domingo, 15 de febrero de 2015

Convicciones y razones, dedicada a Rosario Salazar

Pero, si hay algo que me apasiona más, mas que el hecho de ser un vendedor de libros, o encontrar lectores, es ser un trabajador constante de la palabra, y encontrar amigos y amigas, encontrarlos en espacios, momentos, bancas, situaciones inesperadas, por la mañana, por la tarde, por la noche, con el fin de poder aprender algo - o quizá mucho- de ellos, ya que pienso luego, que es esa la necesidad de ser y hacer amigos, la razón de ser de la prolongación de la existencia. Un buen amigo es una bendición permanente, y mantenerlo todos los días es de héroes, en fin. Una amiga de Huancayo, muy apreciada y querida, me pregunta, ¿por qué no escribes para un portal de maestros y publicas tus escritos allí? La verdad es que lo pienso, y decido decir que no, sé muy bien cuál es la realidad del magisterio peruano hoy en día, y sé muy bien que valoración tendrían mis escritos allí. Hay mucho por contribuir, lo sé, quién más que yo para saberlo como educador mismo, sin embargo entiendo que para eso están los técnicos y especialistas en tecnología educativa. Y no soy un tecnólogo educativo, ni un edecán de las formalidades del Ministerio. Estudié para ser maestro, no para ser funcionario público. Mi necesidad de escribir, mi propio desasociego, apunta a contribuir al desarrollo del espíritu mismo, de la conscientización misma, al margen de cualquier actividad formal o ciudadana. Me obliga y me preocupa más aportar significativamente a este cambio sistémico global que durante años ha estado aletargado. Lo sé, sé muy bien, que las generaciones de esta patria - y probablemente las de otras patrias más- han caminado sumisas durante años, en sí, salvo momentos heroicos en circunstancias admirables como las de Argelia o las de Egipto, o las de República Dominicana, en fin, y tantos otros hermosos ejemplos de amor por la tierra que los vio nacer, pero cómo decía al margen de éstas, la mayoría de las consciencias ya están hechas para bien o para mal. Ya se formaron y tienen sus propios ideales e idiosincracias provenientes de sus legados anteriores, que los respeto, que respeto mucho, pero que soy muy exhaustivo e incisivo al momento de compartirlos.

Me interesa más hacer un trabajo, tal vez uno que quede como plataforma o base, ya no para éstas que están con nosotros, que nos acompañan diariamente, sino para que tal vez, unas terceras o cuartas (generaciones) posteriores a las nuestras puedan ser mejores. Me agrada alguien que ve que algo que está incompleto, o que no le agrada, y entonces dice, "¡Tenemos que hacer las cosas ya!", y a partir de allí, empieza a hacerlo desinteresandamente.

Es por ello que debemos seguir, seguir dando lo mejor de nosotros mismos, sigamos haciendo de nuestros análisis propios y diarios, claras muestras de rebeldía sistemática, porque hay mucho por hacer y cambiar aún: Que nuestras palabras y nuestros actos sean sinónimo de nobleza y apunten siempre al cimiento y fortalecimiento de mejores individuos, que abracen ellos mismos, movidos por nuestras propias intenciones, la imagen de ese hombre por el hombre, y de esa mujer por la mujer, de esa escritura que redime; en suma, que abracen ese ideal de construir un mejor ser humano.

El acto de ser quien se es

Hace una semana atrás, Rosario Salazar, una poetisa amiga, muy sensible y comprometida con las causas nobles de la gente, y que vive por cierto, en el estado mexicano de Mérida, tuvo el gesto de hacerme una entrevista en su programa " Yo amo las letras", la misma que se trasmite todos los jueves por la tarde. Salió muy amena la plática, y es que conversamos de todo, nos reímos mucho, y disfrutamos bastante de este espacio, hecho que fue trasmitido por una emisora virtual llamada Radio Más, en fin. Ahora bien, entre las tantas preguntas hechas llegó una que me llamó la atención y que me ha dejado pensando hasta hoy . me decía ella, "Víctor, hasta dónde quieres llegar con todo esto de la conscientización? Me llamó la atención, lo pensé entonces, y tras meditar la respuesta atiné a decir brevemente, "La verdad", dije, "es que solo sé que de pronto uno está allí parado, y decide hacer algo, y bueno... lo demás, ya no nos corresponde a nosotros, sino a los otros, que escuchan, y deciden ser partícipes o no de ello, en fin".

