinto del pensar y del escribir, del escudriñar en la mente entre presentes, pasados y futuros con el único fin de sacar de esos mundos internos, acepciones e interpretaciones, así como personajes con sus extrañas, absurdas y hasta desquiciadas vidas ajenas, sacar emociones conmovedoras y conspiraciones rebeldes, en fin, tantas resultantes que solo el inimaginable orbe de la creatividad nos puede dar.

Camino al compromiso y a la esperanza

Luego, si hablo constantemente del hecho de sembrar esperanza y plantar ilusiones, como una buena amiga expresó en sus palabras, pienso que se debe más a una revelación que se dio en su momento porque pienso que el pensamiento y toda esa posibilidad detrás suya del conocer y del analizar se revelan en su momento, producto  del devenir de la vida y de las múltiples inconsistencias que ella trae consigo, es allí que se va dando forma a nuestro carácter, a nuestro temple, a nuestro sentir, y todo eso que tenga que ver con nuestra propia personalidad, y es más, es bastante probable, que sean estas inconsistencias las que nos hagan diferentes unos de otros. Ahora bien, también hay otra posibilidad, y esa obedece a una construcción que se haya ido dando por periodos, y en los cuales mis propias crisis existenciales jugaron papel importante en todo esto de reafirmar las convicciones y luchas morales mías.

A continuación, debo reconocer que el espíritu comprometido que aviva en mí, esos deseos de esperanza, y que se ha convertido en luz de mi propio camino, no se hubiera gestado nunca, o tal vez de gestarse, se hubiera derrumbado pronto frente a tantos debacles morales al no encontrar cimiento verdadero, y esto me lleva a citar la parábola del hombre que construyó su casa sobre la roca, y que pasó la lluvia, el desborde de los ríos, y el soplo de los vientos, mientras que el otro que construyó su morada sobre arena, no sobrevivió, fue un desastre; así pues cual roca de mis pensamientos debo mucho- lo he dicho siempre, y lo seguiré diciendo mientras viva-, a esos maestros de la posguerra europea y norteamericana, hombres y mujeres ejemplares que nunca llegué a conocer, pero capté y asimilé bien sus mensajes, al punto de sentir en mis momentos de soledad angustiosa que me hablaban a través de sus acciones y personajes. Encontrarme de pronto con Sartre, y su compromiso con la libertad, o con Saramago, y su desasosiego permanente no tuvo comparación, como no tendría comparación alguna, recordar de pronto esa hermosa carta que el joven poeta Miguel Hernández, escribiera a Aleixandre, y que sirvió como preámbulo para "Viento del pueblo" en la España de 1936, "Vicente: A nosotros, que hemos nacido poetas entre todos los hombres, nos ha hecho poetas la vida junto a todos los hombres"; creo que han sido estos aportes enormes los que han definido mi templanza y mi decisión de optar por una escritura más abierta y cercana posible a cuánto hombre o mujer pudieran acceder a lo que escribo. Cómo no recordar a Camus, y sus dos preciados ejemplos del rechazo a la tiranía, y el hecho de no mentir respecto a lo que se sabe. Boll? Heinrich Böll?, ese estoico y moral escritor alemán, y su entrañable Schinier, a quien siempre respeté desde que pude acceder a sus cuestionamientos y sufrimientos solo por el simple hecho de que no se puede convivir con la mediocridad de la indiferencia, en fin, ¡Ah, el pobre de Herzog!, es por este hombre, por ese maestro desahuciado y maltratado por una sociedad que lo rechaza a él, y a su ideal de ser mejor solo por el hecho de considerarlo raro y melodramático, y que muy bien retrató Saúl Bellow, pues es cierto, aprendí de él, de este maestro canadiense y norteamericano, que sí se debía retratar al ser humano debería hacerse a partir de su propia derrota, y angustia. Es por ello, créeme, que pienso que estos hombres de la literatura, no murieron en balde, como tampoco vivieron en balde, sino al contrario siempre trasmitieron esperanza, transmitieron un modelo de sociedad, de futuro, Ahora, espero comprendas porqué me empeño tanto, en recordar que caminamos juntos el mismo sendero, acción que francamente considero indispensable si queremos vernos como agentes reales de cambio y de una mejor colectividad.

