lunes, 28 de abril de 2014

Enseñar y escribir, razones fundamentales

Hoy por la tarde subimos la escarpada de una montaña, bueno no exactamente era un monte grande, pero yo así la llamo, la montaña. Estuvimos bastante tiempo mirando hacia abajo las hierbas y pastos secos, una que otra pareja pasó por detrás nuestro, pude percibirlas; estábamos sentados, ella y yo, sobre un tronco seco pensando, escuchando algo de música, y de pronto Magaly Victoria, me dijo, y has pensado qué vas a hacer cuando termines los estudios de la universidad? (Silencio...). Francamente no supe qué responderle, ya que habían tantas cosas sobre mi cabeza, y no precisamente desde ese instantáneo momento, si no desde hace mucho. Lo pensé, pensé en silencio, entonces guardé para mí mismo un suspiro breve, la tomé de la mano, y me sentí satisfecho de ser profesor (pensé por instante en la satisfacción que también debió haber sentido el profesor Stratman(*) esa tarde al contemplar a su enfermera personal cuando de sus labios dijo, "profesor Stratman...", sí, esa tarde supuse que también él debió haberse sentido orgulloso de que hubiese sido llamado precisamente "Profesor" al anticuado estilo europeo, y no "Doctor", a la manera norteamericana, más vulgar). Le dije a ella entonces, "no lo sé, supongo que seguiré ejerciendo mis labores de profesor, escribiendo y publicando mis libros; tal vez viajemos, cuando termines tu carrera. Y porque no, casarme contigo". En realidad, yo creo que ella me conoce muy bien, creo que sabe de mí mucho más cosas, de las que yo sé de ella. Y es que a veces las parejas somos así, así de inexplicables. Le di un beso, uno de esos que uno da cuando está enamorado. Me dio un abrazo, sentí su abrazo. Nos pusimos de pie y nos marchamos riendo. Una canción de Roberto Carlos creo que terminó sellando la tarde. Y es que en verdad, no concibo dos cosas más para mí, que no sean el escribir y el enseñar, y qué mejor si quien me esto pregunta es ella, la mujer que mejor me conoce y entiende estas dos aristas que contienen la mirada angular de mi vida, en fin.

(De: Anotaciones para un diario personal. Víctor Abraham)

(*) Max Stratman es el personaje ficcionario que recibiera el Premio Nobel de Física, en la obra: "El Pemio Nobel", 1961, del escritor norteamericano Irving Wallace.
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Desde Lima, Ciudad Capital del Perú.
Víctor Abraham les saluda.

sábado, 26 de abril de 2014

Sujetos de derechos y usos

El problema no está en que si el género de la persona es neutro, o es masculino o es femenino, y si a partir de esto se le acepta o no, no, el problema no pasa por allí, el problema viene por otro lado, pasa por el hecho de que nuestra sociedad no está preparada- nos guste o no admitirlo- para el ejercicio de una ley de Unión Civil. 

Cuando hablo de esto no me escudo en religiones, ni credos absurdos, ni en amiguismos, ni grupos de camaradería, menos en moralismos exageradoso lo que llamo, doble moral, porque pienso que el Ser Humano no los necesita, no necesita de un convencionalismo social para creer o no en Dios, o para defender o no posiciones personales respecto a lo que su vida le plantee como defender o sostener tal o cual posición ideológica; no, no es así, el individuo debe aprender por sí mismo, y por sus actos repetitivos en experiencias fallidas a  conducirse dentro de un orden social según su libre determinación de hacer lo correcto, lo correcto entendido como el bien hacia el prójimo. Digo esto, a propósito de la ley de Unión Civil que se está proponiendo por estos días, y que pienso que nadie que no sea racional condenaría. Un grupo de estudiantes el otro día me preguntó qué opinaba sobre ello, sobre dicho proyecto, si estaba a favor de ello, dije, "como persona que soy, mi respuesta es no, aunque les parezca extraña, aunque por otro lado, si pensara en ustedes, y en los demás que me conocen, y viendo esta corriente que dice si a toda esta onda de democratización e igualdad de derechos, y que me obligan implícitamente a aceptar y a quedar bien para salvaguardar mi aceptación frente a ustedes y los demás, aún así, mi respuesta seguiría siendo la misma". El problema de esto  es que aquí hay un trasfondo mayor.

