miércoles, 21 de enero de 2015

Fragmento de "Los Dias van y vienen"

Hoy resolví escribir en este cuaderno amarillo parte de mi vida, sí, parte de esta misma existencia mía- y que a veces me pesa llevarla sobre los hombros-, sí, escribir algunos de esos pasajes que los recuerdos traen a uno mismo cuando ya se es viejo para atormentarlo o bien – que es muy raro sentir aquello- para apaciguarlo. Pienso, ahora en todo lo que pudo haber sido antes, y que al final no fue, sí, en eso que resultó no ser, y de como este no fue, terminó convirtiéndose en lo que hoy no se es, pero en fin, no es culpa de nadie, mucho menos mía, y es que sucede que muchas veces cuando se es joven: o bien se deja pasar muchas oportunidades que luego pesan al cuerpo en su más misericordiosa alma, o bien se aprovechan estas para ser finalmente eso que años después renegamos ser. ¡Oh, Virgen María, libra al hombre de sus propios juicios valorativos!, en fin.

Ya que no se me ocurrió que otra cosa más podía hacer, terminé por comprar un cuaderno esta mañana aprovechando que salí a comprar cosas al mercadillo cercano a donde vivimos para el almuerzo, con el único fin de entretenerme, de anotar en él vivencias, pareces, opiniones, recuerdos, ocurrencias, frases célebres, en fin, algunas cosas gratas, y bueno también otras ingratas. Supongo, que ese es el fin de un diario ¿no?, si se puede llamar diario a ese registro, sino continuo al menos esporádico, de lo que uno percibe en su día a día, además tengo que ser honesto también conmigo mismo. (Sucede que una vez cuando era muy joven decidí escribir un libro a modo de diario, lo iba a llamar “Registro de los días que van y vienen”, pero no tuve continuidad, todo quedó trunco, hice algunas anotaciones en él, algunas confesiones, algunas un poco raras y maniáticas, pero hasta allí nada más quedé. Me desanimé, o debería decir que me desanimó la idea de poder convertirme de pronto en biógrafo de mi propio modus vivendi, ya que siempre fui muy reservado).

Debo confesar que por un momento quise ser escritor, quise transmutarme de pronto en una especie de héroe anónimo de mi propio destino, un hombre capaz de crear y de dar vida a mi propia ficción, quería ser de pronto como esos ingleses Charles Dickens o ese Robert Louis Stevenson, los admiraba, verme de pronto retratado en un ser similar a ese pequeño David Copperfield, “Whether I shall turn out to be the hero of my own life, or whether that station will be held by anybody else, these pages must show.”, corriendo por la calles de Inglaterra nada ajenas a esa revolución industrial de 1840; o quien sabe verme convertido de pronto en ese Jim Hawkins, I remember him as if it were yesterday, as he came plodding to the inn door, his sea-chest following behind him in a hand-barrow—a tall, strong, heavy, nut-brown man, his tarry pigtail falling over the shoulder of his soiled blue coat, his hands ragged and scarred, with black, broken nails, and the sabre cut across one cheek, a dirty, livid white. I remember him looking round the cover and whistling to himself as he did so, and then breaking out in that old sea-song that he sang so often afterwards: ‘Fifteen men on the dead man’s chest—/ Yo-ho-ho, and a bottle of rum!”, esperando a que de pronto un día, llegase a mi vida un misterioso Billy Bones, y me revelase por fin los misterios de la navegación, o porqué no, un mapa del tesoro, en fin.

Pero mis sueños de convertirme en escritor murieron, como murió en mí ese espíritu noble y generoso de la escritura, a partir de allí sería, un aficionado. Es curioso, pero el tiempo, la perfección, el orden natural de las cosas… (a quién quiero engañar con eso, ¡va!, debería decir, que dejé mi sueño de ser escritor el mismo día que nació Mauricio, y que tuve que darme cuenta que necesitaba trabajar más. Total, no se puede vivir de la fantasía, hay que comer a veces, y el estómago de los hijos es primero). Ahora, años después me di cuenta que albergué siempre la esperanza de convertirme en escritor, hasta viejo: me casé a los cuarenta y dos años por andar divagando, en -según yo- mi eterna y dorada juventud. ¡Ah, cosas, cosas, cosas! Tengo que darme ánimos hoy, de alguna u otra manera, al menos por mis hijos, y claro también por mi mujer, en fin. Creo que me he terminado convirtiendo de pronto en un Moses Herzog del presente. ¡Diantre, qué resignación!. A veces pienso que el darse ánimos no solo consiste en ir, pararse de pronto frente al espejo y mirarse tontamente para decir, “¡Mira, tú eres ese hombre, así que vamos, báñate, cámbiate de ropa, y sal a la calle a divertirte; el mundo está allá afuera esperando por ti. Al diantre los problemas y las preocupaciones!” (Uhm, pensar esto, francamente me reduciría a ser un viejo simplón e indecoroso, ocultar mi verdadera esencia, y lo que es peor suponer- engañándome a mí mismo que soy otro hombre, y no precisamente ese que está frente a mí parado al otro lado del espejo: ese hombre con sabor a viejo, variciento, con los brazos blanquecinos y flácidos, y el estómago abultado. Ni qué decir de las bien acentuadas bolsas oscuras que se me han formado bajo los ojos, malditas ojeras, pero en fin , ya está hecho ese soy yo, y ni modo. Esa es mi realidad. Detesto cuando los viejos como yo de pronto, se creen de un momento al otro, unos mozos de lozana virilidad, y salen a impresionar a jovencitas que lo único que ven en ellos solo es una billetera y tarjetas de crédito. Pensar esto, me hace concluir en que ser viejo duele en el alma, pero más en el ego).