Desde Lima, Ciudad Capital del Perú.
Víctor Abraham les saluda.

martes, 6 de enero de 2015

Martes 1 de Julio, de "Los días van y vienen". Fragmento 2

Cuando regresé a casa encontré un sobre y un paquete amarillo de volumen regular en la mesa del comedor; Rosa, mi hija, lo había recibido. Al parecer, su interior contenía sendos impresos. Supuse sin leer el remitente, quien pudo haberlo enviado. Lo esperaba hace mucho. Por un momento, las sonrisas de ambos se dibujaron en nuestros rostros. Nos abrazamos. “Ya ves”, dije, “Quien confía en Dios nunca es olvidado”. Ella asintió con la cabeza, “con toda justicia te lo has ganado, papá”. Efectivamente, allí estaba impreso el remitente claro y en negrita:

REMITE:
OFICINA ESTATAL PENSIONARIA. OEP
Jr. Chincha 123. Lima cercado. Lima 01
Presente.

La OEP, u ONP, como también se la conocía, era la entidad del Estado que veía las jubilaciones pensionarias de los ciudadanos una vez cesados de su tiempo laboral o - en mi caso - por llegar a una edad como la mía, o sea a una Edad vieja; por tanto, ese sobre significaba para mí, y creo que para todo hombre de mi edad, una vida de trabajo, una vida de sacrificios y dedicaciones respecto a los muchos empleos laborales que todo jornalero cumple y que al final de su vida busca ver recompensada en una pensión, aunque indecorosa por la cantidad -eso lo sabía-, al menos útil para los años de vida que probablemente a uno pueda quedarle, en fin. No era un sueño. Era una realidad. Allí estaba el sobre aún sobre la mesa del comedor. Había sido enviada por la OEP desde Lima. 

Esmeralda, mi esposa, ya tenía lista la comida así que decidí esperar un poco, no sin antes pedirle a mi pequeña hija no comentar con nadie la llegada de tan importante misiva, quería que todo fuera una sorpresa y ella así lo entendió. Guardó el paquete. (No sé si hice bien en esto, de esconder la llegada de tan importante comunicación, al fin y al cabo son mis cosas, además siempre he sido partidario de la prudencia. Momentos después, me daría cuenta de que hice lo correcto). Como ya dije, nos sentamos a comer a la mesa: el almuerzo estaba servido, un arroz con guisado de pollo y una sopa de trigo acompañada por una limonada; ahora bien, para aliviar y calmar mi curiosidad atiné a realizar cortas bromas, pues en la casa últimamente ya no habían muchas risas que digamos. El silencio, a veces dejaba notar su presencia por los corredores de la casa, era estruendoso, eso lo sé, quién más que yo para saberlo, y demasiado hondo por cierto, tediosamente insufrible; a veces allí, se respiraba silencio, debido a las muchas tensiones económicas por las que se pasaba cada día. Rosa, Lupe y Esmeralda eran mi única compañía. Eran mi familia.

Después de almorzar mis ansias me llevaron a abrir la correspondencia tan esperada. Sólo llamé a Rosa (ahora me doy cuenta que sea cuál hubiera sido la respuesta en ese mismo momento, quería que ella estuviese conmigo, la quería mucho por haber sido la mayor de las mujeres, ¡Perdóname hija!). Un violento ciclón emocional destrozó mi alegría esa tarde. Tarde hiriente. Mis ojos leían con impotencia y allí estaba otra vez, por segunda vez, no me había equivocado: ¡Denegada!. ¡Denegada!. No podía ser. Sentí una gran desilusión al leer la resolución que me negaba por segunda vez mi pensión por invalidez. ¡Estaba inválido, maldita sea, y sufría de trombosis arterial aguda en la pierna derecha. Caminaba con lentitud y dolor! Había presentado todos los documentos probatorios, los mismos que también adjuntaron a los impresos dentro del sobre. Encontré allí también las copias certificadas de los documentos que obraban en mi expediente administrativo que mi abogado el Dr Vitela solicitó. Es él quien ve mi caso, fue este hombre quien se decidió a ayudarme con la condición de que una vez aceptado, y aprobada la resolución, tendría él las tres cuartas partes de los devengados que del total se pudieran acceder, así como un pago porcentual del monto total, al momento de la evaluación final. No me quedó otra, sino agradecerle infinitamente, qué podía hacer.