El Sr. Bruce, congresista de la República, defiende esta ley, y es lógico que la defienda porque él es su mayor impulsador desde el Congreso de la República, y porque me imagino que debe tener intereses propios como tanto otros gays de clase. Sin embargo ello no me preocupa, están en su derecho de defender sus intereses, es más me parece muy respetable y loable que a partir de ello esto tenga otro matiz, un matiz más jurídico y legal. Me parece interesante y justo que por ejemplo que un Ser Humano al margen de su género por fin pueda entrar por lo legal a esta sociedad peruana con todas las de la ley ( una sociedad peruana que a veces pienso que es muy perversa en sus juicios y razonamientos). Pienso que nadie por más jalado de pelos que esté estaría en contra de ello. Es normal y justo reconocer derechos de las personas al margen de la elección sexual que profesen. 



El problema no está en el gay ni en el Sr Bruce, no, no está allí, el problema está en lo mediático, en lo inescrupuloso, en el sensacionalismo - y ello daña mucho, porque sencillamente atrás de lo mediático siempre hay procacidad y mediocridad- que ello genera y trae como cola, leí la vez pasada una encuesta del diario El Comercio hecha a buen sector de Lima, tras cifras y  datos interesantes en resumidas cuentas pude inferir que la gente no está en contra de no reconocer los derechos de este tercer género, sino me parece que existe un temor generalizado al escándalo que ello acarree como consecuencia. Y con esto no me refiero, al que dirán sino al que vendrá luego, diría yo. Porque si hay algo de cierto, y que a mí también me preocupa, es el hecho de que una sociedad peruana como la nuestra con todas sus taras de raciocinio caiga- y en los menos preparados intelectual y moralmente- en una suerte de abuso de derecho cayendo en el mal uso de la libertad o lo que siempre refiero como libertinaje. 

Deudas pendientes

Si se habla de aceptación y respeto de género aún hay una deuda pendiente con la mujer, que debería la sociedad peruana saldar primero -y que comprendo se ha avanzado en parte-, antes de proponer otras leyes. Hay indicios de mayor progreso en algunos sectores sociales- generalmente dónde la mujer es instruida profesionalmente o protegida familiar y económicamente, sin embargo en el común denominador, en los amplios sectores poblacionales carentes de estos beneficios, ya mencionados, no hay una valía palpable, no, no la hay. Sólo para mostrar dos pequeños ejemplos claros, por un lado -salvo excepciones en mujeres como ya dije, instruídas- conozco y sé de muchas mujeres que aún siguen ganando -y en la mayoría de los casos- por debajo del sueldo de un hombre, sin contar claro con aquéllas víctimas de acosos laborales, o con mayores responsabilidades tanto laborales como domésticas respecto al ejercicio individual masculino. Por otro lado, mujeres desatendidas en sus reparaciones civiles o en sus trámites judiciales de cualquier índole. Conozco un abogado en provincia que me ha hablado de innumerables expedientes de adultas mayores mujeres que aún no reciben una pensión de jubilación, o bien por otro lado, que no han sido atendidas sus demandas personales respecto a violaciones y agresiones de derecho, simplemente porque a los señores miembros del Poder Judicial, o en el primer caso de la Oficina de Normalización Previsional (ONP) no les da la gana. Luego, me resulta paradójico todo ello a la hora de contemplar nuevas leyes. 

Preocupaciones mayores

Una sociedad - en su gran mayoría- como la peruana en donde los niveles de razonamiento crítico y de análisis es pobre, y los niveles de consciencia moral -aún arraigados fuertemente en dobles morales cristianas que se excusan en Dios para cometer sus actos más cínicos- es más fuerte, hace que este panorama futuro de ejercicio de Unión Civil sea muy sombrío, es más se torne desde ya sombrío. Luego, como ciudadano no puedo trasgredir el orden social ni crucificar las pulsiones de los otros, pero tampoco puedo dejar a libre albedrío que la sociedad se desplome legalmente en favor de una democracia que en el Perú no funciona, ya que las leyes peruanas siempre están prodigándose entre quienes puedan comprarlas.

