jueves, 30 de septiembre de 2010

Sobre el "Giácomo" de Jomar Alejandro, muchacho joven autor

Un profesor amigo, me hizo llegar hace una semana un breve trabajo narrativo interesante. Se trataba pues de una colección de microcuentos, que lleva el título de “Giácomo”, nada menos que el mismo personaje principal de esta trama narradora. Leer a “Giácomo”, del joven Jomar Alejandro, me invitó a adentrarme en un mundo laberíntico y fantástico lleno de creación original pura.

“Giácomo” presenta una serie de 12 microcuentos indebidamente ordenados. La “puesta en escena” de los recursos estilísticos es desaliñado hasta un punto casi ininteligible, como ya se ha afirmado; pero en esa oscuridad presenta una creación libertaria que muestra a un narrador auténtico que asume su papel muy bien. En mi opinión estamos ante un enorme relator de ficciones y realidades fusionadas.

“Giácomo”, conocido como “el dos veces nacido”, deambula por los caminos metafóricos de la incoherencia total.

Por pasajes se pierde para dar vida a otros persponajes como Almudena, la novia de “Giácomo”, quien parece ser que muere en el relato 9: “...Después de la boda. Ella se echó en la cama con una sonrisa de paz. No despertó más.”, para volver a la contemplación de la vida en las últimas líneas del relato 12 y dar muerte a su suplicante amante: Giácomo: “...Apretando la almohada, ella lo asfixió.”

No sé si estemos precisamente ante un trabajo netamente vanguardista, pero lo que sí puedo afirmar con convicción es que el discurso que presenta la obra es cautivador y sugerente -a pesar de que por espacios muy cortos se hace poco entendible-; éste encierra un contenido existencial donde la sinrazón se une a la razón para dar origen al principio indagador y fantástico.

Es todo cuanto puedo afirmar. Suerte y felicitaciones a su autor.

Víctor Abraham
Desde: La Ciudad de Los Reyes del Perv

martes, 28 de septiembre de 2010

Arguedas en la memoria indigenista


Introdujo en la literatura indigenista una visión interior más rica e incisiva. La cuestión fundamental que se plantea en sus obras es la de un país dividido en dos culturas (la andina de origen quechua y la urbana de raíces europeas), que deben integrarse en una relación armónica de carácter mestizo. Los grandes dilemas, angustias y esperanzas que ese proyecto plantea son el núcleo de su visión.


Su labor como antropólogo  e investigador social no ha sido muy difundida, pese a su importancia y a la influencia que tuvo en su trabajo literario. Se debe destacar su estudio sobre el folclore peruano, en particular de la música andina; al respecto tuvo un contacto estrechísimo con cantantes, músicos, danzantes de tijeras y diversos bailarines de todas las regiones del Perú. Su contribución a la revalorización del arte indígena, reflejada especialmente en el huayno y la danza, ha sido muy importante.

Fue además traductor y difusor de la literatura quechua, antigua y moderna, ocupaciones todas que compartió con sus cargos de funcionario público y maestro.



lunes, 27 de septiembre de 2010

La Oreja de Van Gogh: La casualidad encubierta en la piel de "Mariposa"



La casualidad de iniciar un arte. La casualidad de encontrar a un precoz artista. La casualidad de inspirar un arte.

El dialogar estos últimos días con una joven adolescente y, el escuchar en ella buenamente sus deseos de hacer música me llevó a la reflexión, me llevó a evocar el momento en que empecé a realizar mis primeros trabajos como escritor cuando era apenas un adolescente prematuro y neófito en conocimiento en cuanto a materia de versos, métrica y otras cosas más de escritura. No las necesitaba en ese momento, y no sé si las necesite ahora, en fin. Desde ese tiempo hasta hoy, he venido asumiendo indesmayablemente ese oficio extraño del escribir.

Mi prioritaria necesidad ahora, La música. Reflexionar sobre lo que es la música como parte del arte, de ese mundo lírico que los buenos poetas llamamos SENSIBILIDAD. La sonoridad acústica y las melodias que envuelven las sensibilidades de las personas.

Como deduje en mi primer razonamiento:  Las manifestaciones artísticas aparecen cuando uno menos lo imagina. Bien por el que cultiva cualquier tipo de arte; ya sean: la pintura, la escenificación, la plasticidad, el modelado u otras. El arte es único e indivisible. Es lo que nos aproxima más a nuestra humanidad. Es la vida misma de colorido en todo Ser Humano.

Como tal, la música es parte de esta gama artística que nación en el seno lírico de los rapsodas griegos con el fin de trasmitir sensaciones y verter emociones en el oído.

En esta oportunidad he querido citar brevemente a un grupo español conocido hoy por hoy internacionalmente como: La Oreja de Van Gogh

Sobre el Grupo musical

(Texto extraído y adaptado del portal http://es.wikipedia.org/wiki/La_Oreja_de_Van_Gogh)

En un principio sólo se trataba de un grupo de amigos universitarios que pasaban el rato tocando versiones de sus grupos favoritos, pero cuando empiezan a componer temas se dan cuenta de que ninguno de ellos tiene una voz especial para cantar. Después de varios intentos con gente conocida, Pablo conoce a Amaia Montero y le propone entrar a formar parte del grupo. Amaia acepta, y después de que los otros la oyeran cantar se convirtió en la voz de la banda.

Al principio sólo tocaban en bares en los que tenian amistad con el dueño, pero deciden presentarse al V concurso pop rock Ciudad de San Sebastian. Para ello graban una maqueta y la presentan al jurado. Al final no consiguen ningún premio, pero logran que se les escuche en las radios locales, y su nombre comienza a ser conocido.

Después del concurso y a pesar de no haber ganado nada, no sólo no se les baja la moral, sino que trabajan mucho más duro a partir de entonces para volver a presentarse en la edición del año siguinte. En esta ocasión el grupo logra ganar el primer premio y hacer que se les escuche esta vez en todas las radios

Por fin, La Oreja de Van Gogh logra que la discográfica Epic/Sony Music se interese por ellos, y en los estudios Ashram de Nacho Cano en Madrid, y teniendo a Alejo Stivel como supervisor de su trabajo confeccionaron el que seria su primer álbum "Dile al Sol", el cual se publicó el 18 de mayo de 1998.

El éxito del disco fue rotundo y durante un año entero, el grupo estuvo dando conciertos por toda España, llegando a dar 150 conciertos. En los premios de la música que se celebraron en 1999 consiguieron el de mejor artista revelación y el de mejor autor revelación. Las cosas les iban realmente bien, y decidieron tomarse unas más que merecidas vacaciones.

El 11 de septiembre de 2000 editan su segundo álbum "El Viaje De Copperpot", que fue grabado en estudios de Madrid, Francia y Londres, y producido por Nigel Walker.

En abril del 2003 La Oreja de Van Gogh publica su tercer trabajo de estudio, "Lo que te conté mientras te hacías la dormida". El álbum, que incluye catorce canciones y un bonus track, sigue la línea de los anteriores de La Oreja, aunque algunas canciones sorprenden por sus registros poco usuales en La oreja de Van Gogh.

En abril de 2006, La Oreja de Van Gogh publica su cuarto trabajo de estudio, titulado "Guapa". "Guapa" es un álbum especial por lo que tiene de aniversario. Con este trabajo La Oreja de Van Gogh celebra sus primeros diez años en los escenarios, e incluye doce temas nuevos, con mayor dureza en el tratamiento de las canciones. Tras la publicación en 2003 de "Lo que te conté mientras te hacías la dormida", La Oreja se ha tomado su tiempo para realizar un trabajo cuidado, con una esmerada composición y arreglos. En éste disco están representados los patrones musicales de la banda de San Sebastián, esos que han convertido su obra en canciones con identidad propia. "Guapa" es La Oreja de Van Gogh con más energía.
El 2 de Septiembre de 2008 aparece el primer álbum de la nueva etapa de la Oreja de Van Gogh con Leire Martínez como vocalista. Se trata del disco titulado "A las cinco en el Astoria", y el primer sencillo extraído del álbum ha sido el tema "El último vals", una historia de amor inspirada en una película de Martin Scorsese.

