jueves, 31 de julio de 2014

Educación de calidad, dice el Sr. Ollanta Humala, presidente del Perú

Desde niño siempre he escuchado promesas políticas, mi padre me hablaba de promesas políticas que le hicieron, y muchas personas mayores que conozco hoy me han referido cosas similares. Comparto la duda y la no aceptación de estas personas por creer en lo que dice el presidente. Mis diálogos con ancianos fonavistas a quienes siempre se les ha prometido la devolución de sus fondos de vivienda sin cumplírseles me llevan a sentir este pesar. La desilusión de las madres por no ver la realización del gas barato -que dicho sea de paso-, si llega, es demasiada la espera, y esto es si llegará a los amplios sectores. Recuerdo en mi memoria -solo por citar como ejemplo- las promesas del expresidente Alan García que les hiciera a los pobladores de Ica, y zonas vecinas tras el último terremoto el 2007, sin cumplirles lo acordado, contratos con empresas fantasmas que se suponían iban a edificar las viviendas. Nunca se dio.

Nuestra formación universitaria

Como maestro que soy me he permitido tomarme el tiempo para examinar algunos aspectos de la realidad educativa peruana durante estos últimos años: ver todos los días las deficiencias que subsiste a este sector, convivir de cerca con ello, desde dentro, porque una cosa es opinar a partir de bases teóricas y otra muy distinta es extraer tesis a partir de la convivencia con lo interno, sí, sí, ir al meollo del asunto es la clave. Y dudo mucho de que hoy se gane con promesas de Mensajes a la Nación. El problema está en que muchos de los teóricos e intelectuales de nuestro tiempo viven de espaldas a la realidad, e inclusive pienso que las universidades no están haciendo calar en sus estudiantes esa sensibilidad social y ese espíritu de investigación, merced de las globalizaciones y cambios tecnológicos. Mucha demagogia y discursos trillados carentes de sensibilidad individual, y es que hay una realidad innegable: las universidades del Perú, en su gran mayoría, no están formando a los profesionales del presente, este país necesita personas competentes creo que más en el lado de la sensibilidad y la consciencia social, en fin. Las universidades peruanas están haciendo de sus estudiantes, seres frívolos, carentes de sensibilidad comunitaria, hecho que parte de las mismas cátedras impartidas por los mismos docentes, quienes en su gran mayoría también - y vuelvo a repetir- viven de espaldas a la realidad. Solo importa el título o diploma para ubicarse en algún puesto de trabajo, y poder hacer de esta manera "currículum". Cuando refiero esto, no dudo, el hecho de que alguien no sea especialista en su campo u operativamente hablando, ducho en su materia. El problema pasa porque se acepta todo como algo normal dando mal ejemplo a las generaciones que están detrás de nosotros, aquéllas que aún se están formando en las escuelas. 

Educación de calidad, dice

Y volviendo al tema central, dice el Sr. Ollanta Humala, 

"El primer y gran compromiso es por la Educación. (...)darle a nuestros hijos las herramientas que les abra las puertas del futuro, los haga dueños de sus destinos y ciudadanos del mundo.(...)el Perú del bicentenario debe contar con una educación de calidad, con docentes motivados y competentes, con ambientes que estimulen y faciliten el aprendizaje, y con una gestión orientada a que cada niño y niña alcance su máximo potencial. 

¿Qué profesores- me pregunto- con más de 24 alumnos por aula (en muchos casos, aulas que llegan hasta 44 alumnos o aulas multigrados- donde un profesor enseña varios grados al mismo tiempo-), en infraestructuras escolares de pésimo estado, y con un proyecto educativo nacional alejado de nuestra propia realidad pueden trabajar en esas condiciones? Los teóricos del Ministerio de Educación suponen que todo se arregla poniendo más horas de estudio, e inclusive el presidente supone que 4,000 millones de soles en el presupuesto educativo aliviarán el problema y nos darán una educación de calidad. Cómo queremos educación de calidad, Sr presidente, si no lo complementamos con programas televisivos de señal abierta que valgan la pena. Sinceramente cuestiono mucho lo que dice Usted, sucede que no creo esto.


Y es que sucede que estos mismos medios de comunicación, aquéllos que nos hacen creer todos los días que el problema central es la señora del Presidente, Nadinne Heredia, escondiéndonos un problema mayor que se llama Miguel Castilla, Ministro de Economía, ya que es él quien formula las recetas económicas de este Gobierno peruano, y que dicho sea de paso, el Sr. Ollanta Humala consciente o simplemente no quiere ver. Sí, sí, son estos mismos medios de comunicación los que dudo, estén de acuerdo con esa educación de calidad que se intenta promover.

