jueves, 22 de septiembre de 2016

"Algo"

Decir que en algún punto de mi existencia mi vida se terminó uniendo al sentir de una maestra de escuela, es "algo" para lo que francamente nunca estuve preparado, "algo" que nunca tuve planeado ni siquiera entre la más remota de mis expectativas cotidianas. Sí, así es, "algo" como lo que significó la muerte de mi padre, cuando no pensaba ni siquiera en la posibilidad de una separación física tan temprana; o la publicación de "Contemplaciones del Ser", mi primer libro a fines del año 2008, cuando tres meses antes ni siquiera tenía el dinero suficiente para hacer mi primer viaje al extranjero, hecho inesperado que cambiaría en adelante mi visión que del mundo ya tenía hasta entonces.

Lo fortuito, lo inesperado es "algo" que está allí, esperando por uno mismo, "algo" que no pide permiso a la fe - o la planificación- del individuo, pero que tranquilamente puede congeniar con su deseo de vivir, de vivir intensamente lo que les es permitible vivir al individuo mismo. Ese "algo", parecido al hecho impensable de llegar muy pequeño, traído por mis padres, a la vieja ribera de Buenos Aires, donde hoy yace extinto una playa que hace veinte años atrás albergó a una generación de pescadores con sus niños "pata calata", lugar en donde nacería esa primera vocación mía del enseñar, producto del quehacer pedagógico que implicaban sábado a sábado las catequesis religiosas, y que debía llevar a cabo, por supuesto, como tabla rasa, y bajo estricta doctrina católica, la enseñanza de la moral y mandamientos en la vieja iglesia que llevaba precisamente el nombre de una santa del Perú. 

"Algo", como el hecho de separarme de mis padres para siempre ni bien hube terminado mis estudios superiores, estudios que por cierto, los hice en una universidad en tiempos cuando las condiciones materiales de mi adolescencia no eran las más promisorias. Descubrir que de pronto lo mío era escribir, fue "algo" que aprendí con el tiempo y la soledad, que aprendí  gracias a los principios y valores biográficos de esos grandes maestros de la literatura de la posguerra europea y norteamericana.  Hoy debo mucho de lo que soy a ellos, la otra parte a mi padre, y la tercera y más importante a los amigos que he podido mantener con el tiempo. 

"Algo" tuvo que pasar para que de pronto, sin tener la mayor ruta trazada ni el dinero suficiente, terminara "sin ni siquiera haber empezado a despertar", en Lima, un lunes de enero. Sí, sí, Lima, la gran ciudad que hasta entonces solo había conocido por fotos de textos escolares cuando era niño y que había soñado con conocer, de pronto aparecía como una gran aliada de vivencias juveniles, porque si debo las primeras experiencias de mi infancia a Buenos Aires, Lima ha complementado esa otra parte mía, de madurez y crecimiento. Una ciudad adoptiva tan similar como lo fue Munich para Heyse, o Weimar para Goethe, o Madrid para Alberti, o Lanzarote para Saramago, en fin, ciudades adoptivas que terminan siendo claves para la existencia y pensamiento de quien, un día se decide de pronto a escribir para siempre. "Algo" tan unísono como descubrir en mi interior que el ensayo y la crónica serían en adelante mis mejores armas, si debía demostrar de qué materia estaba hecho mi sedimento racional, o al menos hechas mis experiencias, mis viajes.

Fuente: Pasos perdidos. Intenet
Y es que a veces los extraños sucesos de la vida y la muerte, de lo experimentado y vivido como lo neófito y desconocido, de la razón misma con su otra contraparte, la sinrazón absurda, de lo trivial y rutinario, o lo anecdotario e imaginario, o lo concretamente simple o lo asombrosamente llamativo no resultarían ser más que una cadena de "algos", otros "algo" tan inexplicables, tan inverosímils, tan difusos e incomprensibles, que si bien podrían causarnos frustración inmensa podrían también embelesarnos con el total éxtasis inmedible. Ese "algo", como diría Pirandello, que no sabemos de qué está hecho, pero que sin embargo sentimos su sola presencia física en nosotros. Luego, pensar que lo podemos tener todo a nuestro alcance, como "algo" medible, cuantificable, parametrado no obedece más que a un torpe intento de abalorio que del espacio - tiempo quisiéramos proyectar en nuestro diminuto cerebro, pero que a la larga se diluiría también como agua descolorada entre nuestros dedos porque está cinéticamente vivo. 

Lima, Perú
Víctor Abraham