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A continuación dejo el tema: "Mariposa", editada en su segundo álbum "El Viaje De Copperpot". Sin duda, la letra expresa más que una casualidad encubierta en la piel de una mariposa: expresa un análisis y observación de lo que vemos, y por ende una crucial atención a lo que sentimos. Pienso que nos invita a vivir con acierto cada casualidad presentada.

Cada fallo,
cada imprecisión,
cada detalle,
todo bajo control.

Cada acierto,
cada aproximación,
cada escena,
bajo supervisión.

La casualidad
se puso el disfraz
de una mariposa que al vuelo se entregó
soltando su efecto nos acarició.
No imaginas cómo sería yo
si hubiera esperado un segundo más el amor.
Ni mis gestos ni mi propia voz, ni mis besos serían hoy de los dos.

La casualidad
se puso el disfraz
de una mariposa que al vuelo se entregó
soltando su efecto nos acarició.

La casualidad
se puso el disfraz
de una mariposa que al vuelo se entregó
soltando su efecto nos acarició.
Si quieres venir conmigo a buscar
la fórmula exacta de la realidad
intenta escribir a los demás,
procura que nadie nos oiga marchar.
Cada pregunta
de cada respuesta
de cada persona
de cada planeta
de cada reflejo
de cada cometa
de cada deseo
de cada estrella.


jueves, 23 de septiembre de 2010

Mordaz impotencia

Hago angustioso eco
para intentar remecer la conciencia tozuda del desdén ,
para mitigar a la cruel tortura que hace llorar al amor,
para adherir al pensamiento consciente y pragmático mil sueños de verdad,
para elevar mi voz a la libertad que siento
extiendo por ello mi estentóreo eco.

Gimoteos apagados
que deja escapar en su trémulo reclamo la pobreza humana
al otro lado del pasillo,
quien desde el cuarto contiguo sentada a la mesa de una familia,
sus laceraciones, miserias y descontentos
de eso solo sabe hablar.

Unos niños enjugan con sus sonrisas desmedidas
y sus manitas inocentes la necesidad de un pan
y los padres ...
disimulan su gravedad de alimento
que a su mesa no llega
preguntando al mayor, ¿Ya comiste?

Yo me arrimo a escuchar a la puerta de la indignación
...desde afuera, entonces extrañado no comprendo;
¿y el valor del trabajo arduo de papa´?... ¿Dónde se queda?
Mi mamá lava hasta de noche gastando su vista ante los pocos watts.
Yo por más que ahorro, pagar la deuda que me impone la vida...no puedo.
Me gustaría salir corriendo, coger mi cometa y volar de esta realidad.


Por los pasillos de un hospital que huele a sanatorio
percibo un detestable olor de aroma fuerte y hediendo
que llega a la cama ocho del enfermo inerte
que fenece ante la apócrifa mirada de la muerte,
tan pestilente, indócil, fatua y tan propia de la bazofia;
olor a sangre demolida por el virus que ninguna aura detiene.

...Se ríe simplemente,
Esa enfermedad endémica , tan latente y siniestra
que se mueve sinuosa zigzagueando;
cual ofidio venenoso, acurrucado al cuerpo ya sin vida;
tácito él , ahora inexistente.
Y yo sigo sin comprender ¿Por qué el dinero para evitar esto no es suficiente?
pues, de seguramente, el valor de vivir precio no tiene

Un beso recoge un engaño del abandono que está cerca
¡No la enamorarás esta vez para luego dejarla!
¡No, ya no lo harás!, pues...¡no te lo permitiré!
Sedienta de amor sorbes tus últimos suspiros
¡Olvídalo! Que ya otra mejor felicidad vendrá
Para ti, para tu alma; nuevos cantares de amor volverán a tocar.

Esta vez sigue constante, perseverante y firme.
Al absorto e irreal engaño, no declines.
Deja tu mordaz inocencia que más daño ya no puede hacerte.
¡Cree desmedidamente en ti!, recuerda...¡ Sólo en ti!
Los manjares banales de la existencia
como agua descolorada e incolora, una vez descubiertos, entre tus dedos se escurren.

Tu cuerpo herido lleno de llagas y protuberancias cancerígenas,
ahora el recorrer de mis yemas en tu cuerpo frío siento.
Siento, que las recorren ululando y aullando extasiadas con impotencia maldita
de no poder devolverte a la vida .
Y sé que pronto los vivos, los queridos, los engreídos; todos olvidan
Entonces...¿ Cuándo jugarás conmigo?

Tu cabello, tu piel, tus pechos, tus labios hasta tus pies
inertes se estremecen
¿Por qué mueres amor, así? ¿Si aún nos queda un día más por sonreír?
Olvídalo ya,...sólo descansa
Y prepara nuestro encuentro lejos de esta impronta realidad
¿ No ves que quiero verte ya?

He visto que ha corrido un niño a abrazar a su madrastra
y una bofetada a cambio ha recibido
¿Madre, dónde estás entonces ahora?
Con pena he visto al asalariado culminar su tarea
y al acercarse a la garita del patrón encuentra su despido
¡Mis esfuerzos!...¿ No valoras eso entonces?

Si tanto hablamos de impedir las corridas de toros
y sancionar a los que sacrifican animales por su piel y lana
¿Por qué sigues pagando entonces aranceles
para complicidad de esta aberración animal?
Contradictoria vida, esa la de la moda y la feria taurina
que al fin y al cabo, sólo es para algunos su forma de vivir.

Unos viejos he visto olvidados en el asilo
que un día pierden su memoria , o un mal de Parkinson los agobia...
Unos niños abandonados a su suerte en albergues están,
fetos en la basura, palomas muertas tiradas tras la verja,
niñas mariposas que se prostituyen día a día por tras del Puente Cal y Canto...
De tanto denunciar... en la acción ¿Quién castiga a los corruptos opresores?

"Mordaz impotencia"
de "Contemplaciones del Ser" 1era Edic.
Ediciones Consorcio Gráfico Global
Lima-Perú. 2008

Desde Lima, ciudad capital del Perú.
Víctor Abraham les saluda

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Las relaciones del Realismo Crítico de Juan Gelman

Se sienta a la mesa y escribe
«con este poema no tomarás el poder» dice
«con estos versos no harás la Revolución» dice
«ni con miles de versos harás la Revolución» dice

y más: esos versos no han de servirle para
que peones maestros hacheros vivan mejor
coman mejor o él mismo coma viva mejor
ni para enamorar a una le servirán

no ganará plata con ellos
no entrará al cine gratis con ellos
no le darán ropa por ellos
no conseguirá tabaco o vino por ellos

ni papagayos ni bufandas ni barcos
ni toros ni paraguas conseguirá por ellos
si por ellos fuera la lluvia lo mojará
no alcanzará perdón o gracia por ellos

«con este poema no tomarás el poder» dice
«con estos versos no harás la Revolución» dice
«ni con miles de versos harás la Revolución» dice
se sienta a la mesa y escribe

"Confianzas" del libro de poemas: "Relaciones". 1973.

Poema en audio: Confianzas de Juan Gelman por Juan Gelman

Acerca del autor:

Juan Gelman (1930), poeta y periodista argentino. Premio Cervantes 2007. Tuvo una prolongada militancia política. El alto contenido humanístico de su trabajo poético se resalta por la búsqueda de nuevas formas, la incomodidad con el éxito y el abandono de toda receta y de toda retórica para asegurarlo. Su trabajo se orientó, cada vez más consciente de ello, a la lucha, en, con, y contra la lengua, yendo contra ese lenguaje que es una cárcel para el poeta, y sin cuya deconstrucción y reconstrucción no puede alzarse la obra.
La conjugación de una aventura verbal que no descarta el compromiso social y político, como una forma de templar la poesía con las grandes cuestiones de nuestro tiempo.

Considerado por muchos como uno de los más grandes poetas contemporáneos, su obra delata una ambiciosa búsqueda de un lenguaje trascendente, ya sea a través del "realismo crítico" y el intimismo, primeramente, y luego con la apertura hacia otras modalidades, la singularidad de un estilo, de una manera de ver el mundo, la conjugación de una aventura verbal que no descarta el compromiso social y político, como una forma de templar la poesía con las grandes cuestiones de nuestro tiempo.

Fue obligado a un exilio de doce años por la violencia política estatal, que además le arrancó un hijo y a su nuera, embarazada, quienes pasaron a formar parte de la dolorosa multitud de "desaparecidos".