Ya dije, tengo que darme ánimos para seguir encontrándole sentido a esta vida, sé que no es gran cosa lo que me pasó hoy: los ajetreos de siempre, los gastos, los gritos de mi mujer, los chirridos desagradables que dejan escapar los vehículos de la calle al frenar, llegó el recibo de la luz, y eso que recién estamos a inicios del mes (Tan apurados estarán estos tipos que no esperan a que el consumidor, porque eso es lo que somos al fin y al cabo: consumidores, pueda descansar aliviado). Hoy no salí de casa, mas que a comprar al mercadillo del lugar donde vivimos por la mañana. Por la tarde, todos salieron, Lupe y Rosa a estudiar; Esmeralda, a visitar a sus sobrinas. Ahora, por fin puedo sentarme, y escribir entonces, llamaré a este cuaderno, “Los días van y vienen: cuaderno de vivencias, pareces, opiniones, recuerdos, ocurrencias y frases célebres.

Día 1
Soy un obrero, siempre lo he sido y me siento orgulloso de haberlo sido. Soy un hombre que ha caminado mucho durante toda su vida, un solitario que apenas si llegué a hacer una familia corta, un buscador de respuestas que nunca han terminado de saciar su existencia. Un trazador de objetivos. Sin profesión alguna, eso sí, con muchas ocupaciones, un trabajador manual y mental por excelencia. Amante de los buenos libros y respetuoso de las creencias ajenas por más absurdas e inexplicables que me hayan parecido. Me he desempeñado como hotelero, animador eventual de espectáculos, muchos de los cuales fueron histriónicos y sin sentido, vendedor de objetos raros -pero necesarios-, trabajador de almacén, peluquero, cocinero, empaquetador, ayudante de bares y de restaurantes. Empecé una carrera que podía haberme significado éxitos, pero que quedó truncada por procesos judiciales que no quiero recordar ahora. Nunca viajé, y no conozco más allá que un par de ciudades, pero las suficientes para haberme enseñado a vivir. Con una culpa de consciencia que jamás olvidaré y que ha golpeado mis recuerdos desde siempre. Es curioso percatarse que cuando uno llega a ser viejo, sí, sí, mortalmente viejo, el pasado cobra mayor nitidez, y mientras más años lleve de vida este pasado, más nítido se vuelve, tal vez más nítido que el presente mismo, con confesar que ya hasta olvidé el color de vestido que mi hija llevaba puesto ayer, o si al perro de la casa le dieron o no de comer, claro que es mi trabajo hacer recordar este acto cada día a los otros, pero la verdad es que a veces lo olvido, lo olvido tanto. No es mi culpa, y sin embargo lo siento, lo siento mucho. 
Entre mis gustos: leer la biblia, transcribir pensamientos célebres, ver películas mexicanas, coleccionar libros, ojear revistas, y extraer figuras recortadas de periódicos viejos como anuncios de matrimonios, recetas de cocina, mujeres atractivas y artistas de cine clásico. Soy un ferviente ser católico, eso lo supe desde que mi madre me llevaba a las misas dominicales cada fin de semana. Un trabajador rutinario comprometido con mis obligaciones, un silencioso huraño también, y un orgulloso, eso sí, muy orgulloso, pienso ahora, que el orgullo es lo único que nos vuelve invulnerables ante cualquier situación hostil a nosotros dándonos valor para sobreponernos. Nunca me ha interesado saber lo que puedan pensar los demás sobre mí, total, no vivos de ellos. Aunque sí me es necesario saber que piensa mi familia de mí. Ella es mi única razón de vida. Por otro lado siempre he vivido en una casa grande sin arreglar, pues nunca me ha llamado la atención arreglarla a pesar de los continuos pedidos de mi esposa y de mis hijos, pero en fin, quien toma las decisiones siempre he sido yo, y eso lo saben muy bien ellos. El próximo enero cumpliré los 72 años. Es curioso verme ahora ya encanecido y envejecido; sabía que en algún momento de mi existencia llegaría ese día de confrontarme con mis propias arrugas, pero no esperaba que fuera tan pronto, sí, justo ahora cuando uno recién comienza a hacer los descubrimientos más elementales e importantes de su vida, pero las cosas son así y hay que saber encarar al destino trágico y oscuro. El tiempo, el tiempo y sus múltiples encarnaciones, es el más grande y eviterno ser omnipresente que vuelve pequeño al ser humano, y lo coloca donde debe estar, o debió haber estado siempre, en fin. Pienso ahora que, solo los hombres valientes afrontan con el mayor aplomo el último tramo de su vida. 
Recuerde- si alguien llega a leer estas notas en algún tiempo próximo-, que siempre he sido muy perceptivo, muy agudo en mi pensamiento, generoso, pero no tonto; escuché siempre voces estando despierto por las noches llegando al extremo de creer que a mí se me había revelado poder saber lo que pensaban las personas a través de sus muecas raras y grotescas, de intuir cosas y sensaciones que luego pasaron y que advertí en su momento. Soy alguien que si no habla, piensa; alguien que sabe lo que es usted ahora, ni más ni menos que esa apariencia que le acompaña, estoy hecho de ideas como usted está hecho de convenciones, suelo reír y entristecerme de vez en cuando- y usted, sí,sí, usted, ha visto esas dos partes mías, por lo que me alegra-. Suelo escribir sensaciones en hojas blancas, amarillas, de distintos tamaños y colores cuando no las puedo vivir, tal vez sea porque me he acostumbrado a ello. Sí, sí, soy ese alguien que quiere mucho y que abraza de pronto cuando debe abrazar sin importarle lo demás, alguien que ejecuta ademanes más de la cuenta y que grita cuando está emocionado, alguien que sabe lo que es y lo quiere, aunque esto es lo único que le quede. Alguien, sí, sí, alguien que siempre tuvo esa sensación extraña de estar acá y de no estar en ningún lado, alguien a quien ese sentimiento de pertenencia que invade a los hombres jamás ha importado, alguien que encontró en las palabras su medio de moverse y de realizarse. ¿Rebelde?, pues claro que fui un rebelde, toda mi vida fui rebelde, pero un rebelde honesto, un satírico de la vida, un interpretador y un buscador -por eso, siempre entendí a los buscadores-, ese soy yo; ah, olvidé decirle que también soy alguien que olvidó desayunar esta mañana y comprar el diario del día de hoy. En fin, no somos perfectos.

