lunes, 3 de abril de 2017

Crónica para una generación desconocida

Empecé escribiendo un libro de poemas hace ya muchos años, a mi regreso de Santiago de Chile. Fue parte del dinero que me quedó, luego de sobrellevar perdidas emocionales familiares muy fuertes. Jamás imaginé entonces que me pasaría el resto de mi vida haciendo eso, escribiendo. Escribía desde la universidad, cartas a ciertas amistades, composiciones breves, poemas sueltos, pero jamás con la decisión y convicción como lo hice desde que llegué a Lima. Pude haber seguido escribiendo libros de poemas, pero me di cuenta que eso en realidad no era prioritario, al menos para el contexto en el que me encontraba. Las metáforas jamás van a poder reemplazar la realidad del dolor y la esperanza del individuo. Entendí que tampoco se necesitaban fábulas ni relatos cortos, provistos de diálogos inexistentes, sino, ideas, ensayos, artículos de opinión, de crítica, acción, ejercicio del pensamiento.

El compromiso

Foto. rtve.es
Entendí que el escritor sin compromiso no tenía sentido, al menos no para la gente real. Entendí que su lugar no eran los espacios literarios o culturales, sino las calles, y que toda militancia personal desprovista de moral y consecuencia no tenía sentido. Entendí que había que estar donde se tenía que estar.

Entendí que los proyectos en común, la búsqueda de similitudes generacionales, la unidad y fusión plural con otros de similar edad y deseos de renovación eran más importantes que los aplausos cuando se está detrás de un atril. Entendí que los padres espirituales, ya sean literarios, políticos y culturales, los referentes, en realidad tampoco sirven de nada porque la vida es una dialéctica y todo cambia. Un referente, pienso que le sirve más al individuo cuando está en formación, después se convierte en lastre para el propio desarrollo del sujeto. Es el individuo mismo quien hace su propia historia en su contexto determinado sin quejarse, a veces desde la soledad de su propio vacío, del que es capaz de salir para reunirse con sus sinónimos, de vez en cuando, con el fin de conspirar, de estar allí, de meter su cuchara precisamente en donde lo convencional no es capaz de llegar. ¿El canon? Para qué sirve un canon, sino para romperlo, y abrir otro, uno más liberador compatible con el alma rebelde del sentir diario. Total, todo canon junto con todos sus defensores, teóricos y adoradores, solo son al final, piedras en el zapato para nueva gente, gente que realmente quiere el cambio.
Foto: Internet
Una vez mi padre me dijo, "Hijo, no cualquiera puede ser un escritor, porque un escritor es alguien que hace del arte su prioridad, es alguien que no solo escribe muy bien, sino que también hace las cosas bien, alguien que practica la justicia, y hace de los valores su modo de expresión diaria (Aún, me parece estar oyéndolo en su mesa del rincón de la casa de Buenos Aires con todos sus recortes viejos tratando de armar su álbum de la fiesta de la Primavera de Trujillo), en fin. Y es que siempre me quedé con esa idea, el deseo de hacer las cosas bien, pero qué difícil.

Atrás dejé mis investigaciones puristas, teóricas, que inicié en la universidad, tesis que pensé en un momento que me llevarían a hacer más asidera mi vida en el mundo del academicismo. Mis investigaciones en adelante pasaron a ser autodidactas, contrastables únicamente con la realidad. Variables que no se adecuaron a ellas, terminé eliminándolas. Eliminé muchas. Tengo muchos proyectos aún, un par de investigaciones más, más sociales, más políticas, más contraculturales. Las tengo allí, las avanzo día a día, según las horas que mi tiempo me permita. Tiempo que comparto con los activismos, el periodismo, los trabajos de subsistencia, la enseñanza en escuelas. Pero en fin. No me apuro, porque me he dado cuenta que las ideas de un hombre viejo pesan más que las de un neófito aprendiz. Tanto así como un cartón académico jamás estará al nivel de un personalidad provista de ética.

El futuro

Foto: Internet
¿Qué si me preocupa algo? Por supuesto que sí, aunque la mayor preocupación mía sea el hecho de ver como una generación, mi generación se pueda ir sin haber hecho su propia historia colectiva en vida. La vida es ahora, no creo en las vidas del paraíso o las de la reencarnación. El tiempo es ahora y el espacio físico también, el que pisamos, sobre el que nos movemos. ¿Mi esperanza? Lo he dicho siempre, las próximas generaciones de este país, aquellos que aún están hoy en las escuelas. Luego, siento a veces que en un mundo donde la vida se materializa más, donde autómatas embrutecidos y dependientes cada vez más de nuevas tecnologías se proliferan, donde el anarquismo solo es concebido como mera pataleta del momento porque quienes abanderan esa lucha no leen ni se toman el tiempo para preparase (salvo raras excepciones, claro está), donde se olvida que los liderazgos se construyen en el camino, y que el acto mismo de seguir a "m" o a "n" solo frustra el desarrollo y potencial. Pues sí, en este mundo, se hace necesario la presencia de almas más libertarias, despreocupadas del qué dirán, predispuestas para el trabajo en equipo, para los proyectos en común, almas capaces de defender sus propia ideas, y teorías, por más absurdas e inverosímiles que parezcan. Total, no cualquiera hace la historia, y no he dicho historia, sino la historia, la historia de su propia generación. 

3.43 am

Lima, Perú
Víctor Abraham


No hay comentarios:

Publicar un comentario