Según Mario Goloboff(*), al referirse a la poética de Gelman destaca que: “…es en el seno de toda esa experiencia verbal donde se elabora una poesía que surge de la sensibilidad ante el mundo, de los deseos se transformarlo en beneficio de las mayorías siempre postergadas y humilladas. Así también su trabajo necesitó cada vez más consciente a la lucha, en, con, y contra la lengua, yendo contra ese lenguaje que es una cárcel para el poeta, y sin cuya deconstrucción y reconstrucción no puede alzarse la obra.”

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(*)GOLOBOFF, Mario. 2008: Poesía de una y muchas lenguas. En: Le Monde Diplomatique. Aún creemos en los sueños. Edic. chile. Santiago, Chile. NO 82. Pp.30

Víctor Abraham
Desde La Civdad de los Reyes del Perv

sábado, 4 de septiembre de 2010

La profesión del pensamiento: Llamados a enseñar a pensar

La profesión del pensamiento

El pensamiento- tan complejo en la individualidad psíquica del ser-, ese conjunto abismal y rico de ideas que nos hacen operar tal y conforme a nuestras propias estructuras mentales, sí, sí, esa gran facultad que nos separa de la irracionalidad, ese impulso que dirige nuestras vidas por el camino del bien o del mal, en fin, el pensamiento que se ha de orientar.

Todas las personas estamos llamadas a ejercer una noble misión desde donde nos encontremos y sin importar el medio donde nos encontremos, y esa es la profesión del pensamiento.

La profesión del pensamiento es la labor de enseñar y conducir solidariamente a otros de nuestros congéneres que aún divagan en nebulosas oscuras a escoger el camino - y estoy convencido que éste deberá ser siempre el correcto - o la decisión más acertada a la hora de poner en práctica el actuar diario, y quiero decir con ello que el orientador deberá asumir una responsabilidad con sus otros más próximos y cercanos, esa responsabilidad de enseñar a pensar.

Este enseñar a pensar debe implicar una preocupación ética, por parte del formador, tal que impida que lo enseñado o mostrado determine negativa y sectariamente sobre lo aprehendido o captado; porque cada uno, cada formador sabe en su propia consciencia lo que se debe - y se requiere- o no enseñar; él, conductor y guía, opera desde su propia concepción de vida, y sabe a ciencia cierta- de allí su grado de profundidad mayor- lo que es pertinente, y necesario que el "otro" aprenda sin tanta necesidad apremiante de requerimientos mediáticos de un "sistema" establecido en el que sólo imperan aprendizajes atrapados en formas rimbombantes carentes de fondos morales y de urgencias espirituales, porque hay una urgencia - y entendámosla bien- por cubrir hoy, y esa es en demasía: la humanización del alma, y la conscientización del acto humano. No se habla con ésto de un aprovechamiento o direccionalidad de consciencias, ni siquiera de una esperanza tácita involuntaria de hacer pensar a otros como nosotros, menos aún siquiera de una escabrosa visión moralista de vida sin fundamentación alguna, sino de sugerirles el camino mejor desde nuestra experiencia. Total, no es mi intención una formación de moralistas, sí, una formación de consciencias críticas capaces de ejercer un adecuado discernimiento. Enseñar a pensar significa enseñar con los propios actos, significa enseñar a cuestionar y a criticar, pero ojo, bajo un sustento, bajo un fundamento, no se trata de coger una piedra y tirar, o de ver coger a alguien -o a muchos- palos y piedras y tirar, sino enseñar a saber porqué tirar, por-qué-yo-debo-también-tirar-, y si hay validez o no en éste paupérrimo razonamiento.

Enseñar a pensar, enseñar a darse cuenta de los propios errores, enseñar a crecer, enseñar a vivir, enseñar a no seguir el accionar del montón, del grupo, de la turba que por obra y gracia de su limitada visión divergente consigue resultados siempre mediáticos propios de un pobre y desesperanzador presente, en fin, enseñar a pensar significa: enseñar a validar la fundamentación de los actos, antes que todo impulso carente de racionalidad. Todos somos indispensables y útiles en esta labor. Debemos tener presente que nuestra naturaleza humana nos ha empujado desde siempre a ser maestros, de allí esa condición natural de convertirnos en padres cuando somos adultos, de tener hermanos menores, o de ser amigos o confidentes de otros,  de ser jefes de grupos, de dirigir instituciones dentro del ejercicio civil, o simplemente de estar en el momento y lugar adecuado de vez en cuando para prodigar consejos. Todos y todas educamos en el pensamiento, y no me refiero únicamente a profesores con título pedagógico, sino a paradigmas de vida, de modelo y de ejemplo. Un insospechado y minúsculo ser podría erigirse tranquilamente como maestro de un cenáculo de canas y arrugas, sólo con su ejemplo.

Todos estamos llamados a ejercer esta noble labor, la de ayudar: desde los más grandes a no hacer hoyo en el vacío mismo de la estupidez hasta los más pequeños a no quedarse justamente en eso, en el vacío de la pequeñez. Una palabra que anime y levante al otro. Una palabra que al deslizarse al oído ajeno haga eco en el prójimo.

La profesión del pensamiento, o de la enseñanza que orienta adecuadamente al pensamiento, no es exclusiva de un profesor de aula, mucho menos de un comunicador o de un periodista, esta profesión le compete también a un mecánico, a un jornalero, a un contador, a un padre, a un hermano mayor, en fin a todos. Todos estamos llamados a ejercer esta profesión, la de enseñar a pensar bien. Enseña no sólo quien ostenta un título pedagógico; eso ya se ha dicho, sino cualquier persona que quiera hacerlo. Que el más experimentado enseñe al más neófito, aunque sea a hacer lo mínimo, pero a hacerlo. Un padre debe enseñar a su hijo; un maestro, a su alumno; un jefe, a su subordinado, etc. No está en quedarse en el… “¡Qué hiciste!”, sino en el “¿Te puedo ayudar a hacerlo?”; o mejor aún, “Si no sabes cómo hacerlo, ¡Ven yo te enseño!”.

La tarea del escritor

Planteo ahora esta exégesis corta relacionada a lo anterior, porque si hay alguien propio para esta misión y con más razón obedece un accionar mayor, ese es propiamente el escritor. El escritor es el abanderado de esta misión, pues es él quien tiene en la palabra su mejor arma para llegar a cabo tan noble misión. La palabra, la palabra viva, viva al servicio de la consciencia. Sólo el escritor- consciente y honrado- vive de ella, de la palabra sana,  de la palabra rica en virtudes humanas, de esa palabra sediciosa y libre de toda atadura corrompida por un sistema que ha terminado prodigando y doblando la voluntad del desprendimiento hasta convertirlo en un ego, en un ego tan inmenso como su propia estupidez que lo engendra. El escritor sabe por tanto, como encajarla, como encajar la palabra en el “PRÓXIMO” inmediato. Éste hombre que sueña y vive es el llamado a diseñar con las palabras un futuro esperanzador del que todos formemos parte, él es el llamado a mostrar los derroteros claves del desarrollo humano a través del pensamiento teniendo como únicos argumentos: su lenguaje sencillo, pero profundo, y su fe desmedida en el futuro. Un futuro que abrace un accionar distinto al ya trillado y maquinado. Este hombre debe ser el llamado a tocar el alma y vitalizar el fuego de los pensamientos ajenos que lo siguen, que buscan imitarlo o emular sus palabras con una admiración tal; que pueden acceder o ceder a lo que él pudiera sugerir, mas no imponer porque esa es una gran verdad. En un mundo carente de sensibilidades y abundante en trivialidades no queda otro camino que el de tomar la vía de la enseñanza con el ejemplo. Es por ello, que el papel del escritor en una sociedad - en la teoría y en la práctica- es hoy por hoy importante, sea como fuere ésta (y me refiero a la sociedad), total, es él, el que contiene al artista, al hombre, al ciudadano y al ser en sí mismo, todos y uno sólo, todos, indivisibles en un sólo pensamiento.