Llevados ambos por la impotencia de no poder ser felices, de no poder regalarnos una alegría, me abrace a mi hija, nos abrazamos, y lloré. Ella sin preguntarme palabra alguna también hizo lo mismo. Sentí por mis hombros unas lágrimas que caían hasta el frio piso de un cuarto pequeño y entreabierto. Conjugaron nuestras penas, unos suspiros tristes de padre e hija. Después, ella se retiró lentamente no sin antes, darme aliento para continuar en la demanda. Se fue. Me senté sobre mi cama de catres asquientos y retorcidos y comprendí que la mejor solución era seguir teniendo paciencia. Sobreponerme, aunque no sé si la vida me prestará un tiempo más para tenerla. Comprendí que era mejor resignarse por el momento y seguir trabajando en el restaurante. Pienso ahora, sí, pienso más que nunca decididamente hacer caldo por las noches para vender y así poder afrontar los gastos del hogar; además, mis hijas y Esmeralda que alumbran esta existencia mía, no merecían mi desconcierto y mi derrota; ellas, Lupe, y Rosa aún son chicas, están estudiando y requieren de mi esfuerzo. Rosa se prepara en la academia para tratar de ingresar a la universidad nacional, mientras Lupe aún acaba de ingresar. Debo sacar fuerzas de donde no haya. Mi esposa y yo nos quedaremos atendiendo el negocio hasta tarde. Mi hijo Mauricio que es profesor se encuentra trabajando en un colegio en Lima, y aunque el pobre tiene la intención de ayudarnos sé que con las justas le alcanza para conllevar su soledad.

***

Unas hojas cayeron afuera, un frio viento recorrió la amplia avenida, prendí mi cocina y puse las primeras presas junto con las papas cortadas esperando llegue el primer cliente. Caía así la primera noche del martes 1 de julio.

Fragmento de: "Los días van y vienen". 1era Edic. Lima, 2015
De. Víctor Abraham
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Desde Lima, Ciudad Capital del Perú.
Víctor Abraham les saluda.

sábado, 3 de enero de 2015

Martes 1 de Julio, de "Los días van y vienen". Fragmento.

Martes 01 de Julio

Salí muy temprano de casa. Afuera, se podía percibir aún la invernal llovizna breve que como último rezago parecía sobrevivir a la noche anterior; en el cielo, aún un tumulto de nubes borrascosas dibujaba la escena más perfecta de aquella mañana fría e insensible. Era ya julio. (Cómo ha pasado el tiempo tan rápido, la verdad es que francamente ataviado con tantas cosas recién he podido darme cuenta de ello, del tiempo, en fin, creo este mañana empezará a marcar el inicio de muchas otras que el destino, pienso que traerá consigo a mi existencia.) Fui a pagar el teléfono S/. 30.00. Me atendieron rápido, y a la salida decidí ir a visitar a la familia Lúa, que por esos días atravesaba una dura crisis familiar. Se trataba de Gellman, estaba muy enfermo. Él era el mayor de los hermanos. Ambos fuimos amigos de toda una vida, estudiamos juntos nuestra primaria. Su edad avanzada le había jugado una última pasada: cayó de la escalera, y se fracturó la cadera, ello sumado al cáncer avanzado que indudablemente estaba dispuesto a no dar tregua, ahora parecía que la vida ya no estaría dispuesta a ser más generosa con él. Sentía una pena porque este hombre siempre fue muy correcto y amable.

