miércoles, 11 de febrero de 2015

Domingo 6 de julio, de Los días van y vienen.

“Dia del maestro”, día de reconocimientos y homenajes a todos los maestros como mi hijo, maestros y maestras, hombres y mujeres anónimos, que hacen de nuestras sociedades con su labor sacrificada, sociedades educadas y formadas, en fin. Siempre he guardado un respeto profundo y una admiración por esta noble entrega de sacrificio humano. Mauricio descansó hasta buena hora. (¡Pobre chico, debe de trabajar mucho allá!) Minutos después, luego de levantarse, nos ayudó a atender al público. (Hubo mucha gente hoy, faltaron manos). Más tarde, departió con nosotros, sus hermanas, su mamá y conmigo, el desayuno. Leche, mantequilla, pan, y unos cuantos chicharrones de pescado. Creo que este ha sido uno de los mejores desayunos de mi vida, no por la comida en sí, sino por las personas sentadas alrededor de ella, en fin. Hubo de todo, preguntas, respuestas, risas, ocurrencias, juegos como antaño, como mis hijos eran pequeños. Me dio gusto por ellos. Los quiero. Hasta Rosa que es poco comunicativa, terminó riendo. Esmeralda advirtió que era mejor tomarnos una fotografía, y así fue. Así fue como obtuve la última fotografía familiar, la misma que ha quedado pegada en el álbum dorado de fotos convenientemente y que cuido con mucho celo personal. Es raro sentirse atado a estas imágenes del pasado, es algo así como si el solo hecho de tenerlas conmigo me hiciera más feliz, más dependiente de mi felicidad última.

Son pocas veces, lo sé, las que podemos estar juntos, reconozco ello. Cuánto quisiera que retroceda el tiempo para poder hacer todo lo que por mis hijos aún no he podido hacer. Entiendo la distancia de Mauricio respecto a nosotros, el trabajo que nos imbuye entre clientes, lavadas de platos, vueltos, preparación de sándwiches, deshilachados de pollo, en fin, todos los días de cada día, pero allí estamos para darnos siempre espacios familiares. Nos contó que regresaba a Lima. Con un poco de pena comprensiva, nos quedamos en silencio. Luego, se levantó y salió para alistar su equipaje, un maletín y unos libros. Cómo ha crecido este muchacho, me siento orgulloso de él. Pienso, que a veces él ha logrado lo que yo no pude en mi tiempo, ser profesional. Perdí a mi padre, estando yo en las inmediaciones de mi primera infancia, y los recuerdos que tengo de este son muy borrosos, creo que de no ser por una foto - otra vez estas imágenes fotográficas-, no tuviera el recuerdo exacto, de saber que fue sargento mayor, y que murió defendiendo a su patria en una guerra absurda que pudo en su tiempo haberse evitado de no ser por las intransigencias y demandas del momento, de allí que mi rechazo sistemático por las guerras sea total, y la percepción que pueda tener de los conflictos ajenos siempre terminen produciéndome un cierto asco porque es allí donde la gente, guiados por otros, sus superiores – o esa estúpida irracionalidad propia de sentirse con poder-, matan y son matados por otros, denigran y son denigrados por otros. Cuando era niño, mi madre me contó que un día, ese apuesto y moreno caballero de quien se había enamorado se fue con la promesa de volver antes de cumplir un mes. Luego de dos meses, un día, tocaron a la puerta del cuarto alquilado donde vivían en Trujillo. “Señora”, dijo un joven flaco y esmirriado con corte militar, “Debo decirle, que…”. Llantos desconsolados, una ropa sucia con manchas de sangre, y una inscripción hecha en una carta de papel de sello de agua con el símbolo del ejército, con letra casi indescifrable, según mi madre, que decía, “Lucía, te amo, siempre te he amado, tanto como amo a nuestro pequeño Vicente, nuestro hijo, cuídalo, cuídalo mucho, y haz de él un hombre de bien. Te quiere, Tomás”. Eran los años de 1942. Lo que vino en adelante, diantre, qué dolor para los deudos, fueron trabajar, trabajar mucho, luchando, cayendo y levantando. Sí, esa fue mi frase desde ese momento, algo que siempre les inculqué también a mis hijos. Nunca llegamos a tener nada, mi madre murió, siempre en la misma casa alquilada. Yo tuve un poco de suerte. Mi liquidación, luego de veinte años de trabajo, en “Tayuén Hnos”, me dejó un pequeño dinero, con el cual me fui a comprar un terreno cerca de una playa, llamada Buenos Aires, en el norte del Perú. Ahora que recuerdo debo agradecer a esta empresa que me permitió, gracias a un sueldo estable y nada indecoroso poder llevar mis cursos de contabilidad en la Escuela Técnica de Comercio, ya que había truncado mis primeros estudios de Contabilidad en la Universidad Nacional, en fin. Así fue como empecé a rechazar de mi vida sistemáticamente la violencia, el odio irracional, la guerra, la brutalidad, la destrucción y la muerte causada por estos actos. Un trauma quedó en mí, que nunca pude superar, no concebía que mi padre, hubiese muerto, por defender algo absurdo que tranquilamente podría hacerse evitado con entendimiento y diálogo. No entendía cómo había gente insana dispuesta a morir por servir los ideales de otros, de terceros, de superiores, de personas que nunca mueren, pero que mandan a otros a morir por ellos. Fueron años duros de pobreza y conmiseración durante mi infancia. Por aquellos años, vendimos con mi madre perritos para subsistir, y promocionar una marca de jabón en las plazas de la ciudad, actividades de las que obteníamos ganancias minúsculas, pero que servía para sobrevivir dentro de una vida modesta. “Te extraño papá”.
***