La palabra bien colocada en los oídos, o en los ojos del que escucha o del que lee, es un buen aliciente. Dice Kim Woo- Choong, en su libro: “El mundo es tuyo pero tienes que ganártelo”, que: “La fuerza de la juventud radica en su preparación para estar en posición de enfrentar el mañana, y será el mundo del mañana quien dependerá en gran medida de lo que piensa y hace la juventud actual.” Esto, sin duda que es cierto, y doy amplia amplia validez a esta premisa, ejemplo de ello tenemos a las grandes sociedades asiáticas que se han levantado teniendo como fórmulas de acción, el pensamiento de las generaciones anteriores a ellas; de allí el llamado a éstas generaciones, y a las que vengan tras éstas porque se necesita trabajar acá, aquí, en este nivel, y en la medida que éstas sean cada vez mejor atendidas, mejor escuchadas y mejor ayudadas, todo será diferente. De allí el compromiso del escritor con los más menores en edad y en tamaño, en los adolescentes, ahí, nuestro compromiso de trabajo debe ser mayor.

Pensamiento, lección y acción

En el siglo pasado, los exterminios generalizados, las condenas de raza y de credo, los genocidios abruptos y masivos, las guerras civiles, debacles mundiales de caos y de violencia, producto de guerras, rechazos y genocidios proliferados a diestra y siniestra elevaron el nivel de pensar, en vez de disminuirlos. Sociedades críticas y libertarias como Francia, Alemania, Suecia, Dinamarca, Finlandia, Noruega y Bulgaria  visionaron  a través de sus seres victimados, de sus mártires, de sus pensadores y actores, un sentimiento colectivo capaz que vencer la indiferencia, de vencer la necia idiosincrasia, de vencer todo círculo vicioso que anida en el hombre desesperanza, ¿su fórmula?, sí, sí, su fórmula ha sido siempre el pensamiento colectivo. Partiendo de esta premisa, tenemos entonces que sólo este pensamiento colectivo, no individualizado lleva como resultado al progreso, acarreando consigo el desarrollo social, cultural y económico.

Puede haber hombres que no piensen acertadamente, o si lo hacen, sólo es bajo su individualidad y su ego; y sin embargo gobiernan así. Sus gobiernos son entonces caóticos. El pensamiento sólo está vigente cuando está aterido al rasgo más común y noble de la humanidad: EL PRINCIPIO DE LA UNIDAD Y LA TRANSFORMACIÓN COLECTIVA.

Ha quedado demostrado que un Beethoven, un Cristo, un Vallejo, un César, un Luther King, un Gandhi, un Camus, un Saramago, han legado a la humanidad un gran poder de pensamiento y de acciòn; a pesar de sus escasas condiciones y de sus desconocidas procedencias. Estos hombres usaron su capacidad innata, tal vez de genio, tal vez de ingenio; pero lo cierto es que alcanzaron un lugar en las sociedades que les tocó vivir, otros en las postrimerías de sus vidas y otros póstumamente. Pasaron sus épocas, y sin embargo sus pensamientos siguen vigentes. Trascendieron, porque esa debe ser la esencia de cada individuo, llegar a la realización plena del ser en sí.

El pensamiento abre las puertas, las más insospechadas de la cultura; algunos pensamientos temporales tiene reconocimiento inmediato; otros intemporales, nunca llegan sino hasta que se extingue el soplo de vida creador. Pero allí están; el escritor, debe en lo posible formular teorías con sus pensamientos siempre pensando en el colectivo y universal, con el lenguaje más sencillo, crítico y realista posible, descartando el lenguaje rimbombante, hipnotizador y ambivalente posible. La elegancia de las palabras metafóricas alcanzarán una mayor belleza si hay contenido vital, digerible y aprovechable por el lector.

Imagen tomada del portal:
 http://www.magis.iteso.mx/anteriores/015/015_distincta_filosofia.htm
Pensar, actividad cognitiva que involucra remover las estructuras mentales más profundas para hacerlas trascender y llegar a la sociedad de todos los tiempos. El conocimiento y la ciencia bien direccionada se logra cuando está guiada por una emotiva conciencia social o sensibilidad real, y para llegar a este pensamiento generado de tal conciencia humana es necesario no sólo leer bien, harto y mucho; ni conocer poco o todo, sino amerita vivir lo más cerca posible a la realidad circundante. El viaje permite conocer; la lectura de un libro, conocer sin necesidad de viajar, pero la convivencia palpable y directa reconstruye y hace propia a la persona.

Si hay que generar un cambio en la sociedad desde sus bases iniciales se debe partir por hacer muy bien nuestra labor de pensamiento, desde donde nos encontremos y desde lo que hagamos. Partir por las escuelas y las familias es un buen comienzo, y tal vez el más importante diría yo. Por eso, estamos llamados generar controversias, a generar discusión y debates; pero sobre todo a enseñar las cosas más elementales posibles desde allí mismo, desde los espíritus generacionales más jóvenes.

Sólo así, una vez instaladas, aprehendidas y cimentadas éstas ideas de bien, de libertad crítica y de análisis, de espíritu renovador alejado de toda mezquindad ajena a la propia nobleza humana, sí, sí, una vez asimiladas estas ideas en la propia consciencia individual del que aprende, recién ahí, y sólo entonces ahí, esta profesión de enseñar a pensar, o lo que yo llamo, profesión del pensamiento resultará- como llamaría Ausubel en sus propias palabras-, significativa, trascendentalmente significativa. Allí, allí está por ende, nuestra tarea actual, nuestra tarea generacional, de todos y todas de la manera más amplia: Educar para y hacia una sociedad nueva, ésa misma, que viene tras nosotros hasta hacerla libre, consciente de su propia libertad.

Víctor Abraham
Desde Lima, ciudad capital del Perú

jueves, 2 de septiembre de 2010

Ciro Alegría: En memoria al maestro Vallejo

El César Vallejo que yo conocí

Fuente: elmalpensante.com

Por Ciro Alegría (*)

Corría el año 1917 y yo vivía con mis padres en una hacienda de la sierra del norte del Perú, situada exactamente en las últimas estribaciones andinas de la provincia de Huamachuco. Se llama Marcabal Grande y hasta esa hacienda llega ya, subiendo por el cañón abismal del río Marañón, el rescoldo cálido de la selva amazónica. Mi vida había sido la de un niño campesino, hijo de hacendados, a quien su padre enseña en el momento oportuno a leer y escribir pasablemente y las artes más necesarias de nadar, cabalgar, tirar al lazo y no asustarse frente a los largos caminos y las tormentas. Alternaba mis trajines por el campo -donde me placía de modo especial un paraje formado por cierto árbol grande y cierta piedra azul- con lecturas de Andersen, Las mil y una noches y otros libros maravillosos, entre ellos un grueso volumen del naturalista Raimondi sobre viajes y exploraciones de la selva que me parecía igualmente fantástico. Yo soñaba con ir a la selva, pero no como un sabio a estudiarla sino como un pionero. Conquistaría ese mundo poblado de árboles innumerables y de indios bravos.

A los siete años de edad, tales eran mis conocimientos y mis anhelos, pero mis padres abrigaban ideas más amplias sobre mi preparación y un día me anunciaron que debía ir a Trujillo, una lejana ciudad de la costa, a estudiar. En compañía de un hermano menor de mi padre, que pasó con nosotros sus vacaciones, hice el largo viaje. Ésos fueron para mí reveladores días en que trotamos a través de dos de las riscosas cadenas de los Andes, bajando muchas veces hasta valles cálidos ubicados en el fondo de las quebradas y los ríos y subiendo, otras tantas, hasta altos páramos rodeados de rocas contorsionadas. Vimos muchos pueblos y aldeas y nos golpearon frecuentemente los tenaces vientos y lluvias de marzo. Dado el fin de estas líneas, debo apuntar que estuvimos en la ciudad de Huamachuco, capital de nuestra provincia, y que saliendo de allí y al encaminarnos hacia una cordillera muy alta, se abrió el camino de la ciudad de Santiago de Chuco, capital de la provincia limítrofe, donde había nacido César Vallejo.