Yo pienso, respecto a ello, que escribir es una forma de rebelarnos contra nuestras propias limitaciones, frustraciones, vacíos e inconsistencias, contra nuestra rutina, y animadversiones. Escribir, es un proceso que tiene su propio curso, nace a partir de una experiencia detonante que remece el sentir del individuo; crece y se desarrolla dentro una maraña emocional- con la que incluso tiene que aprender a lidiar-, la maraña de la fugacidad y del libre -y propio- albedrío del corazón mientras aún se es joven en edad, tiempo mismo que implica un sobreponerse para no desmayar; madura en la soledad del silencio reflexivo, y de los yerros de la experiencia; para finalmente, no morir, sino consumarse en el acto mismo de la trascendencia liberadora. Se escribe para decir, yo soy, esto quiero, y esto estoy haciendo, tras estas verdades, más nada.

Por otra parte, soy un hombre que cree convencido en que la moral y la ética deben volver a instalarse en los actos de las personas... no somos perfectos, eso lo sé, pero es bueno ir mejorándonos aunque sea de a poquitos cada día, y para eso es necesario un llamado personal a nuestra propia sencillez de corazón. Una vez, en las postrimerías de su vida, mi padre me llamó y me dijo, "Hijo, el hombre no es malo, él se comporta así porque nadie se ha mostrado bueno con él. El odio y el resentimiento son malos, nunca dejes que ellos se aniden en tu corazón. Obra siempre con rectitud, pero lo más importante, sé siempre sencillo porque el hombre mientras más sepa, debe ser más entendible y cercano a la gente". Sinceramente, luego de estas palabras, sucedieron pocos diálogos. Fueron dos días más creo (ya no lo recuerdo con claridad, lo siento) los que siguieron a este, mis viajes a Lima, mis ajetreos diarios, no permitieron más conversaciones como estas, sin embargo, luego volvieron a mí, volvieron estas palabras a mí, años después, como un címbalo moral para hacer enormes boomks sobre mi cabeza. Francamente, que sí, debo reconocer que fue mi progenitor el hacedor del hombre que soy ahora, por supuesto un ser muy distinto y diferente, de aquel que mi educación formal de aquellos años, cuando era niño y adolescente, esperaba que fuera algún día.

Ahora bien, por otro lado, creo convencidamente que los escritores hoy en día, tienen que decir quiénes son, qué piensan, y que están haciendo, por sus próximas generaciones, tal vez por las terceras o cuartas, como ya he dicho anteriormente, a estos mismos. Digo esto, de mostrarse como se es, no por la necesidad de mantener una pose puramente snobista y simplista, sino porque ello debe implicar algo más grande, un acto de sensiblización y de transparencia, en fin. Un acto que no tiene fin, pues no debe tenerlo, sin embargo, sí permanencia y sostenibilidad en el tiempo. Pienso en todo esto, y se me viene a la mente, el eco estentóreo de esas magníficas palabras que un día Miguel Hernández, dejara a Vicente Aleixandre, otro poeta de su tiempo, "...una herencia, un instrumento que viene rodando desde la eternidad de la nada hasta nuestro corazón esparcido".

En cuanto a mí, soy un escritor, sí, pero también un ciudadano que siente, y dice lo que piensa. Luego, haber entregado mi vida a ser un periodista independiente, y un maestro de escuela a jornada completa, me ha ayudado mucho - al menos a mí- a esta tarea del pensamiento.

Desde Lima, Ciudad Capital del Perú.
Víctor Abraham les saluda.

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