Sí, así es, cuando el Sr. Presidente refiere que quiere una educación de calidad en su discurso, dudo de que tenga el contexto de apoyo de los dueños de los medios de comunicación. Nada se hace en las escuelas, si en las casas subsisten programas que deforman la consciencia ciudadana. Si yo quiero cambiar la educación debe de ser desde la raíz, contundente, empezando primero por ver qué material televisivo reciben nuestra niñez y juventud cada día en horarios mal llamados "de protección al menor", y no quedarse con los brazos cruzados, ya que todo parte de la voluntad política. Lo demás es palabrería demagógica, ya que cualquier psicólogo podría refrendar que esos horarios no protegen al menor.

Llamados a la disidencia joven


Esta interpretación que hago líneas arriba, solo me lleva a pensar que las sociedades se están embruteciendo, que el consumo desmedido, la procacidad televisiva y la pasividad de políticas de gobierno frente a ello, están llevando a las poblaciones a esto. Ello ya está en marcha. Esta metodología de relativismo pragmático que aplasta el pensamiento racional y la crítica inferencial, ya está en marcha, esta maquinaria embrutecedora ha contratado a sus mejores cartas intelectuales, porque las hay, hay intelectuales que sirven a este accionar. Pienso - y ahora con más razón- que las ausencias de Juan Gelman, y de García Marquez dejan huérfano el pensamiento disidente y rebelde, al menos en esta parte de Latinoamérica- salvo el uruguayo Eduardo Galeano que aún está vivo-, quedan muy pocos "viejos". Viejos dinosaurios de la militancia intelectual clara y comprometida, y ello, ello, hace necesario una nueva convocatoria a la disidencia joven, una convocatoria a la escritura, al desarrollo del pensamiento, y al análisis, ¿verdad?, en fin. Como ya dije, esto del embrutecimiento social me preocupa, me preocupa mucho porque se trata de mis contemporáneos, pero lo que más me entristece es que a partir de ello, el futuro se torne irremediablemente sombrío, no para nosotros, sino para los que vendrán tras de nosotros, nuestras generaciones futuras, los niños que nacerán de acá a diez años, entonces me pregunto, a partir de esta suerte de hipótesis dialéctica, qué vamos a dejarles como herencia substancial.
Desde Lima, ciudad capital del Perú.
Víctor Abraham escribe.

lunes, 21 de julio de 2014

EL DISCURSO NARRATIVO ROMÁNTICO DE JUANA MANUELA GORRITI

SUMILLA

El ensayo en cuestión busca presentar una aproximación descriptiva del discurso narrativo romántico de doña Juana Manuela Gorriti, a partir de su identificación como mujer latinoamericana enmarcada dentro del s. XIX. Es importante destacar para ello, que el contexto social que la rodeaba no era nada fácil, dado a que el rol femenino estaba mirado ahí desde una posición patriarcal y discursivamente canónica, y por lo mismo consiguiente contrario a todo proyecto de construcción interpretativa propia que saliera de una voz femenina; hecho que sin embargo no significó impedimento alguno para que esta escritora a partir de sus experiencias personales- tales como sus viajes, y necesidades por experimentar dentro de lo fantástico, unidos a su espíritu disidente y lenguaje pedagógico y moralizador- , pudiera hacerse de un nombre propio y de un prestigio tal, contrario a todo intento de inequidad de género muy característico de esa época.

JUANA MANUELA GORRITI Y LOS PARÁMETROS DE SU TIEMPO

Indiscutiblemente que para al siglo XIX se levantaba sobre el escenario socio-político argentino una fuerte oleada nacionalista e integracionista en el pensamiento intelectual. Ésta tenía una proyección amplia y extensiva abierta hacia todos los movimientos latinoamericanos, y buscaba promover – y por ende configurar- desde esa perspectiva una idea de nación modelo en donde sus habitantes pudieran discurrir dentro de un sentido de unidad común a partir de un discurso hegemónico, patriarcal y totalizador impulsado y promovido por una serie de élites masculinas agrupadas alrededor de una constelación de escritores, publicistas y hombres de Estado(6): hombres cuya mayoría de edad fue alcanzada en la década de 1830 y que dio luz a un movimiento intelectual cuyo pensamiento de proyección continental fue conocido como “Generación del 37” y que agrupaba a figuras prominentes alrededor de la talla de pensadores como Sarmiento y Mármol, quienes reunidos en Salones literarios planteaban discursos unitarios. Si bien es cierto, este esfuerzo configuró por un lado debates grandes, preocupaciones y retos para la clase intelectual en su afán por vislumbrar y señalar un nuevo derrotero de nación entre sus habitantes, por otro lado este acento discursivo fuertemente patriarcal excluyó a las minorías, entre ellos pobladores periféricos -para quienes el discurso en situaciones formales y oficiales sólo era internalizado y programado-. Precisamente dentro de este grupo social se encontraban las mujeres cuya función consistía en ser las protectoras del orden familiar, pasando en muchos casos de ser consideradas mujeres con escasa condición requerida para loa actividad del pensar y opinar - o en todo caso manifestar una posición abierta-, hasta ser vistas como mujeres complacientes con el statu quo social.

