lunes, 6 de julio de 2015

Hely León Navarrety

Era un hombre delgado, de pocas palabras, eso sí, muy cano y a veces algo risueño. Infundía en cada una de sus clases esa extraña norma conservadora que muchos llamarían respeto y solemnidad. Seis años convivimos con él: tiempo en que nosotros, aún niños, mirábamosle con cierto temor y distancia, pero también con mucha consideración y gratitud. Hely León Navarrety, dejaba marcado su sello de revisión en cada cuaderno, o esa firma impecable provista de una caligrafía muy ejemplar. Fue esta persona, a quien guardo hasta hoy mucha gratitud, la responsable directa de que yo aprendiera a leer y a escribir, a sumar y a restar, a respetar y a valorar a mis mayores. Era nuestro maestro de enseñanza primaria, o se conoce también en algunos lugares como básica. Por lo que supe luego, fuimos su última promoción de escuela, la del 93´, pues dejaría de laborar allí al año siguiente. No lo volvimos a ver más por Buenos Aires, lugar donde viví mi primera infancia. Ahora que puedo recordar, jamás supimos de él lo que era una huelga porque nunca parábamos, siempre había un lugar para estudiar. Yo era el primero de la lista, y era el primero que debía responder por mis actos y por mis obligaciones escolares.

Me contó mi padre que terminado el jardín, porque ese nombre recibía el lugar a donde uno tenía que ir a hacer su primera escolaridad, una especie de lo que hoy algunos llamrían kinder, tenía serias dudas, si dejarme estudiar en donde vivímos o llevarme al centro, al centro de Trujillo, e inscribirme en el Centro Viejo, uno de los colegios más antiguos de esa ciudad. Decía a menudo, que en donde vivíamos no me darían una buena educación. "Tamaño error", diría años más tarde, "qué equivocado estaba". Por suerte para mí, no había vacante en ese lugar, asi que me terminó matriculando en el número 81025, escuela llamada hasta hoy, "José Antonio Encinas", que paradójicamente, llevaba asimismo el nombre de ese gran educador peruano inicador de la Escuela Activa por los inicios del siglo pasado. Jamás me imaginaría porque así lo he sentido desde entonces que este nombre, este maestro de primaria y sus ejemplares muestras de valor y estoicismo, y estas primeras experiencias como beneficiario infantil de mi propio proceso educativo quedarían marcados en mí  como una especie de estigma flagrante que acompañaría y marcaría mi futura existencia.

Así fue ahora que lo recuerdo, así fue que en esta escuela. un hombre nos recibió el año 88, y a partir de allí jamás nos dejaría. Exigente con la caligrafía, descubrirdor de mi apego a las letras. Pienso, evocando aquéllos años de trabajo infantil dentro de la escuela, que de no haber sido por este maestro, no hubiera llegado a desarrollar mis primeras habilidades comunicativas ni morales, ni qué decir de esas primeras pinceladas de niño pensante. Soy un resultado de lo que un hombre intentó hacer una vez conmigo, enseñarme y educarme. Fue un proceso como todo en la vida, lo sé, pero sirvió de mucho, en fin.

Desde Lima, Ciudad Capital del Perú.
Víctor Abraham les saluda.

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