Desde Lima, Ciudad Capital del Perú.
Víctor Abraham les saluda.

miércoles, 23 de abril de 2014

Sujetos de lo cínico

Sucede que hay un problema grande en el Perú, y este tiene que ver con la desnaturalización del pensamiento que no es de forma, sino de fondo, empero ¿cómo podemos entender esto?, las muestras subyacen latentes a esta premisa inicial que planteo: por un lado se está matando el espíritu crítico con programas televisivos estúpidos donde la risa ya no tiene un sentido subversivo para rebelarnos contra el que nos daña e intenta silenciar, sino mas bien vira hoy hacia un sentido más burdo de complacencia asolapa en favor de quienes nos dañan, nos reímos de la incoherencia, la irracionalidad, y el sin sentido donde el lenguaje procaz reina de alguna u otra manera.

Le pedimos a nuestros hijos y estudiantes que no hablan lisuras ni estupideces, repetimos "no seas cínico", y "no copies malas costumbres" (sólo recordar esto, me hace pensar que parecemos discos rayados), y sin embargo esto está a la orden del día al prender un televisor o al ojear el interior de un diario popular- mención aparte, nada rescatable, si se trata de un supuesto diario serio, donde la libertad de prensa distorciona la verdad e induce al conformismo social, muestra clara de ello los manoseos de titulares que cada día no persiguen más que sensacionalismos, y en otros casos los refritos para cuyo fin no es más que meros entretenimiento desviando la información real. (Escribo, esto y pienso en dos cosas: por un lado, la sádica y mórbida necesidad de exponer todas las noches violencias: ocho de cada diez, caen en esta categoría, y lo sobrante, farándula paupérrima de significado. Por otro lado, seudoperiodistas pragmáticos que con tal de no ver afectada su economía, rebajan la profesión de la información que tanto defendía Pulitzer, y que hoy con razón critica el presidente ecuatoriano Rafael Correa).

Me imagino, si comparo diarios como el Trome con su siamés El Comercio - sólo por citar como muestra referencial- que son el anverso y reverso de una misma tara que en nada asumen una labor de conscientización, salvo notas excepcionales de algunos críticos, columnistas o analistas bien trabajadas léxicamente, pero que quedan allí nada más, en el snob, y que no son sino parte de este inmenso deseo por disfrazar eso que se conoce como cultura: es absurdo intentar arropar algo carente de esencia con una suerte de moda snobista llena de cultismos y modismos en donde se piensa que el saber y la creatividad sólo puede ser generado por snobs patéticos cuando la realidad es otra, cuando el vacío es inminente e innegable, esto - pienso- hace mucho daño al país entero porque lo divide y lo sesga indefectiblemente sumiéndonos en una especie de falsa consciencia ilustrada.

El problema mayor

Pero, el problema no queda allí, sino que esto queda diseminado en fideistas y seguidores que intentan hacer lo mismo, crear sus propios núcleos cerrados cayendo en el rechazo al otro, o bien asumiendo con un ironismo ilustrado estas falsas verdades, claro, alguien diría, "pero yo sólo veo por diversión, o porque me causa de pronto cierta gracia", sin embargo, intrínsecamente termina lactando de ese propio cinismo. Ejemplo de ello, los modelos alienantes, y angustias por no vivir como viven los "ídolos". Y sin embargo de algo estoy seguro, muy seguro y concuerdo con usted Sr. Brivio, conductor de uno de estos programas, oh, sí, concuerdo mucho con usted, en que la gente que más critica es la que más mira, y que tal vez esto, sea - merced de los muchos televidentes peruanos- una suerte de programa familiar (no dudo - y no me llama la atención que viviendo en esta época relativista y pragmática,  algo no familiar sea tomado por ello). Tal vez, Sr. Brivio, tengan razón sus palabras, total, el sistema le faculta licencia para decir esto, empero si en algo  debo discordar con usted, es que la población entiende, no es estúpida, sin embargo - y vuelvo al inicio de esta nota- el problema radica, no en usted, ni en sus muchachos, ni en el Sr. Benavides, sino en como se está estructurando el país - y quiénes lo están haciendo- para los próximos treinta años tal vez. No me imagino hoy, una sociedad carente totalmente de espíritu crítico, trato de ser optimista. Pero, esto ya no le compete sólo a un hombre, o tal vez a dos, o a tres, sino a una masa dispuesta a decir, basta ya.

