sábado, 21 de febrero de 2015

Día 10 de "Los días van y vienen"



Hoy, fue un día más que normal. No salí de casa. Todo el día pasé trabajando en el negocio. También llegaron los pedidos, las bebidas, los jugos en caja, los chupetines, los biscochos. María fue a hacer las compras de la semana al Mercado Central junto a Rosa. Mauricio llamó para saludarnos muy temprano. Dijo que estaba bien, y que estaba metido en unos trabajos de escritura. Quiere publicar un libro. Parece que a él le gusta también todo esto del escribir, que bueno por él. Pienso que tal vez ello obedezca al hecho de que es profesor, en fin. Recuerdo que una vez cuando era muy pequeño me dijo, “Papá, siempre he visto que tú escribes, que lees mucho, y que te gusta bastante este mundo de los libros y de sus escritores, que los coleccionas, hasta haz hecho en la casa cuatro bibliotecas, ¿por qué no escribes algún día un libro, y lo vendes? Así, te convertirías en un escritor muy importante”. Recuerdo que en ese momento estaba escribiendo un block de notas sobre las incidencias del día, ya que siempre me gustó escribir sobre los sucesos del día a día, comprar cuadernos y llenarlos de anotaciones personales, reflexiones, motivaciones, máximas y citas de autores clásicos del pensamiento universal, en fin. En ese momento, levanté mi vista, lo miré detenidamente, y vi que un mechón de su cabello lacio había caído sobre su cara, tapándole el ojo izquierdo. Tenía algo de doce años creo, Mauricio era aún un adolescente. Levanté mi mano derecha, y delicadamente, se lo retiré. Le di una sonrisa de agradecimiento, la misma que creo fue llevada más por la sensación de tener frente a mí, no a un hijo, sino a un lector que esperaba de mí grandes cosas, pero ya era muy viejo para ello, sí era muy viejo para dedicarme a ser escritor. Tal vez esa cobardía mía. Mi miedo a encontrarme de pronto frente a esa sensación de decir, que voy a hacer ahora que he decidido ser un escritor. Ese miedo a la incomprensión. No, no era posible, es mas, jamás hubiera sido posible para mí dedicarme a ello. Ello implicaba muchos sacrificios. Tal vez mi temor a la soledad, la necesidad de mi familia, María, sí, sí, ¿qué le diría a ella, “Mira, soy escritor, y tendremos que acoplarnos a esta vida”?, ¿y el negocio? ¿Y mi madre? ¿Y la economía de mi madre? Imaginé entonces a los muchos escritores que había leído durante mi infancia: todos, producto de obsequios que mi madre, a pesar de su esfuerzo hacía por conseguirme, ella me compraba muchos libros. Dickens, Balzac, Tolstói, Stevenson, Salgari, Bunin, Kipling, Shaw, Carducci. Lagerlöf. Imaginé sus vidas, sus inspiraciones y aspiraciones, sus juventudes, sus adulteces. Imaginé que algún día, ellos también sintieron el llamado de esa hermosa vocación, y cómo afrontaron a ello, al llamado de este oficio. Por un momento me sentí orgulloso, sí, sentí una gran alegría interna y una satisfacción personal por haber dejado que estos maestros de la palabra entraran a mi vida de pronto un día, por haberles permitido tomar mi mano, mi niñez y mi adolescencia, por haber pernoctado conmigo en los momentos más duros de mi primera existencia donde la miseria material era absoluta, y suplir así, de esta manera, las carencias culturales que mi fallecido padre no pudo darme. Mi madre no sabía leer ni escribir, pero se entretenía con las historias que yo le contaba luego de mis lecturas hechas, decía ella, “Hijo, haz de aprender a vivir como esos hombres y mujeres, haz de ver en ellos, en sus vidas, un ejemplo. Haz de mirar en estos modelos para tu existencia”. Cuando crecí, me dije que algún día me convertiría en escritor, y entonces viajaría, y escribiría mis propias historias, crearía mis personajes, y me convertiría así en héroe de las causas buenas. Dediqué mis primeros años a leer, a leer de todo, a coleccionar recortes de pensamientos, a armar álbumes con recortes de mis escritores favoritos. Con los años, cuando empecé a trabajar procuré – y me prometí a mí mismo- comprar cada fin de mes un libro diferente. Pensaba que esa sería la cuota de agradecimiento mía en pago a esas sabias enseñanzas y entretenidas ficciones que recibí por mis primeros años, y así ha sido hasta hoy: libros de literatura clásica que fueron ampliándose en temática a medida que fueron pasando los años, y que han ido desde superación personal, sexualidad, medicina, religión, alimentación, cocina, administración, economía, historia, psicología, educación, filosofía, familia, junto con revistas artesanales, de negocios, de magazine, de marketing y publicidad, y por supuesto diarios y suplementos culturales.