Uhm, ahora bien, debo reconocer que últimamente, de pronto, percibo muchas lloviznas invernales y breves – caray, cómo ha cambiado el clima de un tiempo acá, todos hablan de un cambio climático, y sin embargo quienes más hablan son los que contaminan más, e inclusive llegando al extremo de contaminarse a sí mismos, su mente, su cuerpo y su espíritu, ¡Qué pamplinas es hablar de todo esto de la preservación de las cosas!-. Ahora hasta se pueden ver más seguido en el cielo tumultos de nubes borrascosas, hasta los meses me parecen últimamente más insensibles de lo que deberían ser, en fin. Supongo que en adelante condiciones climáticas como las de hoy marcarán el inicio retrospectivo de muchos otros amaneceres que el destino habrá de traer consigo a mi vida como vayan transcurriendo los días, claro está. Tal vez haya llegado el momento imperioso de empezar a escribir un diario monótono – es raro que me exprese así de este cuaderno, pero ya está, ya lo dije, y cuando digo o pienso algo jamás me retracto, menos lo borro- que reseñe las ansias, los recuerdos, los sucesos últimos, las necesidades, las alegrías y penas – si es que las hay aún-, las ocurrencias, y bueno todo lo demás que esta consciencia mía vieja y achacosa pueda ser capaz de percibir. (Siempre escribí diarios desde mi juventud no monótonos, sino divertidos, cuando los terminaba, los quemaba por situaciones de confidencialidad; los últimos, los he acabado de quemar, puesto que a nadie le interesa la vida ajena del prójimo; bueno pero si aparece de pronto, algún buscón respetable tratando de hurgar en nuestra propia vida, lo mejor es dejarlo, es mejor no decirle nada ni engañarle o ocultarle ciertas verdades vitales, está en su derecho de tantear en la vida de uno. Total, ese es su oficio al fin y al cabo, la de ser un buscador).
Julio, 6.00 pm.

***

Fragmento de: "Los días van y vienen". 1era Edic. Lima, 2015
De. Víctor Abraham
____________

Desde Lima, Ciudad Capital del Perú.
Víctor Abraham les saluda.

No hay comentarios:

Publicar un comentario