Desde Lima, Ciudad Capital del Perú.
Víctor Abraham les saluda.

domingo, 13 de abril de 2014

Capítulo 13 de "La Degradación humana". Lima. 2014

Jeremías subió lentamente las escaleras del oscuro edificio. Las paredes eran verdes y estaban sucias y chorreadas, inclusive por las mañanas se podía notar claramente las inscripciones de corazones que solían hacer los enamorados ya entrada la medianoche, y las barandas, qué decir de esas barandas que siempre estaban pegajosas. Era un asco, pero ni modo era el lugar donde había arrendado la única pieza que estaba libre. Eran las dos de la mañana. Ya en el piso tres, miró una vez más el extraño pasadizo que lo conducía directamente a su habitación, prendió la luz del corredor y sacó de su bolsillo derecho la llave, deshechó giratoriamente el candado de la puerta de fierro, no sin antes percatarse de una nueva mancha roja en la pared del vecino de enfrente, ¿habría discutido otra vez con su mujer?, y es que sucede que cuándo discutían, lo hacían sanguinariamente, luego, el hombre salía y pasaba con su dedo la sangre que según él había podido sacarle a su mujer con el fin de evidenciar en los otros inquilinos su fuerza descomunal. “Aquí mandan los hombres”, solía afirmar bulliciosamente a carcajadas. Luego entraba, cerraba su puerta, y hacía el amor con su mujer de la manera tan escandalosa que sus gemidos eran bastante notorios. Y esto tal vez se debía a las paredes delgadas que en nada detenían los ecos de la pasión tormentosa. “Últimamente ya no hacen las paredes tan consistentes como antes”, se dijo Jeremías. Luego añadió con indiferente tono, “Este es el negocio de las constructoras hoy en día”. Eso era cosa de todos los días. Cuando era la mujer, quien ganaba el enfrentamiento pasaba su dedo envuelto en líquido púrpura en la puerta. Así evidenciaba ella, su espíritu de no dejarse avasallar. Cuando esto sucedía, el cuarto quedaba en paz, tranquilo, y se podía descansar apaciblemente, al menos no había ruido de por medio. Pero él, Jeremías muy poco dormía. Sus crisis de insomnio se habían agudizado.

Ya en el interior, caminó lentamente bordeando por espacio de breves minutos -en forma de O- la mesa de trabajo, sí, la única mesa que había heredado de su última estancia; enseguida miró la cama en cuyo filo izquierdo pegado a la pared, yacía una ruma de hojas, cuadernos, libros, periódicos, que por muchos años atesoraba con sensible dulzura. Miró las cuatro paredes de su cuarto. Lorca lo miraba apasiblemente. Admiraba a Lorca. Jeremías quiso ser siempre un poeta, pero no lo había logrado. No tenía el lenguaje de los poetas.

(...)

Jeremías era un moralista, característica algo extraña en un hombre de su sociedad y de su edad. Tenía treinta y tres años. Vivía una vida miserable, sin embargo no sentía el mínimo remordimiento por ello, por ese estilo de vida que llevaba desde hace muchos años atrás. ¿Tal vez ocho o nueve?, ya no lo recordaba. Su padre había muerto más o menos por esas épocas, era poeta, al menos recordar esto último siempre le reconfortaba. Y es que sucede que de su padre había heredado todo esto que se llama, amor por los libros. Años que se habían disuelto con el devenir del tiempo, porque es así, el tiempo determina todo, y da lo que debe dar a los individuos en un relativo futuro. Por eso, pensó de pronto en silencio que probablemente esta vida incierta le había pasado una suerte de factura a la resquebrajada relación con su todavía esposa, Sara, Sara Jerusalén.

Jeremías era alto, delgado y de tez cobriza. Su fascinación por la vida solitaria, y los paseos nocturnos de medianoche, ya empezaban a notarse a modo de estragos. Cierta noche se percató al mirarse el rostro, que en éste se habían formado sin que él se diera cuenta de ello azuladas bolsas debajo de sus amarillos ojos palúdicos. Le pareció muy usual esto, no podía quejarse, él mismo se lo había buscado. Por otro lado, unas extrañas manchas blanquecinas le habían empezado a salir debajo del mentón, y detrás de la oreja izquierda. Y aunque esto de vez en cuando le preocupaba, terminó por aceptarlo. “Uno no es eterno ni va a ser eterno”, se decía para darse ánimos.