Los Lúa viven en la calle Junín 625 a media cuadra de la oficina de pagos de la Central de teléfonos. Siempre han vivido allí, y supongo que lo seguirán haciendo, pues la casa fue una herencia que su padre les legó a su muerte. Ellos siempre fueron mis amigos desde la infancia. Conocí a sus padres, ya que solía visitarlos permanentemente, luego de clases cuando estudiaba por aquellos años de infancia en el “Mariscal José Cáceres”. Luego, cuando mis cursos de contabilidad en la Escuela Técnica de Comercio iniciaron, seguí frecuentándolos. Trabajé un tiempo con Aurea, la menor, en el “Tayuén Hnos”, almacén que por esos años era el principal centro de abastos en materia de licorería más solicitado que tenía Trujillo. Ya con los años, la amistad que mantuvimos se terminó acentuando cada vez más. Es curioso que esa consigna mía de viejo moralista que he tenido desde siempre, me haya hecho siempre valorar esa necesidad de visitar a las personas que han sido gratas para mí y, que han estado en las buenas y en las malas conmigo y mi corta familia. Pienso que la amistad, es lo más hermoso que puede – y debe- cultivar un hombre respecto a sus demás semejantes.

La familia Lúa es sencilla de describir: Trabajadora y honesta, solidaria entre sus miembros, y muy gentil, además de ser muy corta tras la muerte de sus padres, Gellman, Susi y Aurea. Los progenitores de estos fueron inmigrantes chinos, pero ellos- los hijos- nacieron aquí, en estas tierras, en Trujillo. Los conocí hace ya muchos años cuando mi madre, aún viva, y yo, aún muchacho, solíamos vender jabones y detergentes baratos en la plaza. Terminada la faena diaria pasábamos a visitarlos. Yo solía distraerme con Gellman jugando esos juegos que alcanzaron a ver los chicos antiguos de mi época. Allí nos quedábamos algunas veces hasta entrada la noche en que todos juntos nos sentábamos a la mesa y compartíamos el pan que nosotros solíamos llevar para la cena, marraquetas crocantes y tostadas, cena que una vez terminada debíamos dirigíamos a casa, a pocas cuadras de esta. Vivíamos en el Jirón San Martín dentro de una quinta con paredes muy altas de quincha y adobe. Ah, cuanto tiempo ha pasado desde entonces.


Foto: Joaquín Sorolla Bastida, (1863-1923):
 “El viejo del cigarrillo”.
Hemos sabido cultivar nuestra amistad desde entonces, toda. A veces pienso que la amistad no se busca, aparece fortuitamente. No pensamos, o al menos no existe alguien cuerdo que diga, “Hoy me levantaré muy temprano, sonreiré a todo el mundo y para la tarde volveré a casa con un amigo”. O quien piense, “Este amigo será tal o cual persona que veo constantemente porque me cae bien, me halaga y me presta para mi pasaje cuando necesito”. No. La amistad no funciona así, ella simplemente aparece cuando menos lo imaginamos; siempre está allí esperándonos y cuando se manifiesta de alguna u otra manera, hay que intentar cultivarla y hacer lo mejor por estas personas, que ahora pasan a convertirse en amigos, sean pequeños o grandes, estén cercanos o distantes”. Concluyo ahora, que tantos buenos amigos con que pueda contar un individuo en su momento, no se debe al hecho de que este los haya elegido, sino a que fueron estos, “conocidos primero”, quienes luego de tanto tiempo y tantas situaciones de paciencia, tolerancia y comprensión -donde se pusieron a prueba la estimación y el respeto-, decidieron otorgar a este la categoría de “amigo”.

***

La casa del 625 no había cambiado mucho desde esas épocas, seguían las paredes de adobe, los andamios, que en el pasado se mostraban repletos de frutas, hoy estaban vacíos. El vestíbulo del corredor seguía decorado por los dibujos y frases motivadoras que Gellman y yo habíamos hecho durante nuestras horas de ocio cada vez que el tiempo nos prestaba unos instantes. La puerta desvencijada del final de la sala, aún crujía más desde la última vez, y el sonido que producía, aunque chirriante, era acogedor. El piso de tierra bien barrido como siempre. Sin duda, la casa no había cambiado casi nada desde la última vez que pude visitarlos. (Ahora que lo pienso después de tanto tiempo, he vuelto a reparar en estos detalles que en ocasiones diferentes obvié, en fin.) Salieron Susi y Aurea, ellas, bien cariñosas, me invitaron una ensalada de frutas. Conversamos un poco e intercambiamos una breve plática de cordialidad. Me pidieron esperar un momento. Asentí con la cabeza. (Gellman fue siempre mi amigo, mi compañero de carpeta desde la primaria, mi compañero de trabajo durante mi juventud, mi socio en alguno que otro negocio durante mi madurez; a él debo la adquisición del terreno sobre el cual pude levantar mi casa en el que vivo con mi esposa y mis tres hijos. Ahora, comparto con él mi senectud. Ya estamos viejos. Gellman ha sido siempre un hombre de moral inquebrantable y de una conciencia limpia criado a la antigua, pero bien criado).