En este contexto hegemonizador del pensamiento, nos dice José María Caicedo Torres, intelectual colombiano, que surgió en 1845 una novela de alto mérito, titulado “La quena”, que la prensa latinoamericana –cabe necesario precisar que toda suerte de narrativas eran difundidas por este medio físico, y para cuyas tiradas llegaban ampliamente a todos los sectores de las comunidades dónde era distribuido el material tipográfico- no dudó en colmar de merecidas alabanzas a su autora, y que además fue muy bien recibido entre los literatos de Lima y de toda Latinoamérica” (2), y a la que sucedieron narraciones como, “El guante negro”, “La hija del masorquero”, “Álbum de un peregrino”, “El lecho nupcial”, “La duquesa”, “Güemes”, entre otras que fueron afirmando la originalidad de una escritora mujer que el contexto latinoamericano del s. XIX conocería como Juana Manuela Gorriti.

(...)

Juana Manuela Gorriti, nacida en la provincia de Salta, en la república Argentina, el 15 de junio de 1818, desde pequeña tuvo una formación espiritual formada llevada a cabo con las monjas Salesas de su provincia natal. Tras el destierro de su padre, fueron a afincarse hacia Bolivia donde contrajo matrimonio con un militar de nombre Isidoro Belzú, quien posteriormente fuera expatriado a raíz de una gresca militar a Perú. Siendo así como Juana Manuela llega a Lima, donde desarrollaría una intensa labor de difusión cultural, educativa – véase acá lo que en palabras de Torres Caicedo, resaltaría como principal característica de su obra más adelante, el espíritu moralizador-, y literaria a través de la apertura de un espacio de discusión que fuera conocido luego, como salón literario, y el que convergerían muchos intelectuales de su tiempo (muchos no argentinos, sino de otras partes de América Latina), quienes ya empezaban a notar- y dar por sentado- esta brillantez de escritura tan cálida y coherente a su personalidad de mujer, y además, cargada de una emotividad tan sencilla y humana que analizaremos más adelante. Fue así como su trabajos propios fueron extendiéndose por varias latitudes siendo Chile, Colombia, Venezuela, Argentina (sólo luego de la caída de Rosas), para finalmente llegar a Madrid y París. Una mujer tan sensible al exilio, hizo que su visión de mujer no se perdiera sino que se acentuara (y he aquí se me ocurre pensarla de pronto, sumida por momentos en la angustiosa soledad de sentirse “un alma triste”, tal como lo reafirmara en sus memorias posteriores que denominaría “Peregrinaciones…” contenidas luego, en “Panoramas de la Vida”, (1876), sentida al lado de sus dos hijas, tras el abandono de su esposo, y para cuyas reuniones suplirían en parte esa desdicha que sólo la tendría reservada para sus momentos de espacio personal, en fin). Ya en 1874, residiendo en Buenos Aires, la encontramos recopilando su producción que sólo verá luz luego de su muerte, acaecida el año 1892 en Lima, bajo el título de “Lo íntimo”. Los años posteriores a ello, a dichas recopilaciones, vemos a la autora de “La quena”, viajando constantemente a Salta, lugar de su niñez – y me imagino la finalidad de esos viajes, dada su alta sensibilidad femenina para articular lo sencillo con esas evocaciones infantiles del pasado, y mecerlas bajo esos silencios dulces de una aldea que se resisten al olvido senil de alguien que ya puede presentir el desenlace de una vida cargada de experiencias impresionables que desde siempre han configurado su espíritu humano, en fin.

Ver ensayo completo:



Enlace a:

Panoramas de la vida : colección de novelas, fantasías, leyendas y descripciones americanas. Tomo II

http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/panoramas-de-la-vida-coleccion-de-novelas-fantasias-leyendas-y-descripciones-americanas-tomo-ii--0/html/ff43d55e-82b1-11df-acc7-002185ce6064_4.html#I_8_

Desde Lima, ciudad capital del Perú.
Víctor Abraham les saluda.

domingo, 20 de julio de 2014

Sensaciones, humanas convicciones...