(...) 

Y de pronto allí estaba Jeremías parado en medio de su propia consciencia con dos obstáculos muy grandes de vencer, y anteponerlos a su propio miedo y a su rabia, por un lado la seducción desbordante y destructora arropada en la piel y sencillez de una mujer que no ofrecía más que un escape al vacío consumista irremediable, y por otro lado, un arrollador y desquiciado espíritu devastador y hasta psicópata enfundado en la desolación de un hombre. Era ineludible que esta ciudad junto con sus consciencias que la habitaban no ayudarían en nada esta vez al hombre, eso lo sabía él, sabía incluso que no podría contar ahora con Sara, sí, sí, ahora cuando más la necesitaba, ella, ella también parecía haberse degradado en sí misma, pero él, Jeremías, la amaba.

"Cómo era posible que ella también había podido ser capaz de sucumbir a su propia degradación", pensó para sí mismo. Caminó lentamente, caminó despacio, avanzó pero esta vez en retroceso. Un gato oscuro le detuvo un momento, le pareció que lloraba, las muecas raras de su rostro decían que lloraba, su dolor era reflejable, absolutamente quebrantable. Él no comprendía nada. "Es raro", se dijo entonces,"que muchas veces se nos haya enseñado más a ver en un irracional, un ser desprovisto de emociones que jamás llora o que jamás ríe- al menos explicitamente- en vez de verlo como un sujeto ajeno a nuestras percepciones humanas para cuyo juicio sólo pertenecen a una escala inferior que mueven el rabo o restriegan sus lomos a las piernas de sus amos, no, que va, que va, estos animales sólo actúan por instinto". Jeremías comprendió entonces eso que Freud, y Lacán llaman pulsiones, "una pulsión podría enredarse con el instinto mismo, pero jamás podría ser un instinto, ya que aquí - en el instinto- no hay ni habrá deseo, mientras que una pulsión el deseo siempre será inherente a ella. "El gato", concluyó, "no deseaba llorar, como tampoco un perro desearía reír, ellos, ellos obran sencillamente en función de estímulos- respuestas (Recordó a Pavlov y su experimento con el perro que saliva). No vemos a un mono golpeando con un látigo a su hembra para tener sexo, pero sí sabemos de la existencia de fetiches en los seres humanos cuando tienen sexo". Abrió su cuaderno de apuntes, y anotó estas observaciones. "Esto es obra de las pulsiones humanas", se dijo para sí.

(...)

Desde Lima, Ciudad Capital del Perú.
Víctor Abraham les saluda.

sábado, 5 de abril de 2014

Sobre la perfección, la obra moral, la vida y el tiempo

Estuve revisando hace poco mis apuntes, y encontré descrita en ellas, en sus registros fechados, una anécdota muy curiosa que hoy he querido compartir con ustedes, se trata de una práctica docente, y de lo que se pudo obtener de ella.

Sucede que una vez introduje esta frase en una de mis conversaciones habituales con mis estudiantes de Literatura, sí, sí, en ese tipo de conversaciones en las que uno puede tomarse una licencia breve, luego de concluido el saber teórico con el fin de profundizar en eso que yo llamo, la esencia del Ser o del individuo, dije entonces- y la escribí en la pizarra ahora que recuerdo-: "Mientras estemos vivos no estaremos acabados en la perfección, es el tiempo  el que determina la consecución de una obra moral".

A algunos les agradó la frase, a otros que la leyeron repetidas veces, les pareció algo "filósofa" (así, con esta palabra me la describieron). Algunos ceños se fruncieron, y otros la copiaron en sus cuadernos. De pronto, uno de ellos me dijo, "Profesor, a qué se refiere con ...acabados en la perfección... y ... la consecución de una obra moral". Añadió luego, "¿Cree usted entonces que la vida obstaculiza la perfección, y que el tiempo es determinante? ¿Qué es el tiempo entonces? ¿Cómo determina el tiempo el proceder de las personas?".

