sábado, 11 de julio de 2015

Del hombre, su ciudad y su trabajo

El escritor y su ciudad

Nunca me he sentido tan cómodo como me siento acá, en Lima, no porque sea la capital del Perú simplemente, sino porque he encontrado acá el espacio perfecto, que estos últimos diez años de mi vida han hecho producir en mí: sanas tomas de consciencia y de reflexión, las mismas que han servido de génesis y exégesis para esas ideas mías que me acompañan. Magaly Victoria está acá, mis actividades periodísticas y docentes están acá, mi visión de país está acá. Mis tres libros que he escrito están publicados acá, y dentro de poco verá luz el nuevo trabajo que estoy preparando, ese que he resuelto, llamar, "Los latidos secretos del corazón", un pequeño universo provisto de ideas, de retazos de análisis, de propuestas, de reflexiones vertidas a modo de máximas, relatos breves, ensayos cortos, artículos de opinión y colaboraciones, aforismos tal vez, en fin. Claro, que he conocido otras ciudades, producto de mis esporádicos viajes, pero siempre he tenido la necesidad de volver acá, no tanto porque se trate de ser peruano, porque al fin y al cabo, ese solo es un aspecto de individualidad geográfica, de pasaportes, de carné de ciudadanía, sino porque siempre he sentido una deuda con este hermoso pueblo que es el mío, y con la educación que se le da a su gente.

Mis preocupaciones son generales porque sé que el opio moderno que se les da a los pueblos, a nuestros de Latinoamérica, y pienso que también a los pueblos del mundo entero devienen de intereses muy grandes, más cosmopolitas, más fuertes, más destructores que no están acá, solo en mi patria, sino en otros puntos lejanos a ésta. Eso lo tengo claro desde siempre. Lo que sucede es que me preocupa, sí, así es, me preocupa -y me entristece- lo que pasa acá. Por lo que no puedo quedarme, solo en mis libros publicados, o en mis temas genéricos de apreciación global objetiva, ya sean de carácter literario, cultural, económico, social, religioso o político, sino que me urge, me es necesario volver la mirada a mi país, al Perú, e intentar ayudar, en favor de impulsar las consciencias individuales y estructuralmente sociales, con el arma más subversiva y poderosa que es la escritura, la escritura consciente y programática. Ahora bien, siempre creí - y he sido consciente de ello- que cuando se nos entrega una habilidad o destreza personal al inicio de nuestra existencia, y que por cierto uno va puliendo con los años, es para ponerla al servicio de los demás; por lo que mi visión de escritor comprometido me obliga a no ser incoherente con este principio que anido en mi corazón. No podría perdonarme jamás el claudicar a estas propias ideas gestadas desde mi infancia, y maduradas en mi juventud.

Plaza San Martín. Lima, Perú.
Por otro lado, muchas veces se da un extraño caso de dualidad entre el escritor y su ciudad, relación provista de profundo significado para la obra, el tiempo, el contexto y el autor mismo. Aquella presupone una simbiosis particular, la ciudad nutre al autor, a su pequeño mundo sensible, es el caparazón delicado, cubierto de símbolos inmanentes, de figuras humanas, de eventos circunstanciales y experimentales, da materia de ideas, de creación al autor, tanto como este devuelve retratos de ella y de su gente- y aquí, la gente, la gran masa de personas adquiere vital importancia-. La ciudad que puede ser adoptiva en muchos casos como Munich, para Heyse, Weimar para Goethe, Madrid para Alberti, París para Vallejo, o como Lanzarote lo fue para Saramago, en fin, termina determinando los momentos claves de su existencia y pensamiento. (Escribo estas líneas, y tarareo las letras del genial Joe Arroyo, "En Barranquilla me quedo...").


Buenos Aires del Perú
Buenos Aires del Perú. Imagen de mi última visita.