Los años que vinieron para mí luego, me llevaron a decidirme por los negocios, a optar por seguir los estudios de contabilidad y finanzas. Tenía otro sueño, tener un negocio propio, y así fue. Nunca llegué a estudiar en la Universidad Nacional por problemas judiciales que siempre envolvieron a mi madre, debido a la tenencia de sus terrenos en la sierra de Charat, Trujillo. Un hermano mayor quería quitárselas, y así fue finalmente, uno de sus hijos, venidos de una relación extramatrimonial terminó por quedarse con todas las tierras que mi madre había heredado de sus padres. Fueron años duros de luchas burocráticas, duraron casi treinta años, años que hicieron que yo pierda mis estudios de preparación, años de dureza económica, de líos con abogados que cada mes cobraban honorarios por mentir, y esconder o fraguar documentos. Testimonios perdidos en el proceso, tiempos de espera para que el Consejo de la Magistratura resolviera, y mientras eso sucedía cada día mi madre envejecía y yo maduraba más a la vida, a la rebeldía, a la necesidad de tratar de entender, ¿qué móvil inducía a los seres humanos a dañarse entre ellos mismos? ¿por qué esa ausencia de justicia en los estamentos burocráticos? ¿por qué esa necesidad enfermiza de mentir y alargar un proceso absurdo que podía haber durado dos años o hasta uno más? Fue así como fui entendiendo que los valores humanos cuando había de por medio dinero no valían nada, al menos no tenían consistencia para estos señores de ternos, corbatas, camisas blancas con gemelos, zapatos lustrosos, y pantalones bien planchados. Hombres que sabían muy bien cómo sacar brío a sus cartones, medallas y congratulaciones que estaban dispuestos sobre la pared de sus viviendas, viviendas a las que llegábamos con mi madre a dejar el dinero todos los fines de mes en sobres cerradas y blancos con la única inscripción, que me era indicado escribir, “Por concepto de honorarios para…., la cantidad de …”. Este proceso fue un terrible lastre que consumió mis esperanzas. Una rémora para mis sueños y mis anhelos futuros. Los almacenes del “Tayuen Hnos.”, fueron mi única tabla de salvación económica por esos años. Al final, ese tal Braulio, hijo bastardo de mi tío, terminó comprando a toda la mesa judicial rompiendo la mano de muchos abogados, e inclusive por lo que supe, también de jueces de la Corte de Justicia de Trujillo. Perdimos todo lo que habíamos intentado retener. (Pensar en esto ahora, sólo me arroja una conjetura, las herencias materiales sólo generan disociación entre los miembros familiares, generan atraso, necesidad de quitar, pero sobre todo ambiciones y sensaciones de envidia. Pienso ahora que más feliz es quien vive despojándose de lo absurdamente terrenal, y opta por una vida sencilla. Así es, ahora soy un convencido pleno de que el único legado y herencia válida y razonable que un padre o una madre pueden dejar a su hijo es su educación y su cultura porque con ello, este individuo podrá conseguir sus propios medios materiales, conservarlos, y saber hasta qué punto desistir a ello, al confort mediático o a esa necesidad de lactar cada vez más y más cosas de consumo). Ahora bien, creo fueron estas circunstancias las que me hicieron desistir a mis propósitos de escritura, y optar por convertirme empíricamente en un especialista de la administración.

***

Mi hijo seguía mirándome. Yo dije, volviendo por un instante a nuestros diálogos, “Hijo, un escritor no es cualquier individuo, la escritura se revela a estos hombres en un momento de su vida, y los invita a caminar los senderos de la consistencia moral y espiritual, del desprendimiento material, empujándolos a optar por una vida simple y sencilla. Un escritor, hijo mío, ve el alma humana, y no es fácil, créeme, para ello se requiere años de paciencia, de dedicación, de experiencia y de lucidez mental. Un escritor…”, dije, y resoplé, “es un comprometido con su sociedad, es un poeta, pero también un narrador, puede ser un dramaturgo o por qué no un ilusionista, pero lo más importante es que tras estos fondos, solo subyace una realidad es un ser humano, que se entrega a su trabajo de escritura diaria, y que hace de su oficio su vida, y de esta un servicio. No basta con escribir libros, uno tras otro, y venderlos todos. Un escritor, Mauricio, es un sabedor, un leído, un instruido en la gramática y todas esas cosas, que a mí me faltan. Pero sobre todo, es un ser que siente, que entiende, que comprende, y que intenta, a pesar de sus errores ser un poquito mejor cada día un ciudadano, un héroe de su propia vida y un interpretador de las demás vidas ajenas que cruzan la suya. Ese es un escritor pequeño Mauricio”. (Él, mi primogénito solo sonrió y dijo, “Papá, seré algún día escritor”, y se fue).

***

Hoy por la noche escribí, luego de leer unas frases del escritor italiano, Salvatore Quasimodo:

Día 7 
Tal vez haya que entender al ensayista honesto como un poeta crítico y realista, cuando no, social y político- un comprometido-, como decía Salvatore Quasimodo, "Un inconformista que pasa de la poesía lírica a la poesía épica para hablar sobre el mundo y el tormento racional y emocional en el que vive el hombre." Si atendemos a esta lógica, entonces el poeta estaría encumbrado en ser ese conscientizador del espíritu perpetuo, no mediático, total, asimilando el perfil propuesto por el autor de "El poeta y el político" se puede partir de una nueva concepción de poeta, un inconformista de la vida que no busca penetrar la cáscara de la civilización literaria falsa, porque seguramente ya haya descubierto que hay en su interior, una civilización llena de torres de defensa como en la época de las comunas medievales. El poeta, tal vez muy lejano a esta civilización a la que considera extraña, tal vez opte por estar solo, opte por recorrer las periferias, buscando encontrar en ellas cada día, encontrar en sus calles una imagen que contenga en sí mismo al hombre de los sueños, a la enfermedad y disvariamento del hombre, a la redención del hombre, a la miseria de la pobreza emocional. Por tanto, entre un hombre de letras y un poeta haya finalmente mucha diferencia, un político seduce al hombre de letras, pero no a un poeta porque el poeta va más allá de las simples pasiones políticas, partidarias, sectarias, un poeta universaliza consciencias practicando - no simulando o fingiendo- ante todo ese lado puramente ideal de nobleza en el Ser Humano.

10 pm

Fragmento de "Los días van y vienen", Lima, Perú. 2015
De: Víctor Abraham.

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