La verdad, es que este cuestionamiento llamó mucho mi atención, pues francamente no esperaba este tipo de preguntas. Entendí, entendí una cosa, y esa era que debía dar una respuesta meditada y sincera, porque siempre he pensado que cuando se nos pone delante un estudiante capaz de elaborar interrogantes o premisas acuciosas, éstas deben ser resultas con la mayor admiración posible. Total, qué sería de los profesores, sino tuvieran del lado opuesto estudiantes que reten sus posiciones y teorías respecto a tal o cual tema, ya sea de índole académico o puramente trivial, y se me ocurre pensar aún más en que si estos jóvenes se les añade la categoría de inconformes acostumbrados a cuestionar duramente - y a diario- las leyes que rigen su propio orden buscando desafiarlas a partir de sus propias observaciones, ya referimos otra cosa: necesidad de saber real, o tal vez eso que muchos colegas míos llaman, aprendizajes para la vida, en fin.

Miré claramente a la clase, y vi al estudiante inquisidor allí, allí metido entre todos y en medio de todos. Vi entonces a través de sus ojos pardos esa necesidad casi "filósofa" de encontrar respuestas a sus inquietudes. Los demás jóvenes hicieron unos cuantos murmullos breves, y luego callaron.

"Indudablemente", dije, "indudablemente que cuando las palabras llegan a calar en las consciencias individuales de los otros hasta el punto de ser tomadas por éstos como propias recién cumplen su función real, ya que la palabra sólo tiene un único objetivo, hacer posible un cuestionamiento de la conducta, remecerla, y promover a partir de ella nuevas actitudes reflexivas y sistemáticas que lleven al individuo a sentirse - y a obrar- mejor".

Acabados en la perfección...

"...Acabados en la perfección", implica, dije, "reconocer las  propias limitaciones del individuo, y entenderlo a partir de allí como un ser sujeto de imperfecciones, pero también siendo conscientes de que éste no puede estar escudándose en esas fallas y errores ocasionales para desistir de su propósito de enmienda, y más aún entregar esta disposición a un círculo vicioso que se sostiene bajo el popular adagio, "nadie es perfecto, por eso yo hice esto o aquéllo", ...¡no!", expresé luego, "así no funcionan las cosas".

"Sucede", añadí, "que la gente actúa como lo hacen los niños, hay que ayudarlos, cuidarlos, protegerlos, pero sobre todo enseñarles, no sé si nuestro trabajo sea ser de soporte permanente o de bastón, pero de lo que si estoy convencido es que aún no ha llegado el momento que puedan hacer uso de su libertad plena, lo otro, lo que se vive sólo es libertinaje que daña al  mismo individuo por eso es menester del hombre cultivar su espíritu a límites insospechados. Luego, la clave está en enseñarles a pensar, en hablarles claro y con la verdad, pero sobre todo internalizar en su mente, en la mente de las personas, que nosotros los mayores -y no me refiero a la edad, sino a la madurez del espíritu que sólo se alcanza a través de la profundización del pensamiento-, siempre estaremos actuando como ese padre que nos muestra el evangelista San Lucas a través de la parábola del Hijo Pródigo, sí, sí, ese padre que siempre estará con los brazos abiertos para contener la desesperación, angustia y dolor de ese menor hijo, de quien sólo sabe que en su búsqueda de libertad, se equivocó, y sin embargo supo que sería perdonado. En suma, la gente necesita ser perdonada, entendida y ayudada, pero esa ayuda ya debe ir al plano de la reflexión y de la confianza en que podrá mejorar. Debemos de creer que la gente como esos niños que dicen voy a cambiar, y que demoran en evidenciarlo porque es un proceso, necesitan acompañamiento, respeto, cariño y acompañamiento. Que el mayor enseñe al menor entonces, y que el firme invite al débil también a la construcción de su propia fortaleza, pero cuál es ese primer paso, sino que el perdón".

...la consecución de una obra moral en el tiempo

"Por otro lado", dije, ".. la consecución de una obra moral", implica ser conscientes de que el Ser humano tiene algo, una responsabilidad, que se convierte de pronto en un imperativo difícil de esquivar, y ése, ése es el de dejar - según Vallejo en sus apuntes de: "El arte y la revolución", un arte socialista que implica según sus palabras-", leí entonces, "una obra que responda al concepto universal de masa y a sentimientos, ideas e intereses comunes a todos los hombres sin excepción(...) una obra... que responda, sirva y coopere a esta unidad humana por debajo de la diversidad de tipos históricos y geográficos en que esta se ensaya y realiza". Cerré el libro, "Eso, eso jóvenes es lo que se llama obra humana, que asociada a la búsqueda de la nobleza se constituye como moral, por lo que nosotros no somos sino instrumentos de esa gran obra".