Sí, es cierto que mi lugar de procedencia es otro, nací y me crié en Buenos Aires, mi infancia le pertenece a esa ribera lejana, apacible provista únicamente de miseria cultural y material porque allí no habia nada, salvo una comunidad casi fantasmal y de poca gente, quienes por las tardes, o muy temprano del día siguiente, no hacían más actividad que una pesca milagrosa, o uno que otro pequeño comercio en cada puerta abierta de casa. Ese era el lugar a dónde mi padre cuando era muy niño nos llevó a vivir a mi madre y mis dos hermanas, pues pasé mis primeros años allí, en un entorno en el que los poderosos de la tierra no tenían lugar en la tierra de los pobres y los humildes. Su lugar era otro. Ese lugar prohibido, al que los niños de mi edad con nuestros padres jamás podríamos visitar algún día. Fue así que el amor y respeto a la cotidiana vida rutinaria del humilde y a sus criaturas era el único mandamiento moral que llevé sobre los hombros de mi infancia. Tal era la única convicción, no hacer daño a un ser vivo y colocar a los pequeños y humildes por encima de todo lo demás.

Luego, es necesario precisar la casa grande porque sirve a estas memorias, la morada grande y vieja de adobe, la casa inmensa de mi padre, cuyos cuartos y corredores alrededor de un jardín, nos llevaban a un solo lugar, al cuarto de la biblioteca. Leer allí, las obras de "El Erial" de Constancio Vigil, las docenas de libros de psicología del Dr Vander, "Las mil y una noches", las decenas de libros religiosos, periódicos viejos y amarillentos de épocas pasadas, libros de historia, de gramática antigua, de urbanidad y buenos modales, revistas de selecciones de Reader's Digest , Life, que le pertenecían a mi padre, entre otras, es más creo que nunca olvidaré ese precioso libro llamado Biblioteca de Selecciones, volumen II, 1969, que años más tarde me traje a Lima conmigo, mi primer libro grueso que leí, un libro de cuatro historias, novelas cortas, que agrupaban: "Trío", una colección de relatos de W. Somerset Maugham; "Nicolás y Alejandra", de Robert K. Massie, la historia novelada de la sociedad rusa a través de la vida  de su último zar y su zarina, más preocupados por la hemofilia del pequeño Alexis hasta el punto de entregar la nación a un nombre apodado Rasputín, todo ello previo a la Revolución de 1917; "El capitán" de Jan de Hartog, ese emocionante relato de los convoyes de Murmansk, y del conflicto sentimental hasta erótico de su joven capitán Martinus Harinxma; e inclusive la tierna historia de "Rafa", de Weldon Hill, creo, hasta cierto punto considerado por mi pequeña personalidad de ese tiempo, mi propio "alter ego", sí, ese niño granjero de nombre Rafael Laydon, quien de ser un pésimo jugador de beísbol se convierte de pronto en el protagonista de una historia que pondría a prueba la fuerza y valor para encarar asuntos maduros en mundo de gente también madura, en fin. Tantas y tantas buenas lecturas cosas que solo me hicieron entender una cosa por aquellos años, un mundo allí, diferente al que había afuera en las polvorientas calles de paraderos de carros varados. Mi padre era un cultor de estos trabajos, y yo me convertí en algo así, como su guardián.


La influencia del padre


Siempre he dicho, y diré que cuando era niño, él, me introdujo en este mundo de las palabras, él era un obrero que cada fin de mes durante toda su juventud se dedicó a comprar libros. Lo admiraba aunque nunca se lo dije, tal vez fue una esas pocas personas a quien hube admirado tanto en los albores de mi niñez. Llegó a armarse bibliotecas grandes en casa, muy grandes que el tamaño mismo que me acompañaba resultaba insuficiente para competir con ellas. Tal vez allí, entre esos libros empolvados y entregados al tiempo sin memoria se haya gestado, tal vez sin saberlo el inicio para mí de esta aventura por dar vida a la ficción y entenderla en mi mente aún cerebralmente infante. Fue una etapa emocionante. Después de haberlo conocido, ya nadie me ha leído nada. Ese hombre fue mi progenitor.