En ese largo viaje a caballo, que duró siete días sin contar el tiempo que pasamos en casa de amigos que mi padre tenía en la región, me impresionaron sobre todo las altas montañas de los Andes, la puna enhiesta, llena de soledad y silencio y una sobrecogedora dramaticidad que parece nacer de sus inmensas rocas que se parten, formando abismos de vértigo, o trepan y trepan con un terco afán de altura que no se cansa de herir el toldo encapotado del cielo. A veces, el paisaje se dulcifica un poco, tiene bondad de árboles frutales en los valles y ternura de sembríos ondulantes en las laderas, pero todo ello no es sino una tregua, porque predominan las rijosas montañas que se desnudan subiendo a diez o quince mil o más pies de altura. En el alma de quien cruce los Andes o viva allí persistirá siempre la impresión, que es como una herida, del paisaje abrupto hecho de elevadas mesetas, donde apenas crecen pajonales amarillentos, y de roquedales clamantes. Hay tristeza y sobre todo una angustia permanente y callada. Los habitantes de ese vasto drama geológico, casi todos ellos indios o mestizos de indio y español, son silenciosos y duros y se parecen a los Andes. Aun los de pura ascendencia hispánica o los foráneos recién llegados, acaban por mostrar el sello de las influencias telúricas. Azotados por las inclemencias de la naturaleza y las inclemencias sociales -en exponer éstas ya he empleado varios centenares de páginas- sufren un dolor que tiene una dimensión de siglos y parece confundirse con la eternidad.

Todo lo dicho viene a cuento porque, días después de aquel viaje, debía encontrar en mi profesor César Vallejo a un hombre que procedía de esos extraños lados del mundo y los llevaba en sí. El caso es que llegamos a Trujillo, ciudad de la costa clara y soleada, agradablemente cálida. En su ambiente colonial, con trece iglesias de labrados altares y casas de grandes portones, patios amplios y balcones de estilo morisco, daban su nota de modernidad los automóviles que corrían por calles pavimentadas, la luz eléctrica, los trenes que traqueteaban y pitaban yendo y viniendo de los valles azucareros o el puerto próximo. Mi niñez, acostumbrada a la naturaleza virgen, estaba muy asombrada de tanta máquina y del cine y otras cosas más, inclusive de la numerosa gente locuaz, que vestía a la moda. Hasta que un día, cuando mis piernas endurecidas y adoloridas por la cabalgata se agilizaron, mi abuela resolvió mandarme a clase.

Un circunspecto señor, cargado de años y sapiencia, estaba de visita en casa la noche de un domingo, y entonces escuché por primera vez el nombre de Vallejo y las discusiones que provocaba. Se habló de que al día siguiente iniciaría mis estudios.

-Si tuviera un nieto -opinó el señor en un tono de sugerencia- lo mandaría al Seminario. Está regido por eclesiásticos y es muy conveniente...

Yo era todo oídos escuchando esa conversación que me revelaba mi destino de estudiante. Mi abuela repuso con dignidad:

-Es que su padre ha escrito que se lo ponga en el Colegio Nacional de San Juan. Es lo que ha dicho terminantemente. Todos los hombres de la familia se han educado allí.

-¿Y a qué año va a ingresar?

-Al primer año de primaria...

El anciano por poco dio un salto y luego dijo, muy excitado:

-¡Mi señora!, ésa ya no es cuestión de colegios sino de buen sentido... ¿Sabe usted quién es el profesor de primer año en San Juan? ¿Lo sabe usted? Pues ese que se dice poeta, ese César Vallejo, un hombre a quien le falta un tornillo...

-Al fin y al cabo... para enseñar el primer año... -dijo mi abuela tratando de calmarlo.

Mas nuestro visitante estaba evidentemente resuelto a salvar del peligro a un pobre niño indefenso como yo, y argumentó:

-No, no, mi señora... Ese Vallejo, si no es un idiota, es cuando menos un loco. ¿No podrían ponerlo en segundo año? Al entrar me sorprendió ver que el niño estaba leyendo el periódico...

Mi presunto salvador puso una cara de desconsuelo cuando mi abuela apuntó:

-Sí, ya sabe leer y escribir aceptablemente, pero no las otras materias que se enseñan en el primer año.

El anciano estaba evidentemente resuelto a agotar todos sus recursos para librar a mi pobre cerebro de influencias perturbadoras, y tomó un rumbo más pacificador.

-Pero no me va usted a discutir, señora mía, que en cuanto a educación y especialmente en cuanto a religión se refiere, el Seminario es el mejor colegio. Está adquiriendo mucho prestigio...

Y mi abuela:

-En San Juan también enseñan la religión, según el reglamento de estudios, y no son anticatólicos...

El señor abandonó la partida, pero sin duda para consolarse a sí mismo se puso a hacer consideraciones fatales para el modernismo y no sé cuántos ismos más y luego echó rayos y centellas de carácter estético contra el arte de mi profesor, todo lo cual no entendí. Marchóse por fin, llevándose una expresión de discreta contrariedad y no sin desearme buena suerte en una forma entre esperanzada y compasiva.

Me fue difícil conciliar el sueño en medio de la inquietud que se apodera de un niño que irá a la escuela por primera vez y pensando en mi profesor, que según decían era poeta y a quien el severo anciano había llamado loco cuando no idiota.

Mi compañero de viaje, que era también estudiante del mismo colegio, me llevó hasta el local.

-Por aquí no entran ustedes -me dijo al llegar a una gran puerta sobre la cual se leía la inscripción dios y la patria-, esta puerta es para nosotros los de la sección media. Vamos por allá...

Caminamos hasta la esquina y, volteando, se abrió a media cuadra la puerta que usaban los profesores y alumnos de la sección primaria. Nos detuvimos de pronto y mi tío presentóme a quien debía ser mi profesor. Junto a la puerta estaba parado César Vallejo. Magro, cetrino, casi hierático, me pareció un árbol deshojado. Su traje era oscuro como su piel oscura. Por primera vez vi el intenso brillo de sus ojos cuando se inclinó a preguntarme, con una tierna atención, mi nombre. Cambió luego unas cuantas palabras con mi tío y, al irse éste, me dijo: "Vente por acá". Entramos a un pequeño patio donde jugaban muchos niños. Hacia uno de los lados estaba el salón de los del primer año. Ya allí, se puso a levantar la tapa de las carpetas para ver las que estaban desocupadas, según había o no prendas en su interior, y me señaló una de la primera fila diciéndome:

-Aquí te vas a sentar... Pon adentro tus cositas... No, así no... Hay que ser ordenado. La pizarra, que es más grande, debajo y encima tu libro... También tu gorrita...

Cuando dejé arregladas todas mis cosas, siguió:

-Muchos niños prefieren sentarse más atrás, porque no quieren que se les pregunte mucho... Pero tú vas a ser un buen niño, buen estudiante, ¿no es cierto?

Yo no sabía nada de las pequeñas mañas de los chicos, de modo que no entendía bien a qué se refería, pero contesté con ingenuidad:

-Sí, mi mamita me ha dicho que estudie mucho...

Él sonrió dejando ver unos dientes blanquísimos y luego me condujo hasta la puerta. Llamó a uno de los chicuelos que estaban por allí jugando la pega y le dijo:

-Éste es un niño nuevo: llévalo a jugar...

Entonces se marchó y vinieron otros chicos, todos los cuales se pusieron a mirarme curiosamente, sonriendo. "¡Serrano chaposo!", comentó uno viendo mis mejillas coloradas, pues los habitantes de la costa tienen generalmente la cara pálida. Los demás se echaron a reír. El chico encargado de llevarme a jugar, me preguntó sabiamente:

-¿Sabes jugar la pega?

Le dije que no, y él sentenció:

-Eres muy nuevo para saber jugar...

Me dejaron para seguir correteando. Yo estaba muy azorado y el bullicio que armaban todos me aturdía. Busqué con la mirada a mi profesor y lo vi de nuevo parado junto a la puerta, moreno y enjuto, conversando con otro profesor gordo y de bigote erguido, buen hombre a quien yo también habría de llamar Champollion, como hacían los estudiantes desde muchas generaciones atrás. No me atreví a ir hacia ellos y caminé al azar. Cruzando otra puerta, llegué a una gran patio donde había muchos más niños. Nadie me miraba ni decía nada. Seguí caminando y encontré otro patio, donde los estudiantes eran más grandes. Por allí se hallaba mi tío. Había muchos patios, muchos salones, muchas arquerías. Las paredes estaban pintadas de un rojo claro, casi sonrosado, quizás para templar la severidad de un edificio que, en antiguos tiempos, había sido convento. Sonó la campana y yo no supe volver a mi salón. Me perdí, entrando equivocadamente a otro. Vino a sacarme de mi confusión el propio Vallejo quien, al notar mi ausencia, se había puesto a buscarme de salón en salón. Cogiéndome de la mano, me llevó con él. Aún recuerdo la sensación que me produjo su mano fría, grande y nudosa, apretando mi pequeña mano tímida y huidiza debido al azoro. Me quise soltar y él me la retuvo. Mientras caminábamos por los amplios corredores desiertos me iba diciendo sin que yo atinara a responderle:

-¿Por qué te pusiste a caminar? ¿Te encontraste solo? Un niñito como tú no debe irse lejos de su salón ni de su patio... Este colegio es muy grande... ¿Estás triste?