"Cuando nos preguntamos", dije,  "acerca de si la vida obstaculiza o no la perfección, deberíamos preguntarnos, ¿qué hacemos nosotros durante nuestro lapso de vida en pos de alcanzar esa perfección, y de qué manera nuestros propios juicios y esquemas mentales obran sobre nuestros actos de aceptación o no aceptación obstaculizando ese propósito sano del corazón que enaltece nuestra existencia?"

"Hoy en día", dije, "las personas necesitan sentirse en sí mismas sujetos de credibilidad, y esto implica decir - y pensar- que aún se puede creer en ellas mismas, pero dependerá mucho de los actos concretos que ellas mismas puedan evidenciar en su práctica diaria, ya que las palabras sencillamente no sirven de mucho, sino van acompañadas de estos actos, si no hay coherencia: las palabras sólo se convierten en motivadoras que sólo sirven para contentar, o para alegrar, pero no para dar fortaleza ni base ni ningún sentimiento valorativo, lo otro, lo otro - y me refiero a la fortaleza-, lo enriquece las muestras sencillas y concretas del día a día. Total, sigo pensando que ese querer con el corazón y dejarse querer también con el corazón -siempre que se pueda-, debe de ir tomando forma diariamente bajo ese único sello que se llama, voluntad para hacer lo correcto".

"Jóvenes, últimamente, merced de esta sociedad de consumo que prolifera por todos los estamentos sociales, la gente desconfía, desconfía mucho del otro, y esto es harto entendible -y hasta comprensible- debido a lo que se percibe todos los días en las televisoras y prensas locales: la inseguridad en las calles, y al interior de las propias casas. Siento que la gente anda a la defensiva, con temor, con dudas respecto del otro, esperando de pronto un traspiés ajeno para asestar el duro golpe o "Knock-out" a la consciencia del otro, ya dije, esto es razonable, sin embargo, también pienso que puede llegar a ser patógeno. No me cabe ahora en mi cabeza la idea de pensar en que la gente contrae matrimonio pensando en que se va a separar en algún momento, y lo que podría salvarlo en el futuro es esa expresión casamiento por bienes separados (pensamiento algo absurdo y hasta estúpido pensando en que el futuro nos es incierto siempre, ya que uno mismo determina su futuro con sus acciones, en fin)".

"Por otro lado jóvenes, el tiempo, sí, sí, el tiempo es determinante en el proceder humano. Se me ocurre ahora un vídeo que vi hace poco sobre la presentación del libro, "El viaje del elefante", en el que José Saramago, su autor portugués, dice recordando una pregunta que le hiciera un entrevistador en Lisboa, "Usted, ahora que está en todo, premio nobel, gloria, fama,... qué más quieres buscar", a lo que el escritor agrega,  "tiempo...vida...tiempo y vida para continuar con mi trabajo, con mi mujer y para vivir con toda mi vida de ahora y sus partes, para vivir como vive un viejo, y para continuar  alimentándose, para vivir y para fructificar la felicidad que hay en mí, y la felicidad que hay en otros".

Jóvenes, el tiempo determina el proceder del individuo, determina su originalidad o su no originalidad, calibra la madurez de sus palabras, y confiere rigidez y templanza a sus actos y respuestas manifiestas de éstos. El tiempo es relativo y valioso, es como una saeta que una vez soltada no regresa más, se me ocurre pensar -y parafrasear- ahora una cita de Ernesto Sábato, el autor de "El túnel" - y que el diario "El Comercio" presentara en un artículo corto-, que dice, "cuando uno realmente empieza a entender y comprender la vida hay que morirse". Esta expresión, jóvenes, lleva mucha verdad, el tiempo opera de tal manera que nos cambia y nos hace entender las cosas de una manera más clara y abierta. ¡Luego de ello...!, ¿hay que morirse, no?, en fin.

Tocó el timbre, la clase había terminado.

Desde Lima, Ciudad Capital del Perú. Víctor Abraham les saluda.