martes, 6 de enero de 2015

Martes 1 de Julio, de "Los días van y vienen". Fragmento 2

Cuando regresé a casa encontré un sobre y un paquete amarillo de volumen regular en la mesa del comedor; Rosa, mi hija, lo había recibido. Al parecer, su interior contenía sendos impresos. Supuse sin leer el remitente, quien pudo haberlo enviado. Lo esperaba hace mucho. Por un momento, las sonrisas de ambos se dibujaron en nuestros rostros. Nos abrazamos. “Ya ves”, dije, “Quien confía en Dios nunca es olvidado”. Ella asintió con la cabeza, “con toda justicia te lo has ganado, papá”. Efectivamente, allí estaba impreso el remitente claro y en negrita:

REMITE:
OFICINA ESTATAL PENSIONARIA. OEP
Jr. Chincha 123. Lima cercado. Lima 01
Presente.

La OEP, u ONP, como también se la conocía, era la entidad del Estado que veía las jubilaciones pensionarias de los ciudadanos una vez cesados de su tiempo laboral o - en mi caso - por llegar a una edad como la mía, o sea a una Edad vieja; por tanto, ese sobre significaba para mí, y creo que para todo hombre de mi edad, una vida de trabajo, una vida de sacrificios y dedicaciones respecto a los muchos empleos laborales que todo jornalero cumple y que al final de su vida busca ver recompensada en una pensión, aunque indecorosa por la cantidad -eso lo sabía-, al menos útil para los años de vida que probablemente a uno pueda quedarle, en fin. No era un sueño. Era una realidad. Allí estaba el sobre aún sobre la mesa del comedor. Había sido enviada por la OEP desde Lima. 

Esmeralda, mi esposa, ya tenía lista la comida así que decidí esperar un poco, no sin antes pedirle a mi pequeña hija no comentar con nadie la llegada de tan importante misiva, quería que todo fuera una sorpresa y ella así lo entendió. Guardó el paquete. (No sé si hice bien en esto, de esconder la llegada de tan importante comunicación, al fin y al cabo son mis cosas, además siempre he sido partidario de la prudencia. Momentos después, me daría cuenta de que hice lo correcto). Como ya dije, nos sentamos a comer a la mesa: el almuerzo estaba servido, un arroz con guisado de pollo y una sopa de trigo acompañada por una limonada; ahora bien, para aliviar y calmar mi curiosidad atiné a realizar cortas bromas, pues en la casa últimamente ya no habían muchas risas que digamos. El silencio, a veces dejaba notar su presencia por los corredores de la casa, era estruendoso, eso lo sé, quién más que yo para saberlo, y demasiado hondo por cierto, tediosamente insufrible; a veces allí, se respiraba silencio, debido a las muchas tensiones económicas por las que se pasaba cada día. Rosa, Lupe y Esmeralda eran mi única compañía. Eran mi familia.

Después de almorzar mis ansias me llevaron a abrir la correspondencia tan esperada. Sólo llamé a Rosa (ahora me doy cuenta que sea cuál hubiera sido la respuesta en ese mismo momento, quería que ella estuviese conmigo, la quería mucho por haber sido la mayor de las mujeres, ¡Perdóname hija!). Un violento ciclón emocional destrozó mi alegría esa tarde. Tarde hiriente. Mis ojos leían con impotencia y allí estaba otra vez, por segunda vez, no me había equivocado: ¡Denegada!. ¡Denegada!. No podía ser. Sentí una gran desilusión al leer la resolución que me negaba por segunda vez mi pensión por invalidez. ¡Estaba inválido, maldita sea, y sufría de trombosis arterial aguda en la pierna derecha. Caminaba con lentitud y dolor! Había presentado todos los documentos probatorios, los mismos que también adjuntaron a los impresos dentro del sobre. Encontré allí también las copias certificadas de los documentos que obraban en mi expediente administrativo que mi abogado el Dr Vitela solicitó. Es él quien ve mi caso, fue este hombre quien se decidió a ayudarme con la condición de que una vez aceptado, y aprobada la resolución, tendría él las tres cuartas partes de los devengados que del total se pudieran acceder, así como un pago porcentual del monto total, al momento de la evaluación final. No me quedó otra, sino agradecerle infinitamente, qué podía hacer.

Llevados ambos por la impotencia de no poder ser felices, de no poder regalarnos una alegría, me abrace a mi hija, nos abrazamos, y lloré. Ella sin preguntarme palabra alguna también hizo lo mismo. Sentí por mis hombros unas lágrimas que caían hasta el frio piso de un cuarto pequeño y entreabierto. Conjugaron nuestras penas, unos suspiros tristes de padre e hija. Después, ella se retiró lentamente no sin antes, darme aliento para continuar en la demanda. Se fue. Me senté sobre mi cama de catres asquientos y retorcidos y comprendí que la mejor solución era seguir teniendo paciencia. Sobreponerme, aunque no sé si la vida me prestará un tiempo más para tenerla. Comprendí que era mejor resignarse por el momento y seguir trabajando en el restaurante. Pienso ahora, sí, pienso más que nunca decididamente hacer caldo por las noches para vender y así poder afrontar los gastos del hogar; además, mis hijas y Esmeralda que alumbran esta existencia mía, no merecían mi desconcierto y mi derrota; ellas, Lupe, y Rosa aún son chicas, están estudiando y requieren de mi esfuerzo. Rosa se prepara en la academia para tratar de ingresar a la universidad nacional, mientras Lupe aún acaba de ingresar. Debo sacar fuerzas de donde no haya. Mi esposa y yo nos quedaremos atendiendo el negocio hasta tarde. Mi hijo Mauricio que es profesor se encuentra trabajando en un colegio en Lima, y aunque el pobre tiene la intención de ayudarnos sé que con las justas le alcanza para conllevar su soledad.

***

Unas hojas cayeron afuera, un frio viento recorrió la amplia avenida, prendí mi cocina y puse las primeras presas junto con las papas cortadas esperando llegue el primer cliente. Caía así la primera noche del martes 1 de julio.

Fragmento de: "Los días van y vienen". 1era Edic. Lima, 2015
De. Víctor Abraham
__________


Desde Lima, Ciudad Capital del Perú.
Víctor Abraham les saluda.

No hay comentarios:

Publicar un comentario