Llegamos a nuestro salón y me condujo hasta mi banco. Él pasó a ocupar su mesa, situada a la misma altura de nuestras carpetas y muy cerca de ellas, de modo que hablaba casi junto a nosotros. En ese momento me di cuenta de que el profesor no se recortaba el pelo como todos los hombres, sino que usaba una gran melena lacia, abundante, nigérrima. Sin saber a qué atribuirlo, pregunté en voz baja a mi compañero de banco: "¿Y por qué tiene el pelo así?". "Poeta es poeta", me cuchicheó. La personalidad de Vallejo se me antojó un tanto misteriosa y comencé a hacerme muchas preguntas que no podía contestar. Él había de sacarme de mi perplejidad dando, con la regla, dos golpecitos en la mesa. Era su modo de pedir atención. Anunció que iba a dictar la clase de geografía y, engarfiando los dedos para simular con sus flacas y morenas manos la forma de la tierra, comenzó a decir:

-Niñosh... la Tierra esh redonda como una naranja... Eshta mishma Tierra en que vivimos y vemos como shi fuera plana, esh redonda.

Hablaba lentamente, silbando en forma peculiar las eses, que así suelen pronunciarlas los naturales de Santiago de Chuco, hasta el punto en que por tal característica son reconocidos por los moradores de las otras provincias de la región.

Se levantó después para dibujar la Tierra en el pizarrón y durante toda la clase nos repitió que era redonda, no siendo eso lo único sorprendente sino también que giraba sobre sí misma. Dio como pruebas las de la salida y puesta del sol, la forma en que aparecen y desaparecen los barcos en el mar y otras más. Yo estaba sencillamente maravillado, tanto de que este mundo en el cual vivimos fuera redondo y girara sobre sí mismo, como de lo mucho que sabía mi profesor. Cuando la campana sonó anunciando el recreo, César Vallejo se limpió la tiza que blanqueaba sobre una de sus mangas, se alisó la melena haciendo correr entre ella los garfios de sus dedos, y salió. Fue a pararse de nuevo junto a la puerta y estuvo allí haciendo como que conversaba con los otros profesores. Digo esto porque tenía un aire muy distraído.

De nuevo en el salón, era hora de estudio. La próxima sería de lectura. Había que repasar la lección. Me llamó junto a él y abrió mi libro en la sección de Pato. Tuve confianza en mi sabiduría y le dije:

-Ya pasé Pato hace tiempo. También Rosita y Pepito. Yo sé todo ese libro...

Vallejo me miró inquisitivamente:

-¿Sabes también escribir?

A mi respuesta afirmativa, me pidió que escribiera mi nombre y después el suyo. Dudé entre la be labial y la otra para escribir su apellido, pero tuve suerte al decidirme y salí bien. Me probó con otras palabras y una frase larga.

La cosa parecía divertirle. Después me preguntó:

-Y si sabes leer y escribir, ¿por qué te han puesto en primer año?

-Porque no sé otras cosas...

Entonces me dijo que fuera a sentarme. Traté de conversar con mi compañero de banco, quien me cuchicheó que estaba prohibido hablar durante la hora de estudio.

Miré a mi profesor.

César Vallejo -siempre me ha parecido que ésa fue la primera vez que lo vi- estaba con las manos sobre la mesa y la cara vuelta hacia la puerta. Bajo la abundosa melena negra su faz mostraba líneas duras y definidas. La nariz era enérgica y el mentón, más enérgico todavía, sobresalía en la parte inferior como una quilla. Sus ojos oscuros -no recuerdo si eran grises o negros- brillaban como si hubiera lágrimas en ellos. Su traje era uno viejo y luido y, cerrando la abertura del cuello blando, una pequeña corbata de lazo estaba anudada con descuido. Se puso a fumar y siguió mirando hacia la puerta, por la cual entraba la clara luz de abril. Pensaba o soñaba quién sabe qué cosas. De todo su ser fluía una gran tristeza. Nunca he visto un hombre que pareciera más triste. Su dolor era a la vez una secreta y ostensible condición, que terminó por contagiárseme. Cierta extraña e inexplicable pena me sobrecogió. Aunque a primera vista pudiera parecer tranquilo, había algo profundamente desgarrado en aquel hombre que yo no entendí sino sentí con toda mi despierta y alerta sensibilidad de niño. De pronto, me encontré pensando en mis lares nativos, en las montañas que había cruzado, en toda la vida que dejé atrás. Volviendo a examinar los rasgos de mi profesor, le encontré parecido a Cayetano Oruna, peón de nuestra hacienda a quien llamábamos Cayo. Éste era más alto y fornido, pero la cara y el aire entre solemne y triste de ambos tenían gran semejanza. El hombre Vallejo se me antojó como un mensaje de la tierra y seguí contemplándolo. Tiró el cigarrillo, se apretó la frente, se alisó otra vez la sombría melena y volvió a su quietud. Su boca contraíase en un rictus doloroso. Cayo y él. Mas la personalidad de Vallejo inquietaba tan sólo de ser vista. Yo estaba definitivamente conturbado y sospeché que, de tanto sufrir y por irradiar así tristeza, Vallejo tenía que ver tal vez con el misterio de la poesía. Él se volvió súbitamente y me miró y nos miró a todos. Los chicos estaban leyendo sus libros y abrí también el mío. No veía las letras y quise llorar...

Así fue como encontré a César Vallejo y así como lo vi, tal si fuera por primera vez. Las palabras que le oí sobre la Tierra son también las que más se me han grabado en la memoria. El tiempo había de revelarme nuevos aspectos de su persona, los largos silencios en que caía, su actitud de tristeza inacabable y otros que ya aparecerán en estas líneas.

Por la noche, durante la comida, me preguntaron en casa:

-¿Te gusta tu profesor?

-Sí -respondí.

Era inexacto. No me había gustado precisamente. Me había impresionado y conturbado, interesándome, pero no sin producirme una sensación de lejanía. Después de la comida, por indicación de mi abuela, escribí a papá. Un pequeño lápiz romo fue garabateando mis impresiones. Cuando llegué a las del colegio y Vallejo, no supe qué decir sobre él. Después de pensarlo mucho y ensayar varias explicaciones, escribí que mi profesor se parecía a Cayo Oruna. Tiempo después supe que, al leer la carta, mi madre había sonreído con dulzura y mi padre se dio a pensar en el poeta. Amaba a su pueblo y pudo otear a Vallejo desde el fondo de su alma llena de quebrados horizontes andinos.

En Trujillo, Vallejo tenía detractores tenaces así como partidarios acérrimos. En casa, como en todas las de la ciudad, las opiniones estaban divididas. Los más lo atacaban. Mi tía Rosa, persona muy culta y dada a leer, que escribía a hurtadillas, era su admiradora incondicional. "¡Es un gran poeta, es un genio!", decía casi gritando, en medio del barullo de las discusiones. Recuerdo perfectamente que, cierta vez, llegó un tío mío enarbolando un diario en el cual había un poema de Vallejo. Avanzó hacia nosotros.

-A ver, Rosita, quiero que me expliques esto: "¿Dónde estarán sus manos que, en actitud contrita, planchaban en las tardes por venir?". ¿Esto es poesía o una charada? A ver, explícame...

Mi tía Rosa tomó el diario y, a medida que iba leyendo, su faz enrojecía. La mujercita frágil y nerviosa que era se irguió por fin llena de rabia:

-Éste es un hermoso poema y si no lo entiendes, la culpa no es de Vallejo sino tuya, que eres un bruto.

La discusión se armó de nuevo.

