sábado, 26 de enero de 2013

Conocimiento del amor.

Yo no la conocía a ella, ella estaba allí. Me parece que siempre estuvo allí esperándome, no lo digo por esa tarde de primavera que fue el día del conocimiento mutuo, sino por todas las tardes que estuvo esperando al hombre verdadero. Salió a buscarlo muchas veces, anduvo sola, a veces acompañada, conoció a personas sin darse cuenta. Todas dejaron en ella huellas que quiso ver como positivas a pesar de las múltiples tempestades que trajeron consigo a su joven vida. Sus ilusiones afectivas aguardaban vívidas tras una puerta que se abría algunas horas y al promediar las diez se cerraban, eso no importaba, importaban más los bellos instantes que pudieran haberse suscitado una vez puesta en libertad. No la juzgo, la entiendo, la quiero, ella tuvo fe, mucha fe, jamás he visto y he sentido de cerca fe más inquebrantable que la suya. Estoy orgulloso de ella -no por lo que parezca a los ojos de un buen crítico, sino por lo que me ha demostrado ser-, es ella, nadie más. 


Ella es risueña, siempre está alegre, hay mucha decisión tras sus palabras, aunque ella tal vez no lo note, o no quiera reconocerlo, no porque no sepa, sino porque hay sencillez en su corazón, hay humildad tierna que siembra en ella un espíritu de servicio. Siempre he sido un hombre que ha llevado como principios: el estudio y la comprensión de las emociones humanas, el servicio y la sencillez de las personas. Principios, sin los cuales jamás mi teoría de la bondad regenerativa encontraría sustento. Ella me ha ayudado desde su aparición a dar forma a estas ideas sueltas, a estos papeles sueltos, a estas emociones contenidas y fallidas tantas veces, a estas verdades incomprendidas. Ella es en sí misma mi mayor colaboradora, mi compañera. Ella también cree que es posible que las personas en esencia sí sean buenas. A menudo dice, "no todas las personas expresan lo que sienten, y tal vez eso se deba a que no se les ha enseñado a confiar y a creer en los demás". Conjeturas que escucho y analizo. Analizo todo lo que pueda escuchar de ella, analizo lo que pueda sentir yo mismo en ella. 


Tantas veces anduve explorando las inmensas avenidas con sus nocturnos faroles y silenciosos sonidos, los verdes campos que olían a soledad, los callejones sin irrisoria significación para cualquier mortal, los reductos humanos olvidados, las calles anidadas de mariposas nocturnas sin sueldo y de viejos desdentados. Anduve espacios abiertos y cerrados, cenáculos repletos de críticos, poetas, profesores, religiosos, en fin. Anduve, cuerpos y talles que sobrecogí en momentos de orfandad maternal. Anduve cimientos que se levantaban una noche, pero al amanecer desfallecían. Anduve plazas, playas, dorados trigos. Anduve experiencias, consuelos y espacios alegres, pero también tristes que pedían a gritos reconciliaciones humanas. Anduve crisis, crisis no tan existenciales, otras demasiado existenciales, pero existenciales al fin al cabo. Anduve por escuelas en las que enseñé dejando amigos en el camino. Anduve ferias, mítines, olas violentas. Anduve tantas y tantas veces sobre recuerdos que ya nada tenían que hacer, pero sin embargo persistían en quedarse (Escuché, los escuché a todos, a todos esos recuerdos). Anduve sobre presentes y futuros de otras gentes que sin mezquinarme nada terminaron confiándome sus más anhelados sueños. Gracias. Mil gracias. Anduve tantas y tantas veces sobre mis propios pasos hasta que olvidé seguirlos, pero los pobrecillos me supieron esperar para indicarme mi camino, el camino verdadero. Fue entonces que ella apareció en ese camino verdadero para acompañarme diciéndome, "no estás solo". Apareció cuando penaba en la oscuridad más profunda de la tierra, a veces pienso que fueron esa misma tierra y la vida las que nos reunieron. 

