jueves, 15 de enero de 2015

Día miércoles 02 de julio. fragmento.


Miércoles 02 de julio 

Me levanté muy temprano hoy, creo que eran las 4 o a las 5, pero de lo que sí estoy seguro es que no podía haber sido a las 6, aún era de noche, además no podía ser esa hora, que va, a esa hora Esmeralda ya está terminando de alistar el desayuno para la venta. Y por tanto yo debo, tengo que ayudarla. Además, hay que preparar el desayuno temprano para que ni bien abramos la puerta se venda desde las primeras horas, total, hay que aprovechar el tiempo, en fin. Es curioso, pero cuando era joven dependía del despertador, años más tarde me acostumbré a la radio, prendía de pronto esta, que era a pilas, escuchaba la hora ahí, y bueno, me levantaba; ahora, ya no preciso de ningunas, aunque no he dejado del todo mis noticias de la madrugada, jajaj. Hoy, hice lo mismo, es raro, pero ya los años me han llevado a una conclusión, algo sombría, pero al fin y al cabo es esa, una conclusión; creo que sencillamente a mi edad ya no se puede dormir, o al menos ya no como antes que se llegue a ser viejo. Pienso que los viejos tenemos algo así como un reloj natural, como una medida exacta de sueño. Sonaría algo loco, pero es cierto. Cuando era joven siempre fui un respetuoso del tiempo. Siempre fui un admirador del tiempo, de ese extraño y eviterno fenómeno natural que cierne sobre nuestra vida su impoluta presencia. Una vez cuando era aún un muchacho escribí,

“A veces me acecha la inexactitud, me acecha ese respeto inmenso que le tengo al tiempo, ya que este es un fenómeno natural omnipresente que rige todo, y enmarca todo, dando a cada cual lo que le es permitido recibir. Sí, así es, porque es el tiempo quien determina el orden de las cosas, y hace que las maduraciones mentales alcancen la mayor sabiduría o profundidad en pro de una mayor comprensión de la vida. Por tanto, es él, el tiempo, el mayor castigador de la banalidad, y de quien ose no aceptar - o subvalorar- su presencia dentro de su propia existencia.”

(Este frío acá es intenso, lo siento en mí, y aunque sé que mi cuerpo me pide, me mantenga unos minutos más en cama; mi voluntad me exige, me levante a ayudar a Esmeralda. Ella no se abastece). 


***

A las 10 am, me apersoné a la oficina del Dr. Vitela llevando los papeles de la OEP, que recibí ayer. Estaba muy atareado, así que fui citado para el día viernes de la próxima semana. Me dijo, “o véngase pasado mañana, tal vez haya algo”. Tenía que revisar muchos papeles. A mi salida, bajando por las escaleras del piso inferior me encontré con una mujer, algo extraña. Iba de subida. Llevaba un atuendo oscuro, era un vestido de una sola pieza que caía sobre sus rodillas huesudas, y digo huesudas porque la mujer era flaca; un chall también oscuro encima de los hombros le daba un aire de mujer enigmática. Era delgada, de cuello delgadísimo, del cual pendía una gargantilla que llevaba un dije de plata en forma de corazón; sobre su cabeza, un sombrero de paja adornado de extrañas flores bordadas que dejaba ver un curioso flequillo. Debía tener algo de 45 años, o al menos eso me parecía; tenía ojeras, pronunciadas ojeras, que se habían formado como bolsas debajo de sus amarillos ojos palúdicos, y su boca de finos labios color carmesí hacían de ella una figura de las décadas antiguas, recordé entonces a esas modelos de los 50, años por los que los sombreros sobrios, y los peinados dignificaban más a una artista, la misma que sin necesidad de llegar a tanto maquillaje y tantas operaciones estéticas se mostraba hermosa en toda la flor de su género. Recordé entonces las magníficas interpretaciones de Audrey Hepburn, en fin. Llevaba en sus manos unos fólderes manila. Sus zapatos prietos relucientes dejaban escapar unos golpecitos de toc, toc, a cada subida de peldaño. No iba apurada, parecía algo confusa. Tal vez sería una viuda, o alguna mujer de oficina, pero no pudo ser una abogada. No podía, y estaba seguro de ello. Hizo un ademán gracioso que me llamó mucho la atención, un extraño tic de movimiento de cabeza. Fue ascendiendo y cuando estuvo frente a mí, cuando coincidimos, sonrío levemente, sí, me sonrío como si me conociera, y me dijo en tono sarcástico, “Estos abogados…”. Su toc, toc, se fueron perdiendo a medida que yo fui bajando.