Mientras tanto, yo continuaba yendo a clase. César Vallejo nos enseñaba rudimentos de historia, geografía, religión, matemáticas y a leer y escribir. También trataba de enseñarnos a cantar, pero nosotros lo hacíamos mejor que él, pues tenía muy mala voz. En cuanto a marchar, no se preocupaba de que lo hiciéramos bien, cosa en que ponían gran empeño con sus discípulos los maestros de grados superiores. Cuando los alumnos del colegio pasábamos en formación por las calles, yendo al campo de paseo o en los desfiles del 28 de julio, los del primer año de primaria, con nuestro melenudo profesor a la cabeza, no marcábamos regularmente el paso y éramos una tropilla bastante desgarbada. Oíamos que la gente estacionada en las aceras murmuraba viendo a nuestro profesor: "¡Ahí va Vallejo! ¡Ahí va Vallejo!".

Algo que le complacía mucho era hacernos contar historias, hablar de las cosas triviales que veíamos cada día. He pensado después en que sin duda encontraba deleite en ver la vida a través de la mirada limpia de los niños y sorprendía secretas fuentes de poesía en su lenguaje lleno de impensadas metáforas. Tal vez trataba también de despertar nuestras aptitudes de observación y creación. Lo cierto es que, frecuentemente, nos decía: "Vamos a conversar"... Cierta vez se interesó grandemente en el relato que yo hice acerca de las aves de corral de mi casa. Me tuvo toda la hora contando cómo peleaban el pavo y el gallo, la forma en que la pata nadaba con sus crías en el pozo y cosas así. Cuando me callaba, ahí estaba él con una pregunta acuciante. Sonreía mirándome con sus ojos brillantes y daba golpecitos con la yema de los dedos, sobre la mesa. Cuando la campana sonó anunciando el recreo, me dijo: "Has contado bien". Sospecho que ése fue mi primer éxito literario.

No siempre le producían placer nuestros relatos. Un día llamó a un muchachito que era decididamente tardo. El pequeño, quizá más trabado por el mal talante que traía nuestro profesor -tenía la boca y el entrecejo fieramente fruncidos-, no pudo decir casi nada, repitió varias veces la misma frase y de repente se calló. "Siéntese", le ordenó con cierta despectiva rudeza. El chiquillo se fue a su banco y, cruzando los brazos, metió entre ellos la cabeza y se puso a llorar ahogadamente. Vallejo se incorporó estremecido y fue hasta el pequeño. Estrechándole las manos lo llevó hasta su mesa, donde le acarició la cabeza y las mejillas hasta calmarlo. Sacó un gran pañuelo para enjugar las lágrimas que brillaban aún sobre la carita trigueña y luego se quedó mirándolo largamente. Sin duda, en la desconsolada angustia del narrador frustrado, sintió esa que a él mismo solía oprimirlo muchas veces y ha aludido en sus versos. Cuando recuerdo aquella ocasión, me parece verlo arrodillado con la mirada, sufriendo por el niño y él y todos los hombres.

Pero había ratos en que la alegría se paseaba por su alma como el sol por las lomas, y entonces era uno más entre nosotros, salvo que grande y con la autoridad necesaria para tomarse tremendas ventajas. Había que verlo cuando hacía de detective. Estaba prohibido comer frutas o chupar caramelos durante la hora de clase. Los chicos solíamos comprar preferentemente, por la razón de que eran abundantes y baratos, unos caramelos a los que llamábamos cuadrados, mercancía que más prodigaba la escasa generosidad de los dulceros estacionados en la esquina del plantel. Vallejo, con la cara metida en el libro, fingía leer mientras alguno le daba la lección, pero lo que en realidad hacía era echar bajo las cejas miradas exploradoras sobre toda la clase. Cuando descubría a algún delincuente se erguía con una sonrisa triunfal y, yendo hacia él, lo amonestaba: "¿No he dicho que no coman cuadraos en clase?". En seguida le quitaba los caramelos, sacándolos con aspaventera diligencia de los bolsillos, y los repartía entre todos o los más próximos según la cantidad. Nunca supe si lo que le gustaba más era sorprender a los infractores o repartir los caramelos entre los chicos. Durante tales batidas nos embargaba su mismo espíritu juguetón y reíamos todos llenos de felicidad.

El reglamento prescribía el castigo de reclusión para los que tuvieran mala conducta o no dieran bien sus lecciones. César Vallejo, durante todo el día, iba formando una lista de los que hablaban durante la hora de estudio o no sabían la lección pero, a la hora de salida, rompía la tirilla de papel en pedazos. Se comprende que no otorgábamos mucha importancia al hecho de ser apuntados en su lista, pero de tiempo en tiempo y sin duda para que no nos propasáramos, solía darnos sorpresas y, a las cuatro de la tarde, entregaba la compungida cuota de reclusos del primer año de primaria al inspector de turno. Su castigo usual era simple y directo: un tirón de los cabellos que quedan a la altura de las sienes.

Por las mañanas llegaba a clase minutos después de la primera campanada y aun con un retardo más considerable. Entrábamos a las ocho, pero acaso se entregaba mucho a la vigilia de la creación o a trasnochar en compañía de amigos -que lo eran suyos todos los escritores jóvenes de la ciudad- o a sus estudios de universitario, de modo que el sueño lo retenía demasiado. Su impuntualidad alcanzó tal grado que, cierta mañana, el propio rector del colegio acudió a ver lo que pasaba y se puso a tomarnos la lección. Cuando Vallejo arribó, se produjo una escena embarazosa que el rector cortó diciéndole que pasara por su oficina a la hora de salida. Durante un tiempo estuvo llegando temprano, pero después volvió a las andadas y, aunque ya no con tanta frecuencia, seguía presentándose tarde.

Fuera del colegio sus versos continuaban provocando la consiguiente reacción de comentarios ácidos y laudatorios e inclusive de protestas. Corrió la noticia de que nuestro profesor había sido asaltado durante la noche por un grupo de individuos que trataron de cortarle la melena. Él se había defendido dando feroces puñetazos y puntapiés. Miré con curiosidad su melena de león. Estaba intacta. Me pareció que durante esos días, tanto como sin duda le duró la impresión del ataque, su tristeza habitual tenía algo de violencia contenida y acendrada amargura.

Me conmovió mucho el asalto, no alcanzando a explicármelo. He de decir que para ese tiempo ya me había vuelto un admirador de Vallejo, si cabe la expresión. Fue que un día, decidido a examinar esa misteriosa e incomprensible poesía por mí mismo, me atreví a pedir a tía Rosa los versos de mi profesor, que ella recortaba sin dejar uno y guardaba celosamente. Al dármelos, hundió los lirios de sus manos en mis cabellos y me dijo que si no los entendía, no pensara mal del autor. Metido en mi cuarto, de bruces sobre la mesa y los poemas, me di cuenta primeramente de que tenían muchas palabras cuyo significado ignoraba. Busqué un grueso diccionario que apenas podía cargar y me dediqué a una exploración que me resultaba muy difícil.


Lejana vibración de esquilas mustias,
en el aire derrama
la fragancia rural de sus angustias.


A buscar la palabra esquilas. A buscar mustias. A medida que avanzaba en mi penosa lectura, me iban asaltando y dejando muchas y contradictorias emociones. Sufría y gozaba, me esperanzaba y desconsolaba. Me invadió un pleno sentimiento de felicidad cuando, en ese mismo poema, pude captar al gallo ("aleteando la pena de su canto"). Entendiendo y no entendiendo, el poema "Aldeana", uno de los primeros publicados por Vallejo, me pareció muy hermoso. La emoción del crepúsculo rural, los sonidos y los colores de la tarde muriente me envolvieron. ¿Qué secreta cualidad hacía que ese hombre escribiera así? Encontré poemas menos pictóricos que no entendí de principio a fin, y al leer "Idilio muerto", la pregunta hecha a mi tía Rosa en pasados meses me pareció formulada a mí mismo. Yo tampoco entendía lo referente a las manos y muchas líneas más. De todos modos, me consolé con lo poco que había comprendido y pensé que acaso, cuando yo fuera grande... Entregué a tía Rosa sus recortes sin decirle media palabra y ella no me dijo nada tampoco. Pese a sus momentáneas exaltaciones, era muy fina y seguramente temió herirme si sus preguntas resultaban indiscretas. Mas desde aquella vez, me alegraba como si hablara en mi nombre cuando ella elogiaba a César Vallejo y me sentí más cerca de mi profesor. Algo había podido apreciar de la belleza que prodigaba en sus versos. En cuanto a su hosquedad y su tristeza... bueno, Cayo Oruna... y uno está tan solo a veces... Porque yo me sentía muy solo en el colegio... Los muchachitos solían burlarse de mi condición de "serrano" y de que tenía chapas y era muy ingenuo. De modo que cuando corrió la voz del asalto a Vallejo, yo tuve una gran pena y sentí ganas de rebelarme contra alguien. Que dejaran en paz a ese hombre. Él era un gran poeta. En todo caso, no hacía mal a nadie con su melena y con sus versos...