Pienso que la franqueza de una persona debe ser la mayor carta de presentación a la hora de cimentar cualquier tipo de relación humana. No se puede ser buena persona, si no hay, desde el inicio del acercamiento mutuo, claridad de lenguaje libre de toda turbiedad en donde el discurso doble y la procacidad asolapada campean. Entiendo que las personas no estemos preparadas emocionalmente para escuchar lo que no concuerde a punto de vista propio y nuestro, o mejor dicho de otra manera, lo que no nos sea favorable a nosotros. Sin embargo, he allí la tarea de un sincero honesto, quien pese a correr los riesgos de ser tachado como ingenuo inoportuno o como "malvado" inconsciente se arriesga a decir exactamente lo que está pensando o suponiendo de su observación inmediata. Si yo le digo a alguien que no está bien lo que está haciendo, o lo que es peor, dejo de decirle: lo que quiero y lo que busco de él, probablemente, reciba una expresiones como, "me desconciertas", o "me decepcionas", en fin, pero ese es el reto, y hay que tener suficiente valor para ejecutar verbalmente lo que se piensa en el momento preciso.

A veces el hecho de no poder expresar lo que uno piensa para sí mismo o siente en sí mismo, debido a la sugestión tonta de "cómo lo tomará el otro", hace que la represión y el vacío propio se amplifiquen, sumiéndolo en un miedo terrible que daña su autonomía - y que a propósito es el propio statuo quo quien sentencia frívolamente con las mayores y crueles penas, la indiferencia y la exclusión, que disimuladas bajo disfraces y caretas de falsa amistad o amistades silenciosas cubren sagazmente su cometido. Una amistad con la que ya no se es posible dialogar de ningún modo, de nada sirve, por eso, hay que cultivarla todos los días o por lo menos periódicamente porque una vez que se va, se va para no volver más: sino, recordemos esa frase que el genial Exupéry deja en las palabras de uno de sus personajes más queridos, el zorro quien refiere a su pequeño amigo:


“Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, a partir de las tres empezaré a ser feliz. A medida que se acerque la hora me sentiré más feliz. Y a las cuatro, me agitaré y me inquietaré; ¡descubriré el precio de la felicidad! Pero si vienes en cualquier momento, no sabré nunca a qué hora vestirme el corazón... Los ritos son necesarios” (1)
Por ello, a veces hay que tener mucho coraje y temple, pero sobre todo sinceridad del corazón para decir me equivoqué, y sacar de nuestra vida lo que nos atañe, nos condena a la baja autoestima, nos decapita moralmente y nos sume en tristezas irreprimibles. Alguien parafraseó, sin darse cuenta, hoy por la noche esta acepción, "ya no me enojo, solo observo, miro, pienso, me decepciono, y si es necesario me alejo": CRASO ERROR. No, no debe ser así, a lo execrable, a lo angustioso, a lo mordaz acostumbrado a mellar la buena fe y consciencia del individuo hay que salirle al paso, hacerle frente y derrotarlo. Esta tarea no es sólo una labor de algunos hombres y mujeres, no, no debe ser entendida así, debe ser una obligación moral de todo corazón humano. Luego, es muy probable que esta aseveración antedicha halla permitido dar luz finalmente al razonamiento existencial de Andrew Craig (2) sobre su vida, puesto que la mayor norma de la vida no consiste, en vivir como espectador, dejando que los demás vivan su vida, ya fuesen reyes o patanes, sino en no permitirles que actúen impunemente, ya que las víctimas de la vida, no son sino expresión de flagelo y preocupación de uno mismo en ellos, ya que todos estamos unidos por lazos comunes de alguna u otra manera (sean estos, laborales, familiares, amicales, e inclusive siendo -desde ya- simples sujetos de conocimiento mutuo). En suma, si algo es capaz de dañarme a mí, es probable que también pueda dañar al otro porque hay una realidad innegable, al menos muy notoria ahora, y ésta es que: en un mundo que lacta de la cosificación a diario y que demanda seres uniformes a calco y copia de sus líderes de opinión, todos somos, tarde o temprano, seres desvalidos a la hora de sopesar nuestros propios vacíos emocionales.

(Del libro: Los latidos secretos del corazón. Lima, 2014 por Víctor Abraham)

Desde Lima, ciudad capital del Perú.
Víctor Abraham les saluda.

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(1) Antoine de Saint- Exupéry. The Litle Prince, 1943.
(2) Irving Wallace. The Prize, 1962.