martes, 17 de febrero de 2015

Lunes 7 de julio, de "Los días van y vienen". Lima, 2015


Pasamos el día tranquilo. Todo volvió a su calma, era evidente que el enorme hoyo dejado por Mauricio en nuestros corazones es muy notorio. María, retomó su quehacer silencioso; Rosa, su vida melancólica; y Lupe, sus ausencias matinales. Fue hoy a estudiar temprano. Por la mañana atendimos en el negocio con el desayuno. Sí, sí, nuestro trabajo consiste en tener listo todos los insumos posibles que sirvan para desayunar, entre sándwiches, mermeladas, pan de todas las variedades, quinua, avena, soya, leche, mantequilla, aceitunas, tortillas, en fin, y bueno, uno que otro plato de comida ligero, como lomo al jugo, o pescado frito con yuca. Ahora bien, para ello se necita levantarse muy temprano, cuatro y media a más tardar y empezar por lo básico y esencial que es prender la cocina a querosene, freír las papas, lavar las verduras, y empezar a preparar las tortillas; de allí a hacer la limpieza del salón, limpiar los mostradores, las mesas y las sillas, hacer la pizarra del día, y bueno, abrir finalmente, no sin antes poner la música de la mañana, melodías acompasadas por instrumentos de cuerda y de viento, en otras veces rancheras mexicanas, o pasillos breves. A María, mi mujer le gusta las notas de El Cholo Berrocal; a mí, las rancheras de Pedro Infante, que siempre fue para mí desde niño mi máximo ídolo, en fin.

Del mismo modo, es necesario precisar que la mayor parte de los clientes son, en su gran mayoría, cobradores y choferes conductores, miembros de la empresa de micros azules Santa Rosa de La Esperanza, además de taxistas, y algunos que otros escolares que pasan a su colegio temprano, o bien padres de familia que llegan a coger su movilidad para ir al trabajo, al centro de Trujillo.

Trujillo es una ciudad muy pequeña, una urbe que se comporta como cosmopolita, sin serlo. Llena de callejuelas pequeñas y estrechas, eso sí bien pintadas y coloridas. Su centro histórico acoge a muchas personas laboralmente hablando. Casi todos los centros de trabajo están dispuestos dentro de la histórica avenida circular España, compuesta de unas veinticuatro cuadras pequeñas, -y esta a su vez circunscrita por una avenida circular más grande, que se divide en norte y sur, la gran avenida América-, por supuesto que hay algunos centros laborales en las periferias a ella. Sobre todo de calzado, y de telefonías. Las universidades también se encuentran a su alrededor. La estructura del centro antiguo tiene forma de tablero de damas, una plaza, que dicen sus pobladores ser amplia, pero no la es, límpida, sí, es muy limpia. Cuando era niño vivía con mi madre en pleno centro histórico, en un cuarto alquilado del 525 de San Martín. Los almacenes “Tayuén Hnos”, donde trabajé con Aurea, la hermana de Gellman; y con Sofía, la que en vida fue mujer de Pepe Pazurro, y gran amiga mía, quedaba en el 345 de la calle Gamarra cerca al Mercado Central, y pensar que fue allí donde me empecé a trabajar por primera vez, hace ya mucho tiempo desde que era un jovencito. 20 años. Sí, 20 años que me arrojaron un tiempo de servicio útil, con el cual pude comprar por fin mi terreno propio en Buenos Aires, y levantar mi casa en compañía de mi madre y María, mi esposa. ¡Cómo cambió Trujillo desde ese tiempo!, antes había más dignidad en el vivir, digo esto porque hasta el vestir era sencillo. Algo sencillo, pero fino. Una vida muy reservada y conservadora, cuando no, con ensoñaciones de pequeñas aristocracias dada la condición de los apellidos Santa María, Ganoza, Landauro, en fin. Uno de ellos, Juan Servat Santa María, se hizo médico, y luego alcalde, para finalmente afiliarse al Partido Aprista, y una vez en el poder despacharse con todas las resoluciones departamentales de obras médicas. Lo último que supe de él es que se fue a Lima, y hasta hoy sigue sirviendo fideísta, y servilmente a su jefe que ya no es ni la sombra de lo que solía ser en sus años mozos, hoy día convertido en un político viejo, arrugado y parlanchín. Y es que a veces los individuos son así de repulsivos cuando se vuelven adictos al poder, enfermizos por este, oscuros, al extremo de volverse cosas raras y degradables, en las que sin darse ya no hay esencia propia, sino caretas. Sí, y son estas caretas las que se enquistan en sus rostros para siempre, desde el momento mismo en que abandonan sus ideales. Caretas, que han terminado cubriendo finalmente sus rostros y consciencias.


***

En el almuerzo dos, tres clientes; por la tarde y por la noche, la venta fue escasa.

María fue hoy a Trujillo a hacer algunas compras. Leyendo el diario, encontré interesante esta máxima del día
"Después de saber cuándo debemos aprovechar una oportunidad, lo más importante es saber cuándo renunciar a ella". Benjamin DISRAELI.