Y el profesor, que era a la vez un artista triste y solo, seguía dándonos clase y el tiempo pasaba. En las horas de conversación me hacía hablar no sólo de lo visto por mí sino de lo que había oído contar. Recuerdo que le impresionó la historia de un ciego que vivía en una hacienda próxima a la nuestra, quien iba de un lado a otro por los ásperos senderos de la serranía, tal como si tuviera ojos, y podía reconocer por el timbre de la voz a personas a las cuales no había oído durante años y además era adivino. Una tarde me preguntó: "¿Tú lees otros libros?". Le informé y me dijo que, como ya sabía el reglamentario, llevara otros para leer. Claro que cargué hasta el salón de clase los libros de cuentos que me obsequiaban mis parientes o yo compraba con mis propinas, y también las revistas y libros que mi tía Rosa quería prestarme sacándolos de su biblioteca personal. A veces, Vallejo me preguntaba sobre mis lecturas y, por mi parte, nunca le conté que me había atrevido con sus versos. Temía que me interrogara si los había entendido y, en tal caso, tener que confesarle que no del todo, que en buenas cuentas casi nada o nada. No consideraba suficiente excusa la posibilidad de explicarle que tía Rosa me había advertido que yo era muy niño para poder apreciar esos poemas. Así que me callaba esperando tiempos mejores. Sería grande y podría hablar con el mismo señor Vallejo de sus versos y de toda clase de versos. Cuando una vez me pidió que recitara algo, me guardé las esquilas en el fondo del pecho y dije uno de los más simples versos infantiles que sabía. Era uno que comenzaba así:


¿Oyes el zorzal, María?
Desde el arbusto florido
En donde tiene su nido,
Al cielo su canto envía.


Los jueves por la tarde íbamos de paseo a un lugar situado no muy lejos de la ciudad, donde jugábamos a la pelota y corríamos. A raíz de mi recitación, me llamó a su lado una de esas tardes y, sentados sobre la grama, me pidió que le recitara todos los versos que sabía. Así lo hice, teniendo que repetirle varias veces el que dejo apuntado, y me regaló una naranja. Después, se quedó sumido en un gran silencio. Su expresión plácida de momentos antes había desaparecido. Inmóvil, con las manos sobre las rodillas, parecía mirar a los chicos que jugaban al fútbol y habían señalado el emplazamiento de los arqueros con montones formados por sus sacos y gorras. Noté que las incidencias del juego no le interesaban y que, en suma, no estaba viendo nada. Su prolongado silencio llegó a incomodarme. Yo no sabía qué decir ni qué hacer. Él estaba como ausente y yo esperaba en vano que me permitiera marcharme. "¿Puedo irme?", le pregunté. Su silencio y su inmovilidad persistieron. Casi furtivamente, me escurrí de su lado, corrí a dejar mi saco y mi gorrita en uno de los montones y me puse a patear la pelota...

En el tiempo que siguió -creo que ya habíamos pasado del medio año de estudios- nuestro profesor me trataba con cierta cordialidad. Cuando tropezaba conmigo en su camino me daba una amistosa palmadita en el cogote. Pero no podría decir que entre mí y los otros niños hacía una diferencia muy especial. Posiblemente pensaba: "Éste es un muchachito al que le gusta leer", y me daba rienda suelta en eso. En cambio yo, lenta y progresivamente, había ido adquiriendo una fe ciega en él. Hay cierta predisposición al partidarismo en el alma de los jóvenes y los niños y, en cuanto a Vallejo, yo me había vuelto un definido parcial suyo. No me cabía duda de que ese hombre extraño era un gran artista, aunque a nadie hubiera podido explicarle bien por qué lo creía. Esta ocasión llegó una tarde, antes de clase. Uno de mis compañeros manifestó que su padre afirmaba que Vallejo no era nadie, ni siquiera como poeta. Mi madre me había dicho que honrara y respetara a los maestros, porque su tarea es muy noble, y le reproché:

-¿Y qué? Es profesor y eso es bueno...

-¿Crees que ser profesor es una gran cosa? Y todavía ser el último profesor de un colegio, el de primer año... Un "muertodehambre"...

Recién comencé a darme cuenta del desdén con que se mira a los profesores en el Perú. El chico que hablaba era miembro de una de las grandes familias de la ciudad, e hijo de un médico famoso. Estaba muy pagado de todo ello y, para terminar de apabullar al pobre profesor, dijo:

-Ni siquiera como poeta sirve... mejor es Chocano. Es lo que dice mi padre, que sabe lo que habla.

-Es un gran poeta -repliqué muy afirmativamente.

-¿Qué sabes tú? ¿Crees que porque te deja leer libros puedes hablar?

-Es un gran poeta -insistí.

-A ver, dinos por qué es un gran poeta...

No supe qué razones aducir. Referirme a la opinión de tía Rosa no me parecía suficiente. Hubiera querido decir algo definitivo.

-Dinos ahorita mismo por qué es un gran poeta -repitió mi oponente.

Yo estaba perplejo. Como a algunos pugilistas en trance de caer vencidos, me salvó la campana.

Día a día, lección a lección, el año de estudios pasó. Llegaron los exámenes y nuestro profesor nos aprobó a todos, citándonos para la ceremonia de la repartición de premios, que se realizaría a fines de diciembre.

La fecha llegó. Esa noche, el gran patio de honor del Colegio Nacional de San Juan estaba de gala. Profusamente alumbrado y con asientos arreglados en forma de galerías, mostraba al fondo un estrado donde tomaron asiento el rector y los profesores. Casi todos llevaban vestido de etiqueta. Las familias de los alumnos fueron acomodadas delante y, nosotros, a los lados y detrás. Los mocosos del primer año fuimos lanzados a una de las últimas filas. Debido a que Vallejo ocupaba un lugar muy secundario en el estrado, sólo se le podía ver la cabeza. Pero ella, grande de melena y cetrina de tez, resaltaba claramente entre tanta pechera blanca y tanta luz... y entre tanta cabeza sin carácter.

No viene al caso que detalle la ceremonia. Es sí pertinente que refiera que no me tocó ningún premio porque, como éramos varios los que obtuvimos las primeras notas, los habían sorteado y los favorecidos fueron otros. Casi al terminar el acto Vallejo abandonó el estrado y vino hacia nosotros. Viéndome sin ninguna cartulina de premio en la mano, recordó lo ocurrido y me dijo: "No te importe la suerte". Cambió algunas palabras más con muchos de nosotros, nos preguntó a varios dónde pasaríamos las vacaciones y luego se marchó. Al poco rato, pudimos advertir que, en vez de volver al estrado, se había puesto a pasear por los corredores. En medio de la penumbra que arrojaban las arquerías, veíase apenas su silueta negra, alargada, casi fantasmal, tras el cocuyo de su cigarrillo.

Cuando el rector, solemnemente, declaró clausurado el año escolar, César Vallejo se dirigió a la puerta y salió, confundiéndose entre la muchedumbre formada por los estudiantes y sus familias. Instantes después lo volví a ver en la calle, yendo hacia la plaza de la ciudad. Magro, lento, se perdió a lo lejos... Pude haberle dicho adiós, pues no volvería a verlo más. Cuando las clases se reabrieron, César Vallejo no dictaba ya el primer año ni ninguno. Al recordarlo, siempre tuve la impresión de que estaría haciendo un duro camino de artista y hombre cargado de penas y distancias.


(*) Publicado originalmente en 1944 en Cuadernos Hispanoamericanos, este perfil del gran poeta del Perú apenas si ha tenido difusión.

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Fuente: http://www.elmalpensante.com/index.php?doc=display_contenido&id=1019&pag=6&size=n