Salí a comprar un ratito al mercado cebolla y zanahoria. A las 11.00 am se despidió de nosotros mi hijo. Su mamá fue a dejarlo a la agencia. Se dirigieron al terminal del Óvalo Grau. Yo me quedé a cargo de la venta. Encontré limpiando la vitrina los recibos de luz y de agua. Caramba, cuánto ha subido el nivel de vida dentro de los seis últimos meses, pagamos ahora el 30% más de lo que ya estaba estipulado, y es que debe ser en el caso del agua, por la fuga que tenemos. El problema es no poder encontrar un gasfitero honrado que haga bien su trabajo, y no saque plata por sacar. Recuerdo que en mis tiempos, había buenos hombres dedicados a este oficio, e inclusive hasta los materiales eran de mejor calidad, ahora ya nada es lo mismo, o bien trabajan como debe ser, pero cobran un dineral que no se les puede contratar, o bien vienen, dan picotazos en la pared, en el piso, se hacen los que pegan codos, miran, y vuelven a taparlos con cemento, que al poco tiempo se termina descascarando, ya lleva tiempo este problema, en fin, seguiremos buscando. A la hora del almuerzo llegó el Sr Castaño con su esposa y sus dos hijos, ellos, los chicos, han sido siempre compañeros de estudio de mis hijas. También llegó la hermana Eva y su esposo, miembros de mi comunidad religiosa a visitarme. Después de un día muy agitado cerramos a las 7.00 pm. Hoy solo anoté algo breve en el diario.
Día 4
REFLEXIÓN 1 
"La deshumanidad, la intolerancia y la brutalidad no pueden vencer a los nobles sentimientos y bondades del hombre y de la mujer. La vida antes que la muerte. La sonrisa antes que la tristeza. La emoción antes que el cálculo frívolo y trivial. Lo hermoso ante lo bello. Lo plural ente lo singular. El amor ante el encono. La solidaridad total, total. Ese es el mundo que debemos buscar, ayudémonos todos y démonos fortaleza. La meta es larga, pero no imposible". 
REFLEXIÓN 2 
Querer con el corazón siempre, a todas las personas, a todas sin excepción. Sé que es duro y cuesta, lo digo porque es cierto; sin embargo es necesario, ahora más que nunca es necesario. Esta sociedad hoy hace más difícil ese querer con el corazón, sin embargo para eso estamos, para querer y dejarse querer. El orgullo no es a veces lo mejor. Hemos perdido tanto por hacerlo notar, tal vez más de lo que nos hayamos imaginado y ganado, sin embargo no hay marcha atrás. No la hay. Los yerros enseñan a hacer las cosas bien. Ofrecer disculpas y seguir. Seguir para adelante. Un "lo siento" nunca está demás como tampoco está demás un "gracias". Querer, querer con el corazón siempre y dejarse querer también con el corazón siempre, ojalá sea esa en adelante la mayor consigna que los años que han de venir nos hayan de demostrar.

8.25 pm

Extracto de: "Los días van y vienen". Lima, 2015 de Víctor Abraham
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Desde Lima, Ciudad Capital del Perú.

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