Hoy terminé escribiendo:
Día 5
SOBRE LOS USOS DEL CUESTIONAMIENTO 
El poder se levanta sobre la ignorancia, el fideísmo estúpido, y el circo de la mordacidad diaria; éste, teje argucias - y está seguro de lograrlas- porque sabe que hay seguidores y fideístas enceguecidos que por un cargo temporal son capaces de socavar su propia dignidad. Es triste ver ahora a jóvenes repartiendo volantes, pintando paredes, vistiéndose absurdamente o consiguiendo firmas para inscribir a sus partidos. Si actuamos bajo esas sórdidas premisas entonces se estará dando mal ejemplo a las generaciones que están tras de ellos. Un joven, no puede doblegar su fresca capacidad libertaria y su autonomía creativa por una galleta o una propina monetaria, porque - y seamos claros-, ya de antemano se sabe quién toma las riendas al interior de un partido. Sucede que simplemente quien decide ofrecerse lo hace a sabiendas que nada obtendrá allí, salvo -como ya dije- un pequeño cargo temporal que lo tendrá atado al servilismo permanente.

Por otra parte, los dirigentes políticos compran el poder, o simplemente lo heredan, esa es la verdad. Esto que afirmo, tal vez no lleve nada novedoso, salvo por una excepción, que quienes los eligen jamás reciben nada a cambio de sus votos- es más, ni se interesan en exigir algo-. Los ciudadanos se contentan con obras provenientes de presupuestos participativos, que en muchos casos son seleccionados por burócratas al interior de oficinas cerradas. Así, un contribuyente de a pie jamás hace respetar sus derechos porque sencillamente predomina la viveza de estos primeros. y si hablamos de herencia política que recibe un ciudadano, sí, sí hay una herencia, hay muchas herencias, y estas son entre otras, obras hechas a última hora, pistas que se descascaran, fuentes de aguas de colores, monumentos estrambóticos, estrechas lozas deportivas, pero nada, absolutamente nada, que tenga que ver con programas de talleres artesanales para jóvenes, programas de productividad familiar, e inclusive mejoras en la calidad educativa de los niños y niñas. "¡Qué va!", dicen ellos, "¡Dale un circo, lugares para que se tomen fotos y de vez en cuando ponles un concierto!". Uhm, ¿Qué pasaría- y parafraseo al genial Czeslaw Milosz, escritor polaco-, si el poder cambiara de manos?, en fin.

Es por ello que, el cuestionamiento es importante porque hace que las personas no sojuzguen su propio poder de realización creyéndose desmerecedores de su propia felicidad. Si la gente aprende a cuestionar, a criticar, a negarse a seguir, esto es si la gente destierra por completo todo intento de fideísmo entonces, será capaz de rebelarse a su propia debilidad individual de sólo oír y callar para pasar a convertirse en entes activos que promuevan actos colectivos abiertos y propongan teorías de pensamiento, en fin. Luego, el acto del pensar es importante porque nos hace darnos cuenta de quiénes somos realmente e individualmente, ya que vale más el no seguir que el obedecer. De allí que sea imperioso reafirmar ahora más que nunca que se necesitan escritores comprometidos con los cambios radicales; se necesitan pensadores que formulen teorías y propongan sugestivas propuestas desde sus múltiples campos de aplicación cognitiva, amparados y fundamentados sólo en eso que se puede llamar subversión mental y consciencia crítica. Se necesitan individuos disidentes y claros a la hora de expresarse, alejados de todo lenguaje retórico, procaz y mordaz.

Todo ello me lleva a pensar finalmente que, yo no puedo ni podré criticar una corrupción jamás, si soy parte de ella, si convivo con ella, o si disimuladamente le saco la vuelta a mi consciencia con el fin de soslayar lo que debe ser cuestionado en su momento. El hecho de que yo denuncie una corrupción, no me hace menos corrupto: si alguien calla o no, eso es cuestión de cada quien. No me interesa el hecho de que alguien salga y pregone su moralidad, la consciencia juzga mejor. Luego, - y pienso mucho en ello- hay una forma de combatir socialmente la corrupción de una vez por todas, y esta radica precisamente en decirle (y enseñarle) a la gente a cuestionar, a reclamar, a no callar. Si enseñamos a la gente a revelarse contra su propia debilidad y miseria moral estoy seguro que habremos empezado a cimentar nuevos tiempos. Esto me hace pensar en una parábola, aquella que habla del trigo y la cizaña, pues aquí ambas deben crecer juntas, cuestionamiento y corrupción, y una vez listas para ser segadas corresponderá a las nuevas generaciones cortar las indicadas o no indicadas. ¿Y nuestro papel? Ah, sí, claro, el nuestro, por supuesto, para no olvidar, nosotros pasaremos a ser adscritos a esa generación de hombres y mujeres que quedó en el pasado llena de precursores y próceres de una nueva sociedad.

9.00 pm

Fragmento de: "Los días van y vienen. Lima, 2015. Víctor Abraham


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