A la salida, del establecimiento, un taxi, alguien tocó el claxon. Di vuelta, y era Pepe Pazurro, otro de mis amigos de infancia, “Que tal, eh, hola Vicente, sube”. Me hizo un gesto de cordialidad. Me negué a subir en primera instancia, porque supuse que estaría trabajando, y no quería quitarle su tiempo. (Él pobre sale por las mañanas, y tiene que hacer recorrido para llevar algo a su hogar). “Hola Pepe”, dije, “yo estoy de paso, no te preocupes”. “¿Cómo vas con el juicio de la OEP, ya salen las cosas?”. “No”, añadí. “Vente para la casa hombre, vamos Juanita estará alegre de verte. Sube y vamos”. Subí, pero solo le dije que iríamos a tomar alguna bebida refrescante- hacía calor-, y después me marcharía, “Esmeralda me espera, quedé en ir temprano porque ella tendrá una reunión más tarde, y por tanto debo quedarme a cuidar el negocio” “Bien, bien hombre, como tú digas, pero es un gusto verte”.

“¿Recuerdas a Sofía, la pequeña Sofía? “Sí, claro” “Murió” “¡Pero, cómo!” “El corazón, el corazón, achaques del corazón” “Entiendo, mi sentido pésame Pepe, yo…” “Ella siempre te apreciaba, y el día que murió, me hizo prometer que seguiría viendo por Juanita, y por Tito” “Ya veo” “Pobre mujer, primero su difunto esposo, luego su madre y hermana, y finalmente, su padecimiento coronario” “No supe, discúlpame” “Yo, al menos intenté darle felicidad durante el tiempo que estuve con ella. No sé si me llegó a amar de la misma intensidad que a su primer marido, pero creo que lo nuestro de trataba más de una suerte de altruismo del uno por el otro. Mira, ella me ayudó a comprar el carro” “Si entiendo, hacían una buena pareja, por fin la noté alegre la última vez que la vi con su delantal a cuadros que decía, le habías comprado” “Sí, Vicente, creo que ella nunca te olvidó. Siempre decía que tú eras un caballero, y que Esmeralda había tenido mucha suerte contigo, en fin”.

Las conversaciones que siguieron solo me llevaron a conjeturar algo más tarde, el amor implica un altruismo, implica un dar en vez de recibir, un hacer el bien sin mirar a quién, y creo que con más razón si se trata de una pareja. Pepe, Sofía y yo siempre fuimos buenos amigos, claro que él (Pepe) siempre me molestaba con ella. Decía que algún día formaríamos una familia, y cuando llegara ese día, él iba a ser nuestro padrino de matrimonio. Como es la vida, terminé siendo el padrino de Tito, el único hijo que tuvo con ella, a la muerte de su esposa. Ambos perdieron a sus parejas muy jóvenes. Tal vez ello hizo que se acercaran más. Con Sofía, también trabajé en el “Tayuén Hnos”. Se casó con un trabajador de la hacienda azucarera “Roma”. Fue una boda inesperada. Yo por esos años estaba en Lima trabajando con mi madre. Vivíamos en el Jr. Washington del centro histórico.

***

Por la tarde, Esmeralda fue a su reunión semanal de Legión de María en la Parroquia Devota Piadosa, que está cerca de donde vivimos. Yo me quedé cuidando con la puerta abierta. Vendí una bebida, un alfajor, y una decena de bizcochos. El panadero no trajo hoy el pan. Saqué mi biblia, leí un salmo, e hice una oración,
“Señor, encomienda el alma de Sofía, y de mi madre.
Da fuerzas a Pepe, y a Gellman.
Bendícelos en sus horas más difíciles,
como bendice a sus familias también.
Sigue haciendo de mí, un instrumento tuyo,
me pongo en tus manos, Señor,
como pongo en tus manos a toda mi familia,
a Esmeralda, a Rosa, a Lupe, y a Mauricio.
Quisiera Dios Padre,
prepares nuestros caminos para encontrarnos con tu misericordia.
Amén”
***

Por la noche, Mauricio nos comunicó por teléfono que vendría a visitarnos. Llegará el sábado 05 por la mañana.


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Fragmento de: "Los días van y vienen". 1era Edic. Lima, 2015
De. Víctor Abraham

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Desde Lima, Ciudad Capital del Perú.
Víctor Abraham les saluda.

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