(De: Conocimiento del amor. Lima. 2013)

Desde Lima, Ciudad Capital del Perú.
Víctor Abraham les saluda.

lunes, 14 de enero de 2013

Mario Aguilar Rodríguez

He escrito esta nota breve, que obedece a dar respuesta a muchas interrogantes que se han formulado en torno a mí, es normal que alguien se pregunte, del porqué un hombre toma la decisión de hacer suyo para nominarse un nombre distinto al que está impreso en la partida original de nacimiento. Escribí una vez para una crónica a propósito del Premio Nobel 2012 chino Mo yan, seudónimo de Guan Moye, que una decisión de "autodenominarse" de otra manera tiene como trasfondo un propósito que muchas veces guarda relación con sus escritos y su vida misma, y es verdad: la vida de un hombre toma muchos matices con el transcurrir del tiempo. Cambiamos para bien o para mal, aunque yo preferiría optar por la primera idea. Total como ya dije, el seudónimo no determina nada, el nombre tampoco; sí, los actos férreos y convicciones permanentes.  

Muchos me han preguntado si soy  Mario Aguilar Rodríguez, o Víctor Abraham, interrogantes por cierto un poco incómodas de responder. Qué importancia tiene esto a la hora de llamarme. Aquí, el detalle no es cómo llamar a la persona, sino con qué fin nombrarla. Aunque debo reconocer que es importante siempre esclarecer las cosas, sobre todo cuando uno ha llevado los primeros años de su vida enmarcados en un espacio nominativo. La explicación, tal vez esté en relación a un hombre que fue mi progenitor.

Foto extraída de: pureviejo.bandcamp.com  
Mi progenitor era un hombre de avanzada edad, recuerdo que cuando entré en uso de razón ya lo había conocido así, así, roído por el tiempo, yo aún era un chiquillo. Siempre he dicho que de no haber sido por este hombre jamás hubiera tenido esa formación compleja que años más tarde agudizaría mi capacidad intelectual aún más. Nunca lo vi satisfecho, era un inconformista, he escrito tanto sobre él que esta memoria no debe sonar a más que una simple anotación. Ese hombre llevaba dos nombres, Mario Vicente. A sus apellidos no doy mucha importancia, quizá no ahora en esta crónica, más adelante tal vez lo haga. A veces pareciera que los nombres son más importantes que los apellidos porque estos nos nominan y nos configuran a lo largo del tiempo, somos lo que somos por ellos. Los apellidos son los complementos.

Debo decir que mi padre fue hijo unigénito de un soldado en grado de Sargento, un tal Pedro Aguilar, a quien nunca conoció, ya que murió en una absurda guerra limítrofe. Digo absurda, porque una guerra nunca debe llegar a convertirse en eso precisamente, una guerra. Dónde queda el lado diplomático, en fin. (Esto no está en discusión ahora.) Su madre, María Lucía Rodríguez Zavaleta, una joven mujer que quedó huérfana de esposo a edad prematura atreviéndose a llevar sola por el resto de su vida una gran responsabilidad, la crianza de un hijo, también huérfano pero de padre.

Sí, Mario Aguilar Rodríguez era ese hombre reservado, lento y callado, dedicado toda una vida a los negocios y comercios, a las cosas ocultas, al trabajo absoluto. Creyente en un Dios que nunca abandonó. El día que se fue, llevó un rosario y una biblia en su pecho, esa fue su voluntad. Quienes vivimos con él jamás vimos feriados. Un hombre con una voluntad férrea al momento de defender sus ideas - un clásico soñador, diría yo-. Era un tipo marcado por la sencillez de una vida rutinaria, pero con un espíritu reflexivo y desprendido a la hora de mostrar su amor a los demás. Una persona preocupada por desarrollar su paz interior que no sé si la llegó alcanzar al final. Él, guardaba un respeto casi sagrado por la palabra escrita y sus creadores. Un amante de los buenos libros, las revistas y los diarios. Convencido siempre de que las personas en su esencia eran buenas, y que era obligación nuestra mostrarles el camino hacia esa bondad. Un  hombre que jamás se "rajó" como dirían las películas mexicanas que tanto le atraían, pues sí, era un admirador de la cultura mexicana, preocupado siempre por aprender más de ésta. Escribió cuanto pudo, en cuadernos que él mismo compraba y forraba, y estudió por su cuenta temas variados desde cocina manual hasta filosofía trascendental. Creo que siempre fue un niño grande, o al menos lo parecía por sus exabruptos cambios intempestivos de demostración de afecto. Un niño que jamás abandonó a su héroe Tarzán encarnado por el estadouniudense de origen austríaco Johnny Weissmuller. Un hombre casado con una mujer relativamente joven, a la que nunca dejó de amar por más extrañas y raras muestras de cariño. En fin.