“Cómo has estado”, preguntó a media voz. Su voz quebrada y pálida, pálida como su semblante, semblante que a pesar de la angustiosa enfermedad reflejaba la más apacible sonrisa de niño viejo. Allí estaba frente a mí cubierto con una boina negra, una camisa blanca impecable bajo un suéter beige algo gastado, pero limpio; un pantalón azul bien planchado y unos zapatos negros bien lustrados. Sentí una gran pena por él, es curioso que esto ya lo haya dicho, pero así era. Allí estaba de pie frente a mí. Me saludo y se sentó de pronto junto a una mesita pequeña de estar. Sólo atiné a sonreír y dije algo triste: “Muy bien. Vine a visitarte a ti, a Susi y a Aurea; espero que…”. “Me queda poco tiempo Vicente”, dijo intempestivamente cortando mi expresión oracional que intentaba transmitir apoyo moral, “Cáncer, es cáncer, y está en su etapa terminal, me han dicho que cualquiera de estos días me toca seguir los pasos de mi madre”. Me quedé atónito, pero a la vez con una sensación de impotencia y resignación. Luego, ya algo más calmado, como si el sólo hecho de confesármelo directamente desahogara su tensión por revelar a alguien su secreto y demostrarse a sí mismo su valentía para afrontar la penosa adversidad, añadió: “Pero eso no me importa ahora, amigo mío, ya estoy viejo y he vivido lo suficiente para darme cuenta de qué es lo bueno y qué es lo malo. Haya vivido bien o mal, ya lo viví. ¡Al dientre!”, expresó con resignación. “No digas eso”, repuse, “eres muy fuerte y sé que saldrás de esto”, aunque sabía que esto era imposible en todo cálculo posible. (Deduzco que el fallo médico estaba echado) Yo estaba perplejo por la que sería la última confesión de Gellman. “Siempre he estado aquí, somos dos viejos fuertes, eres como mi hermano y yo lo soy para ti. Eso es lo importante.”, dije. Sonrió por un momento, y me dijo: “Sí, tienes razón; somos sólo eso, dos viejos hermanos que no se separarán hasta que la muerte se lleve a uno de nosotros, pero no creo en eso por ahora, somos dos leones enérgicos”, afirmó en tono de broma. Reímos y empezamos la que debería ser nuestra última conversación. Esa mañana nunca más habría de repetirse -murió un mes después-. Esa mañana, habríamos de recordar nuestras viejas andanzas sentados como lo que éramos, dos viejos seniles que se sientan a contar sus vejedades y, a contar de cómo esa llama vital cada día que pasa se va consumiendo más. Aún Gellman tenía las fotos, las fotos de una vida, de nuestra vida, que descansaban guardadas en un álbum amarillo. Así, conversamos, reímos; intercambiamos bromas, recuerdos y palabras. Me regaló algunas estampas que coleccionábamos de adolescentes y que él las había guardado durante todos estos años. No recuerdo la hora, pero me hice muy tarde. Ya era hora del almuerzo y sentí que era momento de despedirme. Nos dimos el último abrazo. Me despedí de Susi y Aurea también. Los dejé juntos; los vi por última vez, por última vez vi sus tres rostros juntos. (Las retinas de mis ojos guardaron ese día la escena más nostálgica y filial que sólo se llegará a extinguir más adelante, cuando yo muera) Crucé el umbral de la puerta de su modesta vivienda y me marché.

Fragmento de: "Los días van y vienen". 1era Edic. Lima, 2015
De. Víctor Abraham

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Desde Lima, Ciudad Capital del Perú.
Víctor Abraham les saluda.