Nuestros diálogos simétricamente iban de una dirección a la otra, yo lo miraba, él me observaba, las palabras se iban sucediendo - a veces verticalmente, otras horizontalmente, los tonos casi siempre variados, se tornaban gentiles y alegres, y eso era suficiente para sentirme protegido. Sus nobles palabras eran sinónimo de protección y amistad, más que padre e hijo, éramos un viejo sabio y roído por el tiempo, y un pedacito de pequeño niño. Hablábamos, y hablábamos a veces también con el silencio, nuestro silencio, silencio que era suficiente para saber que hablábamos de lo mismo, o al menos que nuestra intención era la misma. En un extremo de la esquina amarilla, frente a frente separados por una cuadrada mesa sobre la cual se esparcían muchos periódicos amarillos y viejos, yacía una conversación, una agradable conversación, afuera el viento silbaba y las olas del mar se estremecían a cada golpe invernal de septiembre. 

De vuelta al compromiso 

Entre viajes fuera de la ciudad, regresos esporádicos a los sitios de infancia que siempre me vuelven a recordar el pedacito de niño que aún subsiste en mí, caminatas hasta altas horas de la noche por las grandes avenidas de Lima, clases que uno da todos los días por la mañana, descubrimientos nuevos tras conversaciones en patios con jóvenes estudiantes, trabajos de escritura que nunca faltan y que hago con sutil dedicación por la tarde para sortearlos al próximo día entre los posibles diarios honestos que aún queden, subidas y bajadas en la estación de tren, salidas a comer en cualquier lugar por la noche- algunas veces con Magaly Victoria, otras con Ángel, en fin-, para finalmente tejer regresos solitarios, cual madejas distintas que me devuelvan a la misma habitación amarilla para seguir haciendo lo mismo, leyendo, escribiendo, preparando las próximas clases, hasta que llegado el momento, voces suplicantes aparecen otra vez, estados de la consciencia y del compromiso. Descansos entrecortados breves hasta que amanece, y salidas otra vez para conocer personas nuevas cuyos nombres casi nunca retienes - ello, debido a ese despistado espíritu de la retención de cosas exageradas que a veces nos embarga-, muchas personas: a veces desconocidas, pero eso me ayuda a vivir como comprenderás. Conozco, tal vez sin proponérmelo a mucha gente; otros dicen conocerme, y sin embargo yo no - es raro todo este juego de rostros y palabras-. Y así vas pasando, pasando los días que van y vienen y bueno también vas viviendo y también aprendiendo. Risas, muchas risas, jaajaj, cosas mías, cosas mías; pero cuéntame tú, háblame de ti, ¿quieres?

Ahora bien, me preguntan muchas veces personas allegadas a mí, otras, simples conocidas mías, si soy un moralista o espiritualista, si soy un izquierdista o un católico creyente en Dios (cuándo no, hasta me han tildado de anarquista y francotirador porque sencillamente no pertenezco ni quiero pertenecer a "a...", o a "b..."). Uhm, yo no sé qué cosa encierran estos chiclés - y así lo supiera no tendría por qué asumir esas poses-. Lo que digo, y lo que expreso tiene que ver mucho con mi diario vivir, con lo que sueño y lo que aspiro para mí y para los demás que me rodean o estarán en un futuro tras de mí, nueva gente: esta forma de concebir mi existencia se debe a algo simple, a que soy profesor de escuela. Mi filosofía no pertenece al budismo, ni a ninguna religión. Luego, el existencialismo me ha ayudado mucho como método de trabajo a orientar mis derroteros, sí, no puedo negar ello, empero sin embargo mi filosofía, la filosofía que intento comunicar es otra, es una filosofía de la consciencia y del compromiso, ya que el trabajo de la consciencia es largo y requiere consistencia permanente, requiere constancia, valor, no hay feriados para ello ni retribución alguna, es algo que se hace porque se siente y punto, pero usted, sí, usted mismo, tal vez dirá por qué? Uhm..., porque sencillamente sucede que cada día hay algo nuevo que decir!, y eso, créame que es lo más extraordinario que uno puede experimentar sobre sí mismo.

Desde Lima, Ciudad Capital del Perú. Víctor Abraham les saluda.

No hay comentarios:

Publicar un comentario