Yo, sólo he seguido algunas de las directrices trazadas por él en mí, otras las he asimilado de otros lugares y experiencias. Siempre digo, que los primeros años determinan el desenlace de la vida futura, y que debemos a ellos, a nuestro primeros años, lo que somos en gran parte, tal vez no todo, pero sí, un gran porcentaje. Por que sin duda, como diría Ausubel esos son los aprendizajes significativos. Debo mi nombre, el de partida procesal, al deseo expreso de mi padre, al deseo vehemente de continuar su legado. Sin embargo, mi camino está lejos de ser un legado propiamente exclusivo de una persona.

Mis derroteros de vida son otros, como lo son mi carácter y mis experiencias. Mis convicciones y preocupaciones llevan - en parte- un sello paterno, sin embargo, otras como mi  fe y mis creencias son distintas. Debo a los sucesos, a los hábitos, a los deseos  y a las destrezas de mi vida mi propia denominación; debo mi nominación a dos aspectos circunstanciales que he sujetado desde niño a mi existencia, esas son : la victoria y el amor. Debo uno de mis nombres: Víctor, a la denominación latina "victoris", o "aquél que es vencedor" que apareció en una de las tantas citas que solía subrayar cuando era aún un adolescente universitario. (Años más tarde, en Lima la recordé y la recuperé.) Mientras el otro nombre, debe al grato recuerdo de uno de los cuentos del génesis que tanto me encandilaron en la infancia, sí, ese relato maravilloso del pacto entre Dios y el hombre que sería llamado luego, "padre de generaciones": Abraham.

Foto: Archivo personal.

Desde Lima del Perú.
Víctor Abraham

martes, 8 de enero de 2013

Ser un escritor.

Foto: Gabriel Faba
en Fronterad. Revista digital
Ser un escritor conlleva a muchas responsabilidades, entre ellas: a la defensa honesta de la propia decisión y la defensa de las libertades humanas. Un escritor está obligado a decir "no" cuando de ser preciso para allanar un camino se requiera un imperioso "no", pero también a avalar las buenas ideas - sin importar de donde provengan- que a juicio de él mismo crea conveniente. Aunque muchas veces se tenga la idea de remar en soledad contra la corriente. La inquebrantable fe en los principios diarios del vivir y las buenas prácticas en defensa del bien colectivo enriquecen y afirman su trabajo. Sin embargo, debo admitir que esas - las responsabilidades morales - precisamente no están catalogadas como normales en una sociedad como la nuestra, y de ser aceptadas sólo lo son de manera mediática o paliativa. No, esas formas de vida, son incomprensibles, raras, tediosas, hasta inverosímiles y vetadas. Optar por este estilo de vida sólo puede significar una cosa: una muerte social segura, pero eso no debe importar. Un escritor debe ser siempre un comprometido con el bienestar colectivo, con la sencillez, con el perdón y la regeneración anteponiendo ante todo su propio ego que nada tiene que ver en esta misión noble de decir siempre la verdad porque la verdad es belleza. He allí por eso mismo la importancia de llevar la pasión de la escritura con férrea vocación hasta convertirla en una profesión. Lo demás, es lo de menos. En suma, seguir el ejemplo y las directrices dejadas por los grandes hombres y mujeres de la palabra escrita, sí de esas hermosas convicciones que han alimentado el espíritu rebelde e insumiso de las colectividades que nos antecedieron. La labor de un escritor jamás termina, no tiene horario. Él está obligado a convertirse en un personaje de sus propias historias, emociones y pensamientos, todo sirve a su trabajo. Está obligado a llevar su propia vida a los fondos más oscuros de su propio "yo" y a las cúspides más elevadas de su espíritu, porque es allí donde todo cobra sentido de tiempo y espacio. El llanto, el dolor y el sufrimiento alimentan, pero el servicio, el amor y el afecto vivifican la esencia de su propio destino.

Desde Lima, Ciudad Capital del Perú.
Víctor Abraham les saluda.

sábado, 5 de enero de 2013

La incongruencia de ser representantes de un pueblo y no estar a la altura de ello

Foto: Diario El Comercio.
En días previos a la navidad, un señor llamado Víctor Isla, parlamentario oficialista y presidente del congreso peruano, uno de los tres poderes básicos del Estado Peruano, un 19 de diciembre para ser más exacto, salió a la opinión pública y dijo a través del diario La República, en alusión a un incremento del bono congresal por representación que se empezará a cobrar desde este año, “Necesitamos que los congresistas lleguen a todos los sitios y esto se debe ver como una mejora en la representación y en la comunicación de las necesidades de los pueblos, lo que debe sentirse en normas que los beneficien y en una activa labor congresal de fiscalización". Luego añadió, “Estoy seguro de que no es una medida popular, pero consideramos, en aras de fortalecer la representación, que es una medida necesaria”.

Es probable que sea necesaria esta medida, eso no está en duda, señor Isla, lo que está mal, es que ese aumento sea de S/. 7617 a S/. 15234.  (más que el doble). Llegando así inclusive a convertirse en uno de los mayores parlamentos mejor pagados de Sudamérica. Lo que está mal, señor Isla, es que pretendan hacernos creer que cantidades como éstas, más bien diría yo, abusivas, sean parte de una medida necesaria. Usted sabe que no es así. En fin.


Foto: Virgilio Grajeda (La República)
Si usted, señor Isla,  preguntara a un ciudadano de a pie, dudo mucho que este esté de acuerdo con su "medida necesaria". Es más, sería muy repudiado. Yo me pregunto al final, ¿qué peruano, en su condición de empleado, subempleado o desempleado se siente realmente representado por este Poder del Estado que sin el menor recato fija sus propios bonos extras, y lo que es peor: exorbitantes, a vista y paciencia de todo un pueblo que sigue viviendo a expensas de sus propios "representantes"? La respuesta creo que sería muy obvia, y más cuando de un tiempo acá el parlamento ha sido duramente cuestionado por su falta de ética y compromiso con la ciudadanía, y cosa paradójica habiendo en su interior una comisión ya de ética parlamentaria. En fin.

Si digo todo esto es porque hoy se aprobó lo que parecía hasta hace poco iba a ser un hecho replanteable,  sin embargo las críticas y sugerencias populares a través de los medios y las redes sociales no pesó, ni siquiera la indignación de ciertas autoridades políticas y religiosas del país, no, esto no pesó en absoluto, no, esto no pesó mucho a la hora de votar. El diario "El comercio", en su portal web indicaba, que "fue la decisión del Consejo Directivo del Parlamento, que ratificó el aumento con 17 votos a favor y 2 en contra, y por tanto dicho incremento empezará a regir desde este mes."

Mal, muy mal señores. Es una lástima que aún hayan seres que quieran valerse de la política de la manera más pobre formativamente hablando. Esto sin duda, traerá mucho desconcierto popular, y lo que es peor hace que peligre la estabilidad política del país, justo ahora cuando el ejecutivo lleva como bandera la tan ansiada inclusión y justicia social. Sin duda, que todo esto no nos lleva, sino a una deducción más que lógica, ambición de poder que desprestigia al poder mismo. En fin, veremos que incidentes posteriores acarrea esta mala decisión.

Desde Lima del Perú.
Víctor Abraham les saluda.